jueves, 29 de marzo de 2007

Algarabía: lengua árabe / griterío confuso / enredo, maraña

Esta es una pequeña lista de palabras de origen árabe que arraigaron en dos lenguas románicas como son el catalán y el castellano. Evidentemente no están todas las que son y hasta es posible que tampoco sean todas las que están. Que me perdonen, pues, los expertos en etimologías de verdad ya que sólo se trata de un juego y, como tal, está abierto a sugerencias.

ÁrabeCastellano CatalàSignificado en árabe
Ad-diwanaaduanaduanaEl registro
As-suwarajuaraixovarLos muebles el menaje
Al-baráalbaránalbaràEl papel o documento de libertad
Al-burnusalbornozbarnúsVestimenta con capuchón
Al-jarsufalcachofacarxofaAlcachofa
Al-qatifaalcatifacatifaEl terciopelo
Al-qubbaalcobaalcovaLa cúpula, el gabinete
Al-kuhlalcoholalcoholEl colirio
Al-yabraálgebraàlgebraLa reducción
Al-qutunalgodóncotóEl algodón
Al-majzanalmacénmagatzemEl depósito
Al-qitranalquitránquitràLa brea
Ar-rabadarrabalravalEl barrio de las afueras
Al-qarratarracadaarracadaEl pendiente
Ar-ruzzarrozarròsPlanta anual de terrenos húmedos...
Al-awariyyaaveríaavariaLas mercancías estropeadas
As-sabayazabacheatzabejaVariedad de lignito negro
As-safatazafatesafataLa cesta, el canastillo
Az-za’faranazafránsafràPlanta de la familia de las iridáceas...
Az-zahrazaratzarEl dado para jugar
As-sukkarazúcarsucreCuerpo sólido blanco cristalizado...
As-suddazudassutLa barrera, la presa

Palmeras

domingo, 25 de marzo de 2007

Mi enfant terrible favorito

Acabo de visitar en el Palau Robert la exposición sobre la vida y la obra de Adolfo Marsillach (1928-2002) titulada “Tan lluny, tan a prop”, que es la traducción al catalán del nombre del tierno, irónico y recomendable libro de memorias que Marsillach publicó en 1998: “Tan lejos, tan cerca”. Siempre sentí debilidad por él y siempre me interesó todo lo que hizo. Además, en antiguos y oscuros tiempos políticos su lucidez era reconfortante. Estas son algunas de las frases que entresaqué de los extractos de entrevistas televisivas que se podían ver en la exposición:

[Adolfo Marsillach, seductor nato]"Soy hombre de teatro porque la realidad no me gusta demasiado. / Fingir, maquillarse, mentir. / Uno se acaba confundiendo con su propia imagen, pero entre lo que los demás piensan que uno es y lo que uno es, hay una gran diferencia. / Los amigos son enemigos en potencia, y los enemigos son un incentivo estupendo. Lamento no tener más. / La soledad es uno de los signos de la libertad y la independencia. Yo pago un precio muy elevado por mi independencia. / Tengo un punto peligroso, romántico. Siento debilidad por las batallas perdidas, por las actitudes, las posiciones y las ideas que fracasan. / ¿Qué ha pasado en este país para que no se pueda hacer cine ni teatro sin una subvención? / El franquismo produjo un lenguaje críptico. El sistema, que era mucho más fuerte y más inteligente que yo, me dejó ser “enfant terrible” porque le convenía. / Acepté un cargo político porque tuve la tontísima tentación de creer que podía mejorar todo aquello que sabía que iba mal. / Todo el mundo sabe que soy de izquierdas, pero a menudo mantengo conversaciones más ricas con gente de derechas. Lo que importa es el talento, esté donde esté. / Nos educaron con la idea de que el hombre ha de aguantarlo todo, ser el más fuerte, no llorar nunca. A mí los hombres absolutamente hombres me aterran."

Por otra parte, he encontrado este artículo titulado "En defensa propia (y ajena)" que Adolfo Marsillach publicó en ABC en octubre de 2000 sobre los rumores que circularon acerca de su enfermedad (versus periodismo):

"ESTOY moribundo. Es una extraña sensación, porque yo no lo sé. Ni siquiera siento algún síntoma alarmante. Me levanto, me ducho, tomo mi té de todas las mañanas, oigo las noticias, leo los periódicos y me siento a mi mesa de escribir. De cuando en cuando, respondo al teléfono o miro por la ventana los tejados de la ciudad. Luego, al mediodía, como un poco y, por la tarde, ejerzo mi caprichoso oficio de actor o director de teatro. Es cierto que camino con menos agilidad que antes y que me duele la cintura al agacharme, además de advertir lastimosamente la indiferencia con que me miran las mujeres en los cafés y otros lugares de esparcimiento. Pero aparte de estos achaques y otros de mayor enjundia, propios de la edad viril, a los que tal vez me refiera en algún párrafo que se me caiga distraído, yo moribundo, moribundo, no me siento. No estoy entubado, ni sondado, ni preciso de un gota a gota para alimentarme, ni un balón de oxígeno para respirar. Tampoco descubro a mi alrededor las paredes verde pálido de los hospitales, ni me inquietan las pisadas presurosas de las enfermeras en los pasillos. Mi mesilla de noche está desbordada de libros como siempre y sólo un frasco con pastillas verde esperanza, denuncia mi tendencia al insomnio y la calamidad. Nadie -creo- se lava las manos para intervenirme quirúrgicamente y mi mujer y mis hijas no están chorreando lágrimas detrás de un biombo. Y, sin embargo, ha bastado que un semanario rastrero y miserable haya publicado la falsa noticia de que me habían ingresado en una clínica, de la que desconozco desde su dirección hasta el número de fax, para que mis amigos, mis enemigos y un compañero con el que hice la mili en Alcazarquivir, se hayan puesto nerviosos -cada quien por distintas razones- y anden por ahí entonando el gorigori para irritación de taxistas y perplejidad de japoneses camino del Thyssen-Bornemisza. O sea, que estoy moribundo porque un reportaje intencionadamente manipulado, falto de pruebas y de testigos, así lo ha diagnosticado. Aunque el pulso funcione, la tensión se mantenga normal y la temperatura no pase de treinta y seis y medio. ¡Pues vaya una manera tan rara de morirse! Claro que si la mentira se extiende, como una epidemia, de un cierto tipo de prensa a algunos programas de radio y televisión, uno -que es demócrata- empieza a dudar de sí mismo para creer en la posible razón de los demás. A lo mejor estoy agonizando mientras escribo estas líneas y en ABC no se enteran como sería su obligación. De forma que les aconsejo que sigan leyendo, no vaya a ser éste mi artículo póstumo, circunstancia que aumentaría su valor en el mercado. Quizás no haya motivo para rasgarse las vestiduras, y yo, desde luego, voy a evitar ese espectáculo. Creo que compartimos una comunidad corrupta en la que -con notables excepciones- todos hemos vendido nuestra ética en pública subasta. Ya no es un problema de decencia, de decoro o de pudor, sino, simplemente, de dignidad. Somos indignos porque nos apetece serlo y porque el morbo es un producto altamente rentable. No seamos hipócritas ni nos tapemos ruborizados las narices. Estas revistas denigrantes se editan y se venden porque alguien las compra. No coincido con la idea roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad se encarga de pervertirlo. Al revés, justamente al revés. Las sociedades -no me refiero, por supuesto, a las bancarias- son intrínsecamente inocuas ya que no existen hasta que nosotros las creamos y las codificamos. Es ridículo, por lo tanto, lamentarnos de nuestro propio invento. Desde Gengis Kan hasta Adolfo Hitler -sólo por citar dos caudillos aclamados y enciclopédicamente famosos- los seres humanos se han violado, humillado y asesinado entre sí ante el regocijo del público que escapaba indemne del espectáculo que se representaba en cada momento. Cuenta Gérard Vicent que «en el siglo XVI, durante las guerras de religión en Francia, en 1572 fue asesinado el almirante Coligny, después castrado y decapitado, arrojado al Sena, repescado y colgado por los pies en la horca de Montfaucon». ¿Y los egipcios? ¿Y los romanos? ¿Y los aztecas? ¿Y las evangelizadoras huestes de Cortés y Pizarro? ¿Y las «tricoteuses» que brincaron de alegría cuando rodó en el patíbulo la augusta cabeza de María Antonieta? ¿Y cómo, cómo olvidarse de los castizos y joviales madrileños y madrileñas que asistían a los autos de fe en la plaza Mayor para gozar del olor a chamusquina de los herejes asados vivos? No. Puede que la muerte sea asunto del destino, pero la tortura es negociado nuestro. Ya, ya sé que ustedes piensan que exagero y que hay diferencias esenciales entre contemplar un montaje escénico de la Inquisición durante el reinado de los Austrias y ver por el ojo de la cerradura la escatología fina de «El gran hermano». Probablemente la distancia en las formas sea mucha, pero en el fondo no tanta. La civilización nos ha afilado las maneras, pero los instintos siguen intactos. Los reporteros que redactaron la equívoca información sobre la enfermedad que tuve el coraje cívico de confesar en mi autobiografía «Tan lejos, tan cerca», para ejemplo y ánimo de otras personas en situaciones parecidas que carecen de la oportunidad de expresarse en público, se han comportado siguiendo las reglas del mundo en el que intentamos sobrevivir. No voy a ensañarme con ellos porque están defendiendo un sueldo vergonzoso. Puedo entenderlo. El problema no es ese. Lo que realmente me duele es que no sientan la vergüenza de cobrarlo. Vengo de una familia de periodistas -mi abuelo y mi padre lo fueron- y ellos me enseñaron que cualquier información debe ser comprobada antes de publicarse y que un rumor no es lo mismo que una noticia. Claro que eran otros tiempos en los que una obvia deontología determinaba la conducta moral de la profesión periodística. Quisiera que ni una sombra enturbiase el sentido de mis palabras. No acuso -sería aberrantemente injusto- el comportamiento global de un colectivo al que admiro, respeto y, además, pertenezco, pero me siento en el deber de denunciar a esa pandilla de indeseables que se permite el macabro lujo de jugar con la vida, la honra y la muerte de los demás. Llevo años procurando defender rabiosamente mi intimidad. Jamás he vendido mis dolores ni mis placeres. (Ni siquiera he autorizado que se me fotografiase en top-less). No voy a fiestas, no asisto a estrenos y nadie me ha visto bailar con Aramís Fuster. Nunca he sido carnaza de las revistas del corazón sencillamente porque las ignoro y porque soy de natural menguado y afligido. No merezco que se me trate como al presunto conde Lequio o al picaflor Jimmy Giménez Arnau. Por favor, no mezclemos. Si el capitalismo rampante que nos ataca y nos vence, predica que todo vale si Wall Street lo bendice, a mí que no me metan en el mismo saco. Algunos -deseablemente muchos- no queremos que la basura nos manche las mejillas. También los moribundos con aceptable salud reclamamos nuestra ración de higiene."

martes, 20 de marzo de 2007

¿Por qué son leones quienes tiran del carro de Cibeles?

Hipomenes y Atalanta de Guido ReniMaravilloso fin de semana en Madrid disfrutando de la ciudad, el arte y la familia:
  • Un Madrid que ha cambiado tanto desde la época en que yo estudiaba allí hace más de (da vértigo decirlo) 30 años, que muchas zonas me resultaban irreconocibles: la del Teatro Real, el barrio de las letras, el Jardín Botánico, etc. Una ciudad mucho más abierta y luminosa que la que yo conocí, y creo que no disfruté, en los primeros años 70.

  • La interesante exposición “El espejo y la máscara. El retrato en el siglo de Picasso” repartida entre el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. Diferentes y sugestivas formas de enfocar el arte del retrato por Freud, Bacon, Schiele, Hockney, Munch, Antonio López o Max Beckmann, además de (of course) Picasso, Van Gogh, Gauguin, Modigliani y muchos más.

  • Una increíble visita alrededor de la mitología en los cuadros del Museo del Prado con un guía extraordinario. Descubrir el placer de entender lo que estos cuadros expresan, conocer las historias que hay detrás de sus imágenes o poder interpretar el significado de los símbolos que contienen ha sido para mí como dejar de ser ciego y empezar a ver. Es otra forma de contemplar y de entender a Velázquez, Goya, Rubens, Tintoretto, Tiziano y tantos otros que han utilizado la mitología greco-romana como argumento de sus obras. Gracias, Stephanus.

  • Y, finalmente, la suerte de poder disfrutar de todo esto en compañía de una familia que es todo un lujo y que seguramente no merezco.

[Aquí, y/o aquí, podéis encontrar la solución a la pregunta inicial.]

martes, 13 de marzo de 2007

Primavera adelantada

Tímidamente en unos casos y de forma contundente en otros, las primeras flores de la terraza han empezado a abrirse. El espectáculo es tan bello que resulta difícil no dedicarse sólo a su contemplación.
FloresDeLaTerraza

domingo, 11 de marzo de 2007

Sunday morning

Esta mañana, temprano y con la ciudad vacía, he salido en bicicleta y he ido a desayunar a uno de mis sitios preferidos. Es un gustazo pedalear por las calles sin coches ni peatones, con el sol no muy alto, marcando el rumbo que más te apetece en cada momento. Igual que otros domingos, el camino me ha llevado al Parc de la Ciutadella donde, sentada delante de mi estanque favorito y en medio de una tranquilidad absoluta, he estado leyendo los artículos más apetecibles de los periódicos del día. (Desde luego, nada de política: no es bueno para la salud.)

ParcCiutadella Hoy esta lectura me ha proporcionado estos dos regalos que quiero compartir con vosotros:

  • En su Dietario Voluble, Enrique Vila-Matas habla de la película La vida de los otros y comienza diciendo "Nunca voy al cine pero…". Casualmente, el texto acaba definiendo la literatura como una forma de pensar nuestra relación con lo ilegal (y, a este paso, acabaremos teniendo una extraña colección de definiciones de la literatura). Podéis encontrar el texto completo en: http://www.elpais.com/articulo/cataluna/vida/otros/elpepuespcat/20070311elpcat_3/Tes

  • En el suplemento dominical EP[S], Javier Cercas titula su artículo semanal "Por qué escribir", y entre otras cosas dice:

“Escribo porque me encanta que me pregunten por qué escribo. Escribo porque me aburro y porque si no escribiera me aburriría muchísimo más. Escribo porque escribir no sirve absolutamente para nada y sin embargo mientras escribo tengo la absoluta seguridad de que sirve absolutamente para todo. Escribo porque absolutamente nada tiene ningún sentido y sin embargo mientras escribo absolutamente todo parece tener un sentido absoluto. Escribo para leer mejor y también para dejar de vez en cuando de leer, porque el mucho leer embota (esto último lo dijo Nietzsche, que escribía pensamientos paseados). Escribo para escribir algún día un libro paseado. Escribo porque a los ocho años leí Pimpinela escarlata y desde entonces no he hecho otra cosa que intentar plagiar esa novela. Escribo porque a los 15 años yo era un salido y un día otro salido que además era un cabrón me dijo que escribiendo se ligaba, y cuando descubrí que me había engañado ya era demasiado tarde para quitarme el vicio. Escribo porque a los 15 años yo tenía una profesora radiante: un día la interrumpí en clase al grito de que estaba buenísima y ella, que estaba explicando a Borges, me expulsó de clase y yo me impuse como penitencia la lectura de las obras completas de Borges, cosa que todavía no he terminado de hacer y que no creo que termine de hacer nunca, porque en realidad es imposible. De más está decir que escribo porque a partir de los 15 años no me ha pasado absolutamente nada que tenga algún interés. Escribo porque me pagan por escribir tonterías. Escribo porque todavía no he encontrado una forma más decente de ganarme la vida. Escribo (me explico) porque no sé hacer nada útil, ni siquiera atarme los cordones de los zapatos: si supiera curar a los enfermos, no escribiría; si supiera rematar en plancha un libre indirecto, créanme, no escribiría. Escribo porque sí y porque me da la gana, y a quien le parezca mal que me lo diga en la calle. Escribo para poder pensar (esto, creo, lo dijo Cabrera Infante). Escribo porque cuando escribo tengo la impresión acusadísima de que soy una persona inteligente y también de que todos los que me rodean son todavía más inteligentes que yo, sólo que ellos no se dan cuenta.”

El artículo entero está en: http://www.elpais.com/articulo/paginas/escribir/elppor/20070311elpepspag_2/Tes

Una buena manera de empezar el domingo.

miércoles, 7 de marzo de 2007

La literatura como materialidad de lo invisible en lo visible

El mes pasado asistí a la presentación del libro “Cien cartas a un desconocido” de Roberto Calasso en el Instituto Italiano de Cultura. Este curioso libro recoge 100 textos escritos por el propio Calasso para las solapas o contraportadas de libros (risvolti) publicados por él en su editorial Adelphi. La presentación la hizo Francisco Rico, catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales en la Universidad Autónoma de Barcelona que se definió a sí mismo como un oscuro medievalista, y que para mí fue el protagonista de la velada ya que Calasso habló en italiano y no entendí casi niente.

MisTucanes Francisco Rico nos miraba de forma displicente y fumó con placer y sin parar. Hablaba despacio, improvisaba, parecía que pensara en voz alta, se iba de una idea a otra como si mantuviera una conversación consigo mismo. Aun así, a pesar de cierto aire petulante (quienes lo conocen me entenderán), fue un placer escucharlo. Dijo que él mismo se preguntaba de qué debía hablar. Y ante la duda, se dejó llevar.

Para empezar nos contó este sugestivo relato de Borges: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.”

Después se preguntó qué es el texto y dónde está, y dijo que un libro no existe independientemente de su materialidad. ¿Existe La divina Comedia más allá de su representación material? Después de diversas divagaciones literarias, acabó diciendo que la literatura absoluta es una trampa para incautos. Que a él le gusta la literatura poco literaria, y solo en la medida en que se deja referir a su vida personal. Y, para acabar, nos regaló una definición de la literatura como materialidad de lo invisible en lo visible.

lunes, 5 de marzo de 2007

Un fluir íntimo, desordenado y prelingüístico

StrawberriesField El otro día, Jorge Wagensberg (JW) publicó un artículo titulado “El gozo intelectual y la tristeza del pensamiento” que me encantó. Estas son, textualmente, las ideas que me parecieron más interesantes.
  • JW declara que experimenta el gozo intelectual cada vez que comprende o intuye algo nuevo. El gozo intelectual es el gran logro de la selección natural que da paso a la selección cultural y, con ella, a la creatividad humana.
  • Según el biógrafo de Nietzsche, R. Safranski: "... para Nietzsche el pensar es un placer sin parangón, en ningún caso quiere renunciar a él, y está agradecido a la vida por haberle concedido este placer. Quiere vivir para poder pensar. Y en tanto que piensa, soporta aquellos ataques del cuerpo que podrían quitarle el gusto de vivir".
  • Con un enfoque opuesto, George Steiner aborda la cuestión en el ensayo "Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento". Para Steiner el pensamiento es un fluir íntimo, desordenado y prelingüístico, muy difícil de dominar e imposible de detener. Usamos el lenguaje para convertir pensamiento en conocimiento, para ordenarlo, para hacerlo inteligible.
  • JW cree que sin lenguaje es posible pensar, es difícil conocer y es imposible comprender. Con el lenguaje empaquetamos el pensamiento, presuntamente infinito, hasta un conocimiento necesariamente finito (palabras, dibujos, ecuaciones, canciones...). De ahí el drama.

Rebatiendo las diez razones de Steiner, JW dice entre otras cosas:

  • Sin una mínima dosis de incertidumbre no nos interesaría comprender.
  • Dominar el pensamiento con el lenguaje obliga a una gran concentración, una tarea difícil e intensa, fatigosa y dolorosa. Cuanto más turbulento y caótico es el pensamiento, más difícil es dominarlo con el lenguaje.
  • Sólo podemos acercarnos a nuestro Yo único e irrepetible con el pensamiento, pero se trata de una irrepetibilidad con seis mil millones de malas copias repartidas por todo el planeta.
  • No podemos dejar de pensar. Es más difícil dejar de pensar que dejar de respirar. La mayor parte de nuestras acciones vitales son automáticas. El automatismo es pensamiento mustio. Por ello no podemos comprender buena parte de nuestro propio comportamiento.
  • El pensamiento es incapaz de abordar cuestiones trascendentes como la de nuestra propia muerte. La vieja pregunta de Leibniz, ¿por qué existe algo en lugar de nada?, mana continuamente desde el fondo del alma. Entonces, o sea siempre, florecen toda clase de ideologías encargadas de generar ficciones de supervivencia más o menos consoladoras.
  • No podemos leer directamente el pensamiento ajeno. Cierto. Lo contrario sería terrorífico: el fin de la última de las libertades, la libertad de pensamiento.
  • Se puede luchar contra las desigualdades de género, económicas, culturales..., pero no contra la injusticia de una genialidad mal repartida. Cierto, ¿pero da eso tristeza? Para muchas almas buenas, quizá sí. Todo el mundo puede tener una gran idea, pero sólo el genio (definámoslo así) se da cuenta de que una idea es una idea grande.