viernes, 29 de junio de 2007

¿Cuándo empieza un viaje?

¿Cuándo sientes que te apetece ir a algún sitio o cuándo por fin te decides? O quizás cuando empiezas los preparativos y, además, vas buscando toda clase de información que ayude a hacer el viaje más interesante. Otro momento importante es cuando comienzas a darle vueltas a los libros que te llevarás. Éste es un aspecto vital pues siempre hay largas esperas en aeropuertos, aviones y hoteles para los cuáles una buena lectura es el antídoto perfecto. Y mejor aun si esos libros, además, hablan de los lugares que vas a visitar. Hacer el equipaje, en cambio, es algo siempre desagradable pues ahí te juegas muchas cosas. El dilema entre no llevar nada que sobre, pero sí todo lo necesario incluyendo posibles eventualidades, es a veces insoportable.

Quizás todas estas cosas forman parte del previaje, o de lo que también podríamos llamar viaje virtual. El viaje real empieza a materializarse en el taxi que te lleva al aeropuerto: ahora ya has salido de casa y en adelante las cosas no dependerán de ti. [Por cierto, otra genialidad del Roto: “Cuando ya había vencido el miedo a los aviones, me entró pánico a los aeropuertos”.] Bueno, todo esto sólo era para decir que, aunque este viaje empezó hace bastantes días, si todo va bien mañana llegaremos a Nueva York.


ManhattanFromRockefellerCenter

lunes, 25 de junio de 2007

De lo contrario, Auster sería él

La semana pasada Paul Auster y Enrique Vila-Matas se encontraron en el Instituto Cervantes de Nueva York donde conversaron y leyeron fragmentos de sus obras. Buscando la noticia en la red he encontrado este artículo que Vila-Matas escribió hace un par de años.

AusterVilaMatasICervantesNYDe lo contrario, Auster sería yo - Enrique Vila-Matas

"Si me encuentro con una entrevista con Paul Auster, la leo inmediatamente. Es un autor que siempre me aporta ideas. Pero eso sí, nunca puedo terminar esas entrevistas que le hacen, porque me entran tales ganas de ponerme a escribir que debo dejar la lectura. En la que acabo de dejar de leer para ponerme a escribir estas líneas, le preguntan por los muchos autores que han influido en su trabajo y le citan a Cervantes, Dickens, Kafka, Beckett y Montaigne. Son precisamente los autores que forman el eje central de la novela que ando yo en estos días terminando. "Los llevo a todos conmigo", dice Auster, "llevo a docenas de escritores conmigo, pero no creo que mi trabajo se parezca a ninguna de sus obras. No estoy escribiendo sus libros, sino los míos".

Yo estoy seguro de que podría decir exactamente lo mismo. "Los llevo a todos conmigo" es una frase que viene a corroborar esa sensación que tiene Auster —que tengo yo también, con perdón— de que cuanta más experiencia de la soledad tiene uno, más paradójicamente vive la sensación de que esa experiencia no es precisamente de ostracismo o de aislamiento, sino de apertura hacia los demás. "Es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los demás hasta que estamos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde en la soledad, más profundamente siente esa relación", dice Auster.

Los otros (incluidos los otros escritores, y de entre éstos sólo los que nos gustan, los que llevamos con nosotros) actúan de un modo extraño que hace que nos resulte imposible aislarnos de ellos. Por lejos que uno se encuentre en un sentido físico (aunque esté en una isla desierta o encerrado en una celda solitaria), descubre que está habitado por otros. Qué lejos esta sensación o esta idea de aquello que le sucedía al siniestro Unamuno, pensador de primer orden pero egotista ridículo, que llegó a sospechar que los otros no existían, que eran sólo una invención suya para evitar la angustia que le provocaría descubrir que estaba solo en el mundo. A veces, estoy hablando con los amigos y me acuerdo de la idea siniestra de Unamuno y juego a verlos como una invención mía. No logro nunca que digan lo que yo quisiera que dijeran, pero sí es cierto que a veces, vistos desde esta forma unamuniana, me parecen formar parte de algún extraño juego teatral y conspirativo, como de trama de película de Mamet.

No hay mayor sentido del desprecio hacia el otro que pensar que lo hemos imaginado. Unamuno miraba hacia lo más profundo de su ser y se encontraba sólo a sí mismo y solo, además, en el mundo. Auster, por lo contrario, hace lo mismo, mira hacia lo más profundo de su ser, y lo que ahí encuentra es algo más que a sí mismo, encuentra el mundo. ¿Leer a Auster es encontrar mi mundo? Todo lo contrario, es encontrar al otro. Y aprender a llevarlo conmigo cuando me encuentro sentado ante mi ordenador, como ahora mismo en esta mañana invernal.

Pero en el fondo es todo un gesto de disidencia hacia Auster el que me haya sentado ante el ordenador y no ante la máquina de escribir. Porque lo que realmente esta mañana me ha empujado a hablar de Auster han sido unas palabras suyas acerca de su necesidad de no abandonar su máquina de escribir: "La tengo desde 1974, ahora ya más de la mitad de mi vida. Nunca se ha estropeado. Todo lo que tengo que hacer es cambiar las cintas de vez en cuando, pero vivo con el temor de que llegue un día en el que no haya más cintas a la venta, y entonces tendré que usar el ordenador y entrar en el siglo xxi."

Esta confesión de amor hacia su máquina me ha llenado de vergüenza, porque me ha recordado la frivolidad (no tuve paciencia para buscar más) con la que me pasé al ordenador hace tres años, cuando di dos vueltas enteras a Barcelona en busca de cintas para mi máquina de escribir y, al no encontrarlas, me di por rendido. No hallé las cintas ni siquiera en una pequeña tienda cercana a la plaza de Urquinaona que resistía al empuje de los avances técnicos de nuestra época y seguía vendiendo cintas y máquinas de escribir: una tienda que yo visitaba con la impresión de que todo aquello era un milagro y sus dueños (lo había deducido por su manera fanática de hablarme de las máquinas Olympia) unos fervorosos defensores del antiguo tecleo eléctrico.

Ignacio Martínez de Pisón, a quien le conté la historia de los dueños de ese comercio (un extraño matrimonio que luchaba contra la modernidad), llegó a escribir un cuento en el que se inventaba que, delante de los vendedores fanáticos de las máquinas Olympia, alguien montaba una tienda de ordenadores, que constituía la ruina de la pequeña tienda resistente. Parecía que iba a ser un cuento profético, pero el matrimonio fanático, temeroso de que ocurriera realmente lo que relataba Martínez de Pisón (debieron leer su cuento), se pasó de la noche a la mañana a los ordenadores y me obligó a hacerlo a mí también, pues nunca he dudado de que esa tienda de máquinas de escribir fue la última de la ciudad.

Más suerte tuvo Paul Auster, que puede seguir fiel a su Olympia, pero eso se debe seguramente a que vive en Nueva York. Que seamos él y yo distintos en esto (y en tantas otras cosas que ahora se me ocurren) me produce un gran alivio, porque me permite seguir estando solo, aunque llevando a todos mis escritores preferidos conmigo y escribiendo no sus libros, sino los míos. De lo contrario, Auster sería yo. Y eso yo no lo podría permitir. Y menos aún los otros."

viernes, 22 de junio de 2007

Las reglas del juego

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Ves algo en la red que te gusta y lo utilizas. No sabes quién lo ha hecho, por qué o para qué lo hizo, cómo se le ocurrió, cuánto tiempo y dinero invirtió: no sabes nada de nada, pero con un simple "copiar y pegar" es tuyo. Para mí es extraño tener cosas sin haber pagado un precio por ellas o sin haber dado nada a cambio; se trata de un nuevo tipo de mercado cuyas reglas no acabo de comprender.

miércoles, 20 de junio de 2007

Aprender a despedirse

EKR: AcompañarAMorirAyer fui al cine Verdi Park a ver este documental sobre Elisabeth Kübler-Ross (Zurich, 1926 – Arizona, 2004). Esta psiquiatra suiza dedicó su vida a desestigmatizar la muerte (ese tema que a casi nadie le gusta) y a mejorar el tratamiento de las personas que padecen enfermedades crónicas o que están en fase terminal. Fue pionera en el análisis de la muerte, y sus estudios sobre los procesos de la pérdida y el duelo son universales. Uno de los ejemplos más conocidos es la descripción de las 5 fases del duelo: pánico, negación, depresión, pacto y aceptación. Yo conocí a EKR en el año 2000 cuando, todavía bajo el influjo de una muerte que me dejó muy tocada, la lectura de su libro autobiográfico La rueda de la vida me ayudó a resituar algunas cosas. Antes de morir, la psiquiatra, que pensaba que la consciencia sobrevive al envoltorio, solía repetir: "Danzaré con las galaxias".

jueves, 14 de junio de 2007

Nueva York era su ciudad y siempre lo sería

"Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado... no, no, mejor así... Él la sentimentalizaba desmesuradamente... eso es... para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodías de George Gershwin... eh, no, volvamos a empezar... Capítulo primero. Él sentía demasiado románticamente Manhattan. Vibraba con la agitación de las multitudes y del tráfico. Para él, Nueva York era bellas mujeres y hombres que estaban de vuelta de todo... no, tópico, demasiado tópico y superficial; hazlo más profundo, eh, a ver... Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. Para él, era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. La misma falta de integridad que empuja a buscar las salidas fáciles convertía la ciudad de sus sueños en... no, no, no, suena a sermón; quiero decir que, en fin, tengo que reconocerlo, quiero vender libros... Capítulo primero. Adoraba Nueva York, aunque para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. Qué difícil era sobrevivir en una sociedad insensibilizada por la droga, la música estrepitosa, la televisión, la delincuencia, la basura... um, no, demasiado amargo, no quiero serlo... Capítulo primero. Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar... eh, esto me encanta... Nueva York era su ciudad y siempre lo sería." [Manhattan, Woody Allen, 1979, opening scene.]

lunes, 11 de junio de 2007

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Crónica del pájaroquedacuerdaalmundo"Tooru Okada, un joven japonés que acaba de dejar voluntariamente su trabajo en un bufete de abogados, recibe un buen día la llamada anónima de una mujer. A partir de ese momento la vida de Tooru, que había transcurrido por los cauces de la más absoluta normalidad, empieza a sufrir una extraña transformación. A su alrededor van apareciendo personajes cada vez más extraños, y la realidad, o lo real, va degradándose hasta convertirse en algo fantasmagórico. La percepción del mundo se vuelve mágica, los sueños son realidad y, poco a poco, Tooru Okada deberá resolver los conflictos que, sin sospecharlo siquiera, ha arrastrado a lo largo de toda su vida. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo pinta una galería de personajes tan sorprendentes como profundamente reales. El mundo cotidiano del Japón moderno se nos aparece de pronto como algo extrañamente familiar."

HarukiMurakamiHeadEl año pasado no pudo ser y ahora sí: entonces lo empecé a leer pero no conseguí pasar del principio. Y ahora me pregunto como he podido tener este libro, un Murakami en estado de gracia total, cerrado casi un año. ¿Será que cada cosa tiene su momento? ¿Será que yo también tenía que dejar de trabajar y entonces no lo sabía? En cualquier caso, la magia de la lectura me tiene absorta de nuevo. Deseando avanzar pero temiendo acabar. Consciente del placer que me produce cada palabra, al mismo tiempo que abstraída por el relato y sin dejar de preguntarme, de nuevo, cómo puede ser que una historia así salga de una sola cabeza. Cómo una sola persona puede crear un universo tan diferente al tuyo, y la lectura puede hacer que habites en él.

martes, 5 de junio de 2007

Roma en una mirada

Creo que Roma es una ciudad sin pretensiones. Con todo su contenido y toda su historia detrás, la ciudad se ofrece a ti plácidamente. Te puedes perder por sus callejuelas (vias, viali, vincoli, largos, piazzas, circos…) disfrutando del placer de descubrir nuevos recovecos, o puedes ir a la búsqueda concreta de cualquiera de los tesoros que posee. Y nunca defrauda. Pero quizá, para mí, Roma es esta mirada:
Velazquez_InocencioX[Velázquez, Inocencio X]

lunes, 4 de junio de 2007