viernes, 4 de septiembre de 2009

Relatar

“Yo soy uno y muchos y tampoco sé quien soy. Sólo sé que ayer volví a caminar, repetí el paseo del jueves. Oscuridad y polvo más allá de las colinas devastadas. Vi desde la carretera mi propio cuarto con la luz encendida. Desvaída luz de la ventana junto a la que había estado hasta entonces escribiendo pasajes de mi vida. Di, pues, un paseo después de escribir. Después de escribir que no voy a escribir nunca más. Adiós a la palabra escrita, que sólo sirve para que todavía nos ocultemos más. Eso me dije nada más llegar a esta tierra excepcional, el país de la reina de Saba. Vivo a cuatro leguas de la ciudad de Sanaa y a ella voy todas las noches a narrar historias a un público siempre respetuoso y fiel. Mi audiencia es singular. Es gente que, provista de la jambia, que es la daga que simboliza su espíritu guerrero, forma semicírculos en torno a mí y presenta la clásica batalla de los que escuchan. Yo les entretengo con sostenida invención. Dispongo de un amplio abanico de voces y altero cuando quiero los registros tonales, de bajo a tenor. Cuento a orillas del cauce seco del Shaile. Cuento. Allí, junto al río que enamoró a Salomón, refuerzo mis palabras extranjeras con artimañas de mi antiguo oficio de ventrílocuo. Y siempre sucede que, al terminar un cuento, ellos me piden otro porque quieren que siga hablando como la lluvia, es decir, haciendo rimas que desconocen. Y emprendo entonces otro relato y, a la luz de mi candil, ellos quedan de nuevo atrapados y aislados del mundo. Y sueñan viajes y pierden países y celebran conmigo que aquí en Sanaa renazca, todas las noches, la pasión de contar de viva voz las historias. Como antaño. Ficciones que brincan y se expanden más allá de mí y de ellos, más allá de la oscuridad y de las colinas devastadas de Sanaa, más allá incluso de la Arabia feliz y de lo que fue mi vida, por la que yo esta noche, sin razón aparente, lloro como se debería llorar al final de todos los libros, de todas las historias que vamos a abandonar.”

Enrique Vila-Matas
Una casa para siempre
Anagrama, 2002

3 comentarios:

relator dijo...

“Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.”

De Una casa para siempre

Superwoman dijo...

Ahora que tengo un libro, lo que necesito es tener tiempo...
Un supersaludo

Elena dijo...

De momento tienes dos supernenes y un superlibro. Ahora sólo te falta tiempo extra.
Empezaremos con un extraabrazo.