viernes, 8 de enero de 2010

El acero del dolor

Nunca sabe uno bien donde se mete. Semejante a la sorpresa de Capote ha sido la que he tenido –y mira querido lector, que debería haberlo sospechado– con Suicidios ejemplares. A este libro –diez ficciones en las que se habla de diez distintas maneras de de entender el mundo y, en consecuencia, abandonarlo– llegué por la vía de la desolación y extrañamiento que estaba recorriendo. Como una consecuencia lógica de mi exilio literario pero también, todo hay que decirlo, sin darme excesiva cuenta del lío monumental que representaba el tema del suicidio: un asunto algo peligroso para mí y, sobre todo, infinitamente ambicioso y exigente.

     Algo peligroso porque, entre otras cosas, en casi todo lo que escribo yo acabo adoptando temporalmente la personalidad de alguno de mis personajes; tanto es así que he sido amnésico, shandy y ventrílocuo, por ejemplo. Infinitamente exigente porque el tema requería, como ningún otro, pisar el acelerador, llegar a fondo sin paliativos. Me hallaba sumido en una durísima tensión creativa. De ella ya no saldré nunca. Me satisface que sea así y que en definitiva se haya puesto en pie por fin mi más antiguo proyecto literario: el de exponerme siempre a la hora de escribir, tal como proponía Michel Leiris cuando hablaba de ese continuo estar expuesto a sí mismo mientras el asta pasa por donde existe el acero del dolor: «Introducir por lo menos la sombra de un cuerno de toro en una obra literaria.»

     Sobre si he salido bien librado de esta primera faena, de esta primera indagación a fondo sobre mí mismo, la palabra la tienes ahora tú, querido lector. ¿Oíste hablar de aquellos que educan, con el rancio estilo de los viajeros más lentos, a sus lectores? Ojalá un día seas tú mi mejor obra. En eso trabajo. Y por eso, a veces, como hoy, no puedo evitarlo. Me veo ya en la puerta de tu casa. Tengo un libro, Suicidios ejemplares, en la mano.
     -¿Se puede pasar?
     Tú te lo piensas.
     -Me jugué la vida –te digo–. Pero el libro no es perfecto. Y es que, como decía Faulkner, si un escritor realizara la obra perfecta, sólo le quedaría el suicidio.”

EL ACERO DEL DOLOR
De El viajero más lento
Enrique Vila-Matas

1 comentario:

Elena dijo...

Creo que ayer conseguimos una buena, y rápida, recreación virtual de El viajero más lento. Modestia aparte :P