lunes, 11 de julio de 2011

La falsa

Ingrid Betancourt. No hay silencio que no termine. Aguilar, 2010 «Unos meses antes de mi secuestro, encendí el televisor y di con un documental apasionante. En los años setenta, la Universi­dad de Stanford determinó simular una situación carcelaria para estudiar el comportamiento de personas comunes y corrientes. El sorprendente resultado del experimento reveló que jóvenes equi­librados, normales, que se disfrazaban de guardianes y tenían el poder de cerrar y abrir puertas, podían convertirse en monstruos. Otros jóvenes, tan equilibrados y normales como los anteriores, puestos en el rol de presos, se dejaban maltratar. Un guardia me­tió a un preso en un armario donde solo cabía de pie. Lo dejó allí durante horas, hasta que se desmayó. Era un juego. Sin embargo, frente a la presión del grupo, solamente una persona supo salir de su papel y pedir que detuvieran el experimento.»
 No hay silencio que no termine (p. 491), Ingrid Betancourt, Aguilar, 2010.

3 comentarios:

Página 337 dijo...

"Diciembre de 2003. Algunos meses antes de mi secuestro había visitado la cárcel de mujeres del Buen Pastor, en Bogotá. Quedé sorprendida por estas mujeres que se maquillaban y querían vi­vir normalmente en su mundo cerrado. Era un microcosmos, un planeta en miniatura. Vi ropa colgada tras los barrotes y prendas secándose en todos los pisos del edificio. Sentí pesar, conmovida por la angustia con que me pedían pequeñas cosas, como si me estuvieran pidiendo la luna: un pintalabios, un bolígrafo, un libro.Tal vez había prometido y con seguridad lo había olvidado. Yo vi­vía en otro mundo: pensaba que podía ayudarlas más acelerando las diligencias judiciales. Estaba equivocada por completo. Lo que habría podido realmente cambiarles la vida era el pintalabios, el bolígrafo."

Elena dijo...

No conozco a nadie que le caiga bien la Sra. Betancourt.
No conozco a nadie que haya leído este libro.
Una de dos, o ella es un monstruo, o yo conozco a muy poca gente.

la otra dijo...

"Imagino que cada una culpaba a la otra de que hubieran fracasado los dos intentos de fuga, pero nunca nos lo dijimos, ni siquiera comentamos qué había fallado y menos aún tratamos de hacer nuevos planes. Todo aquel dolor mal digerido creó entre nosotras una barrera de silencio y nos sucedió lo que le pasa a muchas parejas que, cuando falla la comunicación, acaban convirtiéndose en unos desconocidos, en dos extraños sin nada en común. No podría decir que ocurriera un hecho concreto que rompiera nuestra amistad. Fue más bien un distanciamiento progresivo causado por las circustancias adversas." (p. 87)

Clara Rojas. Cautiva. Testimonio de un secuestro
Editorial Mosaico, 2009