jueves, 25 de agosto de 2011

Gente independiente (y bestial)

Gente independiente    «Rosa, con los ojos enrojecidos y los codos embarrados, estaba sentada en el colchón de hierbas de la cama, mirándose fijamente las grandes manos indecisas que tenía sobre el regazo.
   -Bien, ¿no te agrada? -preguntó Bjartur de la Casa Estival.
   -No creerás que esperara nada mejor, ¿verdad?
   -Bueno, pero hay algo de bueno en esto: nadie que viva aquí tendrá que esclavizarse todo el día con trabajos caseros -dijo-, y yo siempre pensé que tenías suficiente buen sentido como para apreciar tu independencia. La independencia es la más importante de todas las cosas de la vida. Por mi parte afirmo que un hombre vive en vano hasta que es independiente. Las personas que no son independientes no son personas. Un hombre que no es su propio amo está en tan mala situación como un hombre sin un perro.
   -¿Un perro? -preguntó ella con indiferencia, y se sorbió los mocos.
   Él miró por la ventana durante un momento, sin explicar el hilo de sus pensamientos, mirando en silencio hacia la montaña.
   -Esta tierra no traicionará a sus rebaños -dijo al cabo.
Su esposa se limpió con el dorso de la mano una gota que tenía en la punta de la nariz.
   -Donde vive la oveja, allí vive el hombre -continuó el novio-. Es como solía decir mi padre: en cierto modo, las ovejas y los hombres son uno.»

Halldór Laxness (Sjálfstætt fólk, 1934-1935)
Gente independiente (pp. 53-54), Ediciones Turner, 2004
Traducción de Floreal Mazía. Revisión de Enrique Bernárdez

jueves, 4 de agosto de 2011

La literatura de Chirbes

Rafael Chirbes. La larga marcha   «Así que don Vicente Tabarca, en su día jovencísimo cirujano en el Hospital Clínico de Madrid, y hoy generalista, espera y lee. Aún quedan unos cuantos libros de su gusto en la casa: los Episodios nacionales, La Regenta, La lucha por la vida, Tirano Banderas. Quevedo, Cervantes, San Juan de la Cruz, y también Balzac, Tolstói, Maupassant y Dostoievski. Los libros de Alberti, Lorca, Miguel Hernández, Blasco Ibáñez, Azaña, Trigo, Hoyos y Vinent, Sender y tantos otros, los quemó su mujer días antes de que entraran los nacionales en Madrid.» (pp. 45-46)




Rafael Chirbes. Los disparos del cazador   «Llegábamos de fuera dispuestos a conquistar una ciudad en la que resultaba fácil conseguir lo imposible. Bastaba un contacto, una puerta (a veces, sólo una ventana) por la que entrar en ese mundo de negocios veloces en el que todo se vendía y se compraba con avidez: el güisqui, el champán, la penicilina, el cemento, la morfina, el caviar, la seda con diseño de París. A nosotros nos bastaron un par de direcciones de proveedores con quienes nos puso en contacto Manolo, el hermano de Eva, antes de salir de Misent, y nuestras enormes ganas de trabajar y de vivir.» (p. 28)

martes, 2 de agosto de 2011

El maestro DeLillo

Don DeLillo. El hombre del salto«- En los sitios en que esto ocurre, a los supervivientes, a las personas que están alrededor y resultan heridas, a veces, meses más tarde, les salen bultos, digamos, a falta de un término más adecuado; y resulta que estos bultos los producen pequeños fragmentos, verdaderamente diminutos, del cuerpo del suicida. El suicida explota en pedacitos, literalmente pedacitos, trocitos, y hay fragmentos de carne y de hueso que salen volando a tal velocidad y con tanta fuerza, que se quedan incrustados, anidados en el cuerpo de cualquiera que se halle dentro del radio de la explosión. ¿Puede usted creerlo? Una estudiante, sentada en la terraza de un café. Sobrevive al atentado. Luego, meses más tarde, le encuentran algo así como bolitas de carne, carne humana clavada en la piel. Lo llaman metralla orgánica.»

Don DeLillo (Falling Man, 2007) [+]
El hombre del salto (p. 22). Seix Barral, 2007
Traducción de Ramón Buenaventura

lunes, 1 de agosto de 2011

Ellroy íntimo

Ellroy, A la caza de la mujer   «Escritor de novelas de quiosco.
   Mi primer libro se llamó Réquiem por Brown y apareció en septiembre del 81. Vendió pocos ejemplares. No llevaba foto del autor ni de ninguna mujer con violonchelo. La portada era mala con avaricia, joder: un hombre con una pistola y un campo de golf.
   Encontré una vivienda en un sótano en el condado de Westchester. Conseguí curro de caddy en el Club de Campo de Wykagyl. Estaba a una estación de distancia de la Gran Manzana. Gasté la pasta del libro en ropa estilo Hancock Park confeccionada para el frío. Me la ponía para ir a Manhattan. Sabía que Ella estaría allí.
   Mi agente literario dejaba el negocio y me recomendó a otros. Mi tercer manuscrito estaba a punto de caramelo. Era la historia de un pasma adicto al sexo que se enfrenta a un asesino adicto al sexo. Dos agentes literarios me instaron a reescribirla casi por completo. Una agente literaria se entusiasmó con la novela y se prendó de mí. Nueva York, los vitales años ochenta, una provocativa mujer de pedigrí. Tenía unos duros ojos castaños. Se limpió las gafas con el faldón de la blusa y su corazón asomaba difuminado (...)»

James Ellroy (The Hilliker Curse, 2010) [+]
A la caza de la mujer (p. 83). Literatura Mondadori, 2011
Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté