miércoles, 10 de julio de 2013

Francisco Umbral: Mortal y rosa

«Quiero decir con todo esto que creo en la estética del trabajo, siempre superior a la estética del juego, y no digamos a la estética del ocio. Hay que ser muy importante para tener un ocio digno, para sobrellevar el ocio con dignidad. Sólo los niños quedan puros y naturales en el ocio. Los demás quedamos hechos unos piernas. Las clases superiores, históricamente ociosas, han llegado a la decadencia y el ridículo porque raramente supieron hacer del ocio una obra de arte, y porque el ocio es delito y crimen cuando el trabajo de los demás no es placentero. Sin prisa y sin pausa. En cuanto interrumpimos el trabajo durante un tiempo, se plantea la naturaleza misma de lo que estamos haciendo. ¿Por qué, para qué? La razón última de una obra en marcha es su continuidad. Rota la continuidad, todas las otras justificaciones fallan. Porque, como decía antes, no es que la obra bien hecha exija todas nuestras virtudes y entregas, sino que esas entregas y virtudes nacen de la obra bien hecha, ella las concita, las despierta, las inventa. Se piensa que el buen escritor hace una buena novela. Yo creo que, por lo menos en la misma medida, la buena novela hace al buen escritor. Uno es más listo cuando trabaja. La obra en marcha tira de nosotros, nos aguza, nos afila, nos mejora, nos enerva.

De modo que este libro interrumpido —como cualquier otro— pierde su sentido y su razón últimos, que no son la posteridad ni la gloria ni los lectores ni la curiosidad ni el interés. La razón última de este libro es la disciplina que a mí me da, la continuidad que pone en mi vida, ya que todos somos discontinuos, como dice Bataille a otros efectos. ¿Por qué se escribe un diario íntimo?

Umbral con García-Posada
Francisco Umbral: Mortal y rosa (1975) Francisco Umbral (1932-2007)

Mortal y Rosa (1975)

Ed. de Miguel García-Posada

Cátedra, 2008

Algunos artículos

No por vanidad, ya, a estas alturas y en mi caso, ni por egocentrismo, ni por vedetismo, sino por buscar la sencillez última, por huir de ese artificio que en último extremo suponen todos los géneros literarios. No quiere uno que entre el lector y él haya trucos de novela, efectos de poema, trampas del oficio, y se apela al diario íntimo, como a las memorias. Pero las memorias aún están embellecidas por la niebla del recuerdo. El diario íntimo, en cambio, es lo inmediato, el presente exaspe- rado, la confesión no sólo sincera, sino urgen- te. Lo que pasa luego —y ésta es la gran enseñanza de los diarios íntimos— es que no somos capaces ya de sencillez, de elemen- talidad. Hemos perdido el paraíso, estamos maleados por la cultura, no podemos hacer- nos como uno de esos pequeñuelos, y resulta que el diario íntimo se llena de lirismos, de lucimientos, de improvisaciones muy preparadas, o bien, si se opta por el prosaísmo más directo, cae uno en la cuenta del mercado, en la anotación banal, esquemática, doméstica y monótona. Resulta que se confiesa más Shakespeare a través de toda su retórica, Baudelaire a través de toda su música, Quevedo a través de todo su barroquismo. No existen los géneros directos. Lo más directo sería no escribir.

Así las cosas, tengo que resignarme a hacer literatura en mi diario íntimo, y a que vaya resultando un poco el poema en prosa de unos graves meses de mi vida, o la novela de un mal novelista. Estamos presos, sí, en la cultura, hemos perdido la frescura, la naturalidad. (...) Pues eso necesitaría el hombre y eso quisiera uno; asilvestrarse un poco, volver a estados más naturales.» (pp. 209-210)

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