martes, 28 de mayo de 2013

La importancia de lo urgente

Saskatoon (Saskatchewan, Canadá) «Como dijo no sé quién (puede que fuera Mafalda, la gran apócrifa), lo urgente nunca deja tiempo para lo importante. Siempre se expresa este tópico como queja o disculpa, pero yo lo siento como una ley física, un axioma que permite que el mundo siga funcionando. Si lo urgente nos dejara atender alguna vez lo importante, moriríamos saturados de intensidad. Por eso, los poetas y los filósofos implosionan. Por eso al hidalgo se le secaron los sesos. Porque lo urgente es todo aquello que nos permite desantendernos y seguir vivos. Somos nuestras tareas. Somos los platos sucios, los artículos por escribir, las casas por barrer, los polvos por echar y los recados por cumplir. Somos los plazos de nuestra hipoteca, la declaración de la renta y la llamada al fontanero para que repare la caldera. Somos lo urgente. Sin ello, quedamos reducidos a pura carcasa conceptual, a un cuerpo que pide ser guillotinado por un Robespierre enloquecido.
   Escribió Umbral que apreciaba la ética del trabajo porque su estética es mejor que la del ocio. La estampa de un hombre trabajando es mucho más inspiradora y honda que la de uno en huelga. El ocioso es repelente, pero no sólo en la estética que proyecta. De nuevo la forma es el fondo.» (...)
   «Yo no podría quedarme en lo importante. ¿Qué mente resistiría un abrazo eterno con la mujer que quiere. ¿Qué cuerpo soportaría la tensión extrema constante, el dolor inalterable y plano, homogéneo e infinito, de un amor inabarcable e indomable? Es posible que alguien haya sido capaz alguna vez. Titanes ha habido con psiques indestructibles. Pero desearlo es propio de imbéciles. Esos poetas locos que persiguen la intensidad del dolor, inventándose su propia desdicha. Esos imberbes e insoportables que ansían librarse de lo urgente para atender a la importancia de su ombligo. Todos esos aburridos desconocen el poder de lo que invocan y, si se les presentara finalmente la transcendencia que tanto anhelan, no la aguantarían ni un segundo. Huirían dejando una estela de humo como en los dibujos animados. No saben que lo urgente nos libera. La vida nos previene de la propia vida. Por suerte, siempre hay demasiadas tareas por hacer. No es mejor la estética del trabajo. Simplemente, es la única soportable.
   Lo urgente es también este libro. Con su escritura esquivo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro el lenguaje y estructura sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave. De otro modo, me perderían las sirenas o me cegaría la contemplación del brillante y amorfo espanto que me rodea y me atraviesa.» (Pp. 125-127)
La hora violeta. Sergio del Molino Sergio del Molino
LA HORA VIOLETA
Mondadori, 2013

lunes, 20 de mayo de 2013

Patrones de la cultura japonesa

«Hay una larga serie de palabras japonesas para definir el estado mental que el experto en autodisciplina debe lograr. Algunos de estos términos se aplican a los actores, otros a los devotos religiosos, a los esgrimidores, a los oradores, a los pintores y a los maestros de la ceremonia del té. Todos tienen el mismo sentido general, y yo emplearé solamente la palabra muga, que es la que se emplea en el budismo Zen, el culto floreciente de la clase alta. La descripción de este estado de maestría es que denota aquellas experiencias, ya sean seculares o religiosas, donde "no existe la más mínima ruptura" entre la voluntad del hombre y sus actos. Una descarga eléctrica pasa directamente del polo positivo al negativo. La gente que no ha conseguido la maestría tiene algo parecido a una barrera de no conducción que se interpone entre la voluntad y el acto. Ellos lo llaman el "yo observador", el "yo que se interfiere"; y cuando esta barrera ha sido eliminada mediante diversas formas de entrenamiento, el experto pierde todo sentido de "estar haciendo algo". El circuito corre libremente. El acto se hace sin esfuerzo, es "unilateral". La acción reproduce completamente el cuadro que el actor se había dibujado en su mente.»
El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa. Ruth Benedict EL CRISANTEMO Y LA ESPADA
(The Chrysantemum and the Sword.
Patterns of Japanese Culture
, 1946)
Ruth Benedict (1887-1948)
Trad. Javier Alfaya
Alianza Editorial, 2011

sábado, 18 de mayo de 2013

Ciudad abierta. Teju Cole

«Las caminatas satisfacían una necesidad: eran un desahogo respecto de la estrecha regulación del medio mental del trabajo y, no bien descubrí su calidad terapéutica, se volvieron cosa normal y olvidé cómo había sido la vida antes de empezar a andar. El trabajo era un régimen de perfección y competencia, ninguna de las cuales permitía improvisaciones ni toleraba errores. Por interesante que fuese mi proyecto de investigación—llevaba a cabo un estudio clínico de trastornos afectivos en personas mayores—, el grado de detalle que demandaba era de una complejidad que excedía todo lo que había hecho hasta entonces. De modo que las calles constituían una bienvenida réplica a las horas de trabajo. Ninguna decisión—dónde doblar a la izquierda, cuánto quedarse absorto frente a un edificio abandonado, ver el sol poniéndose en Nueva Jersey o bajar por la penumbra del East Side mirando hacia Queens—tenía consecuencias, y por esto mismo cada una era un recordatorio de libertad. Recorría las manzanas de la ciudad como si las midiera a zancadas, y en mi avance sin rumbo las estaciones de metro oficiaban de motivos recurrentes. Ver grandes masas de gente corriendo hacia cámaras subterráneas siempre me resultaba extraño, y sentía que la raza humana entera, llevada por el contrarreflejo de una pulsión de muerte, se precipitaba en catacumbas móviles. Por encima del suelo yo estaba con otros miles, cada uno en soledad, pero en el metro, apretado contra extraños, empujándolos y empujado por ellos en disputas por espacio y por aire, todos poniendo en escena traumas inconfesados, la soledad se intensificaba.»

Ciudad abierta en un tren japonés Teju Cole

CIUDAD ABIERTA
(Open City, 2011)

Trad. Marcelo Cohen
Acantilado, 2012

jueves, 16 de mayo de 2013

Tiempo de Fuji


Esta primavera en mi cabaña.
Absolutamente nada.
Absolutamente todo.
Yamagushi Sodo (1643-1716)

martes, 14 de mayo de 2013

"Me matas, me haces bien"

"Desde el aeropuerto de Hiroshima, tuve una impresión muy concreta: no estábamos en 1989. Ya no sabía qué año era: por supuesto no estábamos en 1945, pero aquello parecía los años cincuenta o sesenta. ¿Acaso el choque atómico había ralentizado el curso del tiempo? No faltaban construcciones modernas, la gente vestía normalmente, los vehículos no diferían de los del resto de Japón. Era como si los seres vivieran con más intensidad que en otra parte. Vivir en una ciudad cuyo nombre significaba, para el mundo entero, la muerte, había exaltado en ellos una fibra viva (...)
    El Museo de la Bomba me dejó estupefacta. Por más que los conozcas, los detalles de la cuestión superan la imaginación. Las cosas están presentadas con una eficacia que roza los límites de la poesía: se habla de ese tren que, el 6 de agosto de 1945, recorría la costa en dirección a Hiroshima, transportando, entre otros, a los trabajadores de la mañana. Con tranquilidad, los viajeros miraban la ciudad a través de las ventanillas de los vagones. Luego el tren entró en un túnel y, cuando salió, los trabajadores vieron que ya no quedaba nada de Hiroshima.
   Paseando por las calles de aquella ciudad de provincias, pensé que la dignidad japonesa tenía allí su retrato más impactante. Nada, absolutamente nada, hacía pensar en una ciudad mártir. Me pareció que, en cualquier otro país, semejante monstruosidad habría sido explotada hasta la náusea. El capital de victimismo, tesoro nacional de tantos y tantos pueblos, no existía en Hiroshima (...)
    A continuación, Rinri sacó de su bolsillo el libro de Marguerite Duras. Lo había olvidado. Me leyó en voz alta, de principio a fin, Hiroshima mon amour (...)
    Lo más duro fue contener la risa cuando, irritado por la incomprensión, leyó: "Me matas, me haces bien." No lo decía como Emmanuelle Riva.
    Dos horas más tarde, cuando terminó, cerró el libro y me miró:
    -Magnífico, ¿verdad? -me atreví a murmurar.
    -No lo sé -respondió, implacable.
    No me iba a resultar tan fácil salir de aquella.
   -Poner en un mismo nivel de igualdad a la joven francesa rapada durante la Liberación y al pueblo de Hiroshima, había que tener los bemoles de Duras para hacer eso.
    -¿Ah, sí? ¿Eso es lo que significa? -preguntó Rinri.
    -Sí. Es un libro que exalta el amor víctima de la barbarie.
    -¿Y por qué la autora lo dice de un modo tan extraño?
    -Es Marguerite Duras. Su encanto es que sientes las cosas sin que necesa- riamente las entiendas.
    -Yo no he sentido nada.
    -Sí, estabas enfadado.
    -¿Es la reacción que busca?
   -A Duras también le gusta. Es una buena actitud. Cuando terminas un libro de Duras, sientes frustración. Es como una investigación al final de la cual has entendido poco. Has entrevisto cosas a través de un cristal esmerilado. Te levantas de la mesa y todavía tienes hambre.
    -Tengo hambre.
    -Yo también."
Ni de Eva ni de Adán. Nothomb, Amélie NI DE EVA NI DE ADÁN
(Ni d'Ève ni d'Adam, 2007)
Amélie Nothomb
Trad. Sergi Pàmies
Anagrama, 2009

sábado, 11 de mayo de 2013

Naomi o El amor de un tonto (Tanizaki)

"Voy a intentar referir los hechos de nuestra relación conyugal exactamente como sucedieron, con toda sinceridad y franqueza. Es probable que sea una relación sin precedentes. Mi narración me proporcionará un registro precioso de algo que no quiero llegar a olvidar. Al mismo tiempo, estoy seguro de que también mis lectores la encontrarán instructiva. A medida de que el Japón se hace cada día más cosmopolita, los japoneses y los extranjeros se mezclan con entusiasmo; se introducen toda clase de doctrinas y filosofías nuevas, y lo mismo hombres que mujeres adoptan las últimas modas occidentales. Sin duda, siendo los tiempos como son, el tipo de relación marital que hemos tenido, hasta ahora nunca visto, empezará a aparecer por todas partes.

Retrospectivamente veo que fuimos una pareja extraña desde el primer momento. Hará unos siete años que conocí a la mujer que es ahora mi esposa; no recuerdo la fecha exacta. En aquella época era camarera en un sitio llamado Café Diamante, cerca de la puerta Kaminari del templo de Kannon en Asakusa. Tenía sólo quince años, y cuando la conocí acababa de ponerse a trabajar. Era una principiante: una aprendiza, una camarera en flor, por así decirlo, todavía no una empleada hecha y derecha.

Por qué yo, un hombre de veintiocho años, hubiera de fijarme en una chiquilla como ella, no lo entiendo; pero es muy posible que al principio me atrajera su nombre (...)"
Naomi (El amor de un tonto). Tanizaki NAOMI
(Chijin no ai / El amor de un tonto, 1933)
Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886-165)
Trad. María Luisa Balseiro
DeBolsillo, 2012

miércoles, 8 de mayo de 2013

Un jardín rocoso

"Entre los célebres jardines rocosos de Kioto están los del Templo del Musgo, los del Pabellón de Plata y el de Ryoanji, este último tal vez exageradamente famoso, si bien puede decirse que materializa la esencia misma de la estética zen.
   Otoko los conocía todos y conservaba una imagen de cada uno de ellos. Pero desde el final de la época de las lluvias visitaba en particular el Templo del Musgo para hacer bocetos de su jardín rocoso. No es que pretendiera pintarlo. Sólo quería absorber un poco de su fuerza.
  ¿Acaso no era aquel uno de los jardines de piedra más robustos y antiguos? El paisaje rocoso de la ladera carecía de la tierna belleza del llamado Jardín del Musgo, situado más abajo. De no ser por los visitantes que lo recorrían, habría permanecido horas y horas contemplándolo. Simulaba dibujar para evitar la curiosidad de la gente que la veía allí contemplándolo inmóvil desde un ángulo y desde otro.
   El Templo del Musgo había sido reparado en 1339 por el sacerdote Muso, quien había restaurado las edificaciones y hecho excavar un estanque y construir una isla. Se decía que llevaba a sus visitantes a un pabellón-mirador en el punto más alto de la colina, para disfrutar de la vista de Kioto. Todos aquellos edificios habían sido destruidos. El jardín debía de haber sido restaurado muchas veces, después de inundaciones y otras calamidades. En apariencia, el actual paisaje árido, que simboliza una cascada y un arroyo, estaba construido a lo largo de un sendero flanqueado de farolas de piedra que conducía al pabellón mirador. Era muy probable que hubiera permanecido inalterable, puesto que eran piedras.
   Otoko sólo visitaba aquel jardín de rocas para contemplarlo y tal vez dibujarlo; no tenía interés en los datos históricos. Keiko la seguía como su sombra."
LO BELLO Y LO TRISTE. Kawabata De LO BELLO Y LO TRISTE
(Utsukushisa to Kanashimi to, 1964)
Yasunari Kawabata (1899-1971)
Trad. Nélida Machain
Austral, 2011

lunes, 6 de mayo de 2013

En Kioto hay rincones

"En Kioto, hay rincones, casi siempre despreciados, del centro donde se guarecen algunos de los más bellos jardines japoneses. El visitante recorre primero largas avenidas grises menos agresivamente contemporáneas que las de Tokio; aunque alineadas exactamente siguiendo las antiguas avenidas imperiales, el efecto producido es de un occidentalismo ajado y monótono. Los callejones típicamente nipones se cuelan por entre las calles que fueron modernas hacia 1910; ilustres casa de té, en realidad prostíbulos, se encierran detrás de sus empalizadas y paredes de papel de arroz; y a nadie se le ocurriría detenerse en ellas, si un amigo japonés no viniera a decirnos que era allí, precisamente, donde los jefes de los 47 rônin iban a urdir sus planes bajo el disfraz del libertinaje. Discretas tiendas, atestadas de viejas sedas o de exquisitos abanicos, avergüenzan a la costosa chatarra de los almacenes para turistas; en unos talleres con techos bajos y escaleras de mano, siete u ocho empleados se afanan en torno a un "tesoro nacional vivo", maestro indudable en su arte, que tardará seis meses en perfeccionar un quimono, tan caro como en otras parte cuesta un aderezo de diamantes."
UNA VUELTA POR MI CÁRCEL. Yourcenar
De UNA VUELTA POR MI CÁRCEL
(Le tour de la prison, 1991)
Marguerite Yourcenar
Punto de lectura, 2009

sábado, 4 de mayo de 2013

Por el puro placer estético (viajar)

"En mis propias obras dos viajeros, sobre todo, se imponen. Uno de ellos, el emperador Adriano, parece haber poseído verdaderamente las características más esenciales de los viajeros de todos los tiempos: hombre de negocios y hombre de Estado movido por razones pragmáticas, que recorre, en sus largos periplos, el vasto mundo romano de su tiempo y sus fronteras bárbaras, pero para quien el viaje era también placer y pasión personales, además de –cosa que sigue siendo, incluso en nuestros días, todo viaje inteligentemente realizado– una escuela de resistencia, de asombro, casi de áscesis, un medio de perder los propios prejuicios confrontándolos con los del extranjero. Adriano el Griego, como lo llamaban sus detractores en Roma, escapó de la rutina romana o, más bien, supo integrarse en otra cosa gracias a su cultura, es verdad, pero también gracias a sus viajes. Parece ser que fue el primer hombre –el primer hombre conocido– que escaló una montaña no sólo por razones religiosas, como lo hizo en el monte Cassio en Siria, sino también, como en el Etna, por el puro placer estético y científico de contemplar desde muy alto el sol naciente. A la vez organizador, peregrino, aficionado y observador del bello espectáculo del mundo."
UNA VUELTA POR MI CÁRCEL. Yourcenar
De UNA VUELTA POR MI CÁRCEL
(Le tour de la prison, 1991)
Marguerite Yourcenar
Punto de lectura, 2009

jueves, 2 de mayo de 2013