jueves, 31 de octubre de 2013

Wislawa Szymborska: Una del montón

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.

Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

Wislawa Szymborska. Una del montón. Versión de Gerardo Beltrán.   [Y Posibilidades]

sábado, 26 de octubre de 2013

Muñoz Molina: "Escribir porque sí"

Houellebecq en El mapa y el territorio «Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. [...] Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mediante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. [...] En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos. Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales, más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby-Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro. Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento. [...] Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Vila-Matas, alias Doctor Pasavento Escribir [...] agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.»
[del discurso recepción premio letras fpa 2013]

miércoles, 23 de octubre de 2013

Murakami (& us) en la estación de Shinjuku

«La estación de Shinjuku es inmensa. Alrededor de tres millones y medio de personas la utilizan todos los días. El libro Guinness de los récords la reconoce oficialmente como la estación con mayor número de usuarios del mundo. En ella se cruzan varias líneas. Las principales son las líneas Chüö, Söbu, Yamanote, Saikiyö, Shönan-Shinjuku y Narita Express. Sus vías forman un complejísimo entramado, con un total de dieciséis andenes. A todo eso hay que añadir dos líneas privadas, Odakyü y Keiö, y tres líneas de metro, que entroncan a ambos costados de la red, como unidas por unos enchufes. Es un laberinto. En las horas punta, un mar de gente entra en ese laberinto. Ese mar espumea, se vuelve bravío, brama, fluye veloz hacia las entradas y las salidas. La corriente humana que se desplaza para realizar transbordos se enmaraña aquí y allá, dando origen a peligrosos remolinos. Ningún profeta, por poderoso que sea, podría dividir en dos ese mar revuelto y encabritado.

Resulta difícil creer que en esas horas punta, cinco días a la semana, una vez por la mañana y otra por la tarde, el escaso número de empleados de la estación pueda controlar a esa abrumadora cantidad de personas de manera eficiente y sin cometer errores graves. Son momentos particularmente problemáticos. Todos los usuarios se dirigen presurosos a su destino. Tienen que fichar antes de determinada hora. Es imposible que estén de buen humor. Todavía van un poco amodorrados. Y los vagones, prácticamente abarrotados, maltratan sus cuerpos y ponen a prueba sus nervios. Sólo los más afortunados logran sentarse. Tsukuru siempre se admiraba de que no se produjeran más disturbios ni ocurrieran accidentes cruentos. Si esa estación y esos vagones desmesuradamente atestados fuesen blanco del ataque de un grupo de terroristas fanáticos, no hay duda de que sucedería una catástrofe. Causaría estragos. Sería una pesadilla inimaginable, tanto para los trabajadores de la estación y de las compañías como para la policía y, por supuesto, para los pasajeros. A pesar de ello, en la actualidad apenas hay recursos para prevenir una calamidad como ésa. Y, sin embargo, esa sobrecogedora pesadilla se hizo realidad, en Tokio, en la primavera de 1995.

Los empleados de la estación gritan, ruegan a todas horas por los altavoces; los timbres que avisan de la salida de los convoyes pitan sin descanso; los torniquetes leen en silencio la información de tarjetas, billetes y bonos. Los largos trenes que parten y entran en la estación con precisión de segundos regurgitan sistemáticamente gente, como ganado paciente y bien adiestrado; luego engullen otra tanta e, impacientes por cerrar las puertas, arrancan y se dirigen a la siguiente estación. Si al subir y bajar las escaleras, en medio de la muchedumbre, alguien pisa a un usuario y éste pierde un zapato, le será imposible recuperarlo. El zapato desaparecerá tragado por las impetuosas arenas movedizas de la hora punta. Al usuario, sea hombre o mujer, no le quedará más remedio que pasar esa larga jornada con un solo zapato.

A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta (quizá era esa estación de Tokio, pero podría haber sido cualquier otra). Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: «Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices». La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

«¿Cuánto tiempo consumirá la gente todos los días en acudir a sus puestos de trabajo?», se preguntaba Tsukuru. Entre una hora y una hora y media, y eso sólo a la ida. Si un oficinista normal y corriente, casado, con uno o dos hijos, y que trabaje en el centro de la ciudad, decidiese comprar una casa, tendría que ser necesariamente en las «afueras»; por lo tanto, para ir al trabajo necesitaría esa hora, hora y media para llegar. Eso quiere decir que, de las veinticuatro horas del día, pierde dos o tres tan sólo en ir y volver del trabajo. Si tiene suerte, quizá pueda leer el periódico o un libro de bolsillo dentro del tren abarrotado. O, por ejemplo, en el iPod, escuchar sinfonías de Haydn u oír hablar español para aprender el idioma. Otras personas cierran los ojos y se sumen en profundas meditaciones. Sin embargo, pocos afirmarían que esas dos o tres horas sean las mejores y más provechosas de la vida. ¿De cuánto tiempo nos despojan? ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas se esfuma en esos probablemente absurdos desplazamientos? ¿En qué medida eso nos desgasta y extenúa?

Sin embargo, ése no era un problema que inquietara a Tsukuru Tazaki, cuyo trabajo consistía principalmente en diseñar y remodelar estaciones para una compañía ferroviaria. Cada uno hacía lo que quería con su vida. Además, eran sus vidas, no la vida de Tsukuru. A cada uno le tocaba juzgar hasta qué punto la sociedad en que vivía era infeliz o no. Él sólo tenía que pensar en guiar por las estaciones a ese ingente flujo de personas de manera adecuada y segura. Para hacerlo no necesitaba entregarse a profundas meditaciones. Tan sólo necesitaba ser eficaz. Tsukuru no era un pensador, tampoco un sociólogo, sino un simple ingeniero.» (pp. 295-298)

HARUKI MURAKAMI
Los años de peregrinación del chico sin color
(色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年,
Shikisai wo motanai Tasaki Tsukuru to, Kare no Junrei no Toshi, 2013)
Trad. Gabriel Álvarez Martínez
TUSQUETS, 2013
[novela de autoayuda juvenil]

martes, 22 de octubre de 2013

Sherwood Anderson: Winesburg, Ohio

  «El escritor estuvo una hora trabajando en su mesa. Al final escribió un libro que llamó EL LIBRO DE LO GROTESCO. Nunca llegó a publicarse, pero yo tuve ocasión de leerlo una vez y dejó una huella indeleble en mi imaginación. El libro tenía una idea central que resulta un tanto extraña y que no he olvidado jamás. Recordándola, he podido comprender a mucha gente y muchas cosas que antes me habían resultado incomprensibles. Era una idea complicada, pero se podría explicar de forma sencilla más o menos así:
  Al principio, cuando el mundo era joven, había una enorme cantidad de ideas, pero no eso que llamamos una verdad. Fue el hombre quien hizo las verdades y cada una de ellas consistía en una mezcla de varios pensamientos más o menos vagos. Las verdades se extendieron por todo el mundo y todas eran hermosas.

  El anciano había anotado cientos de verdades en su libro. No trataré de reproducirlas aquí todas. Estaban la verdad de la virginidad y la verdad de la pasión, la verdad de la riqueza y de la pobreza, del ahorro y el dispendio, del descuido y el abandono. Cientos y cientos de verdades y todas hermosas.

  Y luego apareció la gente. A medida que fueron llegando, cada cual se apropió de una verdad y algunos que eran más fuertes se apropiaron de una docena de ellas.

  Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades. El anciano tenía una teoría muy elaborada al respecto. En su opinión, siempre que alguien se apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y trataba de regir su vida por ella, se convertía en un ser grotesco y la verdad que había abrazado se transformaba en una falsedad.» (pp. 11-12)
Sherwood Anderson: Winesburg, Ohio. Acantilado, 2009
SHERWOOD ANDERSON
(1876-1941)

Winesburg, Ohio
Trad. Miguel Temprano
ACANTILADO, 2009
Sherwood Anderson (1876-1941)

[ portadas de 'Winesburg, Ohio' ]

jueves, 17 de octubre de 2013

Enrique Vila-Matas: Fuera de aquí

«Lo principal para mí era explorar mis propios límites. Aventurarme en nuevos terrenos y ver qué sucedía. Terrenos no muy sencillos para mí, aunque ya estoy acostumbrado a explorar. Mira, cuando publiqué Bartleby y compañía me dijeron que había llegado a un callejón sin salida. Porque ¿qué pensaba escribir después de haber reflexionado sobre la lucidez de los que dejan de escribir? Para poder continuar tuve que irme al otro extremo del bartlebysmo, me fui al mal de Montano, al mal de los que no pueden dejar de escribir. Pero, cuando publiqué este nuevo libro, me dijeron que de nuevo estaba en un callejón sin salida y me preguntaban qué haría después de aquello. Escribí entonces mis memorias de juventud en París (París no se acaba nunca) y luego narré en Doctor Pasavento la desaparición a través de la propia escritura, cómo ésta acababa desintegrándose en pequeños fragmentos de papel, en microgramas poéticos. Ahí sí que llegué a un verdadero callejón sin salida, pero no nos engañemos: me lo había buscado a conciencia. Porque en Doctor Pasavento había buscado –como nunca– espacios inéditos. En fin. Como me había plantado ante el abismo mismo, decidí que para continuar sólo tenía que hacer lo que en definitiva ya había hecho en los tres anteriores libros: seguir jugándomela, dar un paso más adelante, aunque en este caso el paso sería ya en el vacío; seguir mi camino narrativo dando un paso más allá; o, por decirlo con un título magnífico de un ensayo de Maurice Blanchot, dar El paso (no) más allá.

Man on Wire Entonces, lo que hice fue instalarme en un espacio de exploración del vacío, del abismo. En esta ocasión, en lugar de llegar a un nuevo callejón sin salida, lo que hice fue cruzar un puente en el vacío y buscar que se abrieran para mí abismales perspectivas. Algo para mí está claro en todo esto: ya no puedo mirar ni volver atrás. "El drama contemporáneo estriba en que ya no podemos regresar a casa", decía Nicholas Ray a Wim Wenders en la película sobre su vida y muerte en Nueva York. "No hay que volver atrás", dice Blanchot. Y Sergio Pitol, que es quien mejor ha descrito hasta ahora mis pasos de solitario en una carretera perdida, definió así mi trabajo literario: "Desde el inicio de su obra, él se ha planteado con frecuencia una escena de descenso, una caída, el viaje interior en uno mismo, una excursión hacia el fin de la noche, la negativa absoluta de regresar a Ítaca; en síntesis: el deseo de viajar sin retorno".

Y es cierto, viajo sin pensar en un retorno, que sé perfectamente que es imposible.» (pp. 176-177)
ENRIQUE VILA-MATAS: Fuera de aquí. Conversaciones con André Gabastou

ENRIQUE VILA-MATAS
Fuera de aquí. Conversaciones con André Gabastou
(Vila-Matas, pile et face. Reencontre avec André Gabastou, Argol 2010)
Galaxia Gutenberg, 2013
265 pág., 21 €

Vila-Matas, pile et face. Reencontre avec André Gabastou


lunes, 14 de octubre de 2013

Siempre supe que volvería a leerte, Eduardo Lago

  «Cuando empecé a analizar las fichas, tuve la impresión de estar contemplando el embrión palpitante de una novela arrancada del útero de la imaginación de su autor, como cuando se rescata el feto vivo del vientre de una mujer embarazada que acaba de morir en un accidente de tráfico. El organismo narrativo recuperado estaba empezándose a formar. Unas veces, un atisbo de luz me permite ver el trazado que tendrían en el futuro los cartílagos, las venas, los nervios del relato. Otras, el bosquejo genético de la zona que estaba examinando era tan impreciso que no cabía siquiera sospechar que de allí pudiera surgir en el futuro una víscera. Lo más llamativo de todo, al menos para mí, es que Nabokov no quiere dar un solo paso sin implicar al lector, por eso me parece tan importante hacer bien este informe 23.
  No hace falta elaborar nada, Lo tiene usted en las fichas. Es como si Nabokov nos estuviera pidiendo directamente ayuda. Lea en voz alta, por favor 24
Eduardo Lago: Siempre supe que volvería a verte, 
Aurora Lee
EDUARDO LAGO
Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee
Malpaso Ediciones, 2013
23 ¿Podría elaborar algo más lo del papel del lector?
24 Insto al lector a que emprenda la búsqueda de un libro como el que intento describir aquí. No será fácil dar con él, estará oculto en el anaquel más alto que quepa imaginar y estará muy pobremente iluminado, pero no importa. Lo que cuenta es que existe, del mismo modo que existen la magia y la muerte. Una vez se haya dado con él, podemos seguir con nuestro personaje.   (p. 94)
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martes, 8 de octubre de 2013

"Henry, dondequiera que estés... sal a saludar"

«(...) Seguía turbándole la sospecha de que el reiterado aplazamiento de su visita pudiera haber contribuido a la depresión de Fenimore.
   El hallazgo que más le trastornó, sin embargo, era un pasaje en su cuaderno, al parecer una idea para un relato. “Imagino a un hombre nacido sin corazón. Es bueno, al menos no es cruel; no es un libertino, se comporta bien, pero no tiene corazón.” ¿Estaba ella pensando en él? No era verdad, por supuesto, que no tuviese corazón, pero ¿acaso daba esa impresión? Las palabras de Fenimore sintonizaban con algo que Flaubert le había dicho, allá por los años setenta, en una de las reuniones dominicales de escritores en su guarida de un quinto piso en el Faubourg St. Honoré, al referir con sosiego una devastadora acusación formulada por la madre del francés, y sin ánimo de negar su veracidad: “Tu manía de hacer frases te ha secado el corazón”, había escrito la señora Flaubert a su hijo. Ya entonces, y aunque estas palabras iban dirigidas a otro hombre, había sentido el pequeño escrúpulo aprensivo de que algún día pudieran achacárselo a él, porque compartía con Flaubert la manía de las frases, de hacer frases de un equilibrio perfecto, una construcción intrincada, una cadencia sutil y un sentido de una densidad tan apretada como un relleno de carne. ¿Resecaba el corazón una obsesión así? ¿Era el precio inevitable que había de pagar por el logro artístico? A veces se temía que sí.» (p. 274)
[about Henry James (1843-1916)]

DAVID LODGE
¡El autor, el autor!
(Author, Author, 2004)
Trad. de Jaime Zulaika
Anagrama, 2006
495 páginas

sábado, 5 de octubre de 2013

José Luis de Juan: "Hopper y la luz de Nueva York"

«Para Edward Hopper, Nueva York era su hogar, su mundo, su pesadilla. [...] En sus pinturas, Nueva York es un barrio de esquinados puentes de acero, edificios de ladrillo bañados por la luz de la mañana, calles y tejados vacíos. Una urbe horizontal sin multitudes, sin autos ni estrés, sorda y muda. Llena de sol y de ventanas. De figuras quietas, detenidas en silencios eternos. [...] Hopper tuvo en la calle East 59th un estudio que ya no existe. Estaba muy cerca del puente Queensboro(1), el mismo que Woody Allen retrató en Manhattan y del que Scott Fitzgerald escribió que la vista sobre él es como la primera promesa de todo el misterio y la belleza del mundo. Antes que ellos, allí iba el pintor para dibujar ese puente que conecta Manhattan y Queens pasando por la isla Roosevelt [...] No le interesaban las postales. Nunca pintó el puente de Brooklyn ni rascacielos alguno, ni siquiera un taxi amarillo, ni el Woolworth o el Flatiron. [...] En Washington Square(3), frente al número 3 del costado norte de la plaza. Una hilera de casas neoclásicas (ver Washington Square, de Henry James). Aquí, en el ático, el joven Edward alquiló un estudio en el que acabó viviendo con su mujer, Josephine, también artista. Sus vecinos eran Edmund Wilson, John Dos Passos y E. E. Cummings. [...] Aquí pintó Hopper casi todas sus telas, excepto las de Cape Cod. Desde la ventana reconstruyó la vista, suprimiendo los árboles del parque, convirtiendo la animación de la plaza en sombras solitarias. [...] Llegamos a Nyack (unos 7.000 habitantes). La calle en la que nació Hopper (82, North Broadway)(5) está flanqueada por casas de madera pintadas de azules pálidos, cremas, sienas. Su casa se conserva intacta. La habitación de Edward mira al Hudson. [...] Los porches frontales de sus casas le inspiraron varios cuadros, como Summer evening (Tarde de verano), y la casa Pretty Penny, que se encuentra en la misma calle donde vivió. Más adelante está la esquina pintada, 7 AM (Las siete de la mañana), un escaparate ahora vacío, antesala del limbo que fue para él Nyack. Debemos trepar por la colina del cementerio(7) abierto para dar con su tumba, en la que reposa junto a Jo. Edward Hopper (1882-1967). [...] Vamos a Haverstraw(8), un pueblo cercano donde está la casa de House by the railroad (Casa junto a la vía del tren), hoy en el MOMA(9), aunque es el Whitney(10) el museo que tiene más obra suya. Hopper no era un pintor realista. Esa casa siniestra en la que algo va a ocurrir la construyó en el estudio a su manera, sólida y enigmática como una pirámide. Hitchcock se inspiró en el cuadro para su película, y diseñó la casa del crimen a su imagen y semejanza. Vemos la mansión original para intentar ver qué vio Hopper en ella que ya no está o quizá nunca estuvo. Al salir del pueblo topamos con otra muy parecida y nos preguntamos si la de Hopper es una mezcla de las dos. [...] Edward cazaba por las noches en su propio barrio, Greenwich Village. ¿Dónde cobró su obra maestra, Nighthawks (Halcones de la noche o Noctámbulos)? Algunos dicen que el coto de caza estaba en una esquina de Greenwich Avenue, donde la calle 11 encuentra la Séptima Avenida(13). Yo creo que ese bar lo formó en su imaginación, que iba más allá de las cosas, a base de rojos, azules, negros y blancos. Misterio urbano, en ese cuadro y tantos otros suyos está el Nueva York oculto, tan real como el que ahora se transforma cada mañana.»

Extracto de Hopper y la luz de Nueva York de José Luis de Juan. El País, 7/06/2013

jueves, 3 de octubre de 2013

Genís Roca: "Dime qué hace Google hoy, y te diré qué nos pasará mañana"

«Google no es una empresa de tecnología, y mucho menos un buscador. Google es una empresa de I+D, probablemente la mayor que ha existido en la historia de la humanidad si omitimos los ejércitos.

El motor de búsqueda que todos conocemos es la evolución de la tesis doctoral de los dos fundadores de la compañía, y todo apunta a que la empresa sigue liderada con la mentalidad de unos investigadores. Un breve análisis de la compañía da suficientes indicios de su afán explorador, que en más de una ocasión les ha permitido anticiparse al mercado de manera significativa: crearon Google Maps muchísimo antes que la gente hablara de geoposicionamiento; apostaron por YouTube cuando la web era textual; compraron Blogger antes que Tim O’Reilly acuñara el término Web 2.0; impulsaron Android dos años antes que Apple presentara su primer iPhone; compraron Motorola también dos años antes que Microsoft decidiera comprar Nokia… la historia de Google es una historia de anticipación. Pero también de diversificación: cartografiar Marte (Google Mars), fotografiar las calles de todas las ciudades del mundo (Google Street View), intentar escanear todos los libros de la humanidad (Google Books), volver a pisar la Luna (Google Lunar X Prize), resolver la traducción entre decenas de idiomas (Google Translate), poner Internet en unas gafas (Google Glass), ver como la biomedicina puede alargar nuestra vida más allá de los 100 años (Calico), hacer operativo y legal un coche que circule sin conductor, y un largo etcétera que seguramente nadie conoce.

Todo ello es posible porque el año 2000 idearon Adwords, un autoservicio de publicidad en la red que dictó las reglas del juego, los situó como líderes y es la base con la que desde entonces obtienen unos beneficios de 10.000 millones de dólares anuales. Y ahí radican dos de las grandes ventajas competitivas de Google: las otras compañías no tienen 10.000 millones de dólares anuales para dedicarse a explorar [...] Google ofrece a sus empleados que dediquen un 20% de su jornada laboral a idear sus propios proyectos, siempre y cuando estén enmarcados dentro de los intereses de la compañía, y así han nacido servicios tan populares como el correo electrónico GMail, o tan significativos como la plataforma Person Finder que ayudó, y mucho, a localizar desaparecidos tras el terremoto de Haití o el tsunami de Japón. Y por si este flujo de innovación en el seno de la compañía no fuera suficiente, Google recurre con normalidad a la innovación externa y captura el conocimiento que necesita allí donde se halle. [...]

Dado que Google es una empresa que se dedica a la innovación, analizar en qué anda ocupada es una buena manera de ver qué futuro nos espera, y no todo son buenas noticias: los movimientos de Google parecen confirmar que en Internet todo está cada vez más controlado y que nuestra actividad está cada vez más auditada. El 1 de marzo de 2012 Google unificó las condiciones de uso de casi todos sus servicios y desde ese momento está capacitado para cruzar datos de nuestra actividad en cualquiera de ellos: qué buscamos en la red, qué páginas web visitamos, qué correos enviamos, qué videos vemos, qué mapas consultamos… y ahora que todos accedemos desde un teléfono móvil: dónde estamos, qué zonas frecuentamos, si viajamos mucho o poco… todo ello potencialmente asociado a nombre, domicilio, datos bancarios y número de teléfono móvil. Por si fuera poco, mientras Google acostumbra a ir dos años por delante, el legislador suele ir cinco años por detrás [...]

El futuro que anuncia Google es interesante: una Internet ubicua y personalizada, acceso a cualquier fuente de información, ciudades inteligentes, mayor esperanza de vida… pero sin confidencialidad. Google no es una empresa de tecnología, es una empresa de I+D, y sus recursos e influencia son tan poderosos que ya no estamos hablando sólo de innovación para nuevos gadgets o servicios, sino de innovación social. Debemos estar atentos porque no estamos discutiendo qué usaremos, sino cómo seremos. Lo digital altera sistemas productivos, transforma sectores e influye en nuestras maneras de relacionarnos, aprender, jugar o trabajar. Estamos configurando la Sociedad Digital, que nadie se engañe pensando que sólo es tecnología.»
[en www.genisroca.com el texto completo y todos sus comentarios]

martes, 1 de octubre de 2013

Antoni Marí: Llibre d'absències

«Aquesta, diguem-ne, doble existència de l'escriptor, l'havia afirmada Stefan Zweig: "L'artista només pot crear el seu món imaginari oblidant-se del món real [...]. Mentre crea és a la seva obra, i per això és incapaç d'observar-se a si mateix [...]. És doncs perfectament natural que un poeta s'oblidi totalment d'ell quan en tots els seus sentits i pensaments viu en un caràcter imaginari. I aquest estat de concentració absoluta no és un element secundari de la creació, sinó que constitueix l'element ineludible, la vertadera mèdul·la del nostre secret. L'artista només pot crear el seu món imaginari oblidant-se del món real [...]. Per aquest entotsolament absolut resulta incapaç de descriure el procés de la creació artística. En efecte, ell no sap de quina manera ha procedit, fins i tot hi ha vegades que ni tan sols sap el que ha produït".» (p. 185)
· · ·
«El poeta Keats, capaç de pensar el que feia mentre escrivia, va reconèixer no ser ell qui componia el poema: "[El poeta] no té identitat, ho és tot i no és res. No té caràcter". [¿No eren aquests atributs els que tenia el príncep Mixkin i els que havia perdut Baudelalre?] "Un poeta és la cosa menys poètica de tot el que existeix, perquè no té identitat, perquè contínuament està anant d'un cos a un altre. És un fet que cap de les paraules que jo pronunciï pot ser acceptada i creguda com una opinió de la meva pròpia naturalesa ¿Com podria ser així, si jo no tinc naturalesa? La funció de la poesia és acollir el que se li mostra, sense interferir-hi, deixant que tot sigui el que és, i perquè això passi ha d'estar mancat d'identitat, o almenys de la identitat que ens familiar".
    ¿Qui escriu, llavors?». (p. 191)
Llibre d'absències
ANTONI MARÍ
LLIBRE D'ABSÈNCIES
Tusquets, 2012