jueves, 8 de mayo de 2014

Salvatores Satta: El día del juicio

«Todo se recogía en casa, todo se trabajaba en casa, y por dicho motivo había en torno a la corte unas rústicas casillas, cada una de las cuales tomaba el nombre de los dones de la tierra que custodiaba, la casilla del aceite, la casilla del trigo, la casilla de la fruta, y además estaba la casilla del horno, que era como un altar, o una tumba etrusca, con los cedazos, los tamices, las paneras, sas canisteddas (los cestos, pequeños y grandes, de hoja de palmera), colgados de las paredes. Para cocer el pan venían mujeres de la vecindad; porque el trabajo era mucho y había que amasar, aplanar la masa en anchas láminas, pasarlas una a una a la mujer que se sentaba junto a la boca del horno, con las puntas del pañuelo atadas sobre la cabeza, el rostro iluminado en la sombra. Ésta ponía las láminas sobre una pala lisa y delgada, de las que fabricaban en invierno los pastores de Tonara, inmovilizados por la nieve, y bajaban a venderlas a Nuoro en la primavera, sobre sus flacos caballos; introducía la pala en el horno y con el calor la lámina se convertía, si estaba bien hecha, en una inmensa bola, que era pasada a otra mujer, sentada con las piernas cruzadas delante de un banquillo, que con un cuchillo la recortaba a lo largo de los bordes, para obtener dos obleas humeantes que poco a poco se quedaban rígidas, se ponían crujientes, e iban a engrosar las altas pilas de donde pasarían luego al aparador. De la profundidad de cuántos milenios había llegado aquel pan sólo Dios lo sabe; tal vez lo habían traído los hebreos que habían sido expulsados de África, por los siglos de los siglos. El trabajo tenía la solemnidad de un rito, también porque se prolongaba hasta la mañana, y las últimas horas traían el silencio; los chiquillos expiaban por la angosta portezuela, se tostaban al calor, se embriagaban con el perfume del pan y de los sarmientos ardientes del lentisco, extasiados con los guiños de las llamas sobre las paredes ahumadas, pero también un poco intimidados por aquellas mujeres trabajadoras, que eran criadas. Éstas veían con ojos regocijados a los hijos del amo, y, como en un juego de manos, en pocos segundos preparaban un pan redondo, en forma de anillo, que sumergían rápidamente en agua, donde chirriaba como un hierro candente, y salía de ella brillante y terso como un espejo: glaseado, se decía exactamente. Era un momento de alegría para ellas y para los chiquillos, que se sentían unidos por aquella cosa inefable y sin amos que es la vida. » (pp. 77-78) CERDEÑA
[Sardegna - Sardigna - Sardìnnia
   Sardenya - Saldìgna - Sardhìgna]

EL DÍA DEL JUICIO
SALVATORE SATTA (1902-1975)
(Il giorno del giudizio, Adelphi, 1979)

Prólogo de George Steiner
Traducción de Joaquín Jordá
Anagrama. Barcelona, 2010

5 comentarios:

Elena dijo...

Dedicado a mi PAZnadera favorita.
Y a ese sardo de Yecla (y sus tre principesse).
Un gran libro, denso y telúrico.

Pterosister dijo...

Sí que tiene buena pinta el libro.
Yo también me acordé de nuestra panadera cuando estaba leyendo el fragmento que has puesto.
Y qué lástima que al sardo no se le vea la cara, con lo guapo que es.

Para finalizar:
¡Feliz cumpleaños!

Elena dijo...

Tante grazie, pterisorella (e anche tante auguri a tutti).

Anónima dijo...

Me he quedado deslumbrada con el fragmento. ¿Puedes traerlo para que lo leamos entero?
A cambio, te daré tomates.

Elena dijo...

Eso está hecho.