domingo, 19 de abril de 2015

Patricio Pron: El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia

«Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, ocho años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que el recuerdo de esos años —por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años— es más bien impreciso y esquemático: recuerdo las habitaciones de dos casas donde viví, recuerdo la nieve metiéndose dentro de mis zapatos cuando me esforzaba por abrir un camino entre la entrada de una de esas casas y la calle, recuerdo que luego echaba sal y la nieve se volvía marrón y comenzaba a disolverse, recuerdo la puerta del consultorio del psiquiatra que me atendía pero no recuerdo su nombre ni cómo di con él. [...] Unos años después de haber dejado aquella ciudad alemana, regresé y rehíce el camino hacia la consulta de aquel psiquiatra y leí su nombre en la placa que había junto a los otros timbres de la casa, pero el suyo era solo un nombre, nada que explicase por qué yo le había visitado ni por qué él me había pesado cada vez que me había visto, ni cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero; aquella vez me dije que podía tocar a su puerta y preguntarle por qué yo le había visitado y qué había pasado conmigo durante esos años, pero después consideré que tendría que haber pedido una cita previa, que el psiquiatra no debía de recordarme de todas maneras, y que, además, yo no tengo curiosidad sobre mí mismo realmente. Quizá un día un hijo mío quiera saber quién fue su padre y qué hizo durante esos ocho años en Alemania y vaya a la ciudad y la recorra, y, tal vez, con las indicaciones de su padre, pueda llegar a la consulta del psiquiatra y averiguarlo todo. Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar con verdadera imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo,
incluida la vida, pero sí pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria. Los hijos son los policías de sus padres, pero a mí no me gustan los policías. Nunca se han llevado bien con mi familia.» (inicio)

3 comentarios:

Elena dijo...

Compré este libro en una librería de Nueva York que estaba cerca del hotel. Me gustan mucho estas ediciones de Vintage Español que no pesan nada y son ideales para los viajes. Siempre cae alguno :)

El libro, mi primer Pron, me ha parecido bastante interesante. Aunque disiento con el autor en cuanto a la relevancia de los aspectos autobiográficos de quien escribe. Cuando son buenas, me encanta toda clase de memorias, autobiografías, epístolas... Incluso los recuerdos inventados (que seguramente son casi todos).

Patricio Pron dijo...

Gracias por tu interés en mi trabajo, Elena. Desafortunadamente, sin embargo, los recuerdos no son inventandos en este caso y, por ejemplo, puedes leer aquí lo que mi padre dijo tras la lectura de la novela:

http://patriciopron.blogspot.com.es/p/el-espiritu-de-mis-padres-sigue.html

Un saludo cordial,


P

Elena dijo...

Gracias a ti, Patricio, por la puntualización. Ya sabía, por todas las referencias que he leído, que lo narrado en este libro se acerca bastante a la realidad. Y ha sido, por tu parte, un espléndido ejercicio de reconstrucción de una parte (terrorífica) del pasado.

Cuando hablaba de recuerdos inventados, hablaba, en genera, de como la memoria tergiversa nuestros recuerdos. Incluso los más verdaderos.