martes, 23 de junio de 2015

Maruja Torres: Diez veces siete

Tuve un balcón en Beirut...
Diez veces siete
Una chica de barrio nunca se rinde
MARUJA TORRES
Booket, 2015
256 págs. | 7,99 €
primer capítulo
«En medio de aquella agitación [...], mi vida, qué quereis que os diga, resultaba apasionante. La tribu periodística, bautizada así por el maestro Manu Leguineche, tenía en aquellos momentos Beirut como escenario de sus aventuras. Y la ciudad, pese al miedo, ofrecía esos momentos de gloria en los que se crecía entre dos fuegos. Capital del carpe diem. Alejada de las redacciones —de los hogares subrogados—, me entusiasmaban aquellos encuentros con parte de la parentela periodística, en una Beirut que convocaba la noticia, para su desgracia, como casi siempre. Ellos me ponían al día, yo les hacía partícipes de la cotidianeidad libanesa, tan distinta de las informaciones que Occidente solicita y que solo atañen a muertos. Para interesar a los jefes tienen que morir muchos. O uno solo, pero muy importante. O tienen que verlo antes en la BBC o la CNN. Hay muy pocos mandos en la profesión que, en estos días, actúen por iniciativa propia. La razón es muy sencilla. Pocos proceden del terreno [...]
    Alejada de la tibia modorra del bienestar español, estaba ansiosa por mostrar a los lectores las muchas caras con las que tropezaba en mis horas, basculando entre la ternura y la brutalidad, entre la sabiduría y la cerrazón, entre la belleza y el horror.
    Me pagué casi cinco años de una extraña corresponsalía que no le importaba a nadie del diario, de donde solo recibía instrucciones para escribir piezas de color, o un gran reportaje sobre el cansino tema de qué pasa globalmente en Líbano, para El País Semanal. Me trataban con reverencia, pero como a una reliquia ya amortizada. O como a una extravagancia en el tejido uniforme de la redacción. No me preocupaba. Siempre he sido una anomalía, y en Beirut jugaba, inclinándome con mucha atención, en un tablero atiborrado de piezas, que solo alguien como yo, o que vivía lo mismo que yo, podía entender. [...]
    A los 63 años —en la novena de mis diez reinvenciones— había cambiado mi balcón de barcelona por otro en Hamra, con toldos amarillos y blancos, descoloridos por la lluvia y el sol, y que daba a lo desconocido.
      Era una aventura que no me podía perder.» (págs. 89-91)

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