miércoles, 29 de abril de 2015

Marcos Ordóñez: Big Time: la gran vida de Perico Vidal

«Mi plano preferido en El puente sobre el río Kwai es cuando Holden está huyendo por la selva y cree ver un pájaro, un pájaro que es una cometa, y comprendemos que acaba de llegar a un lugar habitado. Hay un momento en Lawrence en que O'Toole está en lo alto del tren, convertido en un dios absoluto, la reencarnación de Alejandro Magno, lo que quieras, y Lean hace entonces una panorámica hacia su sombra: a partir de ese momento todo será decadencia. Le basta con esa sombra y ese movimiento. Cine sonoro y cine mudo, gran espectáculo e intimismo: eso era Lean.
  En Sevilla yo estaba deslumbrado por los grandes tinglados, aunque lo que más me impresionó fue lo primero que roda- mos, una secuencia de interior, breve pero decisiva para la película, porque explicaba muy bien las inclinaciones homo- sexuales y masoquistas de Lawrence: el careo con el Bey, el jefe de la policía turca. Era un interrogatorio cargado de tensión erótica, más clara que el agua, pero que mucha gente no advirtió. Había un juego de miradas inequívoco y acababa con el plano del Bey retirándose a su despacho mientras torturan a Lawrence, pero dejando la puerta entreabierta, insinuando que la cosa no terminaba allí.
  El papel del Bey lo interpretaba José Ferrer, y se contaba que para que aceptara un papel tan breve, Spiegel le había pagado un dineral y le regaló luego un Porsche recién salido de fábrica. No sé si sería verdad, con lo rata que era Spiegel, pero de serlo valió la pena, porque la escena, que combina enfrentamiento y seducción, era una pequeña proeza: Ferrer dijo luego que era lo mejor que había hecho en cine. Fue un verdadero privilegio ver a aquellos dos actores trabajando juntos, mirada a mirada, para hacer crecer la tensión de la secuencia. Al acabar, los secundarios y los eléctricos rompieron a aplaudir, y ninguno de ellos sabía inglés. Bueno, quizás Fernando Sancho sabía un poco.» (págs. 130-131)

lunes, 27 de abril de 2015

Emmanuel Carrère: Una novela rusa


EMMANUEL CARRÈRE
Una novela rusa
[Un roman russe, 2007]
Trad. Jaime Zulaika
Compactos Anagrama
E. Paz Soldán lo cuenta
«Dos semanas más tarde asistimos al regreso de András Toma a su pueblo natal. "¡Esto es Hungría, ven!", repite el joven psiquiatra que le acompaña. El joven psiquiatra, con sus gafas redondas, se parece a John Lennon. Es muy suave, habla a su paciente como a un niño. Pero el anciano no quiere bajar del minibús. No está nada seguro de que esto sea Hungría. Los que se ocupan de él desde su repatriación tienen que repetírselo constantemente, tranquilizarle. Allá, en Rusia, le dijeron que Hungría ya no existía. Borrada del mapa. Entonces, ¿quién es toda esta gente que le habla en una lengua desaparecida? ¿Que se comporta como si le conociera, que le tiende ramos de flores y le envía besos? ¿No será una nueva trampa?
    Bajo la gorra, el rostro está devastado. Una cara de zek, como se llamaban a sí mismos las gentes del gulag, la cara de los hombres cuyas vidas destruidas relataron Solzhenitsyn y Shalámov. El joven psiquiatra le tiende las muletas, le ayuda a calzárselas debajo de los brazos. Tarda sus buenos cinco minutos en plantar el único pie en el suelo. Como tampoco tiene dientes, babea y escupe mucho. Le guían, cojeando, hasta la casa de su hermana y su cuñado, donde va a vivir. Han organizado una comida de fiesta. Se hacen brindis. Los flashes de los fotógrafos le asustan. Su hermano, que aún era niño cuando él se fue a la guerra, le hace preguntas pacientemente, sin duda para mostrarnos que es capaz de responderlas. Repite nombres de antaño, esperando despertar un recuerdo: Sándor Benko, el maestro de escuela... Smolar, su antiguo compañero de clase... Y el otro, por debajo de la gorra, escupe, gira la cabeza, a veces masculla fragmentos de frases que nadie comprende, que ya no pertenecen a ningún idioma. Tengo la impresión de ver a un Kaspar Hauser de setenta y cinco años. Es tristísimo.» (págs. 44-45)

martes, 21 de abril de 2015

Abril (in my mind)

EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

Abril es el más cruel de los meses, pues engendra
lilas en el campo muerto, confunde
memoria y deseo, revive
yertas raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos dio calor, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, precipitose sobre el Starnbergersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm’aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

T.S. ELIOT (1888-1965)
The Waste Land (La tierra baldía) (1922)
THE BURIAL OF THE DEAD

Abril is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Memory and desire, stirring
Dull roots with spring rain.
Winter kept us warm, covering
Earth in forgetful snow, feeding
A little life with dried tubers.
Summer surprised us, coming over the Starnbergersee
With a shower of rain; we stopped in the colonnade,
And went on in sunlight, into the Hofgarten,
And drank coffee, and talked for an hour.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echt deutsch.
And when we were children, staying at the archduke's,
My cousin's, he took me out on a sled,
And I was frightened. He said, Marie,
Marie, hold on tight. And down we went.
In the mountains, there you feel free.
I read, much of the night, and go south in the winter.

domingo, 19 de abril de 2015

Patricio Pron: El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia

«Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, ocho años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que el recuerdo de esos años —por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años— es más bien impreciso y esquemático: recuerdo las habitaciones de dos casas donde viví, recuerdo la nieve metiéndose dentro de mis zapatos cuando me esforzaba por abrir un camino entre la entrada de una de esas casas y la calle, recuerdo que luego echaba sal y la nieve se volvía marrón y comenzaba a disolverse, recuerdo la puerta del consultorio del psiquiatra que me atendía pero no recuerdo su nombre ni cómo di con él. [...] Unos años después de haber dejado aquella ciudad alemana, regresé y rehíce el camino hacia la consulta de aquel psiquiatra y leí su nombre en la placa que había junto a los otros timbres de la casa, pero el suyo era solo un nombre, nada que explicase por qué yo le había visitado ni por qué él me había pesado cada vez que me había visto, ni cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero; aquella vez me dije que podía tocar a su puerta y preguntarle por qué yo le había visitado y qué había pasado conmigo durante esos años, pero después consideré que tendría que haber pedido una cita previa, que el psiquiatra no debía de recordarme de todas maneras, y que, además, yo no tengo curiosidad sobre mí mismo realmente. Quizá un día un hijo mío quiera saber quién fue su padre y qué hizo durante esos ocho años en Alemania y vaya a la ciudad y la recorra, y, tal vez, con las indicaciones de su padre, pueda llegar a la consulta del psiquiatra y averiguarlo todo. Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar con verdadera imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo,
incluida la vida, pero sí pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria. Los hijos son los policías de sus padres, pero a mí no me gustan los policías. Nunca se han llevado bien con mi familia.» (inicio)

viernes, 17 de abril de 2015

En busca de EEUU con John Steinbeck

«Las secuoyas, una vez vistas, dejan una marca o crean una visión que permanece con uno siempre. Nadie ha conseguido nunca pintar o fotografiar con éxito una de ellas. La sensación que producen es intransferible. Llega a ellas silencio y sobrecogimiento. No es sólo su talla increíble, ni el color que parece cambiar y modificarse ante tus propios ojos, no, no son como ningún otro árbol que yo conozca, son embajadores de otra época. Tienen el misterio de los helechos que desaparecieron hace un millón de años convirtiéndose en el carbón de la era carbonífera. Poseen una luz y una sombra propias. Hasta los hombres más vanos y más despreocupados e irreverentes se siente dominados por su asombro y un respeto mágicos ante la presencia de las secuoyas. Respeto... esa es la palabra. Siente uno la necesidad de inclinarse ante unos soberanos indiscutibles. [...] De noche, la oscuridad es negra… sólo mirando recto hacia arriba se ve un trozo de gris y una estrella esporádica. Y hay un respirar en el negror, pues esas cosas inmensas que controlan el día y habitan la noche son cosas vivas y tienen presencia, y quizá sentimientos y, en algún punto de las profundidades de la percepción, puede que comunicación. He tenido toda la vida una asociación con estas cosas (es curioso que no sirva en este caso la palabra árboles). Puedo aceptarlas y aceptar su poder y su edad porque estuve expuesto a ellas desde la infancia. Por otra parte, la gente que carece de esa experiencia empieza a tener aquí una sensación de desasosiego, de peligro, de estar atrapado, encerrado y abrumado. No es sólo el tamaño que tienen estas secuoyas lo que les asusta, sino lo extrañas que son. ¿Y por qué no? Son los últimos miembros que quedan de una raza que floreció en cuatro continentes tan atrás en el tiempo geológico como el periodo jurásico. Se han encontrado fósiles de estos ancianos que databan de la era del cretáceo mientras que en el eoceno y el mioceno estaban esparcidos por Inglaterra y el continente europeo y América. Y luego los glaciares fueron bajando y barrieron a los titanes irremisiblemente. Y sólo quedan estos pocos: un recuerdo pasmoso de cómo era el mundo hace mucho. ¿Es posible que no nos guste que nos recuerden que somos muy jóvenes y bisoños en un mundo que era viejo cuando llegamos nosotros a él? ¿Y podría ser que hubiese una firme resistencia a la evidencia de que un mundo vivo seguirá su camino majestuosamente cuando nosotros ya no lo habitemos?»

jueves, 2 de abril de 2015

EEUU 2015: Silicon Valley

adobe : 345 Park Avenue, San Jose
airbnb : 888 Brannan Street, San Francisco
apple : 1 Infinite Loop, Cupertino
ebay : 2065 Hamilton Av., San Jose
cisco : 3650 Cisco Way, San Jose
facebook : 1 Hacker Way, Menlo Park,
google : 2350 Bayshore Prkway, Mountain View
intel : 2200 Mission College Blvd. Santa Clara
hp : 3000 Hanover Street, Palo Alto
oracle : 4040 Palm Drive, Santa Clara
paypal: 2211 North 1st Street, San Jose
standford : 450 Serra Mall, Stanford
sun : 4120 Network Circle, Santa Clara
twitter : 1355 Market Street, San Francisco
Univ. Berkeley : 100 Academic Hall, Berkeley
Univ. San José : 1 Washington Sq, San Jose
Univ. Santa Clara : 500 El Camino Real, S. Clara
yahoo : 701 1st Avenue, Sunnyvale
youtube : 901 Cherry Avenue, San Bruno