viernes, 28 de agosto de 2015

Ella es la lectora (Ricardo Piglia, Blanco nocturno)

«—Me gusta Traffic, me gusta Cream, me gusta Love —dijo y se volvió a sentar—. Me gustan los nombres de esas bandas y me gusta la música que hacen.
—A mí me gusta
Moby Dick.
—Sí, me imagino… A vos te sacan los libros y quedás en bolas. Mi madre es igual, sólo está tranquila si está leyendo… Cuando deja de leer, se pone neurasténica.
—Loca cuando no lee y no loca cuando lee…
—¿La ves ahí…?, ¿ves la luz prendida…?
Había un pabellón del otro lado del jardín, con dos grandes ventanales iluminados en los que se veía una mujer con el pelo blanco atado, leyendo y fumando en un sillón de cuero. Parecía estar en otro mundo. De pronto se quitó los anteojos, levantó la mano derecha y buscó atrás, a tientas, en un estante de la biblioteca que no se alcanzaba a ver, un libro azul, y luego de poner la página contra la cara, volvió a calzarse las gafas redondas, se arrellanó en el alto sillón y siguió leyendo.
—Lee todo el tiempo —dijo Renzi.
—Ella es la lectora —dijo Sofía.
[...]
—¿Y qué lee? —preguntó Emilio.
—Novelas —dijo Sofía—. Llegan en grandes paquetes una vez por mes las entregas para mi madre, las encarga por teléfono y siempre lee todo lo que ha escrito un novelista que le interesa. Todo Giorgio Bassani, todo Jane Austen, todo Henry James, todo Edith Wharton, todo Jean Giono, todo Carson McCullers, todo Ivy Compton-Burnett, todo David Goodis, todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós. Nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce.
» (págs. 186 y 200)
[...]
«—Mi madre dice que leer es pensar —dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objeto de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando.» (pág. 251)

martes, 25 de agosto de 2015

Navegación a la vista, gustosa segunda memoria de Gore Vidal


GORE VIDAL (1925-2012)
Navegación a la vista
[Point to Point Navigation, 2006]
Trad. Aurora Echevarría
DEBOLSILLO, 2009
[inicio]
«Mientras empaqueto los libros y los cuadros que Howard y yo hemos ida adquiriendo en La Rondinaia desde que nos instalamos en ella hace treinta y tres años, no paro de dar vueltas a una conversación que sostuve con John Steinbeck en el apartamento de un amigo en Manhattan. Los dos hablábamos de casas y de la necesidad de echar raíces para siempre. Yo acababa de comprar Edgewater, junto al Hudson. No me imaginaba queriendo vivir en ningún otro lugar. Es cierto que los veranos eran demasiado calurosos y los inviernos demasiado fríos, pero era la casa perfecta en muchos sentidos. Sospecho que era lo que siempre había deseado realmente y que esa es la razón por la que sigo soñando con que la recupero de algún modo y me mudo otra vez a ella con Howard, quien, por supuesto, sigue vivo. Steinbeck era del mismo parecer. Dijo: "La de veces que me habré instalado en una casa para siempre, sin ninguna intención de irme de allí, hasta que llega el día inevitable de seguir el viaje, y la casa se vacía, y de pronto todos nos hemos ido y estamos viviendo en otro lugar". Según escribo esto, me estoy preparando para seguir viaje, Edgewater en el valle del río Hudson una parte de mi vida está siendo empaquetada y me encuentro una vez más en tránsito, ni aquí ni allí. Estos ensayos de la muerte exigen cada vez más de uno, hasta que al final, sospecho, no quede absolutamente nada, aparte de la vieja bata de Howard colgada detrás de la puerta del cuarto de baño, un refugio para las polillas, que Rita sostiene que son luciérnagas arguyendo que yo no sabría diferenciarlas.» (pág. 248)

domingo, 23 de agosto de 2015

Palimpsesto, prolija primera memoria de Gore Vidal


GORE VIDAL (1925-2012)
Una memoria
[Palimpsest: a memoir, 1995]
Trad. Richard Guggenheimer
Mondadori, 1999
  «—Como Edgard Alla Poe —repliqué con severidad. Si me iba a prostituir, bien lo podía hacer siguiendo los pasos de un maestro. Durante varios años viví de las ganancias de las tres novelas que escribí como Edgard Box. The New York Times le prodigaba elogios a Box; luego, años más tarde, cuando publiqué las tres en un solo volumen confesando ser el autor, el Times se retractó de sus tres buenas críticas sustituyéndolas por una negativa. [...]
  Alabé a Victor ante el productor como el hombre que había convertido a William Faulkner en un superventas. Dado que el productor no había oído hablar de Faulkner no creo que estuviese muy impresionado; luego se marchó.
  —¿Sabes, Gore? —me confesó Victor de pronto—, es cierto lo que has dicho. Yo le convertí en un superventas y todo eso. Como lo hice contigo también, y con muchos otros; pero lo peor de todo fue lo que más tardamos en descubrir, y siempre lo mantuve en secreto.
  Bajó la voz.
  —El contenido de una edición de bolsillo no significa nada. Es la portada lo que vende. Lo sospeché por primera vez cuando Absalom: Absalom vendió más que Santuario. ¿Cómo puede ser eso? Absalom es prácticamente ilegible. Gore con JF Kennedy De modo que cambié las portadas. Le puse una erótica a Santuario y una distinguida a Absalom. Santuario se disparó. Realmente todo se basaba en la presentación. Te agradecería que no lo comentases con demasiados editores.» (pág. 294)

· "Un libro aburrido, sin gracia [...] y que resulta soporífero", Lola Diehl en Artes hoy.
· Los frutos amargos de la dulce ira, Patricio Pron, RdL.
· Mucho mejor Navegación a la vista, gustosa segunda memoria de Gore Vidal.

martes, 18 de agosto de 2015

Azorín: Tiempos y cosas


José Martínez Ruiz
AZORÍN
RETRATO DE JUVENTUD
(de un hombre fiero)



AZORÍN (1873-1967)
TIEMPOS Y COSAS
Colección RTV, 76
Biblioteca Básica Salvat, 1970
[María Rosario]
«Yo llego a las diez a la pequeña biblioteca y doy una vuelta por ella; los estantes de los libros están sumidos en una suave penumbra; las anchas y redondas pantallas blancas difluyen sobre los pupitres una claridad viva. Periódicos, libros, papeles se ven desparramados sobre las mesas, en ese desorden que sigue a las largas horas de trabajo. Pero yo no me intereso por los libros, por los papeles y por los periódicos; yo soy un hombre fiero que ya desdeña profundamente los libros y quiere a todo trance vivir la vida. "¿Para qué sirven los libros?", pregunto yo en mi fuero interno lanzando una mirada sobre estos volúmenes, desperdigados sobre las mesas que durante toda la tarde han sido leídos y releídos. "Gástese la primera estancia del bello vivir -dice Baltasar Gracián- en hablar con los muertos (es decir, leer); la segunda jornada se emplee con los vivos: ver y registrar todo lo bueno del mundo; la tercera jornada sea toda para sí: última felicidad, el filosofar." Y yo, que ya he leído millares y millares de libros y que he entrado en la segunda jornada de la vida, ¿será lógico que continúe pasando y repasando hojas ante un pupitre inmóvil, silencioso? No; yo, ahora, he de registrar todo lo bueno del mundo, como dice el maestro. ¿Y qué es lo bueno que hay en este diminuto Ateneo? No es nada; pero yo doy otra vuelta, distraído, por la pequeña biblioteca, y después paso al salón de periódicos españoles. Tampoco aquí hay nada bueno: los periódicos españoles dicen siempre lo mismo. ¿Para qué vamos a leer los periódicos españoles? Y sigo hacia la sala de los periódicos extranjeros.
    Yo los miro todos —ingleses, franceses, alemanes, italianos—, puestos sobre el ancho tablero. Acaso voy a coger alguno; tal vez voy a pensar que también los periódicos extranjeros dicen siempre lo mismo. Pero esta nebulosa del pensamiento no llega a condensarse en mi cerebro... En la mesa inme- diata, allá en un extremo, en la semioscuridad grata de la sala, he visto un busto femenino, inclinado sobre una blanca hoja. Yo experimento un pequeño sobresalto... ¿será esto todo lo bueno del mundo que yo iba buscando?» (de IMPRESIONES DEL ATENEO, págs. 27-28)

jueves, 13 de agosto de 2015

Hans Fallada: Solo en Berlín

¡La Guerra de Hitler es la muerte de los trabajadores!
¡La Guerra de Hitler
es la muerte de los trabajadores!


Otto Hampel y Elise Hampel
Elise y Otto Hampel


Hans Fallada
SOLO EN BERLÍN
[Jeder stirbt für sich allein, 1946]
Trad. Rosa Pilar Blanco
[una obra maestra]
Maeva, 2011
552 págs. | 7 €


Hans Fallada (1893-1947)
«Después tomó la pluma y dijo en voz baja, pero con énfasis:
  —La primera frase de nuestra primera postal dirá: "Ma- dre: El Führer ha matado a mi hijo...."
  Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar...   En ese instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con una palabra podían ser borrados para siempre, y al otro lado el Führer, el Partido, con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas partes, incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás. ¡Y ellos dos allí solos, en esa reducida habitación de la calle Jablonski!
  Mira hacia el hombre. Mientras ella piensa todo eso, él ha llegado a la tercera palabra de la primera frase. Traza con infinita paciencia la «F» de Führer.
  —¡Déjame escribir a mí, Otto! —le ruega—. Lo haré mucho más deprisa.
  Primero él suelta un gruñido. Pero luego se lo explica.
  —Tu letra —le dice—. Más tarde o más temprano nos pillarían por tu letra. Ésta es una escritura caligráfica, son caracteres lapidarios... lo ves, una especie de letras de imprenta...
  Vuelve a enmudecer, continúa escribiendo. Sí, así se lo había imaginado. No cree haber olvidado nada. Conocía esa escritura caligráfica por los diseños de muebles de los interioristas, nadie notará en una letra así de quién procede. Como es natural, con las manos de Otto Quangel, poco acostumbradas a escribir, sale muy basta y maciza. Pero no importa, no lo delatará. Es más bien algo bueno, porque así la postal adquiere una cualidad de cartel que llama inmediatamente la atención. El hombre prosigue su labor con paciencia.
  Anna también se ha armado de paciencia. Comienza a hacerse a la idea de que será una guerra larga. Ahora se ha calmado en su interior, Otto lo ha pensado todo, Otto es de fiar, siempre, siempre. ¡Qué bien lo ha pensado! La primera postal de esa guerra tiene su origen en el hijo caído, habla de él. Un día tuvieron un hijo, el Führer lo ha asesinado y ahora escriben postales. Un nuevo período de la vida. Exteriormente nada ha cambiado. Tranquilidad en el hogar de los Quangel. Por dentro todo ha sufrido cambios radicales, ha empezado una guerra...
  Saca su cesto de costura y empieza a zurcir calcetines. De vez en cuando mira a Otto, que pinta sus letras despacio, sin acelerar nunca el ritmo. Casi después de cada letra estira el brazo, coloca la postal ante sus ojos y la contempla con los ojos entornados. Luego asiente.
Por fin le enseña la primera frase terminada. Muy grande, ocupa una línea y media de la postal.
  —¡No te cabrá mucho en una postal así! —comenta ella.
  —¡Lo mismo da! ¡Pienso escribir todavía muchas pos- tales como ésta! —le contesta.   —Una postal de esas requiere mucho tiempo.
  —Escribiré una, más adelante quizá dos cada domingo. La guerra todavía no ha terminado, los asesinatos no tienen fin.» (págs. 168-169)

lunes, 10 de agosto de 2015

Kapuscinski viaja (y reflexiona) con Heródoto


«Allí en Argel, después de varios años de ejercer de reportero, empecé a darme cuenta de que iba por un camino equivocado. El camino de la búsqueda de imágenes espectaculares, de la ilusión de que es posible escudarse en la imagen para sustituir con ella el intento de penetrar más profundamente en la comprensión de la realidad, de que es posible explicarla tan sólo a través de lo que la imagen tiene a bien mostrar en los momentos de las convulsiones espasmódicas del mundo, cuando lo sacuden disparos y explosiones, cuando se llena de fuego y humo, de polvo y olor a chamusquina, cuando todo se desmorona no dejando piedra sobre piedra y sobre los cascotes se sientan personas desesperadas inclinándose sobre los cuerpos sin vida de sus allegados.

Pero, ¿cómo se ha producido tamaña tragedia? ¿Qué revelan estas escenas de aniquilación, llenas de gritos y de sangre? ¿Qué fuerzas subterráneas e invisibles al tiempo que poderosas e indómitas las han desencadenado? ¿Revelan el final de un proceso o, por el contrario, su inicio? ¿No augurarán acaso más conflictos y nuevos actos cargados de tensión? ¿Y quién se encargará de seguirlos? No lo haremos nosotros, los corresponsales y reporteros, pues apenas en el lugar de los hechos entierren a los muertos, apenas retiren de las calles los coches quemados y barran los cristales rotos, enseguida recogeremos nuestros bártulos para marcharnos allí donde se incendian coches, se hacen añicos los cristales de las vitrinas y se cavan tumbas para los muertos.

¿No sería posible salirse de este estereotipo, de esta sucesión de imágenes, para intentar llegar más allá? Al no poder escribir sobre tanques, coches quemados y escaparates rotos —pues no vi nada de esto—, y queriendo al mismo tiempo justificar mi arbitraria decisión de emprender aquel viaje, empecé a buscar el trasfondo y los resortes del golpe, intentando averiguar lo que escondía y qué significaba, para lo cual me puse a hablar con la gente, a observar sus rostros y comportamientos, a escrutar el lugar y, también, a leer; y todo con el fin —en una palabra— de intentar comprender algo.» (págs. 254-255)

Herodoto de Halicarnaso Viajes con Herodoto, Ryszard Kapuscinski Ryszard Kapuscinski
Ryszard Kapuscinski
Viajes con Heródoto
[Podróze z Herodotom, 2004]
Trad. Agata Orzeszek
Anagrama, 2007
"El sentido de la vida
es cruzar fronteras"

martes, 4 de agosto de 2015

László Krasznahorkai: Y Seiobo descendió a la Tierra

«Ocurre todo esto en Kioto, y Kioto es la Ciudad Permanente del Comportamiento, el Tribunal de los Condenados a la Actitud Correcta, el Paraíso de la Conservación de la Postura Obligatoria, el Centro de Castigo de los Incumplimientos. El laberinto de la ciudad se compone de los diversos dédalos del Comportamiento, de la Actitud y de la Postura, de la infinita complejidad de las normas referidas a la relación con las cosas. No existen ni un solo palacio ni un solo jardín, no existen ni las calles ni los espacios interiores, no existe el cielo sobre la ciudad, no existen ni la naturaleza ni el rojizo momiji otoñal en las montañas circundantes ni el musgo en los patios de los monasterios, no existe la red de lo que queda de las tejedurías de seda de Nishijin, no existe el barrio de geishas escondido junto al santuario de Kitano Tenmangu, no existen ni el rigor arquitectónico puro de Katsura Rikyu ni el hechizo de las pinturas de la familia Kano en Nijo-jo, no existen ni el vago recuerdo del lugar de lo que fue el Rashomon ni el simpático cruce de Shijo y Kawaramachi en el centro de la ciudad en el agitado verano de 2005, no existe el hermoso arco de Shijobashi, del puente que señala hacia el elegante y siempre misterioso Gion, como tampoco existen los dos maravillosos hoyuelos en la carita de una de las geishas danzantes de Kitano-odori, sino que únicamente existe el Gigantesco Montón de Normas referidas a ellos, el orden de la etiqueta que actúa por encima de todo, que se extiende a todo y que, sin embargo, jamás ni una sola persona ha entendido plenamente, la invariable y a la vez voluble Cárcel de las Complejidades entre cosa y ser humano, entre ser humano y ser humano y, además, entre cosa y cosa, porque sólo así, sólo a través de ella son autorizados a existir los palacios y jardines, las calles trazadas en una cuadrícula y el cielo y la naturaleza y el barrio de Nishijin y Fukuzuru-san y Katsura Rikyu y el lugar ya frío de Rashomon y los dos encantadores hoyuelos en la carita de la geisha de Kitano-odori cuando ella, nacida en el encanto, aparta un poquito, por un instante, su abanico para que todos le vean el rostro, pero realmente sólo por un instante, le vean esos dos hoyuelos de una belleza inmortal, esa sonrisa delicada, encantadora, fascinante que esboza ante el público compuesto por las viles miradas de una clientela de ricachones.» (págs. 12 y 13)

sábado, 1 de agosto de 2015

Sara Mesa: Cicatriz


SARA MESA (Madrid, 1976)
Cicatriz
Anagrama, 2015
194 págs | 16,90 € | curioso

Sara en La cueva del erizo
«Continúan escribiéndose. Pero Knut Hamsun no quiere más fotos, o al menos no las pide. Knut sólo quiere saber sobre ella, hablar con ella. Al principio establece el contacto a partir de los libros enviados. ¿Qué te pareció La ciudad sitiada ? ¿Cuáles de los de Onetti prefieres? Por favor, en cuanto lo leas, me gustaría comentar El astillero contigo. Al final de sus mensajes siempre desliza otro tipo de preguntas: ¿Cuántos años tienes? ¿Vives con tus padres? ¿Cómo es el lugar donde trabajas? ¿Por qué decidiste ir a la quedada de Cárdenas? ¿Te pareció atractivo alguno de los hombres que estuvo allí? Abandonan el foro, por el que ya no sienten interés, y se comunican por correo electrónico. Los de Knut, que llegan a diario, son extensos, concienzudos, sin puntos y aparte, sin encabezamientos ni despedidas. Sonia se da cuenta de que resulta imposible cerrar las conversaciones. Cada nueva respuesta que ella le da genera a su vez nuevas preguntas.
    ¿De verdad crees que la atracción de Larsen por la mujer de Gálvez es en realidad una muestra más de su desprecio? ¿Podrías profundizar en eso que has dicho del desasosiego que te crea Juntacadáveres? ¿En serio te ha defraudado Jung? ¿Sabrías explicarme por qué? No digas simplemente que te defrauda algo sin profundizar en ello. Has de intentar siempre bucear en tus afirmaciones. Si no sabes de dónde vienen, si no sabes sostenerlas con un razonamiento, entonces deberías revisarlas. Haz caso a Proust y adéntrate siempre en tu intuición.» (págs. 24 y 25)