jueves, 31 de diciembre de 2015

El Roto (fin de año)


Pienso que la solución para cualquier conflicto es no crearlo. Pero me dicen que esa es
una idea infantil.
  
¡Los dioses varían,
los fanáticos son idénticos!

Los días pares les arrojamos bombas,
y los impares les suministramos armas.

Estoy hecho un lío,
no sé con quién equivocarme.

El problema con los muros es que pierdes perspectiva.

Solo vemos el aire cuando está sucio.

Territorio nacional es hasta donde alcanza la cadena.
¡Cuando nos hemos liberado del
nacional-catolicismo, nos vienen con el
nacional-catalanismo!

Se están abriendo grietas por todas partes,
deben ser los efectos del fracking soberanista.
Los escándalos ya no escandalizan.
¡Qué gran momento económico!

miércoles, 23 de diciembre de 2015

James Rhodes: Instrumental


James Rhodes
INSTRUMENTAL
[A memoir of Madness, Medi-
cation and Music
, 2015]
Trad. Ismael Attrache
Blackie Books, 2015

«Una mañana, estábamos hablando de estos conciertos mientras tomábamos café. Los recitales de piano siguen un protocolo sagrado y estricto. Frac y pajarita blanca para el intérprete (o, como poco, traje o esmoquin). No se habla. Subes al escenario, tocas, te marchas. Al público se le reparte un programa, las luces de la sala brillan bastante para que este libreto se pueda consultar durante la ejecución, no se permite beber, se considera de mal gusto aplaudir entre los movimientos de las piezas, se espera del público que sepa lo suficiente de la música para "comprenderla".
 —¿Recuerdas la primera vez que me tocaste algo en el Steinway Hall, la Chacona? —me preguntó.
 —Claro que sí. ¡Fue un momento único!
 —Bueno, pues estaba pensando en eso. En cómo parlo- teabas sobre la pieza, sobre Bach, cómo contabas lo que significaba para ti; después te sentaste, la tocaste, te pusiste en pie de un respingo y propusiste tomar un café como si acabaras de hacer algo de lo más normal. Yo seguía recuperándome de una avalancha emocional bestial, y estaba pensando... ¿por qué no hacemos así el concierto?   Presentas las piezas, hablas de los compositores, charlas con el público entre una y otra. Con tus propias palabras, no con esas que aparecen en el programa y que ha escrito un catedrático de Oxford, te pones lo que quieras, apagamos las luces, lo convertimos en una experiencia más informal, en una inmersión mayor. ¿Qué te parece?» (págs. 190-191)


PS: «La redención es posible, pero el precio es muy alto», entrevista de Kiko Amat en JotDown, 9/01/2016.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Annie Ernaux: La mujer helada


Annie Ernaux (Normandía, 1940)
LA MUJER HELADA
[La femme gelée, 1981]
Trad. Lydia Vázquez Jiménez
Cabaret Voltaire, 2015

Annie Ernaux en Tusquets
· Escrito a cuchillo ·
«Estoy deseando aprender a leer, deseando entender esas largas historias sin imágenes que le apasionan {madre}. Llega un día en que las palabras de sus libros pierden la pesadez balbuceante. Y se produce el milagro, ya no leo palabras, estoy en América, tengo dieciocho años, criados negros y me llamó Scarlett, las frases se echan a correr hacia un final que me gustaría retrasar. Se llama Lo que el viento se llevó. Ella exclamaba a las clientas "¿se dan cuenta de que sólo tiene nueve años y medio?", y a mí me decía "¿está bien, a que sí?" Yo contestaba "sí". Nada más. Nunca supo explicarse muy bien. Pero nos entendíamos. A partir de aquel momento hubo entre nosotras esas existencias imaginarias que mi padre ignora o desprecia según los días "perder el tiempo con esas mentiras, hay que fastidiarse". Ella le replicaba que era pura envidia. Le presto mi "Bibliothèque verte", Jane Eyre y Poquita cosa, ella me pasa la revista La Veillée des chaumières y le robo del armario los libros que me prohíbe, Una vida o Los dioses tienen sed. Contemplábamos juntas el escaparate de la librería de la Place des Belges, de vez en cuando me proponía "¿quieres que te compre uno?" [...] Me prometía para más adelante un libro bellísimo, Las uvas de la ira y no sabia o no quería contarme lo que había dentro, "cuando seas mayor". Era magnífico tener una bella historia que me esperaba, hacia los quince años, como la regla, como el amor. Entre todas las razones que tenía para querer crecer estaba la de tener derecho a leer todos los libros. Bovaries de barrio, señoras cegadas por sueños estúpidos.» (págs. 32-33)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Elvira Lindo, ¿último invierno en Nueva York?


Elvira Lindo
NOCHES SIN DORMIR
Último invierno en Nueva York
[primeras páginas]
Seix Barral, 2015




«Brooklynitas. Habitantes de un barrio que ha terminado por convertirse en marca. Están las calles en las que parece que con más de veintiseís años eres vieja. Está esa zona en la que pulula la tribu de las chicas a lo Lena Dunham, que hace de su estudiada dejadez física e indumentaria su bandera. Están las mamás que han tomado la maternidad como dogma de fe y se entregan a ella como si la acabaran de inventar. Están los escritores que, siempre tolerantes consigo mismos, hacen compatible la idea de que son diferentes por vivir en Brooklyn con el hecho de habitar en la zona en que más literatos hay por metro cuadrado en Estados Unidos. Todos ellos viven en la creencia de habitar en un pueblo, porque aún se puede entrar en un café y pasar la mañana sin que le presionen a uno para que siga consumiendo o se largue. Está la clase trabajadora también, pero se ha ido quedando en los márgenes, porque los nuevos brooklynitas la han ido desplazando. Persiste el viejo Brooklyn en el carácter de sus hileras de casa de piedra roja, que tan asombrosamente resistieron la sacudida de la especulación, pero ya no es aquel barrio de obreros italianos, judios, irlandeses que soñaban con vivir algún día en Manhattan.
  Están los hipsters, por supuesto, pálidos, barbados, carentes de músculo, amantes de la lentitud, ciclistas, medio amish medio pioneros, su estética rescatada de otro tiempo. Adictos a la tecnología Apple, al té verde o matcha, al kale, a la indumentaria de segunda mano o a la ropa nueva que parece vintage, al pollo orgánico o al veganismo. Transitan por una Quinta avenida alternativa de un barrio que quiere ser ciudad de provincias. Esta noche, recién llegada de otro de mis paseos por Brooklyn, he hecho de pronto una conexión reveladora al ver a un ortodoxo frente a un escaparate de Prada. La estética del hipster se inspira en la ortodoxia judía, en los cuáqueros, en los amish, Hay un toque religioso en su barbada palidez. » (págs. 170-173)

jueves, 10 de diciembre de 2015

el disputado voto (por correo) del 20d


:: Animalistas (PACMA) :: Ciutadans (C's) :: Comunistas (PCPC) :: Democràcia i Llibertat (DL) ::
En comú PODEM :: Esquerra Republicana (ERC-CATSÍ) :: Populares (PP) :: Recortes cero (Verdes) :: Socialistas (PSC-PSOE) :: Unió (UDC) :: UPYD ::
PS1: en 2008 se elegía entre 32 partidos y este año entre 11.
PS2: por si sirviera para despejar alguna duda: polétika.org.

martes, 1 de diciembre de 2015

Juan José Saer: El entenado

«Esa comprobación la fui haciendo a medida que penetraba, como en una ciénaga, en el idioma que hablaban. Era una lengua imprevisible, contradictoria, sin forma aparente. Cuando creía haber entendido el significado de una palabra, un poco más tarde me daba cuenta de que esa mismo palabra significaba también lo contrario, y después de haber sabido esos dos significados, otros nuevos se me hacían evidentes, sin que yo comprendiese muy bien por qué razón el mismo vocablo designaba al mismo tiempo cosas tan dispares. Engui, por ejemplo, significaba los hombres, la gente, nosotros, yo, comer, aquí, mirar, adentro, uno, despertar, y muchas otras cosas más. Cuando se despedían, empleaban una fórmula, negh, que indicaba también continuación, lo cual es absurdo si se tiene en cuenta que, cuando dos hombres se despiden, quiere decir que el intercambio de frases se da por terminado. Negh viene a significar algo así como Y entonces, como cuando se dice y entonces pasó tal o cual cosa. Una vez oí que uno de los indios se reía porque los miembros de una nación vecina lloraban en los nacimientos y daban grandes fiestas cuando alguno se moría. Le señalé que ellos, cuando se despedían, decían negh, y el me miró largamente, con los ojos entrecerrados, con aire de desconfianza y de desprecio, y después se alejó sin saludar. En ese idioma, no hay ninguna palabra que equivalga a ser o estar. La más cercana significa parecer. Como tampoco tienen artículos, si quieren decir que hay un árbol, o que un árbol es un árbol dicen parece árbol. Pero parece tiene menos el sentido de similitud que el de desconfianza. Es más un vocablo negativo que positivo. Implica más objeción que comparación. No es que remita a una imagen ya conocida sino que tiende, más bien, a desgastar la percepción y a restarle contundencia. La misma palabra que designa la apariencia, designa lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo. El horizonte circular, que me había parecido al principio indiscutible y compacto, era en realidad, tal como lo designaba el idioma de esos indios, un almacén de supercherías y una máquina de engaños. En ese idioma, liso y rugoso se nombran de la misma manera. También una misma palabra, con variantes de pronunciación, nombra lo presente y lo ausente. Para los indios, todo parece y nada es. Y el parecer de las cosas se sitúa, sobre todo, en el campo de la inexistencia. La playa abierta,
el día transparente, el verde fresco de los árboles en primavera, las nutrias de piel tibia y palpitante, la arena amarilla, los peces de escamas doradas, la luna, el sol, el aire y las estrellas, los utensilios que arrancaban, con paciencia y habilidad, a la materia reticente, todo eso que se presenta, nítido, a los sentidos, era para ellos informe, indistinto y pegajoso en el reverso contra el que se agolpaba la oscuridad.» (págs. 141-142)