domingo, 31 de enero de 2016

Karl Ove Knausgård: La muerte del padre


Karl Ove Knausgård (Noruega, 1968)
LA MUERTE DEL PADRE
Mi lucha: Tomo I
[Min kamp, 2009]
Trad. K. Baggethun y A. Lorenzo
Barcelona, Anagrama, 2014, 504 p.
[letales primeras páginas]

La novela de un literato, Schifino
[La mort del pare, l'altra editorial]
«La primera vez que comprendí que lo que escribía era realmente algo y no sólo algo que quería que fuera algo, o que fingía que era algo, fue cuando escribí un pasaje sobre mi padre y me puse a llorar mientras escribía. Era algo que jamás me había pasado. Ni por lo más remoto. Escribí sobre mi padre, y las lágrimas me chorreaban por las mejillas, apenas era capaz de ver el teclado o la pantalla. Era dolor que se había soltado dentro de mí era algo cuya existencia desconocía. Mi padre era un idiota, alguien con quien no quería tener ningún trato, y no me costaba nada mantenerme alejado de él. No se trataba de reprimir nada, pues no había nada que reprimir, nada de él me afectaba. Así era, pero al sentarme a escribir, se me saltaron con fuerza las lágrimas. [...] Él ni siquiera había llegado a saber que iba a publicar un libro. La última vez que estuvimos a solas antes de morir, hacía año y medio, me preguntó qué estaba haciendo, y le respondí que había empezado a escribir una novela. Habíamos subido por la calle Dronningen, íbamos a cenar en algún restaurante, su frente chorreaba de sudor aunque hacía frío por la calle, y me preguntó sin mirarme y claramente con el fin de conversar sin más, si la cosa llegaría a algo. Le confirmé que una editorial estaba interesada. Entonces me miró como de reojo mientras andábamos, como desde un lugar donde todavía era el que había sido antaño, y tal vez pudiera volver a serlo.
  —Me alegro de que te vayan bien las cosas, Karl Ove —dijo.» (págs. 490-491)

2 comentarios:

Íncipit dijo...

"La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para. Antes o después, algún día ese movimiento martilleante se para por sí mismo y la sangre empieza a correr hacia el punto más bajo del cuerpo, donde se concentra en una pequeña hoya, visible desde fuera como una zona oscura y blanda en la piel cada vez más blanca, a la vez que la temperatura baja, los miembros se endurecen y el intestino se vacía. Los cambios de las primeras horas ocurren tan lentamente y se realizan con tanta seguridad que recuerdan algo ritual, como si la vida capitulara según determinadas reglas, una especie de gentlemen's agreement por el que se rigen también los representantes de lo muerto, ya que siempre esperan a que la vida se haya retirado para iniciar la invasión del nuevo paisaje. Entonces, en cambio, es irrevocable. Nada puede ya detener a las enormes colonias de bacterias que empiezan a expandirse por el interior del cuerpo. Si lo hubieran intentado tan sólo unas horas antes, se habrían encontrado con una gran resistencia, pero ahora todo está quieto en torno a ellas, y penetran cada vez más en lo húmedo y lo oscuro. Alcanzan los canales de Havers, las criptas de Lieberkühn, las islas de Langerhans. Alcanzan la cápsula de Bowman en los riñones, la columna de Clarke en la médula espinal, la sustancia negra en el mesencéfalo. Y alcanzan el corazón. Éste sigue intacto, pero como ya no goza del movimiento al que toda su construcción está dirigida, hay algo de abandonado en él, podríamos imaginarnos algo así como una obra que los obreros han tenido que abandonar a toda prisa, la maquinaria inmóvil brillando con luz amarillenta hacia la oscuridad del bosque, los barracones vacíos, las vagonetas del funicular colgando cargadas hasta los topes por la ladera."

Pteromari dijo...

¡¡¡Qué horror!!!
Me ratifico en mi deseo de morir volatilizada en un avión. O en cualquier otro lugar volatilizable.