miércoles, 22 de junio de 2016

Miguel Ángel Hernández: El instante de peligro

«Ambos trabajaban en el terreno de la memoria y la obsolescencia. Y no ocultaban su emoción por poder hacerlo ahora en este lugar privilegiado.
  Me recordaron mi primera vez. Creían que su inves- tigación servía para algo; lo creían igual que un día lo creí yo.
  Me habría gustado guardar esa ingenuidad. Pero ya no era tiempo de creer, Sophie. No era cuestión de edad; otros seguían creyendo. El sistema estaba fundado en la creencia. Todas esas becas, todo ese dinero, todo eso sólo era posible si uno creía que el arte, la historia, las humanidades... servían para algo. Yo lo creí; tú lo viste, estabas allí. Pero después supe que había puesto demasiada vida en ello. Tanto para nada; para tan poco.
  ¿Cuándo dejé de creer? Supongo que hubo un momento concreto. Poco a poco me fui dando cuenta de que lo que hacía era inútil, pero sólo al final lo vi claro. El tercer texto, el quinto congreso, el sexto, el noveno..., cuando llevas cincuenta llegas a la conclusión de que nada de lo que haces ha servido para cambiar las cosas. Escribir, hablar..., nada rescata nada. Todo gira sobre sí mismo. Textos, ideas, charlas que se retroalimentan y se quedan en el mismo lugar. Nada cambia nada.
   No sé si fue antes o después, pero en un momento del camino dejé de creer.
   Si hace unos años decidí escribir una novela y centrarme en la narrativa fue porque ya había dejado de creer en el arte y en la academia. Ésa es la verdad. Mi novela se cerraba con una reflexión sobre esto mismo: por qué una novela y no un ensayo.
Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)
Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)
Y aquello que allí parecía ficción en el fondo era lo que yo pensaba. A partir de entonces me resultó muy difícil volver a escribir ensayos académicos o crítica de arte, y todo lo que hice en adelante fue ya una impostura. Incluso en la universidad. Comencé a sentir que todo aquel mundo me era ajeno. Y, sin embargo, no cesé de hacer cosas, como si alguna fuerza interior me obligase a continuar, a escribir, a aceptar charlas y conferencias, a seguir en ese lugar del que debería haber escapado.» (29-30)

1 comentario:

Elena dijo...

«Miguel Ángel Hernández vuelve a arriesgar con una nueva reflexión sobre la relación entre el arte y las personas como única forma de sobrevivir al tiempo (…) Arriesga porque se atreve a convertir la novela en un texto versátil, de suma complejidad, donde lo ensayístico se mezcla con la secuenciación de los acontecimientos, donde el carácter enciclopédico y científico de algunas reflexiones está perfectamente hilvanado con las acciones y caracteres de los personajes...» (Manuel García Pérez, Mundiario)