viernes, 26 de febrero de 2016

Días de (mucho) cine

Room Spotlight (Dalton) Trumbo David Foster Wallace, The End of the Tour

lunes, 22 de febrero de 2016

Valeria Luiselli: Los ingrávidos

«Le conté a Enrico sobre la falsa transcripción. No conocía a Gilberto Owen, pero me escuchó atento. Le conté que Owen había vivido en Manhattan entre 1928 y 1930, en pleno Renacimiento de Harlem y al principio de la Gran Depresión Económica. Aunque Owen dejó cartas, algunas entradas de diarios y un puñado de buenos poemas, se sabe poco de su estancia en Nueva York. Se sabe, por ejemplo, que vivió en un viejo edificio de Harlem frente al parque Morningside y que en esos mismos años, del otro lado del parque, Lorca estaba escribiendo Poeta en Nueva York. A unas pocas cuadras de ahí, Zukofsky empezaba su poema "A". Poco más al norte, Duke Ellington tocaba en el club de "México". Pero, por lo que dejó escrito sobre esta etapa, da la impresión de que Owen odiaba Nueva York y vivía más bien aislado de todo aquello. Es probable que apenas se haya cruzado una o dos veces con Lorca, ninguna con Zukofsky, y que nunca haya visto tocar a Duke Ellington.
   ¿Y qué si no?, me preguntó tras mi larga explicación.
   ¿Y qué si no?
  ¿Qué importa que no haya conocido a Lorca o escuchado a Duke Ellington?
   Supongo que nada, pero nomás te estoy contando.
   Exacto, y eso es lo que importa.» (págs. 50-51)

lunes, 15 de febrero de 2016

Helen MacDonald: H de halcón



«Cuando le dije a Stuart que jugaba a tirarle cosas y me las devolvía, durante un tiempo no me creyó. Con los azores no se juega. Nadie lo hace. Pero tuve que hacerlo, para aliviar el frío. Porque los demás cetreros con azores tienen, además, personas en sus vidas. Para ellos sus azores son un pequeño fragmento de naturaleza salvaje, un contrapeso a su domesticidad; en los bosques con sus aves, los demás cetreros entran en contacto con sus almas solitarias y sangrientas. Pero luego vuelven a casa y cenan, ven la televisión, juegan con sus niños, duermen con su pareja, se despiertan, hacen té y se van a trabajar. Es necesario un equilibrio, como suelen decir.

  Yo no tengo ese equilibrio, solo tengo la parte salvaje. Y ahora ya no la necesito. No estoy ahogada por la domesticidad. Carezco de ella. No siento ninguna necesidad, ahora mismo, de sentirme próxima a una criatura de los oscuros bosques del Norte, un animal de ojos siniestros y muerte en las garras. Las manos están hechas para que las sostengan otras manos. Los brazos están hechos para abrazar fuerte a otras personas. No para romper el cuello a conejos, arrancar manojos de vísceras y echarlas en la hojarasca para que el azor meta la cabeza y beba la sangre de la cavidad torácica de su presa. Contemplo todas estas cosas y mi corazón se vuelve sal. Todo está atascado en un presente eterno. El conejo deja de respirar, el azor come, las hojas caen, las nubes pasan sobre mi cabeza. Un coche circula por el campo, y hay gente dentro, seguros en su camino a alguna parte,
con la vida arropándoles como un cálido abrigo. Los sonidos de los neumáticos se apagan. Una garza dibuja un arco en el cielo. Veo al azor picotear, rasgar y arrancar la carne de la pata delantera del conejo. Siento pena por el animal. El conejo nació y creció en el campo, alimentándose de dientes de león y hierba. Se rascaba la mandíbula con la pata y daba saltos. Tuvo conejitos. El conejo no sabía lo solo que estaba; vivía en una madriguera. Y ahora no es más que una combinación cuidadosamente ensamblada de diversos tipos de comida para el azor que pasa las tardes viendo la televisión desde el suelo mi salón. ¡Todo es tan endemoniadamente misterioso! Pasa otro coche. Rostros en el interior se vuelven a mirarme acuclillada junto al conejo y el azor. Parece como un cuadro en un santuario de carretera. Pero no estoy segura de para qué es el santuario. Soy una atracción de carretera. Soy muerte para la comunidad. Ese no es el tema.

  ¿Es que hay un tema? White dijo que adiestrar un azor era como el psicoanálisis. Dijo que entrenar un azor era como adiestrar a una persona que no era humana, sino un ave de presa. Ahora veo que tengo más de conejo que de azor. Vivir con un azor es como adorar un témpano de hielo, o una ladera de rocas desprendidas azotadas por el frío viento de enero. Es la lenta expansión de una astilla de hielo en tu ojo. Amo a Mabel [el azor], pero lo que hay entre nosotras no es humano.» (págs. 289-290)

Helen y Mabel Helen MacDonald
H de HALCÓN
[H is for Hawk, 2014]
Trad. Joan Eloi Roca
Ático de los libros, 2015

  [una lectura casi salvaje]

· by Jacinto Antón
· Cetrería
· T.H. White

martes, 9 de febrero de 2016

Daniel Palomeras: Hollister 5320

«Prop de la trentena, vaig tenir la pretensió de confessar-me a mi mateix: Lletrat, no ets humà. Després, amb una engruna de patiment, me'n vaig adonar: Haig de fer la vida sol. Trigant, però, a associar l'asseveració amb la propo- sició: no sóc humà perquè estic sol. Sofria pensant que potser en algun moment havia estat a punt de ser-ho. Quan vivia amb l'avi o amb la mare una humanitat imperfecta discorria dels altres a mi, i de mi als altres, i al col·legi quan passaven llista, o a la facultat el dia dels exàmens, o la temporada en què vaig treballar, quan em preguntaven i responia. Però arribà un dia en el qual ja no vaig atraure cap mirada ni cap paraula. No va ser una renúncia volun- tària ja que mai no vaig contrapesar el dolor de conviure amb el de la soledat. Mai no he entès si la meva soledat em fa més lliure o si la llibertat no existeix per a mi. Hi havia moments, infreqüents, en els quals desitjava la proximitat de les persones, donar senyals de la meva existència, ser percebut. Però això depenia també dels altres, que podien esdevenir enemics en el moment que sortís a la llum, del còmode aixopluc, o a la recerca del que al llarg d'anys vaig mantenir adormit, la força d'eros.Virgo prudentíssimo, ex- clamo en la meva maduresa. I vingué el moment en què co- mençà a obsessionar-me no haver accedit mai a aquella frivolitat compartida. Em feia por, com puc ara tenir-ne de la mort després d'haver-m'hi apropat tant.» (pàg. 134)