jueves, 14 de diciembre de 2017

El futuro es vegetal, de Stefano Mancuso

Stefano Mancuso
EL FUTURO ES VEGETAL
Trad. David Paradela
Galaxia Gutenberg, 2017 - 240 págs. - fragmento
[más sobre el apasionante mundo vegetal]
«Una planta no es un animal. Esta afirmación puede parecer la quintaesencia de la banalidad, pero me he dado cuenta de que nunca está de más recordarlo. Lo cierto es que nuestra idea de una vida compleja e inteligente corresponde a la vida animal, y como, inconscientemente, no encontramos en las plantas las características típicas de los animales, las catalogamos como seres pasivos (es decir, «vegetales»), negándoles cualquiera de las capacidades típicas de los animales, desde el movimiento a la cognición. Es por eso que, cuando vemos una planta cualquiera, debemos recordar que estamos observando algo que está construido a partir de un modelo completamente distinto del modelo animal. Un modelo tan diferente que, comparados con él, los alienígenas del cine de ciencia ficción no son más que simpáticas fantasías infantiles.

Las plantas no se nos asemejan en nada; son organismos distintos, una forma de vida cuyo último antepasado común con los animales se remonta a seiscientos millones de años, la época en que la vida, recién salida de las aguas, empezaba a conquistar la tierra firme. Plantas y animales se separaron en ese momento para seguir cada cual un curso distinto. Mientras que los segundos se organizaron para desplazarse por la tierra, las primeras se adaptaron al entorno arraigándose en el suelo y empleando como fuente de energía las inagotables emisiones luminosas del sol. A juzgar por su éxito, nunca hubo elección más acertada: hoy en día, no existe un solo rincón del planeta que los vegetales no hayan colonizado, y su grado de difusión con respecto al total de seres vivos es aplastante. Existen varios cálculos —muy variables, no es fácil medir el peso de la vida— acerca de la cantidad de biomasa vegetal de la Tierra, pero ninguna atribuye a las plantas una cantidad inferior al 8o %. En otras palabras: al menos el 8o % del peso de todo lo que vive en la Tierra se compone de vegetales. Un porcentaje que da la medida, única e indiscutible, de su extraordinaria capacidad adaptativa.

La elección inicial de permanecer ancladas al suelo condicionó las sucesivas modificaciones del cuerpo de las plantas, el cual evolucionó adoptando soluciones tan distintas de las de los animale que para nosotros resulta poco menos que incomprensible. El resultado final es que las plantas no tienen cara ni articulaciones ni, en general, una estructura reconocible que las aproxime a los animales, y eso hace que sean prácticamente invisibles. Las consideramos una parte más del paisaje: vemos lo que comprendemos, y no comprendemos más que lo que es similar a nosotros. Esto es lo que determina la alteridad de las plantas.

¿En qué sentido el modelo vegetal se aparta del modelo animal? ¿Qué características tienen las plantas que las hacen tan lejanas e incomprensibles? Una primera, y enorme, diferencia es que las plantas, al contrario que los animales, no poseen órganos individuales o dobles a cargo de las funciones principales del organismo. Para una planta que vive arraigada al suelo, sobrevivir a los ataques de los depredadores representa un problema mayúsculo: puesto que no puede huir, como haría cualquier animal, su única posibilidad de supervivencia reside en resistirse a la depredación, en no doblegarse a ella. Esto es fácil de decir, pero muy difícil de lograr. Para cumplir este milagro es necesario poseer una constitución distinta de la de los animales. Hay que ser una planta y carecer de puntos débiles evidentes, o, cuando menos, tener menos puntos débiles que los animales. Los órganos, por ejemplo, son un punto débil. Si una planta tuviera un cerebro, dos pulmones, un hígado, dos riñones y demás, estaría destinada a sucumbir ante el primer depredador —por minúsculo que fuera, como un insecto— que atacase uno de estos puntos vitales y mermara su funcionalidad. Por eso las plantas no disponen de los mismos órganos que los animales, y no porque, como podríamos pensar, no sean capaces de llevar a cabo las mismas funciones. Si las plantas tuvieran ojos, orejas, cerebro y pulmones, nadie dudaría que fueran capaces de ver, oír, calcular y respirar. Pero como no poseen los mismos órganos que nosotros, necesitamos hacer un esfuerzo con la imaginación para comprender sus refinadas capacidades.

En general, las plantas distribuyen por todo el cuerpo las funciones que en los animales se concentran en órganos específicos. La clave esta en descentralizar. Con los años hemos descubierto que las plantas respiran con todo el cuerpo, que oyen con todo el cuerpo, que calculan con todo el cuerpo y así sucesivamente. Distribuir todas las funciones lo más posible es el único modo para sobrevivir a la depredación, y las plantas han sabido hacerlo tan bien que pueden permitirse que les extirpen grandes porciones del cuerpo sin que ello mengüe su funcionalidad. El modelo vegetal no prevé la presencia de un cerebro que ejerza un control central o imparta órdenes a los órganos que de él dependen. En cierto sentido, su organización es el símbolo de la modernidad: poseen una estructura modular, colaborativa, distribuida y sin centros de mando, capaz de soportar perfectamente depredaciones catastróficas y continuas.» (pág. 133-35)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Japón perdido, de Alex Kerr

Alex Kerr
JAPÓN PERDIDO
El último destello de un Japón precioso
[Lost Japan, 1993]
Trad. Núria Molines Galarza
Alpha Decay, 2017 - 304 págs. - inicio
[muy interesante (Japan forever)]
«En el mundo actual, el sentido del color de las personas se ha desvanecido considerablemente. Lo evidencian, por ejemplo, los apagados trajes de los políticos modernos. Esa falta de color se ha hecho especialmente patente en Japón, donde toda la iluminación es fluorescente, y la mayoría de elementos de la casa están hechos de aluminio y materiales sintéticos. Sin embargo, Tenmagu sigue viva con materiales ricos y profundos, Lo cierto es que contrastan mucho con el color gris ceniza de la vida en Tokio. En primer lugar está el dorado, un color que, como señalaba Tanizaki en El elogio de la sombra, no suele irle bien a una estancia muy iluminada; quizá por eso apenas se ve este color en la vida japonesa moderna. Sin embargo, en Tenmagu está el pan de oro de los biombos, el oro de los budas, el chapado en oro; muchos tonos diferentes de dorado. Después, también hay matices: oro verdoso, oro rojizo y oro aleado, que se deslustra con el tiempo. Además del dorado, hay pigmentos como el verde intenso de los mandalas tibetanos. Luego está el rojo oscuro de los objetos lacados, el azul celeste del celadón chino y los sombrios y turbios naranjas, y los verdes té de los brocados japoneses.
    Como calígrafo, vivir en Tenmagu no podría ser más propicio, siento como si me llegara la inspiración directamente de la deidad del santuario. Aunque no me ha convertido al sintoismo, tengo una creencia secreta en el dios de Tenmagu, venerado desde la antigüedad como el dios de la erudición y la caligrafía [...] Me limito a seguir el patrón religioso típico de Japón: al no querer adscribirse a una sola religión, me adhiero a todas, la budista, la sintoísta y la hinduista. Los dioses y los budas flotan sin cesar en el aire de Tenmagu y su cálido aliento llena la casa.» (pág. 158-160)


New life for old towns (Alex Kerr, TEDxKioto 2013)

viernes, 1 de diciembre de 2017

Indian Creek, de Pete Fromm

Pete Fromm
INDIAN CREEK
Un invierno a solas en la naturaleza salvaje
[Indian Creek Chronicles:
A Winter Alone in the Wilderness
, 1993]
Trad. Carmen Torres García
Errata Naturae, 2017 - 312 págs. - inicio
[más Nature Wri­ting, pero no mejor]
«Una vez que los guardas forestales se marcharon, la pequeña tienda que habíamos montado me pareció aún más diminuta. Me quedé plantado delante de ella y un estremecimiento que achaqué a una ráfaga de viento me recorrió el cuello. ¿En serio iba a vivir allí a partir de ahora? ¿Sería aquél mi hogar durante los siguientes siete meses? ¿Durante todo el invierno? ¿Solo? Alcé la vista hacia las escarpadas y oscuras paredes del cañón que encajonaban el río y que ya cortaban el sol de media tarde. Más allá de aquellos muros de piedra y árboles sólo cabía esperar más parajes naturales pertenecientes al Selway-Bitterroot Wilderness. Estaba solo, en pleno corazón de la naturaleza.
    La sombra del cañón se cernía sobre mí, así que me alejé a toda prisa para alcanzar la luz del sol que aún iluminaba el prado. La hierba me llegaba a las rodillas y crujía bajo mis pasos, y la brisa susurraba a través de los altísimos abetos y cedros que cercaban el pequeño claro. El dulce rumor del río lo atravesaba, oreando una quietud insistente que me envolvía como un sudario.
  Me detuve ante el poste de teléfono que el guarda me había asegurado que me conectaría con el mundo exterior. El día anterior habíamos descubierto que no funcionaba. Lo descolgué de todos modos y escuché su silencio hueco, la voz del resto del mundo. Con el auricular aún pegado a la oreja, me giré y volví la vista a la tienda sumida ya en las sombras y con la distancia suficiente para estudiarla con perspectiva.
  Las paredes de lona encerraban un área de cuatro metros por cinco. Los guardas me lo habían resaltado, alardeando de sus dimensiones como si fuera extraordinariamente espaciosa. Por teléfono, sentado en la piscina de la universidad, cuando acepté este trabajo, me había imaginado un palacio.» (págs. 11-12)

jueves, 23 de noviembre de 2017

Fugas, de James Rhodes

James Rhodes
FUGAS
O la ansiedad de sentirse vivo
[Fire in all sides, 2018]
Trad. Ismael Attrache
Blackie Books, 2017 - 288 pags - inicio
JR en A vivir que son dos días, con Javier del Pino
[sus neuras y su música casi en directo]
«Suelto mi rollo sobre la confianza, la música, el mundo interior, y después les digo que me encantaría crear una aplicación (porque no cabe duda de que todavía no existen suficientes) que sirva para celebrar la introversión. La idea consiste en que el programa elija todos los días para ti una pieza de música clásica, te dé información sobre la pieza y su contexto y que después tú dediques unos minutos a escucharla con calma. Quizás, que también se la envíes a alguien a quien quieres o en quien estás pensando. Si lo hicieras todos los días, si encontraras unos minutos para desaparecer y sumergirte en tu interior, la experiencia podría cambiar radicalmente la forma en que percibes el mundo.» (págs. 99-100)
...and Rubén Amón introduces Teodor Currentzis:
«El mayor problema de la música clásica consiste en que su calidad depende de la interpretación que escuchas o presencias. Pasa lo mismo con el teatro. Sobre el papel, una obra puede ser una de las siete maravillas del mundo, pero cuando la ejecutan ciertas personas se convierte en algo parecido a una tortura. Al margen de la teoría, una obra de arte solo es tan buena como su intérprete. Por eso personajes como Gould, Von Karajan, Horowitz, Callas, Sokolov, etcétera, son tan inmortales. Son capaces de reimaginar algo que se escribió hace cientos de años, y presentárselo al público actual de una forma que resulta completamente fascinante y definitiva.
    Y aquí aparece un joven director griego llamado Teodor Currentzis. El tío podría definirse, dentro del mundo de la dirección, como una mezcla de Glenn Gould y Kurt Kobain. Gould tiene una cita, quizá célebre, en la que afirmó que tocar algo que ya se ha interpretado miles de veces carece de sentido si no lo haces de forma distinta. Y Currentzis, que posee una capacidad de trabajo y una atención al detalle al lado de las cuales Bill Gates parece un vago redomado [...], logra eso con creces. Creó su propia orquesta, para la que eligió personalmente a los mejores músicos que pudo encontrar, sobre todo en Rusia, donde el nivel es altísimo, y la llamó MusicAeterna ("eterno" en latín, y no veas si hacen honor a ese nombre).
    No sé muy bien cómo, convenció a Sony para que invirtiera una tremenda cantidad de dinero, y comenzó a producir y crear versiones nuevas y definitivas de las tres óperas de Mozart más importantes [Le nozze di Figaro, Così fan tutte y Don Giovanni]. Las graba en la pequeña localidad rusa de Perm, que es la puerta de entrada a Siberia.» (págs. 120-121)

domingo, 19 de noviembre de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

María Belmonte
LOS SENDEROS DEL MAR
Acantilado, 2017 - 248 págs. - inicio
[buen paseo, pero prefiero Los peregrinos de la belleza]
«Recorrer una costa rocosa cuando se ha retirado la marea me sigue deleitando tanto como cuando era pequeña. Igual que entonces, me puedo pasar las horas examinando los charcos intermareales -relucientes como espejos y misteriosos como pequeños jardines acuáticos- que el mar ha formado en su provisional retirada. Estos charcos o pozas de marea albergan criaturas capaces de resistir al oleaje, las corrientes, la insolación y la pérdida de humedad. Son los erizos, estrellas de mar, mejillones, caracoles marinos, percebes, anémonas, cangrejos, lapas, algas, quisquillas, gusanos... y muchísimos más. Todo y todos están intimamente relacionados en este agitado habitat intermareal: las olas despegan mejillones y los arrastran al mar, las gaviotas arrancan erizos y los dejan caer para romperlos, la estrella de mar devora mejillones y a su vez es comida por las gaviotas, las anémonas de mar comen caracoles y cangrejos y viven en simbiosis con un tipo de alga que fabrica alimento para ellas... El apasionado Goethe, al contemplar a un habitante de la playa, exclamó: "¡Qué delicioso y magnífico, qué cosa tan grandiosa es un ser vivo! ¡Qué adecuado a su estado, qué verdadero, qué pertrechado de ser!"» (pág. 70-71)


«El elemento clave de los acantilados que componen la costa desde Motrico hasta Zumaya es un importante afloramiento rocoso conocido como flysch, una alternancia de capas de roca caliza (claras y duras) y de margas (más blandas y oscuras). Estos estratos abarcan sesenta millones de años de historia del planeta y permiten contar el tiempo a medida que uno avanza: un estrato formado de una capa de margas y otra de caliza equivale a unos veinte mil años, lo que tardaron en formarse. Cinco estratos y has recorrido cien mil años o, lo que es lo mismo, mil siglos comprimidos en unos centímetros de roca. Y la prueba de que esos acantilados surgieron del mar es la presencia de fósiles marinos que quedaron atrapados en ellos [...] De hecho, la roca caliza es un cementerio de millones de estas diminutas criaturas marinas que en algún momento estuvieron vivas y flotaban en el mar [...] A la roca caliza debemos las estalactitas y estalagmitas, las cuevas y oquedades de las montañas por las que discurren secretas corrientes de agua o el acantilado redondeado en forma de gigantesca ola petrificada de la playa de Sakoneta.» (pág. 130)

«La certeza de que nuestro cuerpo forma parte de un ciclo de desintegración y reconstrucción en un tiempo ilimitado nos otorga una suerte de turbadora inmortalidad.» Robert Macfarlane

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Prohibido nacer, de Trevor Noah

Trevor Noah
PROHIBIDO NACER
Memorias de racismo, rabia y risa
[Born a Crime, 2016]
Trad. Javier Calvo
Blackie Books, 2017 - 336 pags
Narrar la fatalidad con humor, E. Lindo
[autobiografía monologada, o viceversa]
«Mi madre me llevaba a sitios adonde la gente negra no iba nunca. Ella se negaba a dejarse constreñir por ideas ridículas acerca de lo que la gente negra podía hacer o no. Por ejemplo, solía llevarme a patinar a la pista de hielo. En Johannesburgo también había un autocine de dimensiones épicas, el Top Star, situado encima del vertedero gigantesco de una mina, en las afueras. Ella me llevaba a ver películas allí; comprábamos algo de picar y colgábamos el altavoz de la ventanilla del coche. El Top Star tenía unas vistas de 360º de la ciudad, los pueblos residenciales y Soweto. Desde allí arriba yo podía ver a millas y millas de distancia en todas las direcciones. Me daba la sensación de estar en la cima del mundo.
    Mi madre me crió como si las cosas que yo podía hacer y los sitios a los que podía ir no tuvieran límite alguno. Cuando me acuerdo de aquella época me doy cuenta de que me crió como si yo fuera un niño blanco; no en términos culturales, sino en el sentido de hacerme creer que el mundo estaba a mis pies, que tenía que decir siempre lo que pensaba y que mis ideas, pensamientos y decisiones importaban. Nos pasamos el día diciendo que uno tiene que hacer realidad sus sueños, pero uno solo puede soñar con lo que es capaz de imaginar, y dependiendo de donde vengas, la imaginación puede ser muy limitada. Si crecías en Soweto, tu sueño podía ser construir otra habitación en tu casa [...] Porque era lo único que conocías. Los escalones superiores de lo posible, en cambio, estaban fuera del mundo que podías ver. Mi madre me enseñó lo que era posible. Y lo que siempre me asombraba de su vida era que a ella no se lo había enseñado nadie. Lo había hecho todo ella sola. Había encontrado su camino a base de voluntad pura.» (págs. 88-89)
"Ayuda a distinguir la desgracia real de la fantasía del dolor", E. Lindo

viernes, 10 de noviembre de 2017

Escrito en el jardín, de Xuan Bello

Xuan Bello (sí, el de Paniceiros)
ESCRITO EN EL JARDÍN
[Escrito nel xardín, 2017]
Trad. del autor y José Luis Piquero
Xordica, 2017 - 152 págs. - captar el instante
[delicatessen]
LAS MEMORIAS DE LA TIERRA
«Dicen algunos especialistas -estos días estoy leyendo mucho sobre el tema- que la tierra de los huertos conserva la memoria de sus cultivos. La pomarada de la casa donde vivo era, hasta hace unos veinte años, también tierra de labor. Aquí se sembraban patatas, lechugas, puerros, alubias de distintas clases, guisantes, nabos (que todavía nacen sin que nadie los siembre) y berzas. [...] He labrado un rectángulo mínimo una estaxina apenas, de diez por cinco metros. Mis vecinos me han dicho que con eso no tengo para nada, pero yo sueño con aquel poema de Yeats, ese en el que el poeta sueña con irse a las riberas del lago Innisfree, construirse una cabaña, sembrar siete surcos de habas y esperar a que el silencio destile palabras nuevas. Mi huerto mínimo, que quiero cercar para convertir en finca, tendrá su memoria como dicen los expertos, pero yo no la tengo de él. Fresas, patatas, cebollas... eso es todo lo que espero. Tras arar la tierra y abonarla, ¿cómo empezar? Para los ajos ya voy tarde y el trigo sarraceno que me trajeron de Bretaña necesitaría, sin duda, más espacio. ¿Debería dibujar un croquis, como recomiendan las guías, planificándolo todo de antemano? ¿Fijarme en la luna y observar sus mutaciones? Hace años, cuando la guerra de Irak, mi madre se asustó mucho. Para tranquilizarme, y disimular su miedo, me dijo por teléfono:
  -Tranquilu, nin, que nós somos de los que saben semar patacas.
   [Tranquilo, hijo, que nosotros somos de los que sabemos sembrar patatas]
  Lo es ella, y todos mis antepasados, pero a mí ese conocimiento se me escapa. Admiro la ternura y la violencia con que mi madre trata a la tierra; yo parece que tengo miedo de romperla, como si cuando cavase con la azada estuviese desordenando, a cada golpe, el secreto entramado del mundo.» (pág. 113-114)
Leer el texto completo en El Comercio de Asturias.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Monasterio, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
MONASTERIO
Libros del Asteroide, 2014 - 128 págs. - b.lesseps
[leve]
«Me dijo que un día de invierno, ya vestido de niña, había viajado con sus padres a un monasterio en medio de un bosque, en las afueras de Varsovia. Me dijo que ese día nevaba en el bosque, y que el monasterio en la nieve, entre todos los árboles nevados, le pareció una cosa mágica y azul. Me dijo que sus padres lo entregaron a unas monjas católicas del monasterio, junto con un certificado falso de nacimiento y otro certificado falso de bautismo, y se despidieron de él. Me dijo que tenía entonces cinco años. Me dijo que pasaría el resto de la guerra en ese monasterio ubicado en las afueras de Varsovia, disfrazado de niña católica, vestido y peinado y acicalado como una niña católica. Con trenzas doradas. Con falda y pollera. Viviendo durante años entres niñas y monjas católicas. Hincado y persignándose y rezando en latín, me dijo, entre todas las niñas católicas.» (pág. 117)

miércoles, 25 de octubre de 2017

El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel

Guadalupe Nettel (México DF, 1973)
EL CUERPO EN QUE NACÍ
Anagrama, 2011 - 200 págs. - b.lesseps
diversos extractos
[singular autobiografía precoz]

«Por fin he vuelto a escribir con disciplina. Se trata de una sensación renovadora y tonificante, como tomar una sopa caliente en una tarde de gripe. Cada mañana, después de dejar al niño en la guardería. me voy al mismo café. Tengo mi mesa y mi bebida predilecta. Son mis dos cábalas. Si la mesa está ocupada, espero a que se libere antes de comenzar. No sé si estoy cumpliendo el objetivo de apegarme a los hechos pero ya no me importa. Las interpretaciones son del todo inevitables y, para serle franca, me niego a renunciar al inmenso placer que me produce hacerlas. Quizás, cuando por fin lo termine, este libro no sea, para mis padres y para mi hermano, más que una sarta de mentiras. Me consuelo pensando que toda objetividad es subjetiva.
    Es extraño, pero desde que empecé con esto, tengo la impresión de estar desapareciendo. No sólo me he dado cuenta de cuán incorpóreos y volátiles son todos estos sucesos cuya existencia, en la mayoría de los casos, no puede probarse en forma alguna, se trata también de algo físico. En ciertos momentos del todo impredecibles, las partes de mi cuerpo me producen una sensación de inquietante extrañeza, como si pertenecieran a una persona que ni siquiera conozco.» (págs. 188-189)

Yes, yes,
that’s what
I wanted,
I always wanted,
I always wanted,
to return
to the body
where I was born.

ALLEN GINSBERG, Song, San José, 1954

miércoles, 18 de octubre de 2017

Montañas tras las montañas, de Tracy Kidder

Tracy Kidder
MONTAÑAS TRAS LAS MONTAÑAS
Un hombre dispuesto a curar el mundo
[Mountais Beyond Mountains: The Quest of Dr. Paul Farmer, a Man Who Would Cure the World, 2010]
Trad. Silvia Moreno Parrado
Capitán Swing, 2017 - 376 págs.
[apasionante e inspirador]
«Bien podría decir que, en el momento en que vi por primera vez Zanmi Lasante (Socios en Salud), ahí fuera, en la pequeña población de Cange, en lo que me pareció el fin del mundo, en lo que de hecho era una de las zonas más pobres del país más pobre del hemisferio occidental, pensé que había dado con un milagro. Yo sabía que en Haití los ingresos per cápita ascendían a poco más de un dolar estadounidense al día, y a menos que eso en la planicie central. El país había perdido la mayoría de sus bosques y gran parte de su suelo. Tenía las peores estadísticas sanitarias del mundo occidental. Y aquí, en una de las regiones más empobrecidas, enfermas, erosionadas y famélicas de Haití, estaba esta preciosa ciudadela amurallada, Zanmi Lasante. No lo habría considerado mucho menos improbable si me hubieran dicho que la había traído hasta aquí una nave espacial.» (pág. 32)
«El dinero para Zanmi Lasante se canalizaba a través de una pequeña organización benéfica fundada por Farmer: Partners In Health (Socios en Salud), con sede en Boston. Las facturas eran pequeñas para lo acostumbrado en los Estados Unidos. Farmer y su plantilla de profesionales sanitarios de la comunidad trataban a la mayoría de pacientes de tuberculosis en sus cabañas y gastaban entre ciento cincuenta y doscientos dólares en curar un caso sin complicaciones. La misma cura en los Estados Unidos, donde se hospitaliza a la mayor parte de los pacientes de tuberculosis, suele costar entre quince mil y veinte mil dólares.» (pág. 34)

«Un chico de dieciséis años demasiado débil para caminar, que sólo pesa veintisiete kilos. Farmer le diagnostica una úlcera.
   —Su cuerpo se le ha acostumbrado a la inanición. Lo vamos a poner en forma. —Farmer levanta un bote del suplemento alimenticio Ensure—. Esto es bueno. Le vamos a dar tres botes al día. O sea, le vamos a dar un par de cientos de dólares de Ensure y yo estaré encantadísimo de violar el principio de rentabilidad.» (pág. 38)


Paul Farmer: This is I believe
[o la lucha contra la desigualdad como motor de vida]

[De la contraportada] «En la escuela de medicina, el doctor Farmer encontró el sentido de su vida: curar las enfermedades infecciosas y traer las herramientas de la medicina moderna que salvan vidas —tan fácilmente disponibles en el mundo desarrollado— a aquellos que más las necesitan. El magnífico relato de su trayectoria nos lleva de Harvard a Haití, Perú, Cuba y Rusia, y nos muestra cómo un solo hombre puede cambiar mentes y prácticas a través de una férrea filosofía: «la única nación real es la humanidad». Este libro es un valioso ejemplo de una vida basada en la esperanza y en la comprensión de la verdad que entraña un viejo proverbio haitiano: «Detrás de las montañas hay más montañas». Es decir, el hecho de que cuando resuelves un problema, otro problema se presenta, y así sucesivamente, pero siempre debe buscarse una posible solución.»

jueves, 12 de octubre de 2017

L’últim llibre de Sergi Pàmies

Sergi Pàmies
L'ÚLTIM LLIBRE DE SERGI PÀMIES
Quaderns Crema, 2000 - 152 págs. - b.lesseps
[inapel·lable]
«L'home que ja no s'assembla a com era abans d'operar-se torna al poble. Com que, d'entrada, ningú no el reconeix, ha de repetir constantment la història de l'operació. Fins i tot els amics i familiars el miren amb reticència. No s'expliquen que hagi decidit passar pel quiròfan per assemblar-se a un famós actor francès. I els que, fent un esforç, arriben a comprendre'l, li pregunten: "¿Per què a aquest famós actor francès i no, posats a fer, a aquell famós etnòleg polonès"?
    L'home surt cada vegada menys i pensa sovint en suïcidar-se. Una nit, just quan està a punt de saltar per la finestra, sona el telèfon. És la psiquiatra que s'assembla a una famosa poetessa argentina, que li explica que, a la ciutat on tothom s'assembla a algú, acaba d'instal·lar-s'hi un circ i que li convindria que ell pogués afegir-se a la troupe.
    "¿En qualitat de qué?", pregunta l'home. "En qualitat d'home que no s'assembla a ningú", respon la psiquiatra, que, tot i que no creu que la psiquiatria sigui una ciència exacta, té prou humanitat per interessar-se pels pacients més enllà dels límits estrictament professionals.» (págs. 87-88)

sábado, 7 de octubre de 2017

La novela luminosa, de Mario Levrero


Mario Levrero (1940-2004)
LA NOVELA LUMINOSA
DeBolsillo, 2016 - 570 págs. - inicio
[revelación]

«Me hago cargo del peligro que implica decir estas cosas, pero estoy harto de callarlas como si fueran crímenes. Conocí el caso de un muchacho que un día descubrió que le gustaba ir al zoológico. Se sentía bien entre los animales, aunque estuvieran enjaulados. Se sentía tan bien que poco a poco se fue dando cuenta de que podía comunicarse con algunos de ellos. Cometió el error de comentárselo a su psicoanalista. Créame, lector, no volvió a ser el mismo de antes; nadie vuelve a serlo, después de una buena serie de electroshocks. Sabiéndolo, me abstuve de comentar que, una vez, conocí unas enormes rocas, que asomaban en una playa como lomos de ballenas, con las que uno podía entablar una cálida comunicación. Me abstuve de comentar que, una vez, la luz de un semáforo me hizo saber que yo —y también ella, desde luego— estaba vivo; no me lo dijo en palabras pues, al igual que las rocas, los semáforos no hablan nuestro lenguaje; simplemente yo comprendí el suyo. Me abstuve de comentar, durante años y años, que la mano de una mujer me acarició la cara, desde una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros, y que otra mujer, desde una distancia de unos cien kilómetros, me mordió la espalda. Y que otra mujer, desde una distancia similar, dijo mi nombre y yo la oí. Me abstuve de comentar, durante años y años, que tengo elementos de juicio como para suponer que, de alguna manera superpuesta con nuestro mundo conocido, existe una -¿dimensión?- poblada de seres de gran tamaño, invisibles e intangibles, que no tienen al parecer ningún interés en nosotros. Me abstuve de comentar, durante años y años, que una planta fabricó una vez una muy extraña semilla a influjo de mi amor por una mujer; que me comuniqué telepáticamente con un perro y que, años después, la noche en que ese mismo perro fue envenenado, yo soñé con él, a muchos kilómetros de distancia -soñé que hacía mucho frío, que estaba nevando, que encontraba a ese perro en la calle y lo tomaba en brazos, y la nieve caía y caía sobre nosotros-. Me abstuve de comentar, durante años y años, que he sabido que las flores viajan sin moverse de su sitio, o sueñan. Me abstuve de comentar, durante años y años, que una vez me fue dado ver los colores de un paisaje -en un sueño- con la mente de un amigo pintor; y que una vez escuché una canción con la mente de otra persona. Y me abstuve de comentar muchas otras cosas que sigo absteniéndome de comentar.» (págs. 525-526)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Conversaciones, Jaime Gil de Biedma

JAIME GIL DE BIEDMA.
CONVERSACIONES
(entre 1972 y 1990)
Edición y prólogo Javier Pérez Escohotado
Conversaciones con AM Moix, Maruja Torres, Juan Marsé, Federico Campbell, Biel Mesquida, Bruce Swaney, JR Enríquez, A. Espada, JM Cobos, B. Prado y otros.
Ed. Austral, 2015 - 288 páginas - fragmentos
[una delicia]
«—Si yo pudiera elegir, escribiría en catalán o en inglés. El castellano tiene una serie de inconvenientes alarmantes como lengua de poesía. En primer lugar, es de una pobreza vocálica realmente mísera; no tiene más que cinco vocales. Ésa es una de las razones, creo, por las cuales se presta muy poco para la rima consonante, precisamente por la monotonía de las vocales y sobre todo, por la tremenda aparición constante de la e. Entonces resulta que si es una lengua pobre en tonos vocálicos y si además agregamos que se repiten idénticamente las consonantes, el resultado será tendente a la monotonía. Por otra parte, la mayoría de las palabras son llanas, acentuadas en la penúltima sílaba y las palabras agudas son duras (las palabras terminadas en —on, por ejemplo suenan a zambomba). La rima aguda es bastante barata, la rima esdrújula, que se puede hacer de vez en cuando, resulta un tanto afectada; entonces tenemos que si escribimos con rima consonante, estamos condenados a que el noventa y tres por ciento de los versos terminen en palabras llanas. Éste es un elemento de monotonía rítmica y melódica atroz.» (pág. 126)

martes, 19 de septiembre de 2017

La mirada de los peces, de Sergio del Molino

Sergio del Molino
LA MIRADA DE LOS PECES
Literatura Ramdom House, 2017 - 350 págs. - inicio
[interesante autorretrato de juventud]
«[...] Parecía un sindicalista más, como los que conocía por mi trabajo. Grises, de moral estrecha, aburridos. O quizá fuera que mi recién descubierta imbecilidad era impaciente con todo lo que no sonase dionisíaco. Si Antonio [Aramayona] seguía siendo lector de Nietzsche debía entenderlo. O tal vez no, porque daba la impresión de haberse hundido en el lado apolíneo. No me interesaba la educación pública, ni los foros antiglobalización, ni la tasa Tobin, ni la renta básica universal. Quería contarte que algunas noches, cuando no salía, escribía cuentos crípticos muy pornográficos donde mi sosias priápico penetraba hasta la hemorragia a chicas tristes y suicidas. Quería contarle que no era aún tan imbécil, pese a serlo muchísimo, como para pensar que aquellas prosas merecerían una sola lectura. Que, de hecho, procuraba que no las leyese nadie, porque temía que identificasen las claves y descubrieran que me acosté con la novia de un amigo. Pero no podía dejar de escribir. Quería decirle eso, que nunca había dejado de escribir y que escribir era lo único que ordenaba el mundo y lo hacía habitable. Quería decirle que escribía por él, que si yo era Nietzsche, él era mi Shopenhauer, y que si tenía una conciencia muy borrosa de que aquellos escritos me llevarían en algún momento al país literario donde quería mudarme, era porque él me inoculó esa convicción [...]» (pág. 137)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Animal doméstico, de Mario Hinojos

Mario Hinojos
ANIMAL DOMÉSTICO
Caballo de Troya, 2017 - 320 páginas - fragmento
Perturbadora novela para Francisco Lozano (Babelia)
[asombroso artefacto literario]
«[25 de marzo] Últimamente pienso que lo que hago no es otra cosa que escribir un diario. Nunca antes había llevado uno. Nunca antes había intentado resguardar nada. No tuve ni mascotas ni colecciones. De pequeño no hubo otra responsabilidad más allá de las obligaciones escolares y, de pronto, intento que mi vida se pueble de sentido y sea digna de ser atesorada. Quizá se deba a que todo ha terminado para mí; el futuro se abre a una vida desconocida en la que no hay espacio para la posteridad, donde no hay tiempo para el porvenir, acaso, únicamente, para la supervivencia. Sin embargo una extraña libertad recorre de forma íntegra este periodo. Como si a partir de ahora todo lo que hiciese estuviera despojado de yugos y ataduras. Porque la guerra se conjuga siempre en tiempo presente. Durante la guerra no ocurre nada más que lo que está sucediendo en ese instante: lo que está siempre a punto de terminar en el segundo siguiente, ahora mismo, o ahora. Lo cierto es que la vida no termina, solo cambia; la frase es en apariencia de la Biblia, en realidad la he copiado de un libro que me dio el doctor Meyer. Es un diario de guerra, lo escribe una mujer durante el segundo conflicto de Kosovo. Debo de haber leído hasta ahora un tercio de las anotaciones que lo forman. Apenas unos días después del inicio de su diario, en la página 18, encuentro este fragmento: "25 de marzo de 1998. Siento como si mi universo se hubiese vaciado de líquido amniótico. Me estoy secando y sofocando, privada del amor, la seguridad y los sentimientos. No soy feliz, no soy valiente, no tengo opiniones. Esto no es normal, es estar fuera de una vida que tampoco te necesita y de una historia que no te toma en cuenta. Mi futuro es un muro contra mi cara, mi pasado es un abismo. Así pues, estoy aprendiendo a bailar sin moverme, a bailar con la mente. Dicen que la mente es una de las primeras cosas que muere; yo creo que la mente muere antes si uno está devastado. Para preservar la mente hay que defender todo lo que contribuye a conformarla. ¿Y qué es eso?¿Es la libertad, el amor, la belleza? ¿Es la democracia, la compasión el arte? ¿O es otra cosa, un centro invisible, una energía que gira eternamente? No sé dónde está ese centro. No sé dónde estoy: el afuera invade al adentro. Lucho por salvar mi interior para cuando vengan tiempos mejores". Fin de la cita. Podrían ser mis palabras; literales.Desde que comencé a leer el libro siento que no hago otra cosa que copiar a Jasmina Tešanović, sus palabras podrían ser las mías, sus palabras son las mías, mi diario es el Diario de Jasmina. No sé a qué se debe esa constante sensación de remedo. ¿Qué tan cerca o qué tan lejos debe ocurrir la guerra para que sientas que la guerra es cosa tuya? El doctor Meyer me ha sugerido un ejercicio, escriba usted, ha dicho, como si fuera otro. Si le resulta complicado, me ha dicho Meyer, procure usted ausentarse, mirarlo todo con distancia, ha remarcado. Yo siento sin embargo que la distancia se reduce. Se confunden las rocas con los perros, se trasponen los gritos con gemidos salvajes. Todo es y no es al mismo tiempo, el final y el principio de los tiempos. Solo ahora se me ocurre, de repente, que quizá la demanda es por un orden, la exigencia es mi necesidad de encontrar una manera de organizar la destrucción luego de toda esta catástrofe. ¿Será que uno escribe, acaso, para ordenar el caos?» (págs. 81-83)

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interior y exterior
Fragmento de la camisa de la edición intervenida por el autor

martes, 5 de septiembre de 2017

Veo una voz, de Oliver Sacks

Oliver Sacks (1933 - 2015)
VEO UNA VOZ
VIAJE AL MUNDO DE LOS SORDOS
[Seeing voices, 1989]
Trad. José Manuel Álvarez Flórez
Anagrama, 2017 - 264 páginas - lengua de signos
[interesante aunque muy académico]
«Nacemos con nuestros sentidos; son "naturales". Podemos adquirir habilidades motoras solos, claro. Pero no podemos aprender el lenguaje solos: esta habilidad corresponde a una categoría única. Es imposible aprender el lenguaje sin cierto potencial básico innato, pero ese potencial sólo puede activarlo otra persona que tenga ya competencia y capacidad lingüística. El lenguaje sólo se aprende por transacción (o, como diría Vygotsky, "negociación") con otro. [...] La madre, o el padre, o el maestro, o en realidad cualquiera que hable con el niño, va llevándole paso a paso a niveles de lenguaje superiores; le conduce al lenguaje, y a la imagen del mundo que hay encarnada en ese lenguaje (que es la imagen del mundo de ella, porque es su lenguaje; y, además, la imagen del mundo y de la cultura a la que ella pertenece). [...] El niño tiene una experiencia independiente del mundo que le proporcionan los sentidos, y esto es lo que establece una correlación o confirmación del lenguaje de la madre, y cobra significado, a su vez, a través de él. Es el lenguaje de la madre, interiorizado por el hijo, lo que permite a éste pasar de la sensación al "sentido", elevarse de un mundo perceptivo a un mundo conceptual.» (págs. 106-107)