martes, 27 de febrero de 2018

Läetitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka

Ivan Jablonka
LAËTITIA O EL FIN DE LOS HOMBRES
[Laëtitia ou la fin des hommes, Seuil 2016]
Trad. Agustina Blanco
Anagrama y Libros del Zorzal, 2017 - 424 págs. - inicio
«Laëtitia Perrais fue secuestrada la noche del 18 al 19 de enero de 2011. Era una camarera de dieciocho años, domiciliada en Pornic, en el departamento francés de Loira Atlántico. Llevaba una vida corriente en la familia adoptiva donde había sido asignada con su hermana melliza. El asesino fue arrestado al cabo de dos días, pero hasta que se encontró el cuerpo de la joven transcurrieron varias semanas. El caso despertó una inmensa conmoción en todo el país. El presidente de la República, Nicolas Sarkozy, al criticar el seguimiento judicial del asesino, cuestionó a los jueces, a quienes prometió "sanciones" en respuesta a sus "faltas". Sus declaraciones desataron huelga inédita en la historia de la magistratura. En agosto de 2011 -un caso dentro del caso- el padre de acogida de las chicas fue imputado por agresiones sexuales a la hermana de Laëtitia. Hasta hoy, se ignora si la propia Laëtitia fue violada, ya fuera por su padre de acogida o por su asesino [...]

No estaba programado que Laëtitia, esa muchacha radiante a la que todos querían, terminara como un animal despiezado. Pero desde su infancia sufrió inestabilidades, idas y venidas, descuidos, se acostumbró a vivir con miedo, y ese largo proceso de debilitación esclarece tanto su final trágico como a nuestra sociedad en su conjunto. Para destruir a alguien en tiempos de paz, no basta con matarlo. Primero hay que hacerlo nacer en una atmósfera de violencia y caos, privarlo de seguridad afectiva, quebrar su célula familiar, luego ponerlo a cargo de un asistente social perverso, no percatarse de ello, y por último, cuando todo está terminado, explotar su muerte para rédito político.» (págs. 9-12)
En este caso, coincido con Jaime G. Mora: «[...] al más puro estilo Carrère, solo que sin su brillo. Respaldado por un vasto trabajo de investigación, con numerosas entrevistas a familiares, jueces y especialistas, la crítica respaldó su libro con los premios Médicis y Le Monde. Laëtitia o el fin de los hombres es una obra valiosa, sin duda, aunque se puede contar con la mitad de páginas.»

viernes, 23 de febrero de 2018

Lo que está y no se usa nos fulminará, de Patricio Pron

Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975)
Lo que está y no se usa nos fulminará
Random House, 2018 - 172 págs. - fragmento
[parece que a J.Ernesto le ha gustado más que a mí]
SALÓN DE REFUSÉS
«A lo largo de ese mes también muere el escritor que ella más admira; no es el mejor de su país, ni el más popular, ni aquel que ha obtenido la mayoría de los galardones que se otorgan en él, pero sí el que a ella más le gusta, el más afín a su sensibilidad, o mejor, a su idea de lo que la literatura puede y, eventualmente, debe ser, o al menos de lo que la literatura debe ser para gustarle a ella; es decir, para gustarle tanto como la obra del escritor que ella más admira y que —como hemos dicho— muere, también, a lo largo de ese mes.

No: el escritor ha muerto hace algunos años; es decir, ha pasado tiempo ya desde su muerte y un día ella compra una autobiografía que el escritor ha dejado incompleta al morir, o, mejor todavía, que ha dejado completa antes de morir, lista para ser enviada a imprenta. Quizás la ha completado poco antes de su deceso y ha correspondido a su viuda —si la tiene— la tarea de pasarla en limpio y corregir los pequeños errores que un sujeto agonizante puede cometer en lo que escribe, si lo hace. No, mejor: la mujer del escritor ha muerto hace algunos años, antes que el escritor, y éste no ha designado albacea: la publicación de su autobiografía se ha hecho sin que se requiriese el consentimiento de nadie, o sin que éste pudiera ser obtenido, en nombre del interés público por la obra, es decir, por su comercialidad, que tal vez también haya sido tenida en cuenta por el escritor a la hora de destinar a su autobiografía el lugar que le ha otorgado en la sucesión de sus libros, y no otro, el de aquello que concluye y cierra lo que podríamos llamar una obra. No, el escritor jamás ha tenido en cuenta tales cuestiones, y sencillamente ha escrito su autobiografía sabiendo que iba a ser su último libro. (No, no sabiéndolo en absoluto, aunque quizás sospechándolo.)» (inicio) [and so on]

martes, 20 de febrero de 2018

Los vivos y los muertos, de Joy Williams

Joy Williams (Massachusetts, 1944)
LOS VIVOS Y LOS MUERTOS
[The Quick and the Dead, 2000]
Trad. Albert Fuentes
Alpha Decay, 2017 - 440 págs. - inicio
Laura Fernández habla con Joy Williams
[ni al Dr. Tongoy ni a mí nos ha gustado]
«Ya en casa, Alice se puso el camisón y cenó dos sándwiches de queso y un bol de espaguetis. Sus abuelos estaban sentados en el salón y miraban a Furia que descansaba en su cesto, rodeado de sus juguetes. Se llamaba así en honor al hermoso caballo que en una película de Bette Davis muere de un balazo que le descerraja Gary Merrill, quien finge ante todo el mundo que es el marido de Bette. La Davis era la estrella de cine favorita de su abuela. De las nuevas, ninguna le llegaba a la suela de los zapatos.
—Ali —dijo su abuelo—. Me alegra muchísimo que hayas vuelto. Tenemos que hacerte unas preguntas.
—Esta noche son de las buenas —dijo su abuela.
Alice se preparó otro sándwich de queso. No era frugal y comía como un perro abandonado, como un perro rescatado de la perrera en el último suspiro.
—Una mujer va al médico —dijo la abuela— y el médico le dice que tiene cáncer de hígado y le da tres meses de vida. El cáncer de hígado es una forma horrible y dolorosa de irse al otro mundo y no hay manera de ganarle la batalla, dice el doctor.
—Lo típico —dijo el abuelo.
—¿Qué? —dijo la abuela.
—Típico de un doctor. —Su abuelo cogió un pañuelo de la caja que tenía en una mesa a su lado y se puso a hurgar en una de las orejas de Furia.
—Sí, en fin, la mujer vuelve a casa y tiene una larga conversación con su hijo. Entonces, él lo arregla todo para que su colección de pistolas quede al alcance de su madre y ella se pega un tiro. En la autopsia descubren que no tenía ningún tumor en el hígado.
—Sólo unas cuantas vesículas de pus y ya está —dijo el abuelo. Luego se metió el pañuelo usado en el bolsillo sin mirarlo.
—Así pues, la pregunta es: ¿Quién es el responsable de la muerte? ¿La señora, el hijo o el doctor?
Esos problemas siempre le levantaban los ánimos. No eran preguntas de naturaleza ética o lógica, y las respuestas, a fin de cuentas, no importaban, dadas las circunstancias. Sencillamente le encantaban.» (págs. 24-25)

viernes, 16 de febrero de 2018

Mejor la ausencia, de Edurne Portela

Edurne Portela (Santurce, 1974)
MEJOR LA AUSENCIA
Galaxia Gutenberg, 2017 - 240 págs. - inicio
[sobrevivir a todas las violencias, y contarlo]
«Hace una mañana de otoño muy bonita. Es sábado. Cojo el tren y me acerco hasta Bilbao. Ama se ha ofrecido a acompañarme, pero a mí me apetecía ir sola. Luego se pone a mirar escaparates y a entrar en tiendas y no me queda suficiente tiempo para recorrer tranquila la sección de novedades de mi librería favorita. Llego a Abando y bajo a las siete calles. Antes de ir a la librería entro en el Boulevard para tomar un café con leche y un pincho de tortilla. Me imagino tertulias decimonónicas o de intelectuales de los años treinta, de antes de la guerra, claro. El presente no da para demasiadas ensoñaciones: madres con niños gritones, camareros ruidosos que tiran los cacharros a diestro y siniestro sólo para molestar, hombres hablando a gritos del partido de anoche. Esta gente no pega nada en un sitio tan bonito. Me marcho enseguida. Voy paseando hasta la librería. Según me voy acercando al escaparate veo que está lleno de pintadas con tinta roja y amarilla: «fachas», «españoles» y la diana de siempre. A cada lado de la puerta, dos hombres corpulentos como armarios, vestidos con chaqueta, están plantados en posición marcial. Me detengo a pocos metros. Veo que varias personas pasan por delante sin mirar al escaparate o a los escoltas. Una mujer, supongo que con las mismas intenciones que yo, se ha parado delante de la puerta, se ha dado la media vuelta y se ha ido. Otra se acerca, se lleva la mano a la boca, y entra saludando a los hombres. Yo sigo parada. Uno de los escoltas me mira, me sonríe un poco y me hace un gesto con la cabeza, como para que entre. Me doy la vuelta y, yo también, me voy.» (pág. 132)

lunes, 12 de febrero de 2018

El eco de los disparos, de Edurne Portela

Edurne Portela (Santurce, 1974)
EL ECO DE LOS DISPAROS
Cultura y memoria de la violencia
Galaxia Gutenberg, 2016 - 224 págs - fragmento
[saber mirar (para ver las cosas de otra manera)]
«Este libro surge, en buena medida, a partir de memorias, experiencias y observaciones personales. No dilataré el momento en el que lo personal aparezca en mi aproximación al tema de la «violencia vasca», así que comienzo explicando brevemente dónde me sitúo dentro de esta historia. Pertenezco a una generación nacida durante los últimos coletazos de la dictadura franquista y que vive su niñez y adolescencia durante la época más dura tanto de ETA como de la represión por parte de las fuerzas de seguridad españolas, incluyendo el terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación o GAL. Es una generación que se educó en la cotidianeidad y la convivencia con la violencia, si no directa, sí por lo menos con el discurso de la violencia [...]» (pág. 17)

clemente bernAd,basque cHronicles «Una de las consecuencias más graves de la indiferencia es la normalización y aceptación de la violencia; es decir, el asumir que es normal que algunas personas, debido a sus cargos políticos, su ocupación profesional, su ideología y/o clase social, hayan sido o sean el objetivo de ETA y de sus colaboradores. También significa aceptar que, debido a sus vínculos con la izquierda abertzale, sospechosos de pertenecer al entramado de ETA sean torturados o que los asesinatos del GAL estuvieran justificados en su momento. En el contexto indiferente, la víctima no es individuo, familia o comunidad a los que se ha hecho un daño irreparable, sino presencias incómodas o meros daños colaterales del conflicto, sobre quienes recae la sospecha de haber merecido su suerte. El «algo habrá hecho» significa aceptar sin cuestionamiento la lógica de los violentos y abrazar la ignorancia como modo de vida. Así, la indiferencia también conlleva la falta de un posicionamiento político abierto: a pesar de que el conflicto invade todas las relaciones sociales y muchas relaciones familiares, en el mejor de los casos se evita tomar partido, en el peor, se elige alinearse con los violentos o por lo menos con sus demandas políticas [...] Es decir, para llegar a la normalización de la violencia y sus consecuencias, la Patria se convierte en objetivo indiscutible y superior a todo lo demás. Entonces, la violencia es un mal necesario al que se subordina cualquier consideración moral, política y social. En este sentido, algunos autores han explicado el nacionalismo dentro del concepto de «religión política», clemente bernAd,basque cHronicles como una ideología que impone «una visión religiosa de la política articulada en torno a la sacralización de la categoría política (La religión de la Patria, de Jesús Casquete). Como categoría sagrada, la Patria está por encima de todo lo demás.» (págs. 27-28)

«Al difícil tema de las víctimas y perpetradores y su representación en la cultura no llegaremos hasta el final de este ensayo, pero sí me gustaría aquí ampliar la discusión sobre el dominio del discurso y su repercusión en el proceso imaginativo en relación a nuestro conocimiento de la violencia. En torno al control sobre las palabras y cómo éstas tienen el poder de intervenir en la imaginación pública, nos habla Manuel Montero en su ensayo Voces vascas (2014), donde explica la apropiación de ciertos términos del español por parte del nacionalismo vasco y su uso extensivo en nuestra sociedad. En el lenguaje vasco en español, señala Montero, «las palabras no siempre describen la realidad. A veces la deconstruyen, la segmentan, la sustituyen. Por la vía de negarla, de arrebatarle existencia al no decir un término y sustituirlo por otro» (Montero, 13). Señala que a través del eufemismo, la elipsis y otras figuras del lenguaje sustitutivas se ha creado un imaginario victimista que sitúa al nacionalismo vasco acorralado por la injerencia extranjera –‍o sea, española. El grado de perversión del lenguaje ha llegado a tal punto que no es que las palabras hayan dejado de significar, hayan perdido su significado o sean vacías, sino que «significan lo que quieren las ideologías» (14). Ya George Steiner señalaba elocuentemente que, clemente bernAd,basque cHronicles cuando se implanta una visión unívoca de la realidad al servicio de una ideología, «las palabras se convierten en vehículos de terror y falsedad. Algo irremediable acaba por ocurrir a las palabras. Algo de las mentiras y del sadismo acaba por instalarse en el núcleo del idioma.

Montero muestra la capacidad de la izquierda abertzale para generalizar sus expresiones y hacerlas pasar al vasco común. Esta apropiación de la palabra es significativa porque implica la imposición de una visión, de un imaginario en que lo vasco es victimizado y lo español encarna al agresor y lo indeseable, como demuestra el uso siempre negativo de palabras como España, español o Constitución. El trabajo constante de imponer esta visión del mundo social vasco a través de principios de división frente a todo lo no vasco y victimización histórica de todo lo que sí lo es, acaba convirtiéndose en el relato que otorga sentido a la violencia e impone un consenso sobre ese sentido. Este proceso que se ha llevado a cabo durante las últimas décadas está hoy particularmente vivo. Esta contaminación del lenguaje ha sido ejecutada a través del campo de la política y del intercambio social y, como señala Arregi, gracias en buena medida a profesionales de la comunicación.» (págs. 31-32)

clemente bernAd,basque cHronicles «En los intersticios de estas dos visiones –‍el rechazo y la idealización‍– algunos autores han propuesto otro tipo de imaginación y otros usos del lenguaje, lo que a lo largo de este libro denomino «imaginación ética», que es la que busca salir de la simplificación que sirve para sustentar un discurso político, y hace aquello que Milan Kundera decía que debe hacer la literatura: mostrar la complejidad de la realidad (El arte de la novela, 31). Adentrémonos pues, en esa complejidad.» (pág. 34) [y se adentra, y nos deslumbra con su mirada]

viernes, 9 de febrero de 2018

Las Giardinetto Sessions

Desde el año pasado, y con la colaboración del diario La Vanguardia, en la barra del restautante Il Giardinetto de Barcelona se están llevando a cabo conversaciones con gente interesante. Giardinetto Sessions es un proyecto de Poldo Pomés, Jordi Soler y Xavier Mas de Xaxàs, y éste es el resumen de la primera temporada.



La última sesión difundida ha sido con Rosa Regàs (“Todo lo que se ha escrito sobre la Gauche Divine está mal”). Y estas son algunas de las anteriores:

martes, 6 de febrero de 2018

El club de los mentirosos, de Mary Karr

Mary Karr (Texas, 1955)
EL CLUB DE LOS MENTIROSOS
[The Liar's Club, 1995]
Trad. Regina López Muñoz
Errata Naturae y Periférica, 2017 - 520 págs. - inicio
The Truth Keeps You Young, L.Dunhan, The Paris Review
[saber contar]
[Eduardo Lago dixit:] «Mary Karr (Grove, Texas, 1955) tenía cuatro años cuando su padre, al final de su jornada laboral en la refinería de petróleo donde trabajaba, se la llevaba con él a los antros donde quedaba para beber, jugar a las cartas e intercambiar historias con sus amigos, broncos texanos excombatientes de la Segunda Guerra Mundial [y ese era el club de los mentirosos]. Después de Texas vendrían otros paisajes: las drogas y el surf en California; la escena punk durante los años del college, en Minnesota; Vermont, donde cursó un máster en escritura creativa y conoció a su futuro marido, poeta como ella. Siguieron el nacimiento de su hijo, Dev, y su primer trabajo, como profesora de la Universidad de Siracusa. En cada uno de estos lugares surgió de manera fragmentaria un entramado que apenas logra ocultar una espiral de episodios aterradores: una violación perpetrada por un compañero de juegos a una edad temprana; la imagen de su madre amenazándola con un cuchillo, presa de un brote psicótico; la sombra aciaga de la depresión; un intento de suicidio; tétricas sesiones en los locales de Alcohólicos Anónimos; la religión, como única salida posible. La búsqueda de una tabla de salvación en la escritura recuerda a la de Sylvia Plath, cuando hacía frente a sus demonios en el terror de la madrugada. El resultado fue un libro de memorias que, conforme al dictamen de la crítica cuando se publicó en 1995, cambiaba las reglas del género. El club de los mentirosos es un libro difícil de caracterizar. Durante un año se mantuvo en la lista de best sellers del New York Times, mientras su autora recibía a diario cientos de cartas desgarradoras escritas por mujeres que le daban las gracias por haber logrado algo que ellas no sabían hacer: contar la crónica de su estancia en el infierno dejando espacio a la esperanza [...
The Liar's Club, Penguin Classics

viernes, 2 de febrero de 2018

Joyce, de Edna O’Brien

Edna O’Brien (Irlanda, 1930)
JOYCE
[James Joyce, Viking Penguin, 1999]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Grijalbo Mondadori, 2001 - 216 págs - bibl. lesseps
[a Alejandro J. y a mí nos ha gustado pero él lo explica mejor]
«Lo cierto es que el Joyce que veía la gente no era más que una fracción del hombre interior. Nadie conocía a Joyce, sólo él mismo. Nadie podía conocerle. Poseía una imaginación meteórica, una mente que acumulaba conocimientos incesantemente, la cabeza rebosante de palabras en continua ebullición e imágenes que se le agolpaban dentro "como las sombras a la entrada del averno". Quería arrebatarle a la vida su secreto y eso solo resultaba factible mediante el lenguaje porque, como él decía, la historia de la humanidad es la historia del lenguaje. De hecho las personas se habían convertido para él en producto de la imaginación y le bastaba con que tal o cual persona habitara en sus sueños. Hasta Finn MacCool ["gigantesco héroe irlandés"] evolucionaba hasta devenir una sombra. Joyce estudió minuciosamente palabras y dialectos para crear el lenguaje nuevo o, mejor dicho, el lenguaje antiguo, eso que en su opinión había existido en prístina pureza antes del babel de lenguas. A partir de esa lengua original decidió recrear cuarenta idiomas: para él era perfectamente razonable que dos hombres charlaran en chino y japonés en Phoenix Park porque era el único modo lógico de expresar "un conflicto profundo, un antagonismo irreductible". El conflicto se encontraba en la raíz de su ímpetu y no, aunque se le acusó de ello, la ofuscación. Joyce, al estar casi ciego, tenía que sentir las palabras, una tarea hercúlea que en ocasiones, como explica Lucia, le arrancaba las lágrimas. Para él la verdad del arte era sagrada, era su religión: la perfección minuciosa del estilo, la variedad métrica, las notaciones musicales y un meollo lírico deslumbrante. Le dijo al escritor polaco Jan Parandowski que quizá fuera una locura ordenar las palabras para extraerles su sustancia, o injertar una dentro de otra para crear variaciones híbridas y desconocidas, casar sonidos que no solían ir juntos; unir y desunir, siempre. » (págs. 198-199)

De la introducción al último fragmento de Anna Livia Plurabelle traducida por Eduardo Lago en el web de Enrique Vila-Matas:

«La traducción de Anna Livia Plurabelle que aquí se presenta consta de 601 frases. En ellas cabe el mundo con todos sus ríos, y sí, queridos Elena y Enrique, hemos terminado: de manera tortuosa, entre rápidos, remansos, meandros y súbitos saltos y caídas, como corresponde a un texto fluvial. ¿Qué va a ser de nosotros sin ti, O, Anna Livia, de quien al final hemos llegado a saber algo? No todo, con Joyce, por fortuna, eso no es posible [...] Con la frase 601 desaparece de hecho una empresa que nos ha llevado a adentrarnos en el alma viva del idioma, el crisol de la lengua universal donde, antes de cobrar forma, hierven como en un pozo de hielo líquido, todas las historias de las que necesitamos alimentarnos a fin de seguir viviendo.»
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