viernes, 30 de agosto de 2019

Un día en la vida de un editor, Jorge Herralde

Jorge Herralde (Barcelona, 1935)
UN DÍA EN LA VIDA DE UN EDITOR
y otras informaciones fundamentales
Prólogo de Silvia Sesé
Anagrama, 2019 - 472 págs. - inicio
[prolijo]
«Me resulta indispensable rendir un cálido homenaje a las librerías, en las que tantas horas he pasado, lugares a la vez de estímulo y sosiego. En Barcelona las encontrabas en todas las calles céntricas (ahora tan colonizadas por firmas de moda, bares y restaurantes). Así, las históricas Catalonia y Jaimes, las varias sedes de la Librería Francesa, luego Áncora y Delfín, que fue durante años mi librería de cabecera, y, ya en los sesenta, Cinc d'Oros, la más roja de todas, la exquisita Leteradura o la librería del Drugstore del Paseo de Gracia, abierta por las noches, muy frecuentada, con gran surtido de ediciones latinoamericanas, escasa vigilancia y robos a mansalva (hobby habitual de los progres de la época). Y las del Quartier Latin en París, Charing Cross Road en Londres, la Quinta Avenida en Nueva York, mientras que en Italia ya habían aparecido las primerísimas librerías Feltrinelli.

    Con la lectura aprendemos a descifrar el mundo y también a nosotros mismos, ya que, como escribió Emilio Lledó, los libros nos leen. Diría que la lectura es y ha sido mi única patria, mi única nación, por utilizar palabras tan manoseadas. Podría aventurar, abusando quizá de la metáfora, Librería Ancora y Delfín, Barcelona que la lectura es como una nación de naciones: la nación de los libros, la nación de las librerías y la nación de la prensa, obligadas a negociar entre sí con las lógicas tensiones, pero de forma envidiablemente armónica (aunque sabemos que Disneylandia sólo existe en Hollywood.» (del DISCURSO DE AGRADECIMIENTO DEL PREMIO ATLÁNTIDA 2017, págs. 260-261)

martes, 27 de agosto de 2019

Abecedario de las muñecas, Camilla Grudova

Camilla Grudova ("vive en Toronto")
ABECEDARIO DE LAS MUÑECAS
[The Dolls Alphabet, 2017]
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen, 2019 - 136 págs. - inicio
[no he conectado, pero otras sí]
«En nuestro apartamento siempre parecía Navidad, porque las estanterías estaban cargadas de libros rojos y verdes en griego y latín de la colección de clásicos Loeb. El tío de Peter le regalaba uno por cada cumpleaños, y habíamos comprado más en librerías de viejo. Cuando venían invitados, Peter siempre tenía que mencionar que había tapado las páginas de la traducción al inglés en los libros de latín con hojas de papel de colores. Nos conocimos en clase de latín en la universidad. A mí me atraía esa lengua porque no le pertenecía a nadie, no había hablantes nativos para reírse de mí. A mi clase venían chavales de colegios privados donde se estudiaba latín, pero enseguida los adelanté. Peter, que era uno de ellos, se peinaba hacia atrás con brillantina como un joven Samuel Beckett y tenía la mirada húmeda y bizca de una nutria.
    Menospreciaba a los estudiantes de Filosofía y Clásicas que en realidad querían entrar en Derecho. Bajo su influencia, empecé a menospreciarlos también yo. Peter se ponía a diario el mismo tipo de ropa: camisas gruesas a rayas de una tienda de saldos del ejército, jerséis que no se habían secado como es debido después de lavarse, pantalones de camuflaje, botas militares y una colonia muy pasada de moda cuyo aroma recordaba vagamente a una salsa agridulce. Compró la colonia de segunda mano a un particular, el anterior dueño había gastado solo una pizca. Hasta que llevábamos un tiempo saliendo no supe que sus padres eran abogados, que se había criado en una familia con mucho más dinero que la mía.» (de La reina de los ratones, págs. 13-14)

sábado, 24 de agosto de 2019

El coste de vivir, de Deborah Levy (2/2)

Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
EL COSTE DE VIVIR
AUTOBIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN
[The Cost of Living (Living Autobiography), 2018]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019 - 160 págs. - inicio
· Deborah habla con Inés (ABC Cultural)
[también]
«Vivir sin amor era una pérdida de tiempo. Estaba viviendo en la República de la Escritura y los Hijos. Al fin y al cabo, no era Simone de Beauvoir. No, yo me había bajado del tren en otra parada (el matrimonio) y me había subido a otro andén (los hijos). Ella era mi musa, pero está claro que yo no era la suya.
    De todos modos las dos habíamos comprado un billete (pagado de nuestro bolsillo) para el mismo tren. El destino consistía en dirigirse a una vida más libre. Es un destino vago, nadie sabe cómo será cuando lleguemos allí. Es un viaje sin final, pero yo entonces no lo sabía. Simplemente viajaba. ¿Adónde si no podía dirigirme? Era joven y encantadora, me subí al tren, abrí mi diario y empecé a escribir en primera persona y en tercera.
    Simone de Beauvoir sabía que una vida sin amor era una pérdida de tiempo. Su duradero amor por Sartre parece haber estado supeditado a vivir en hoteles y no fundar un hogar con él, lo que en la década de 1950 era más radical de lo que creo que ella pensaba. Mantuvo el compromiso de que Sartre fuera el amor esencial de su vida durante cincuenta y un años, pese a otros apegos. Sabía que no quería tener hijos ni servirle el desayuno ni hacerle los recados ni fingir que no participaba intelectualmente del mundo para que él la quisiera más. La horrorizaba la mediana edad, hasta extremos que no termino de comprender. De todos modos, tal como le escribió al escritor Nelson Algren, arrebatada por su nuevo amor: "Lo quiero todo de la vida, quiero ser una mujer y quiero ser un hombre, tener muchos amigos y tener soledad, trabajar mucho y escribir buenos libros y viajar y disfrutar".
    Cuando estuve de gira promocional por Estados Unidos y aterricé en Chicago, mi editor me puso chófer. Se llamaba Bill y lo sabía todo de Chicago. Lo primero que hizo fue llevarme a ver el lugar donde había vivido Nelson Algren cuando Simone de Beauvoir emprendió el largo viaje desde Francia para estar entre sus brazos. Era una calle frondosa, bordeaba por casas espaciosas construidas con ladrillo rojo, con galerías y jardines. Bill me contó que en los tiempos de Algren era una barriada dura y lúgubre y que Algren Deborah Levy se codeaba con putas, boxeadores y yonquis. Pensé en Simone, una de las intelectuales destacadas de su época, llegando a Chicago, que no podía ser más distinto de París, y en cómo encontró el amor en la tercera planta de una vieja casa de ladrillo rojo. Durante un tiempo, Algren la había liberado sexual y emocionalmente de Sartre.» (págs. 83-85)

viernes, 23 de agosto de 2019

Cosas que no quiero saber, de Deborah Levy (1/2)

Deborah Levy (Johannesburgo, 1962)
COSAS QUE NO QUIERO SABER
AUTOBIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN
[Things I Don't Want to Know, 2019]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House, 2019 - 144 págs. - inicio
· Deborah habla con Anna Maria (El Confidencial)
[sí]
«Mientras mordía la dulce pulpa naranja del albaricoque, me descubrí pensando en algunas de las mujeres, de las madres que habían esperado conmigo en el patio de la escuela al ir a recoger a nuestros hijos. Ahora que nos habíamos convertido en madres todas éramos sombras de lo que fuimos, perseguidas por las mujeres que éramos antes de tener hijos. En realidad no sabíamos qué hacer con ella, con esa joven fiera, independiente, que nos seguía por ahí gritando y señalando con el dedo mientras empujábamos los cochecitos infantiles bajo la lluvia inglesa. Intentábamos responderle pero carecíamos del lenguaje para explicar que no éramos mujeres que simplemente hubieran "adquirido" unos hijos: nos habíamos metamorfoseado (cuerpos nuevos y pesados, leche en los pechos, programadas hormonalmente para salir corriendo hacia nuestros bebés cuando rompieran a llorar) en alguien que no terminábamos de entender.
"El embarazo y la fertilidad femeninos no solo continuan fascinando a nuestra imaginación colectiva, sino que también sirven de santuario a lo sagrado. [...] Hoy en día la maternidad está imbuida de lo que ha sobrevivido del sentimiento religioso."
JULIA KRISTEVA
Motherhood Today (2005)
» (págs. 26-27)

viernes, 16 de agosto de 2019

Mi padre, el pornógrafo, de Chris Offutt

Chris Offutt (Kentucky, 1958)
MI PADRE, EL PORNÓGRAFO
[Mi father, the Pornographer, 2016]
Trad. Ce Santiago
Malas Tierras, 2019 - 288 págs.
· Palos y astillas, según Rodrigo Fresán
· Si tu padre fuera el rey del porno escrito, L. Fernández
[asombroso]
«El éxito comercial de las novelas pornográficas estadounidenses tocó techo durante los años setenta, coincidiendo con el período más prolífico y más activo de mi padre. Solo en 1972 publicó dieciocho novelas. Papá escribió porno de piratas, porno de fantasmas, porno de ciencia ficción, porno de vampiros, porno histórico, porno de viajes en el tiempo, porno de espías, porno de intriga, porno de zombis y porno de la Atlántida. Una novela del Oeste inédita abre con sexo en un granero, con la participación de un pistolero llamado Sosegado Smith, sin lugar a dudas el mejor nombre de un personaje creado por papá. A finales de aquella década, papá afirmaba que había incrementado la calidad de la pornografía estadounidense sin ayuda de nadie. Según sus papeles personales, creía que en el futuro los estudiosos se referirían a él como el "rey de la pornografía escrita del siglo XX".» (pág. 205)

lunes, 12 de agosto de 2019

El Director, de David Jiménez

David Jiménez (Barcelona, 1971)
EL DIRECTOR
Libros del K.O., 2019 - 296 págs.
[curioso]
«El libro que había regalado al Rey arrancaba en Bután, un país que los dos conocíamos y que yo había visitado por primera vez a finales de los años 90 para cubrir el 25 aniversario de la ascensión de Jigme Singye Wangchuck. El monarca del pequeño reino del Himalaya celebraba la ocasión abriendo el país al mundo, permitiendo la llegada de internet y levantando la prohibición que impedía a sus súbditos ver la televisión. Cuando regresé, siete años después, aquella apertura había transformado su sociedad: series como Los vigilantes de la playa, con sus modelos en bikini y sus romances instantáneos, habían acabado con la preferencia de los butaneses por las mujeres gruesas, los jóvenes habían aprendido que la marihuana se podía fumar —hasta entonces se usaba para abrir el apetito de los cerdos—, y la capital, que en mi viaje no tenía un solo semáforo, sufría sus primeros atascos. Se habían abiertos varios tugurios donde los adolescentes bailaban rap con gorras puestas del revés y las chicas cambiaban el traje tradicional por minifaldas que llevaban ocultas en sus bolsos. Pero el verdadero cambio, que hacia que los butaneses se me echaran a llorar cada vez que les preguntaba por él, era la decisión del Rey de terminar con la monarquía absoluta, DavidJiménez dar paso a una democracia y abdicar en su hijo con el argumento más republicano que jamás haya esgrimido un monarca: “Si el pueblo fuera afortunado, en el futuro podría tener en el trono a una persona dedicada y capaz. Por otra parte, el heredero podría ser una persona de habilidades mediocres e incluso un incapaz”.» (págs. 197-198)

jueves, 8 de agosto de 2019

A mí no me iba a pasar, de Laura Freixas

Laura Freixas (Barcelona, 1958)
A MÍ NO ME IBA A PASAR
Ediciones B, 2019 - 336 págs. - inicio
- Laura y Jelena en Jotdown (2015)
[real como la vida misma]
«Una noche, mi marido llegó a casa y me encontró acunando a la niña, que llevaba todo el día llorando sin motivo conocido. ¿Qué has hecho hoy?, le pregunté yo, y él recitó una larga lista de actividades, bien definidas, perfectamente acotadas: de nueve a diez y media, reunión para hacer el planning del trimestre; de diez y media a doce, visita de una sucursal que nos da problemas; de doce a una... y así hasta las ocho. ¿Y tú? Yo, consolar a alguien que llora.
    Podía haber puesto horarios, claro. Por orden de la superioridad, en esta casa se llora solo hasta las nueve. A las nueve dejas de llorar, o a las nueve me encierro en mi despacho, hora de cambio de turno, así llueva o truene.
    El problema era que yo no quería. Sí, el problema, y esto era lo peor, porque era incomprensible y además inconfesable, el problema es que a mí me gustaba tener a mi hija en brazos, aunque llorase, aunque me impidiera hacer durante horas otra cosa que tenerla en brazos. El problema es que yo era feliz con mi hija, llorosa y húmeda y sudada, tan tierna, abrazada a mí desesperadamente, como un monito a su rama. Sentía algo que, como en el embarazo, me sorprendía no ver descrito en ninguna parte, un sentimiento que la literatura —¿cómo podía ser?— casi nunca menciona, algo de lo que jamas me informaron las novelas. (Solo una vez, años más tarde, en un relato de Carmen Laforet, encontré esta frase: “Una especie de borrachera de ternura”.)» (págs. 154-155)

domingo, 4 de agosto de 2019

El increíble viaje de las plantas, de Stefano Mancuso

Stefano Mancuso (Italia, 1965)
EL INCREIBLE VIAJE DE LAS PLANTAS
[L'incredibile viaggio delle piante, 2018]
Trad. David Paradela López
Galaxia Gutenberg, 2019 - 144págs. - inicio
[¿por qué esas acuarelas blandengues
en lugar de imágenes ad hoc?]
«La función de las semillas consiste en difundir la especie, pero una semilla de 18 kilogramos no parece la solución más adecuada para ello. ¿Por qué, pues, unas semillas tan grandes y pesadas? Por variados que sean los métodos de difusión de las plantas, no existe nada parecido en todo el reino vegetal. Invertir tanta energía y materia en una sola semilla recuerda más a las estrategias reproductivas de los animales superiores que a las de las plantas. [...] Con el fin de cuidar de sus vástagos, la palmera ha desarrollado en sus hojas un sistema de embudos y canales de desagüe destinado a aportarles nutrientes y agua.
    El sistema funciona así: la lluvia que cae sobre las hojas va a parar por medio de dichos canales, a la base de la planta. Al deslizarse por la copa, el agua arrastra consigo los residuos de distintas sustancias nutritivas —heces animales, polen y materia vegetal muerta— y los deposita en la base del tronco, fertilizando así el suelo con fosfatos y nitratos. De este modo, en la zona inmediatamente aledaña a la planta, la concentración de fósforo y nitrógeno es mucho más alta. En esta situación, la estrategia más conveniente para garantizar la supervivencia de los retoños es que las semillas caigan lo más cerca posible de la planta madre. Justo lo contrario de lo que ocurre en otras especies.
    Es probable que los antepasados de la Lodoicea maldivica se sirvieran de los animales para dispersar sus semillas. De pronto, cuando las Seychelles se separaron de la India hace unos sesenta y cinco millones de años, la palmera se encontró sin vectores que propagaran sus semillas. A partir de entonces, estas cayeron al suelo y ahí se quedaron. Por consiguiente, la planta tuvo que adaptarse para crecer a la sombra de sus progenitores. Se formaron bosques muy densos consistentes únicamente en cocos de mar, que expulsaron a otras especies vegetales no adaptadas a la sombra. Una de las consecuencias de esta adaptación sedentaria fue que, al caer tan cerca de la planta madre, la recién nacida debía competir con sus propios progenitores, así como con el resto de las semillas germinadas en los alrededores. Dadas estas circunstancias, cuanto mayor fuera la semilla, mayores serían sus reservas energéticas y, por tanto, también sus posibilidades de supervivencia. Y así se resolvió el problema de las megasemillas: una mezcla de evolución isleña y cuidados parentales. Rumphius se habría sentido satisfecho.» (págs. 76-78)
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