viernes, 29 de abril de 2011

Frenesí arquitectónico

Guggenheim Bilbao
«La culpa es de Bilbao. Podemos atribuir a esta ciudad la expansión de la arquitectura icónica por tierras peninsulares. Y no porque Bilbao fuera la primera ciudad de España donde trabajaron arquitectos estrella extranjeros, sino porque fue la primera donde se verificó el milagro arquitectónico; donde un edificio como el Museo Guggenheim diseñado por Frank Gehry enderezó el errático rumbo de la urbe. El fenómeno fue tan exitoso que muchas ciudades desearon replicarlo, y empezaron a soñar un edificio único, prodigioso, capaz de transfigurarlas.»

 Arquitectura milagrosa (p. 23). Llàtzer Moix. Anagrama 2010
 [Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim]

sábado, 23 de abril de 2011

Llovet: Poseer cultura está desacreditado

Jordi Llovet. Foto Pedro Madueño
«Vénen a tomb els dos versos de T.S. Eliot de Choruses from «The Rock» (1934): "Where is the wisdom we have lost in knowledge? / Where is the knowledge we have lost in information?", '¿On és la saviesa que hem perdut amb el coneixement?, ¿on és el coneixement que hem perdut amb la informació?'
    El que ha succeït, en suma, és que una sèrie de processos "antics" de comunicació interpersonal, de selecció de dades, de capacitat analítica i sintètica i de redacció de les idees consegüents -processos que contenien una inevitable càrrega de mediatització- s'han transformat en processos immediats sobre documents indiscriminats, processos en els quals no hi fa gairebé cap paper ni una hipòtesi de treball, ni la recerca pròpiament dita, ni la diferenciació dels materials recopilats, ni la reflexió sobre aquests materials, ni l'elaboració detinguda dels resultats finals. Allà on l'activitat intel·lectual estava presidida per estratègies mentals i mecanismes intel·lectuals de llarga durada, allà regna en aquests moments una activitat immediata, ràpida i en aparença d'una eficàcia sorprenent.» (pp. 295-296)

Adéu a la universitat. L'eclipsi de les humanitats
Jordi Llovet. Galaxia Gutenberg, febrero 2011

jueves, 21 de abril de 2011

La hija repara el desgaste de un eco

Le pére, la mére, le fils, la fille

Le père s’est pendu
à la place de la pendule.
La mère est muette.
La fille est muette.
Le fils est muet.
Tous les trois suivent
le tic-tac du père.

La mère est de l’air.
Le père vole à travers la mère.
Le fils est un des corbeaux
de la place Saint-Marc à Venise.
La fille est un pigeon voyageur.

La fille est douce.
Le père mange la fille.
La mère coupe le père en deux
en mange une moitié
et offre l’autre à son fils.

Le fils est une virgule.
La fille n’a ni queue ni tête.
La mère est un œuf éperonné.
De la bouche du père
pendent des queues de mots.

Le fils est une pelle cassée.
Le père est donc forcé
de labourer la terre
avec sa longue langue.
La mère suit l’exemple de C. Colomb.
Elle marche sur ses mains nues
et attrape avec ses pieds nus
un œuf d’air après l’autre.
La fille raccommode l’usure d’un écho.

La mère est un ciel gris
où traîne en bas tout en bas
un père en papier buvard
couvert de taches d’encre.
Le fils est un nuage.
Quand il pleure il pleut.
La fille est une larme imberbe.
El padre, la madre, el hijo, la hija

El padre se ha colgado
en el lugar del péndulo.
La madre está muda.
La hija está muda.
El hijo está mudo.
Los tres siguen
el tic tac del padre.

La madre es de aire.
El padre vuela a través de la madre.
El hijo es uno de los cuervos
de la plaza San Marcos de Venecia.
La hija es una paloma mensajera.

La hija es dulce.
El padre come a la hija.
La madre corta en dos al padre
come una mitad
y ofrece la otra a su hijo.

El hijo es una coma.
La hija no tiene cola ni cabeza.
La madre es un huevo espoleado.
De la boca del padre
penden colas de palabras.

El hijo es una pala rota.
Por eso el padre se ve forzado
a labrar la tierra
con su larga lengua.
La madre sigue el ejemplo de C. Colón.
Camina sobre sus manos desnudas
y atrapa con sus pies desnudos
un huevo de aire tras otro.
La hija repara el desgaste de un eco.

La madre es un cielo gris
que se arrastra muy abajo
un padre de papel secante
cubierto de manchas de tinta,
El hijo es una nube.
Cuando él llora llueve.
La hija es una lágrima imberbe.

Jean Arp. De Le voilier dans la forêt. (Trad. Mauro Armiño, Visor, 1971)

lunes, 11 de abril de 2011

Tanta, tanta mierda (financiera)


“[...] En esta época cualquier medida que afecte al sistema financiero tiene que ser adoptada por el conjunto de los Gobiernos y aplicarse simultáneamente en todo el planeta [...] Hoy el sistema financiero se ha convertido en buena medida en un fin en sí mismo y a la vez en un poder fáctico mundial más poderoso que ningún otro [...] La mera especulación se ha convertido en una industria, que no crea ninguna mercancía real y palpable, pero a veces construye fortunas fabulosas de la noche a la mañana. Yo sigo siendo partidario de la transformación del capitalismo por un sistema de propiedad social. Pero en esta coyuntura me daría por satisfecho con una reforma global del capitalismo que mantuviera el sistema de propiedad privada de los medios de producción en las empresas productivas, industriales, agrarias, de comercio y turismo y convirtiendo en cambio el sistema bancario en un servicio público gestionado por los Estados y coordinado a nivel global desde la ONU. Esta fórmula creo que es la única que puede terminar con el caos que es hoy ese sistema. [...] Pero lo que estamos viviendo es que tras el primer momento de pánico la banca ha vuelto a tomar las riendas de la política [...] Si la política no es capaz de cortar las excrecencias cancerosas que se han desarrollado en el sistema capitalista, estableciendo nuevas reglas de nacionalización, los sufrimientos que tanta gente padece no habrán servido para nada. Y la democracia perderá vigor y prestigio.”

 · Santiago Carrillo, ¿Es posible una reforma global del capitalismo?, El País, hoy
 · Charles Ferguson, Inside Job (la crisis financiera desde dentro), 2010

martes, 5 de abril de 2011

Tokio de noche

Japón 2008
«Cuando me harté de andar, entré en una cafetería que permanecía abierta toda la noche y me dispuse a esperar el primer tren leyendo y tomando otra taza de café. Poco después la cafetería se llenó de personas que, al igual que yo, esperaban el primer tren. El camarero se acercó y me preguntó si me importaba compartir la mesa con otros clientes. Accedí. Total, estaba leyendo. ¿Por qué iba a molestarme que se sentara alguien enfrente?
   Dos chicas tomaron asiento. Tendrían una edad similar a la mía. Aunque no eran dos bellezas, no estaban mal. Tanto el vestido como el maquillaje de ambas eran discretos, y no parecían la clase de chicas que ronda a las cinco de la madrugada por Kabukichō. Pensé que algo debía de haberles sucedido para que hubieran perdido el último tren. Ellas suspiraron aliviadas al verme. Yo iba correctamente vestido, me había afeitado aquella misma tarde y, además, estaba absorto en la lectura de La montaña mágica, de Thomas Mann.
   Una de las dos chicas era alta y corpulenta, vestía una parka de color gris y unos vaqueros blancos, en las orejas lucía unos grandes pendientes con forma de concha, y cargaba una cartera de plástico grande. La otra era menuda, llevaba gafas, vestía una camisa a cuadros, una chaqueta azul y, en un dedo, lucía una sortija con una turquesa. Tenía dos tics: quitarse y ponerse las gafas y presionarse los ojos con las puntas de los dedos.
   Ambas pidieron café con leche y dos trozos de pastel, y se lo tomaron despacio mientras discutían algo en voz baja. La chica alta inclinó varias veces la cabeza en ademán dubitativo, la menuda asintió otras tantas. La música de Marvin Gaye, o de los Bee Gees, me impidió entender lo que estaban diciendo, pero, por lo que pude colegir, la menuda estaba triste, o enfadada, y la otra intentaba tranquilizarla. Yo leía el libro y las observaba, alternativamente.
   Cuando la chica menuda, bolso al hombro, se dirigió a los servicios, la otra me abordó. Yo dejé el libro y la miré.
   —Disculpa. ¿Conoces algún bar por aquí cerca donde podamos tomar una copa?
   —¿A las cinco de la madrugada? —le pregunté sorprendido.
   —Sí.
   —A las cinco y veinte de la mañana, la gente está tratando de que se le pase la borrachera o bien deseando llegar a casa.
   —Lo sé —dijo ella avergonzada—. Pero a mi amiga le apetece tomar una copa. Tiene sus razones y...
   —Me parece que no tendréis otro remedio que beber en casa.
   —Ya... Pero yo tomo un tren para Nagano a las siete y media de la mañana.
   —En ese caso, lo único que se me ocurre es que compréis unas bebidas en una máquina expendedora y os sentéis en la calle.
   Me pidió que las acompañara porque dos chicas no podían hacer semejante cosa. Yo había tenido varias experiencias extrañas en Shinjuku a aquellas horas, pero era la primera vez que dos desconocidas me invitaban a beber a las cinco y veinte de la madrugada. Me daba pereza negarme, y tampoco tenía otra cosa que hacer, así que me acerqué a una máquina expendedora de allí cerca, compré varias botellas de sake y algo para picar, y los tres nos dirigimos a la salida oeste de la estación y allí iniciamos nuestro improvisado festín.»

Tokio Blues (p. 114-116). Haruki Murakami.
Traducción de Lourdes Porta. Tusquets, 2005.