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jueves, 11 de enero de 2024

L'imitador de veus, de Thomas Bernhard


Thomas Bernhard (1931-1989)
L'IMITADOR DE VEUS
[Der Stimmenimitator, 1978]
Trad. Clara Formosa Plans
El Gall Editor, 2017 - 139 pàgs - Bibl. Gracia

— Diversos relats del llibre llegits en català i en alemany
[costó]

«El Bernhard més autèntic se’ns ofereix aquí, en cent quatre petites píndoles, parlant dels temes més variats —des de la senzilla anècdota passant per descripcions de personatges reals—, tot passat pel sedàs de la seva prodigiosa intel·ligència i la seva escriptura inimitable. Si algú encara no s’ha iniciat en el món d’aquest escriptor únic, no podem més que recomanar-li L’imitador de veus, mostra indiscutible que de la concreció pot sorgir un art de llarga durada.» (CONTRAPORTADA)


Desafinat. Relat de Thomas Bernhard llegit per Xavier Vidal
en la llibrería Nollegiu

lunes, 8 de julio de 2019

El frío, de Thomas Bernhard


Thomas Bernhard (1931-1989)
EL FRÍO
[Dic Kälte, 1981]
Trad. Miguel Sáenz
Anagrama, 1987 - 144 págs.
[and ever]

«Me sumí en Verlaine y Trakl, y leí Los Demonios de Dostoievsky, no había leído antes en mi vida un libro de aquella insaciabilidad y radicalismo ni, en general, un libro tan grueso, y me aturdí, durante algún tiempo me disolví en aquellos demonios. Cuando volví otra vez, no quise leer otra cosa en algún tiempo, porque estaba seguro de caer en una inmensa decepción, en un espantoso abismo. Rehusé durante semanas toda lectura. La monstruosidad de los Demonios me había dado fuerzas, mostrado un camino, dicho que estaba en el verdadero camino, hacia afuera. Había sido afectado por una obra literaria salvaje y grande, para salir de ella yo mismo como héroe. No ha sido frecuente en mi vida ulterior que la literatura tuviera un efecto tan monstruoso. Intenté, en hojitas que me había comprado en el pueblo, conservar por escrito determinadas fechas que me parecían importantes, puntos decisivos de mi existencia, temía que lo que ahora era tan preciso pudiera hacerse borroso y perderse de pronto, que de pronto no estuviera ya allí, no tener ya fuerzas para salvar los acontecimientos, monstruosidades, ridiculeces, etcétera, decisivos de las tinieblas del olvido, intenté salvar en aquellas hojas lo que había que salvar, sin excepción todo lo que me parecía digno de ser salvado, aquí tenía mi forma de actuar, mi propia infamia, mi propia brutalidad, mi propio gusto, que no tenían nada en común con la forma de actuar y con la infamia y brutalidad y con el gusto de los otros. ¿Qué es importante? ¿Qué es significativo? Creía que tenía que salvarlo todo del olvido, sacándolo de mi cerebro y llevándolo a las hojas, que en definitiva fueron cientos de hojas, porque no tenía confianza en mi cerebro, había perdido la confianza en mi cerebro, había perdido la confianza en todo, y por consiguiente también la confianza en mi cerebro. Mi pudor para escribir poemas era mayor de lo que había pensado, de forma que prescindí de escribir un solo poema. Intenté leer los libros de mi abuelo, pero fracasé, entretanto había vivido demasiado, había visto demasiado, y los aparté. Tenía en los Demonios lo que me correspondía. Busqué en la biblioteca del establecimiento otros monstruos, pero no había otros. Resulta superfluo enumerar los nombres de aquellos cuyos libros abrí y volví a cerrar en seguida, porque tenían que repelerme con su mezquindad y su indignidad. La literatura, salvo los Demonios, no me decía nada, pero, pensé, seguro que hay otros Demonios. Esos, sin embargo, no debía buscarlos en la biblioteca del Establecimiento, que estaba repleta de mal gusto y estupidez, de catolicismo y nacionalsocialismo. Sin embargo, ¿cómo podía encontrar otros Demonios?» (págs. 132-133)

sábado, 6 de julio de 2019

El aliento, de Thomas Bernhard


Thomas Bernhard (1931-1989)
EL ALIENTO
[Der Atem (Eine Entscheidung), 1978]
Trad. Miguel Sáenz
Anagrama, 1985 - 142 págs.
[Bernhard forever]

«Ahora, como yo había pasado lo peor, tenía también la posibilidad, me había dicho, de considerar mi estancia en el hospital como estancia en un círculo de pensamiento y de aprovechar en consecuencia esa estancia. Pero no tenia ninguna duda, me había dicho, de que yo mismo había tenido ese pensamiento hacía tiempo y había comenzado ya a aprovechar esa posibilidad. El enfermo es un clarividente, para nadie es más clara la imagen del mundo. Cuando él hubiera abandonado el infierno, así había calificado a partir de entonces al hospital, las dificultades que en los últimos tiempos le habían hecho imposible trabajar, me había dicho, quedarían eliminadas. El artista, especialmente el escritor, le había oído decir, tenía claramente obligación de ir de cuando en cuando a un hospital, igual daba que ese hospital fuera efectivamente un hospital o una cárcel o un monasterio. Era un requisito indispensable. El artista, especialmente el escritor, que no iba de cuando en cuando a un hospital, es decir, que no iba a uno de esos círculos decisivos para la vida y necesarios para la existencia, se perdía con el tiempo en la insignificancia, porque se extraviaba en la superficialidad. Aquel hospital, según mi abuelo, podía ser un hospital creado artificialmente, y la enfermedad o las enfermedades que permitían esa estancia en el hospital podían ser muy bien enfermedades artificiales, pero tenían que existir o tenían que ser provocadas y tenían que ser siempre provocadas, a todo trance, con ciertos intervalos. El artista o el escritor que esquivaba esa realidad, por la razón que fuera, estaba condenado de antemano a la insignificancia absoluta. Cuando nos ponemos enfermos de manera natural y tenemos que ir a uno de esos hospitales, podemos decir que hemos tenido suerte, según mi abuelo. Sin embargo, seguía, no sabemos si hemos entrado realmente en el hospital de una manera natural o no. Puede ser que sólo creamos haber entrado de manera natural, incluso de la más natural, cuando, sin embargo, sólo hemos entrado de manera artificial, posiblemente de la más artificial. Pero eso es indiferente. En cualquier caso tenemos entonces, así seguía mi abuelo, un título justificativo para el círculo de pensar. Y en ese círculo de pensar nos es posible cobrar la conciencia que fuera de ese círculo de pensar nos resulta imposible. En ese círculo de pensar alcanzamos lo que fuera jamás podríamos alcanzar: la conciencia de nosotros mismos y la conciencia de todo lo que existe. Podía ser, según mi abuelo, que él hubiera inventado su enfermedad para entrar en el círculo de pensar de la conciencia, según lo calificaba. Posiblemente yo había inventado también mi enfermedad con ese mismo fin. Sin embargo, carecía de importancia que se tratase de una enfermedad inventada o de una real, si producía el mismo efecto.» (págs. 56-57)

martes, 4 de diciembre de 2018

Un nen, de Thoma Bernhard


Thoma Bernhard (Austria, 1931 - 1989)
UN NEN
[Ein Kind, 1982]
Trad. Clara Formosa Plans
El Gall Editor, 2012 - 119 págs. - inici
[furiós, magnètic, aterridor]

«Això és Brahms, sentia i això és Beethoven, això és Mozart. Jo no els diferenciava. Vaig entrar al tercer curs de l'escola primària, per anar a l'escola tenia un quart d'hora de camí a través del centre de la ciutat, al davant en diagonal hi ha la presó encara avui, un edifici espantós, envoltat d'un mur de tres metres d'altura i amb unes finestres de reixes gruixudes, que en el fons són només uns forats quadrats. Així la visita diària a l'escola tenia la seva part demoníaca. Aquí no hi tenia només un mestre, sinó uns quants, per a cada matèria n'hi havia un de diferent. Com austríac m'era difícil resistir. Estava completament en mans de les burles del meus companys d'escola. Els fills dels burgesos amb els seus vestits cars em castigaven, sense que jo sabes per què, amb el seu menyspreu. Els mestres no m'ajudaven, al contrari, de seguida van aprofitar l'avinentesa per als seus atacs de fúria. Estava tan desemparat com no ho havia estat mai abans. Entrava a l'escola tremolant i en tornava a sortir plorant. Quan anava a l'escola, anava al patíbul, i la meva decapitació definitiva es retardava sempre, cosa que era una situació angoixant. No vaig trobar ni una sola persona entre els companys d'escola de qui hagués pogut fer-me'n amic, jo m'hi apropava, ells em refusaven. Estava en una situació espantosa. A casa era incapaç de fer els meus deures, fins i tot dins el meu cervell, tot en mi estava paralitzat. Que la meva mare em tanqués no servia de res. M'asseia allà i no podia fer res. Així vaig començar a dir-li mentides, dient-li que tenia els deures fets. Fugia corrents a la ciutat i anava plorant i angoixat pels carrers i els carrerons i buscava refugi als parcs i als terraplens del tren. Si pogués morir-me!, era el meu pensament constant. » (pàg. 82)

lunes, 12 de marzo de 2018

Mis premios, de Thomas Bernhard


Thomas Bernhard (Austria, 1931-1989)
MIS PREMIOS
[Meine Preise, 1989]
Trad. Miguel Sáenz
Alianza, 2017 - 144 págs. - inicio
- Mis premios según Félix Romeo
- ¿Por qué leer a Thomas Bernhard?
[demoledor]

«Fui a Bremen otra vez en relación con el así llamado Premio de Literatura de Bremen y no estoy dispuesto a silenciar la experiencia que viví en ese segundo viaje a Bremen. Era lo que se llama un miembro del jurado para el siguiente premio y fui a Bremen con la intención inconmovible de dar mi voto a Canetti, que, según creo, no había recibido hasta entonces ni un solo premio literario. Por la razón que fuera, para mí nadie más que Canetti entraba entoces en consideración, todos los demás me parecían ridículos. Según creo, la reunión del jurado se celebraba en una larga mesa en un restaurante de Bremen, a la que se sentaba una serie de los llamados señores con derecho a voto, entre ellos también el famoso senador Harmsen, con el que me entendí excelentemente. Creo que todos habían designado a sus candidatos, nunca a Canetti, cuando fue mi turno y dije Canetti. Yo era partidario de dar el premio a Canetti por su Auto de fe, su genial obra de juventud que, un año antes de aquella reunión del jurado, se había reeditado. Varias veces dije la palabra Canetti, y cada vez los rostros sentados a la larga mesa se habían contraído dolorosamente. Muchos de los que se sentaban a la mesa no sabían quien era Canetti, pero entre los pocos que lo conocían había uno que, de pronto, después de haber vuelto yo a decir Canetti, dijo: es que también es judio. Entonces hubo aún un murmullo y el nombre de Canetti dejó de ser tomado en consideración. Todavía hoy tengo esa frase en los oídos, ¡es que también es judio! [...] y en unos minutos fue elegido Hildesheimer nuevo ganador del Premio Bremen. Probablemente ninguno sabía quién era realmente Hildesheimer. Al instante se comunicó también a la prensa que, tras aquella sesión de más de dos horas, Hildesheimer era el nuevo ganador del premio. Los señores se levantaron y se dirigieron al comedor. El judio Hildesheimer había recibido el premio. Para mí aquello fue lo mejor del premio. No he podido callármelo.» (págs. 49-51)
Más: “La ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero” :: “No estoy dispuesto a rechazar veinticinco mil chelines, decía, soy codicioso, no tengo carácter, yo también soy un cerdo” :: “Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la cabeza, porque le pagan a uno por ello” :: “Corría peligro de asfixiarme en la atmósfera de aquella sala. Todo estaba lleno de sudor y dignidad” :: “¿A quién le interesa eso salvo a las propias lombrices?” :: “La única respuesta es no dejarse homenajear”

viernes, 13 de noviembre de 2015

Thomas Bernhard y El sobrino de Wittgenstein (en los cafés de Viena)


Café Hawelka
«El típico café vienés, que es famoso en el mundo entero, lo he odiado siempre, porque todo lo que hay en él está contra mí. Por otra parte, durante decenios me sentía como en casa precisamente en el Bräunerhof, que siempre ha estado totalmente contra mí (como el Hawelka), lo mismo que en el Café Museum, y lo mismo que en otros cafés de Viena que frecuenté en mis años vieneses. He odiado siempre los cafés vieneses y he entrado una y otra vez en esos cafés vieneses odiados por mí, los he visitado a diario, porque, aunque siempre he odiado los cafés vieneses, y precisamente porque los he odiado siempre, he sufrido siempre en Viena la enfermedad del habitual del café, y he
Café Museum, Viena
Café Museum
padecido esa enfermedad del habitual del café más que cualquier otra. Y, para ser sincero, todavía hoy padezco esa enfermedad del habitual del café, porque se ha descubierto que esa enfermedad del habitual del café es la más incurable de todas mis enfermedades. He odiado siempre los cafés vieneses porque, en ellos, me he visto enfrentado siempre con mis iguales, ésa es la verdad, y no quiero verme ininterrumpidamente enfrentado conmigo mismo, ni mucho menos en el café, al que voy al fin y al cabo para escapar de mí, pero precisamente allí me enfrento conmigo mismo y con mis iguales. No me

Café Sacher
soporto a mí mismo, por no hablar de soportar a toda una horda de mis iguales, meditando y escribiendo. Evito la literatura, siempre que puedo, porque me evito a mí mismo, siempre que puedo, y por eso tengo que prohibirme en Viena ir a los cafés o, por lo menos, tener siempre cuidado, cuando estoy en Viena, de no ir en ningún caso, sea el que sea, a lo que se llama un café literario vienés. Pero como padezco la enfermedad del habitual del café, me veo obligado a entrar una y otra vez en algún café de literatos, aun cuando todo lo que hay en mí se resista. Cuanto más y más profundamente he odiado los cafés de literatos vieneses, tanto más a menudo y de forma tanto más intensa he entrado en ellos. Ésa es la verdad. Quién sabe cuál hubiera sido mi evolución si no hubiera conocido a Paul Wittgenstein precisamente en el punto culminante de esa crisis, que sin él me hubiera precipitado de cabeza probablemente en el mundo de los literatos, o sea, en el más abominable de todos los mundos, en el mundo de los literatos vieneses y en su ciénaga intelectual,
Bernhard en el Café Bräunerhof, Viena
El sobrino de Wittgenstein
THOMAS BERNHARD
[Wittgenstein Neffe, 1982]
Trad. MIGUEL SÁENZ
Anagrama, 2015
144 págs. | 7,90 €
porque sin duda eso hubiera sido lo más sencillo entonces, en el punto culminante de esa crisis, hacerme comodón y abyecto y, por consiguiente, acomodaticio y, por consiguiente, renunciar y mezclarme con los literatos. Paul me libró de ello, porque había aborrecido siempre también los cafés de literatos. Con motivo, de la noche a la mañana y más o menos para salvarme, fui con él al Sacher y no a los llamados cafés de literatos, al Ambassador y no al Hawelka, etcétera, hasta que pude permitirme otra vez ir a los cafés de literatos, en el momento en que dejaron de producir en mí su efecto letal. Porque los cafés de literatos producen un efecto letal en el escritor, ésa es la verdad.» (págs. 122-124)