lunes, 22 de octubre de 2018

Walt Whitman ya no vive aquí, de Eduardo Lago

Eduardo Lago (Madrid, 1954)
WALT WHITMAN YA NO VIVE AQUÍ
Ensayos sobre literatura norteamericana

Sexto Piso, 2018 - 324 págs. - fragmento
"La buena literatura es eterna"
[exquisitas lecciones de literatura]
«Lo cierto es que David Foster Wallace transciende los límites de lo titerario. Lo suyo es una fuerza inexplicable que va más allá de la tragedia, de la fuerza oscura que lo arrastró al suicidio. Por razones que no alcanzo a explicar, pero me gustaría intentar hacerlo, encuentro una conexión muy profunda entre su obra y la de David Linch. Hay algo en el talento creador de estos dos hombres que guarda relación con lo mítico. En una de sus crónicas, Wallace observa de lejos cómo actúa Linch. Asistió al rodaje de Lost Highway, pero en ningún momento llegó a hablar con el cineasta. David Foster Wallace publicó La broma infinita cuando tenía treinta y tres años... "La edad a la que mueren los genios", dice una frase de la novela. La broma infinita, escribí en la necrológica de su autor, es un escrutinio devastador de la soledad del individuo en nuestro tiempo. Cuando lo entrevisté me llamó la atención la insistencia con que lamentó que a casi todo el mundo se les hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos [...] De Wallace me impresiona su lucidez, su radical honestidad como creador, algo gracias a lo cual su obra llegó a los umbrales mismos de una nueva forma de entender la literatura. Diagnosticó con asombrosa clarividencia el poder desgarrador de la industria del entretenimiento. Era un ser atormentado y, como creador, vivió abrazado a una arista, consciente de la obligación de renovar inherente a toda forma de arte, pero por encima de todo creía en el poder del sentimiento, sin el que lo demás carece de sentido. "Lo esencial —me dijo, y jamás podré olvidarlo— es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada."» (págs. 230-231)

Eduardo Lago

jueves, 18 de octubre de 2018

Per tenir casa cal guanyar la guerra, de Joan Margarit

Joan Margarit (Sanaüja, 1938)
PER TENIR CASA CAL GUANYAR LA GUERRA
Infància, adolescència, primera joventut
Proa, 2018 - 296 pàgs. - inici - Bibl. A. Centelles
· Viatge als orígens del poeta i de l’arquitecte, JJ Isern
· Poemas para leer y escuchar
· Cinco poemas en castellano
[vida y poesía]
«Quan ja no els ho podia preguntar al pare i a la mare perquè eren morts, van començar a sorgir les preguntes sense resposta. Tota gran tragèdia té alguna cosa de malefici. De mal averany. El cert és que la meva infància transcorrerà sota un gran paraigua negre de violència i mort. Ara, quan ja em queda poc per escriure, tinc el convenciment d'haver-ho fet condicionat sobretot per la Guerra Civil i la tètrica quietud dels anys de repressió. També per la manera com em van cuidar i educar el pare i la mare, absolutament terroritzats.
    La meva poesia té la certitud que sobre les vides gairebé sempre actua algú fatídic moviment del destí. Un sentit tràgic de l'existència que ve de molt petit. No recordo la primera vegada que vaig llegir Shakespeare i els tràgics grecs. Tinc l'absurda sensació que no va existir. Mai no vaig sentir-los com un descobriment perquè sempre van deixar-me una sensació de dejà-vu. Perquè em va emmotllar la tragèdia d'una guerra cruel i fratricida que continua exercint la seva força sobre la vida i la política d'aquest país, es digui Espanya o Catalunya.» (pàg. 49)

domingo, 14 de octubre de 2018

El favor de la sirena, de Denis Johnson

Denis Johnson (1949-2017)
EL FAVOR DE LA SIRENA
[The Largesse of the Sea Maiden, 2018]
Trad. Javier Calvo Perales
L. Random House, 2018 - 190 págs. - Bibl. A. Centelles
[no era para mí]
«SILENCIOS
Después de la cena nadie se fue a casa. Creo que nos había gustado tanto la comida que estábamos esperando a que Elaine nos la sirviera entera otra vez. Todos los invitados eran gente a la que habíamos llegado a conocer un poco gracias al trabajo de voluntaria de Elaine; nadie de mi trabajo, nadie de la agencia publicitaria. Estábamos sentados en la sala de estar, describiendo los ruidos más fuertes que habíamos oído en la vida. Alguien dijo que el suyo había sido la voz de su mujer cuando le había dicho que ya no le amaba y que quería el divorcio. Otro se acordaba de los latidos de su corazón cuando había sufrido un infarto. Tia Jones había sido abuela a los treinta y siete años y confiaba en no volver a oír nunca nada tan fuerte como los lloros de su nieta en brazos de su hija de dieciséis años. Su marido Ralph decía que le dolían los oídos cada vez que su hermano abría la boca en público, porque su hermano tenía síndrome de Tourette y soltaba de golpe frases del tipo «¡Me masturbo!» o «¡Te huele bien el pene!» delante de completos desconocidos en un autobús, o durante una película, o hasta en la iglesia.
   El joven Chris Case invirtió la dirección e introdujo el tema de los silencios. Dijo que la cosa más silenciosa que había oído nunca era la mina que le había arrancado la pierna derecha en las afueras de Kabul, Afganistán.
   Nadie contribuyó con más silencios. De hecho, se hizo un silencio. Algunos de nosotros no nos habíamos dado cuenta de que a Chris le faltaba una pierna. Cojeaba, pero muy poco. Yo ni siquiera sabía que había combatido en Afganistán.
   —¿Una mina? —dije.
   —Sí, señor. Una mina.
   —¿Podemos verla? —dijo Deirdre.
   —No, señora —dijo Chris—. Nunca llevo minas encima.
   —¡No! Me refería a la pierna.
   —La perdí en una explosión.
   —¡Me refiero a la parte que te queda!
   —Se la enseño —dijo él— si le da usted un beso.» [inicio (y ya no pude seguir)]

martes, 9 de octubre de 2018

Una educación, de Tara Westover

Tara Westover (Idaho, 1986)
UNA EDUCACIÓN
[Educated. A memoir, 2018]
Trad. Antonia Martín Martín
Lumen, 2018 - 427 págs. - inicio
[éxito de márqueting, y poco más]
«Murmuré que me interesaba la historiografía. Había decidido estudiar, no historia, sino a los historiadores. Supongo que mi interés nació de la sensación de falta de base que experimentaba desde que había estudiado el holocausto y el movimiento por los derechos civiles; desde que me había dado cuenta de que lo que una persona conoce sobre el pasado se limita, y siempre se limita, a lo que otros le cuentan. Sabía lo que significaba ver rectificado un error, una idea falsa de tal magnitud que, al cambiar, cambiaba el mundo. Necesitaba comprender cómo los grandes guardianes de la historia habían asumido su ignorancia y parcialidad. Creía que si lograba aceptar que sus escritos no eran un absoluto, sino el resultado de un proceso tendencioso de diálogo y revisión, tal vez lograra asimilar que la historia que la mayoría da por válida no era la que me habían enseñado. Tal vez papá estuviera equivocado, y tal vez lo estuvieran los grandes historiadores Carlyle, Macaulay y Trevelyan, pero de las cenizas de su discusión podía construir un mundo en el que vivir. Confiaba en descansar sobre esa base sabiendo que no era una base.» (pág. 340)

viernes, 5 de octubre de 2018

Un estiu, de Francesc Parcerisas (y Gil de Biedma)

[o LA MALÈFICA DÈRIA DELS LLIBRES]

Francesc Parcerisas (Barcelona, 1944)
UN ESTIU
Quaderns Crema, 2018 - 144 pàgs. - inici
· F. Parcesiras [sic] al banc de la memòria
· Sense concessions, M.Castaño
[fascinante]
«Vet aquí que avui, a la platja, he viscut—o reviscut—l'Himno a la juventud de Jaime Gil de Biedma. Feia una estona que m'havia instal·lat a llegir en la meva cadireta i ha arribat un grupet de nois i noies adolescents, una revolada de colors, veus i cossos, com un conjunt esponerós de plantes de fulles molt verdes a la vora d'un rierol—pletòric, efímer, vessant de vida—, que entre bromes i petites empentes han estès les seves tovalloles a la vora d'on jo era. Tenien aquesta edat curiosa de la primera pubertat, en què els nois encara són barbamecs i una mica criatures mentre que les noies van dues passes per endavant i fan una ostentació mig inconscient, rotunda, provocadora, com la fruita amb un punt d'agror verdejant que sap que no trigarà gens a estar en possessió de tot l'esclat de la seva maduresa. Companys potser de casal, o d'escola, o germans i veïns, les noies encara es treien les samarretes i els pantalonets i xerraven entre elles que els nois ja han corregut amb una pilota a ficar-se a l'aigua. M'he fixat en una de les noies, de pell i trets una mica exòtics, potser filipins o vietnamites, que malgrat l'aparença, tenia el mateix deix del català col·loquial de tots els altres. No sé sí ja era conscient de la perfecció del seu cos amb aquella nonchalance esbalaïdora pròxima a la negligència, quan la meravella del cos es dóna per descomptada i la bellesa és encara un concepte massa abstracte, sense connexió amb la realitat, amb l'esforç o el treball—un moment de la vida al qual s'ha arribat com un do adquirit, sense cap premeditació: allò que abans se solia anomenar, amb un punt de cursileria, un do dels déus—. De seguida he recordat la primera estrofa del Jaime Gil:

¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los mas temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones...

Em sento del tot identificat amb Jaime Gil, que segurament devia presenciar l'escena que descriu a la platja de Calafell, observant els fills de Carlos Barral i els seus amics, com ara faig jo amb aquest grup confús i acolorit d'adolescents. M'adono que per més que la mirada pugui ser descarada, no hi ha res comparable a la lubricitat de les paraules. Aquesta

sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la
starlet
y la graciosa timidez del príncipe,

va molt més enllà de l'estaquirot físic que sóc, fingint concentració en la lectura del llibre que tinc a les mans, mentre escolto i miro de reüll aquestes noies, i em fixo, com qui fa el distret, en aquest cos despreocupat, perfecte, sensual, que cenyeix un biquini menut d'un verd fosc, quasi pervers. Les paraules, de vegades, ho són tot perquè construeixen castells formidables que, encara que siguin d'una sorra que cada nova onada s'encarrega d'esfondrar, de seguida algú altre tornarà a edificar. Quan sóc a casa, busco el poema sencer i m'adono que, davant aquesta mena de bellesa, com davant el naixement de qualsevol Venus sortida resplendent de les aigües a recer d'una petxina, gossos, homes i arcàngels, tots som esclaus d'una sensació pura i fugissera, feixuga en el record, tots som esclaus d'una enorme perfecció.

Oh bella indiferente,
por la playa caminas como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles,
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...

A la meva edat, instal·lat a la platja, contemplant embadalit l'esclat meravellós d'aquesta «joventut procaç», ja no em veig amb probabilitats d'incloure'm ni a la colla dels homes, ni a la dels gossos—i menys encara a la dels àngels—, més aviat dec pertànyer a la categoria de les abominacions...» (págs. 74-76)

domingo, 30 de septiembre de 2018

El boxeador polaco, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
El boxeador polaco
Pre-Textos, 2008 - 112 págs. el cuento completo
- Débora también lo devoró
- Literatura mayúscula
- Mario (Hinojos) lee a Eduardo (Halfon)
[otra temprana exquisitez de Halfon]
«Me estaba moviendo entre ellos como si quisiera encontrar la salida de algún laberinto. El carácter doble de la forma del cuento, leímos juntos del ensayo de Ricardo Piglia, y ya no me sorprendió ver todos aquellos semblantes repletos de acné y la más tierna confusión. Un cuento siempre cuenta dos historias, leímos. Un relato visible esconde un relato secreto, leímos. El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto, leímos, y entonces les pregunté si habían entendido algo, cualquier cosa, y era como estar hablándoles en algún dialecto africano. Silencio. Y audaz, impávido, seguí adentrándome en el laberinto. Varios estaban medio dormidos. Otros hacían dibujitos. Una muchacha demasiado flaca jugaba aburridamente con su rubia melena, enroscándose y desenroscándose el flequillo alrededor del índice. A su lado, un chico bonito se la estaba comiendo con la mirada. Y desde el más profundo mutismo, me llegó un retintín de cuchicheos y risas contenidas y chicles masticados y, entonces, como todos los años, me pregunté si esa mierda en verdad valía la pena.
    No sé qué hacía enseñándoles literatura a una caterva de universitarios, en su mayoría, analfabetos. Cada comienzo de ciclo, ingresaban a la universidad aún emanando un aroma a cachorritos lúgubres. Bastante descarriados pero con la fachosa noción de no estarlo, de ya saberlo todo, de poseer un entendimiento absoluto sobre los secretos que gobiernan el universo entero. Y para qué la literatura. Para qué un curso más escuchando a un pendejo más hablar aún más pendejadas literarias, y cuán maravillosos son los libros, y cuán importantes son los libros, y entonces mejor quítense de mi camino porque me las puedo solo, sin libros y sin pendejos que todavía creen que la literatura es una cosa importante. Algo así pensaban, supongo. Y supongo que, de cierto modo, viendo todos los años su misma expresión de altanería y percibiendo esa misma mirada tan soberbia e ignorante, los entendía perfectamente, y casi les daba la razón, y reconocía en ellos algún rastro de mí mismo.
      Es como las estrellas.
    Me di la vuelta y observé a un chico moreno y delgado cuyo frágil semblante, por algún motivo, me hizo pensar en un rosal, pero no en un rosal frondoso, sino en uno triste, seco, sin rosa alguna. Varios alumnos se estaban riendo.
      ¿Perdón?
    Es como las estrellas, susurró él de nuevo. Le pregunté su nombre. Juan Kalel, dijo igual de quedito, sin verme. Le pedí que nos explicara qué quería decir con eso y él permaneció callado durante unos segundos, como para poner en orden sus pensamientos. Que las estrellas son las estrellas, dijo tímidamente, y otra vez algunas risitas, pero le supliqué que continuara. Pues eso, dijo, las estrellas son las estrellas que nosotros vemos, pero también son algo más, algo que no vemos pero que igual está allí arriba. No dije nada, dándole tiempo y espacio para que profundizara un poco más. Si las ordenamos, entonces también son constelaciones, susurró, que también representan signos zodíacos, que a su vez nos representan a cada uno de nosotros. Le dije que muy bien, pero qué tenía que ver eso con un cuento. De nuevo guardó silencio y, mientras duró ese silencio, me dirigí al escritorio donde había dejado el café con leche y me tomé un largo y tibio sorbo. O sea, dijo con dificultad, como si le pesaran las palabras, un cuento es algo que vemos y podemos leer, pero también, si lo ordenamos, es algo más, algo que no vemos pero que igual está allí, entrelineas, sugerido.» (LEJANO, págs. 11-13)

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El hijo del héroe, de Karla Suárez

Karla Suárez (La Habana, 1969)
EL HIJO DEL HÉROE
Ed. Comba, 2017 - 340 págs. - inicio
Aglomeración, Francisco Solano
[regulín (mejor ella que el libro)]
«Un día colgué una entrada en el blog que despertó unos comentarios desfavorables. Alguien escribió que no estaba de acuerdo con lo que yo decía, porque las cosas no habían sido exactamente así y luego otro lo apoyó. Por los argumentos y el tono, que era muy amable, eso sí, supe que se trataba de hombres de la generación de Berto. Entonces aproveché esa coyuntura para llamarlo por teléfono. Necesitaba contarle algo le dije. Aunque mi intención principal era medir qué tal andaban las cosas entre nosotros. Él se mostró contento de escucharme.

Aquella conversación fue larga. Empecé contándole lo sucedido con el blog y por ahí seguí, mis lectores me habían hecho reflexionar sobre lo complejo que era intentar poner orden en aquella guerra [Angola]. La historia es muy complicada, le dije. Cuando están pasando las cosas, uno sólo puede alcanzar lo ínfimo que sucede a su alrededor y entonces no entiende nada. Cuando pasa el tiempo y alguien se pone a recopilar información para tratar de entender lo sucedido entonces, tampoco se entiende nada, porque hay más puntos de vista, fuentes que aseguran cosas que desmienten los otros y partes que no revelan la verdad. En fin, ¿dónde estará la verdad? Yo mientras más leía, menos entendía y mientras más escribía en mi blog, más voces distintas aparecían para decirme que estaba equivocado, que no había sido exactamente así o que estaban de acuerdo porque así mismo era. Me pareció que Berto sonreía des del otro lado del teléfono al decirme que me iba a volver loco pero, antes de hacerlo, debía comprender que ése era el problema de las guerras: tenían siempre varias verdades juntas y ninguna era suficiente para merecer ir a la guerra. Pero yo debía seguir con mi investigación, era importante.

— Tú sabes por qué a los gobiernos le gustan los jóvenes? —me preguntó—, porque los jóvenes no tienen memoria, sus mentes están frescas y vacías, lo único que tienen es pasión y ésa no hay que ser un genio para saber manipularla. Por eso es importante la memoria, para no ser manipulados —concluyó.

Berto no parecía molesto conmigo y entonces aproveché, finalmente, para comentarle lo que más me preocupaba. Hace rato quería decirte una cosa, comencé como para tomar impulso. Él dijo dime y continué. Le agradecía enormemente su confianza hacía mí, él se había convertido en uno de mis mejores amigos y esperaba que no fuera a pensar que me parecía mal lo que me había contado la última vez que nos habíamos visto. Volví a sentir su sonrisa, él no pensaba nada, afirmó, la guerra estaba llena de historias y él tan sólo me había contado la suya. Yo era un buen muchacho y para él era como un hijo, no debía preocuparme. Sonreí aliviado. Antes de colgar anunció que volvería a Lisboa para el cumpleaños de su hija, que me avisaría para vernos. Dije que por supuesto y nos despedimos.» (págs. 226-227)


viernes, 21 de septiembre de 2018

L’art de portar gavardina, de Sergi Pàmies

Sergi Pàmies
L'ART DE PORTAR GAVARDINA
Quaderns Crema, 2018 - 125 pàgs. - inici
[torrencial, tendre, lúcid, un (breu) plaer]
«La prova que va ser coherent amb els seus principis és que quan [Teresa Pàmies] ja no va poder reciclar el que vivia en articles, llibres o col·laboracions radiofòniques, la mare es va morir. Dit així pot semblar brusc, però el cert és que la manera com es va resistir a la decrepitud va portar-la fins al límit de l'obstinació. En realitat, aplicava una filosofia encarnada en més de trenta llibres publicats amb un tema gairebé únic: la seva vida. Per això no va deixar d'escriure ni a la residència, on es va entestar a enclaustrar-se amb l'argument que no volia ser una càrrega per ningú, ni, en els dos últims anys, a casa del meu germà i la meva cunyada, que li van demostrar que sovint val més ser una càrrega a casa que un problema fora. Vaig seguir de prop aquesta evolució de l'orgull d'assistència geriàtrica, reivindicat com a signe d'independència (sobretot d'ençà de la mort del meu pare), a la dependència esclavitzant. En l'escalafó familiar, ser escriptor em situava en la posició adequada per assumir la missió d'interpretar—si més no d'intentar-ho—les seves peticions. Si m'esforço a ser rigorós, he de situar l'inici del deteriorament quan la mare va deixar de fer servir la màquina d'escriure. Ja no tenia les facultats per teclejar amb la llegendària energia habitual. Amb orgull de mecanògrafa autodidacta amanit amb tota mena de sermons contra la informàtica entesa com a instrument capitalista d'alienació, s'havia resistit a fer servir ordinadors. Però per demostrar que no era reaccionària (reaccionari era un dels adjectius preferits), considerava que el pas de la màquina mecànica a l'elèctrica era el súmmun del progrés.» (págs. 31-32)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Un día en la vida de una mujer sonriente, de Margaret Drabble

Margaret Drabble (Reino Unido, 1939)
UN DÍA EN LA VIDA DE UNA MUJER SONRIENTE
[A Day in the Life of a Smiling Woman, 2011]
Trad. de Miguel Ros González
Impedimenta, 2017 - 272 págs. - inicio - bibl. lesseps
• Mejor la piedra
[me chirriaba todo]
«Había una mujer. Tenia treinta y tantos año y era muy famosa, en cierto sentido. La verdad es que no pretendía serlo: sencillamente, la fama le había llegado sin mucho esfuerzo por su parte. [...] Su marido también era muy famoso pero solo para la gente que sabia a lo que se dedicaba. Su fama solo abarcaba su mundo. Era el editor de un semanal, de manera que tenía bastante influencia sobre cierta gente. De hecho, fue su influencia lo que le proporcionó el trabajo a Jenny. Se estaba empezando a aburrir, su hijo pequeño iba a la guardería y los mayores al colegio, así que su marido le buscó algo con lo que mantenerse ocupada. Pregunto a unos cuantos amigos y, al final, le encontró un trabajito agradable en un canal de televisión. Sin embargo, no se había imaginado en absoluto lo popular que se volvería. [...] Y ahí no acababa la cosa: también era extremadamente eficaz. Siempre había sido eficaz, la verdad sea dicha. Siempre servía los cuatro platos que solían componer las comidas familiares, cocinados a la perfección, en el momento justo. Nunca llegaba tarde a recoger a los niños del colegio, nunca se olvidaba de su dinero para el almuerzo ni de sus cosas para la piscina. Nunca se le acababa el azúcar ni el papel higiénico ni la cinta adhesiva. Así que nadie debería haberse sorprendido de lo bien que se adaptó a su nueva vida. Nunca llegaba tarde. Nunca olvidaba una cita. Nunca se le pasaba su sesión informativa. Empezó discretamente, haciendo entrevistas sobre actos culturales en una sección de un programa de arte, y siempre conseguía dar en clavo, pronunciando las palabras oportunas a todo el mundo en el momento oportuno. Nunca resultaba ofensiva, pero tampoco aburría a la gente [an so on]» (págs. 137-138)
«A veces, [su marido] se despertaba en plena noche y le pegaba.» (pág. 139)

jueves, 13 de septiembre de 2018

Lo que te pertenece, de Garth Greenwell

Garth Greenwell (Estados Unidos, 1978)
LO QUE TE PERTENECE
[What Belongs to You, 2016]
Trad. Javier Calvo Perales
Literatura Random House, 2018 - 224 págs. - inicio
Topography of a novel, The Guardian, 2016
[poderosa / adictiva]
«Las hierbas y los árboles exhalaban una gran cantidad de cápsulas de semillas, cada diminuto grano cobijado e impulsado por un penacho velludo a modo de paracaídas o sombrilla. Pensé, mientras contemplaba aquella siembra de la tierra, en Whitman, cuyos poemas acababa de enseñar a los alumnos que ahora estaban escuchando charlas sobre lingüística matemática de las que luego me hablarían mientras cenábamos en la ciudad, contándome cómo se imaginaban que reaccionaría yo a los argumentos formulados sobre poesía y estructuras métricas y de rima, sus apelaciones numéricas a nuestro placer. Había versos en la poesía de Whitman que siempre me habían parecido excesivos en su entusiasmo, su desenfrenado erotismo; me incomodaban un poco, aunque a mis alumnos les encantaban, recibiéndolos año tras año con risas. Fueron esos versos que acudieron a mi mente en aquel sendero de Blagoevgrad, mientras contemplaba caer las semillas como nieve, los que definieron y enriquecieron aquel momento. Qué eran aquellas semillas sino el lento cosquilleo de los genitales del viento, la urgencia procreadora del mundo, y me di cuenta de que siempre los había interpretado mal, esos versos que nunca había entendido; no eran en absoluto excesivos, eran precisos, y por un momento entendí el deseo del poeta de estar desnudo ante el mundo, su locura, como él dice, por sentir su contacto. Incluso llegué a sentir algo de aquel deseo, aunque no hubiese nada de locura en mi caso, casi siempre había vivido mi vida por debajo del tono de la poesía, una vida de inhibiciones y oportunidades perdidas, quizá, pero también una vida soportable, una vida que hasta cierto punto había elegido y continuaba eligiendo.» (págs. 43-44)

(pág. 65)

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