sábado, 9 de junio de 2018

Clases de chapín, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon
CLASES DE CHAPÍN
Fulgencio Pimentel, 2017 - 176 págs.
“Un chapín es un tipo de sandalia española con alzas, y chapines es como se conoce a los guatemaltecos en buena parte de América.”
Admirable para Nadal
[incipiente para mí]
«Tembló a las tres horas, tres minutos, treinta y tres segundos de la madrugada. Exactas. Como si alguien, en algún búnker secreto lleno de mapas y botones rojos, lo hubiese planeado así. Siempre me agradó esa perfección numérica. Yo era muy niño entonces, en febrero del 76, y recuerdo solo imágenes puntuales de esa noche. Hacerme el dormido para que mi papá me llevara en brazos afuera. Mi mamá sentada en el césped, siete meses embarazada, con mi hermano menor aún durmiendo profundamente sobre su regazo. El arribo imprevisto de tíos, primos y abuelos. Las sirvientas llorando en silencio mientras, con las primeras luces del amanecer, cargaban por el jardín una bandeja llena de magdalenas y tazones de café caliente. Los gritos de mi tío porque todos los primos estábamos jugando tenta a la par de unos cristales rotos, sin entender que en los cuarenta y nueve segundos que había durado el terremoto habían fallecido, se estimaría después, casi treinta mil personas; sin entender que era de muy mal gusto estar feliz.» (principio de Polvo, pág. 91)

Eduardo Halfon: "Veo los cuentos de Clases de chapín, en cambio, como un taller de escritura en el que trato de descifrar cómo se escribe un cuento. Percibo ahí a un escritor buscando su pluma: está tanteando, está experimentando con diferentes técnicas, tiempos, voces y temas." (de una entrevista de A. Gordo en El Cultural)

martes, 5 de junio de 2018

El final de la historia, de Lydia Davis

Lydia Davis (1947)
EL FINAL DE LA HISTORIA
[The End of the Story, 1995]
Trad. Justo Navarro
Alpha Decay, 2014 - 248 págs. - inicio
Bibl. Montserrat Abelló (Les Corts)
A Álvaro también le ha gustado
[obsesivo y brillante]
«Me gustaba repasar cada momento de aquella primera noche, cuando nos sentamos a la mesa él y yo, con amigos a mi lado y al suyo, tan potente el ruido del espectáculo que no se podía hablar, cuando salimos juntos sin conocernos, y compramos dos botellas de cerveza cada uno con las que volvimos al café; nos bebimos una y reservamos otra para mas tarde en una bolsa de papel marrón, entre nuestros pies.
    Ése me pareció el mejor momento, cuando apenas si había empezado nada. Cuando abrimos la segunda botella de cerveza, abrimos también todo lo que vino después, a finales de otoño, y en invierno, pero allí sentados, antes de abrirla, estábamos como en una isla, y toda la felicidad se extendía ante nosotros, y no comenzaría hasta que no abriéramos la segunda botella de cerveza. No podía verlo en ese momento, porque no sabía qué vendría a continuación, pero después, recordando, lo descubrí.
    Rememorar aquella noche era casi mejor que vivirla por primera vez, porque en mis recuerdos no me movía más rápido de lo que soy capaz, ni tenía que preocuparme de mis gestos, ni me perturbaban las dudas, porque ya sabía como acabaría todo. La reviví tantas veces que era como si sólo hubiera existido para que yo la reviviera más tarde.
    Luego, después de que él me dejara, el principio se convirtió en algo más que el primer momento feliz que abría un número infinito de ocasiones felices: también contenía el final, como si la atmósfera de aquel café en el que nos sentamos juntos, en aquel lugar público, donde se inclinó sobre mí, sin conocerme apenas, y me habló al oído, ya contuviera el final, como si las paredes estuvieran hechas del final de la historia.» (págs. 26-27)

martes, 29 de mayo de 2018

Una vida subterránea, de Laura Freixas

Laura Freixas (Barcelona, 1958)
UNA VIDA SUBTERRÁNEA
DIARIO 1991-1994
(bibl. Joan Maragall)
Errata Naturae, 2013 - 320 págs. - inicio
[valiente (y cursi)]
«¡Qué ganas tengo de releer a Proust! Siento que en pocos años empezará el tiempo de las relecturas, que progresiva, subrepticiamente, irán reemplazando las nuevas lecturas. Y qué definitivas, qué tajantes son las segundas lecturas; qué pronto disipan la bruma, el juicio vacilante, de las primeras; a menos que el quid de la cuestión no esté en si es la primera o la segunda vez que uno lee un libro, sino en la edad que tiene al leerlo; francamente, no lo sé. ¡Cuando pienso que a los veintitrés o veinticuatro años, cuando gané el premio de Pola de Lena y me entrevistó un chico de la radio local, mencioné como escritores favoritos la siguiente tríada: Proust, Nabokov, Cortázar! Me da risa. Cortázar, pulverizado. Nabokov, interesante. Proust, genial e inagotable.

[...] Eso me ha ocurrido, supongo, con Unamuno; por ese motivo o por lo que sea, se me ha caído de las manos. Ortega es más persuasivo y muy estimulante. De todos modos, por quien tengo más cariño dentro de esa generación es, claro está (me refiero a la prosa sólo), por Azorín: por lo sensible a la belleza, por lo estoico y por lo solitario. Hasta su melancolía y su pesimismo -eso sí, sin aspavientos- me fascinan.» (págs. 116-119)

viernes, 25 de mayo de 2018

Teoría general del olvido, de José Eduardo Agualusa

José Eduardo Agualusa (Angola, 1960)
TEORIA GENERAL DEL OLVIDO
[Teoria geral do esquecimento, 2012]
Trad. Claudia Solans
edhasa, 2017 - 192 págs. - inicio
[peculiar para mí, penetrante para Nicolás]
«A Ludovica nunca le gustó enfrentarse al cielo. Desde niña, ya la atormentaba el horror a los espacios abiertos. Al salir de casa se sentía frágil y vulnerable, como una tortuga a la que le hubieran arrancado el caparazón. De muy pequeña, de seis o siete años, se negaba a ir a la escuela sin la protección de un paraguas negro, enorme, fuera cual fuese el estado del tiempo. Ni la irritación de los padres, ni las bromas crueles de los otros niños la disuadían. Más tarde mejoró. Hasta que ocurrió aquello que ella llamaba «El accidente» y empezó a ver ese pavor primordial como una premonición.
    Después de la muerte de sus padres se fue a vivir a la casa de su hermana. Raramente salía. Ganaba algún dinero dando clases de portugués a adolescentes aburridos. Además de eso, leía, bordaba, tocaba el piano, veía la televisión, cocinaba. Al anochecer, se acercaba a la ventana y miraba la oscuridad como quien se asoma a un abismo. Odete sacudía la cabeza, fastidiada:
    –¿Qué pasa, Ludo? ¿Tienes miedo de caerte entre las estrellas?
  Odete daba clases de inglés y alemán en el liceo. Amaba a su hermana. Evitaba viajar para no dejarla sola. Pasaba las vacaciones en casa. Algunos amigos elogiaban su altruismo. Otros le criticaban la excesiva indulgencia. Ludo no se imaginaba viviendo sola. La inquietaba, sin embargo, haberse convertido en un peso. Pensaba en las dos como gemelas siamesas, prendidas por el ombligo. Ella, paralítica, casi muerta, y la otra, Odete, obligada a arrastrarla por todas partes. Se sintió feliz, se sintió aterrorizada, cuando la hermana se enamoró de un ingeniero de minas. Se llamaba Orlando. Viudo, sin hijos. Había ido a Aveiro a resolver una compleja cuestión de herencias. Angoleño, natural de Catete, vivía entre la capital de Angola y Dundo, pequeña ciudad administrada por la compañía de diamantes para la cual trabajaba. Dos semanas después de haberse conocido por casualidad en una confitería, Orlando le pidió casamiento a Odete. Anticipando un rechazo, conociendo las razones de Odete, insistió en que Ludo fuera a vivir con ellos. Al mes siguiente estaban instalados en un apartamento inmenso, en el último piso de uno de los edificios más lujosos de Luanda. El llamado Edificio de los Envidiados.» (págs. 11-12)

miércoles, 23 de mayo de 2018

Philip Roth

Philip Roth (Reuters)
Philip Roth (1933-2018)
[Adiós a una casa de muñecas, Claire Bloom, 2015]

[El lamento de Portnoy, 2002 :: La mancha humana, 2005 :: El teatro del Sabath, 2006 :: La conjura contra américa, 2006 :: El oficio, 2007 :: La contravida, 2007 :: L'animal moribund, 2007 :: El profesor del deseo, 2007 :: Elegía, 2008 :: Patrimoni, 2008 :: Sale el expectro, 2008 :: Los hechos. Autobiografía de un novelista, 2009 :: Indignación, 2009 :: La humillación, 2010 :: Engaño, 2010 :: Némesis, 2011 :: Mi vida como hombre, 2012 :: Patrimonio. Una historia verdadera, 2014 {y esa ha sido mi relación con el brillante (y furioso) Philip Roth: algunas lecturas estupendas y otras no tanto}]

martes, 22 de mayo de 2018

La felicidad de los pececillos, de Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935 - Canberra, 2014)
LA FELICIDAD DE LOS PECECILLOS
Cartas desde las antípodas

[Le bonheur des petits poissons, 2008]
Trad. José Ramón Monreal
Acantilado, - 144 págs. - inicio
[reluciente]
NUESTRO ÚNICO PARAGUAS
DEL PAPEL DEL ARTE EN LAS EXPEDICIONES POLARES
EN PARTICULAR Y EN LA VIDA EN GENERAL

«Hace algunos años —¿lo recordáis?— el actor inglés Hugh Grant fue detenido por la policía de Los Ángeles cuando estaba dedicándose en un lugar público, en compañía de una buscona nocturna, a una actividad particularmente privada. Para el común de los mortales, semejante desventura sería simplemente incómoda, pero, para un actor tan célebre, habría podido tener consecuencias catastróficas: toda su carrera en Hollywood pareció por un momento a punto de zozobrar. En medio de este marasmo, fue entrevistado por un periodista estadounidense, que le hizo una pregunta… muy estadounidense: «¿Va ahora usted a un psicoterapeuta?». «No —respondió Grant—, en Inglaterra leemos novelas».
    Medio siglo antes que él, Carl Gustav Jung había formulado en términos más técnicos el exacto corolario de esta misma noción: «Cuando un individuo pierde contacto con el universo mítico, y su vida se ve así reducida al único dominio de los hechos, su salud mental se encuentra en gran peligro». Dicho de otro modo: la gente que no lee novelas ni poemas corre el riesgo de estrellarse contra la muralla de los hechos o de morir reventada bajo el peso de las realidades. Y entonces es preciso llamar con toda urgencia al doctor Jung y a sus colegas para tratar de volver a reunir los pedazos.
    ¿Tienden los psicoterapeutas a multiplicarse desde que los novelistas y los poetas comienzan a escasear? Bien podría ser que el desarrollo de la psicología clínica se corresponda con un agotamiento de la imaginación inspirada; al menos eminentes especialistas así lo han creído. Rainer Maria Rilke le pidió un día a Lou Andreas-Salomé que le psicoanalizara. Ella se negó, explicándole: «Si el análisis tuviera éxito, correría usted el riesgo de no poder escribir más poemas». (E imaginaos por un momento: si un hábil terapeuta hubiera conseguido curar a Kafka de sus angustias existenciales, la condición del hombre moderno habría perdido a su intérprete más penetrante).
[...]
René Magritte - Les vacances de Hegel (1959)
Lo que quería subrayar es simplemente lo siguiente: nuestro equilibrio interior es siempre precario y está amenazado, pues somos constantemente el blanco de pruebas y agresiones de la realidad cotidiana: la resultante de las luchas de la vida es siempre incierta, y, en resumidas cuentas, es quizá un personaje de Mario Vargas Llosa el que ha dado la mejor descripción de nuestra condición común: «La vida es un tornado de mierda, en el que el arte es nuestro único paraguas».» (págs. 25-27)

jueves, 17 de mayo de 2018

Ordesa, de Manuel Vilas


Manuel Vilas (1962)
ORDESA
Alfaguara, 2018
387 págs.
inicio
en Página2 y la Violeta
[arriesgado, ¿salvaje?, fascinante]

[GÉNESIS] «Comencé a escribir Ordesa unos cuantos días después de la muerte de mi madre. Mi madre murió en mayo de 2014. Me divorcié en las mismas fechas en que mi madre murió. Me visitaron en aquellos meses un montón de sentimientos que no sabía que existían, tenían un aire espectral. A pesar de ver espectros por todas partes, había belleza en los adioses que estaba presenciando: el adiós a mi madre, el adiós a mi matrimonio, y el adiós a mí mismo. Lo malo fue que desde la primavera del 2013 hasta junio de 2014 el alcohol pasó a gobernar mi vida. Dejé de beber el 9 de junio de 2014. Desde entonces no he probado ni una gota de alcohol. Iban cayendo las botellas, ya lo creo.

El escritor Fernando Marías me ayudó con su consejo a salir del alcohol. Y pudo más mi vida. Hay gente buena en el mundo, descubrir eso te da unas enormes ganas de vivir. Todo cuanto me pasaba engrosaba las páginas de Ordesa. Quería un libro sobre la verdad, un libro que dijera la verdad. Comencé una nueva relación sentimental que me llevó a viajar a Estados Unidos. Dejé mi trabajo y dejé la ciudad en la que había vivido tanto tiempo. Si hubiera seguido en ese trabajo, me hubiera muerto y no hubiera escrito ni una línea.

Y seguía escribiendo Ordesa. Pasé a vivir a caballo entre Iowa City y Madrid. Y comencé a invocar a mis padres, a mis padres muertos, porque tanto mi padre como mi madre son los protagonistas absolutos de este libro, porque sus muertes se fueron convirtiendo en una leyenda dentro de mi corazón.

Mientras fue un manuscrito que solo yo conocía, el libro apenas era un fantasma terapéutico que me acompañaba. No tenía vida pública. Pero fue creciendo. En el 2015 el ritmo de escritura se incrementó y el libro estaba gestado. Y en el 2016 ya comencé a corregir. Cada vez que corregía el libro, me angustiaba y me ponía de los nervios. Le dejé leer una primera versión a la escritora Ana Merino y ella me ayudó a pulir el libro. Ana se entregó a la corrección del libro. Su generosidad fue infinita. El final de Ordesa fue una sugerencia suya, y un acierto enorme. Que te ayuden con un libro es un trabajo que entraña pensar cada palabra, con un boli rojo en mano, sopesar cada frase, cada momento narrativo de la historia. Que te ayuden con un libro significa que se metan dentro de ti y te regalen muchas horas. Ana lo hizo.

Carolina Reoyo, mi editora de Alfaguara, me ayudó a pulir muchas cosas y fue otra lectora minuciosa, entusiasta y atenta. Carolina mejoró el estilo, ya lo creo. Las observaciones de Carolina y su comprensión del manuscrito y de mi mundo literario fueron muy importantes para mí. Yo no creía en el libro, pero tanto Ana como Carolina sí creyeron en él. Las dos me ayudaron, casi moralmente más que literariamente, a lidiar con la parte más oscura y dolorosa de la materia narrada. Aunque moral y literatura en este libro son la misma cosa. En realidad, yo le tenía miedo al libro. Mucho miedo. Mi vida entera estaba allí. Recuerdo que las últimas relecturas me quemaban la sangre. Cada vez que corregía una página me tenía que levantar de la mesa e irme a la cocina, adonde fuese, o poner la televisión, o salir a la calle. Corregí la última versión en Iowa City, en agosto de 2017. El verano en Iowa es de una belleza sobrenatural: por las noches todas las criaturas de la naturaleza cantan, y yo oía ese canto mientras corregía el libro. Cantaban las cigarras, y cantaba mi memoria. En septiembre mandé la versión definitiva a Alfaguara.

Ya ni recuerdo cuántas versiones tuvo Ordesa. Muchas, hasta alcanzar la forma que le di en agosto de 2017. Quité muchos pasajes. Los escritores al final se miden por los aciertos a la hora de quitar páginas de sus libros. En saber lo que sobra reside la habilidad más importante de este oficio.

Y Ordesa ya está en la calle. A veces me atrevo y lo abro y leo un párrafo. Incluso una página entera o dos. Pero eso ocurre pocas veces.

(Zenda, 31/01/2018)
Me sigue quemando en las manos. Me acuerdo de ellos, de mis padres, de lo felices que fueron, del viento enamorado que dejaron en mi carne. Cuanto hicieron en esta vida está dentro de mi corazón y ahora dentro de un libro.
Me acuerdo de ellos.
Me acuerdo de Ordesa.»

domingo, 13 de mayo de 2018

Aquella porta giràtoria, Lluís Foix

Lluís Foix Carnicé (Rocafort de Vallbona, 1943)
AQUELLA PORTA GIRATÒRIA
labutxaca, 2017 - 300 pàgs. - inici
[curiós, si més no]
12. LA INTENDÈNCIA RUTINARIA
«Hi havia un crit que repercutia de forma immediata en aquella redacció [La Vanguardia] fragmentada per les gàbies de vidre, també conegudes com a peixeres. «Paguen!», deia algú. La veu ressonava per totes les dependències. Es pagava a finals de mes. Els redactors i altres càrrecs pujàvem un a un al despatx de Josep Saura, el caixer major, que tenia categoria de cap de secció El seu somriure era el d'un cavaller ordenat que es movia enmig de la immensa complexitat dels diners que arribaven per vies insospitades. Saura tenia els dits gastats de tant comptar bitllets. [...] Eren els diners ingressats per les esqueles, pels anuncis per paraules, per la venda d'exemplars endarrerits o per qualsevol altre concepte.
    En un sobre de color marró hi constava el nom de cada redactor i els diners, en pessetes i cèntims. Tot exacte. Tot en efectiu. Saura despatxava amb els periodistes amb l'amabilitat del caixer de confiança de la casa. El volum de diners que entrava al diari era prodigiós El seu despatx tenia una flaire de moviment de bitllets antics i nous, que feien d'aquell reducte d'olors especials un dels llocs més singulars de la casa.
    El concepte «diner negre» no tenia cap connotació negativa. No puc afirmar que n'hi hagués, en aquella mena de sucursal bancària. Simplement, eren diners que es movien. La declaració de la renda era una obligació imprecisa aquells anys. Recordo la primera vegada que la vaig fer. Un company de la redacció la preparava per a aquells que l'hi demanaven. Li vaig preguntar si podria fer la meva i només es va interessar pels diners que tenia intenció de pagar a Hisenda. Deu mil pessetes, li vaig dir. D'acord. Tracte fet. Era l'any 1970 i les tributacions eren deduïdes de les nòmines La consciència de contribuent era escassa, per no dir nul·la. Res a veure amb la sistematització tributària que va introduir Josep Borrell al seu pas pel govern de Felipe González.
    Tampoc s'enviava el salari al compte corrent, ni es pagava amb un taló. Tot passava per les mans de Saura i els seus adjunts, que més tard anirien pujant en l'escalafó administratiu de la casa. El caràcter d'empresa familiar de Godó marcava les relacions en molts àmbits de la redacció i l'administració. Conec persones de tres generacions que s'havien anat succeint en els tallers o altres llocs de la intendència del diari.» (pàgs. 85-86)
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