viernes, 7 de mayo de 2021

Las lealtades, de Delphine de Vigan


Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966)
LAS LEALTADES
[Les loyautés, 2018]
Trad. Javier Albiñana
Anagrama, 2019 - 208 págs. - inicio - bibl. vila de gracia

- Drama para siete desdichados, J. Aparicio Maydeu
- Invisibles violencias familiares, Lourdes Ventura
- El infierno familiar, Helena Hevia

[De la red: breve pero poderoso texto :: engañosamente simple :: escritura brillante, historia desgarradora :: intenso, devastador :: manifiesto contra la indiferencia :: lectura fantástica]
«En el centro de esta novela hay un niño de doce años: Théo, hijo de padres separados. El progenitor, sumido en una depresión, apenas sale de su caótico y degradado apartamento, y la madre vive consumida por un odio sin fisuras hacia su ex, que la abandonó por otra mujer. En medio de esa guerra, Théo encontrará en el alcohol una vía de escape. A su alrededor se mueven otros tres personajes: Hélène, la profesora que cree detectar que el niño sufre maltrato a partir del infierno que vivió en su propia infancia; Mathis, el amigo de Théo, con el que se inicia en la bebida, y Cécile, la madre de Mathis, cuyo tranquilo mundo se tambalea después de descubrir algo inquietante en el ordenador de su marido. Todos estos personajes son seres heridos. Marcados por demonios íntimos. Por la soledad, las mentiras, los secretos y los autoengaños. Delphine de Vigan Seres que caminan hacia la auto-destrucción, y a los que acaso puedan salvar –o tal vez condenar definitivamente– las lealtades que los conectan, esos lazos invisibles que nos vinculan a los demás (...)» (CONTRAPORTADA)

lunes, 3 de mayo de 2021

sábado, 1 de mayo de 2021

Canción, de Eduardo Halfon


Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
CANCIÓN
Libros del Asteroide, 2021 - 112 págs. - inicio

- El doble viaje de EH, Manuel Hidalgo
- Personaje en busca de autor,
- Explicar Guatemala, Aloma Rodríguez
[un poco desvertebrado]

«Mis abuelos vivían en un palacio. [...] Recuerdo su aroma. Cada mañana, una sirvienta chaparra e iracunda llamada Araceli recorría la casa entera [...] sosteniendo un incensario de hojas de eucalipto. Mi hermano y yo le teníamos miedo a aquella viejita de nuestra misma altura, gritona, canosa, uniformada de negro, que siempre parecía emerger como un espectro entre una nube de humo blanco. [...] Pero la casa no sólo olía a eucalipto. Era un aroma mucho más complejo, mucho más elegante, formado también por todas las fragancias y especias que emanaban como almas desde la cocina. Allí se mantenía Berta, la cocinera que mi abuela se había robado de un restaurante de comida guatemalteca (El Gran Pavo), y a quien luego había adiestrado ella misma en el arte culinario árabe y en el arte culinario israelí (aunque seguro que la hay, yo, afortunadamente, nunca supe la diferencia). Allí freían falafel y kibbes. Horneaban bagels, pan pita, sambuseks de queso, de espinaca, de berenjena. Hacían mujaddara (jaddara, decía mi abuelo): exquisito plato de arroz y lentejas servido con cebolla frita y una salsa de yogur, pepino y hierbabuena. Hacían yapraks: hojas de parra rellenas de arroz, carne de cordero, piñones y tamarindo. Preparaban, en ocasiones muy especiales, un guiso sefardí de hervido largo y lento (veinticuatro horas), llamado jamín. Hacían yogur fresco, diferentes quesos y mermeladas. En la alacena siembre había botes llenos de rosquitas de anís, bandejas con rombos de baklavá, unos barriles de madera con las aceitunas (negras, moradas, verdes) que mi abuelo importaba de Líbano. Pero Berta, allí, en la cocina, también volvía a sus raíces guatemaltecas y hacía hilachas de carne y pollo en jocón y tamales y pepián y caquic y un maravillosamente espeso atol de elote. Y también allí, todas las noches, en una pequeña jarrilla de cobre, Berta le preparaba a mi abuelo su café turco con semillas tostadas de cardamomo, pues necesitaba él una tacita de café turco para poder dormir.» (pp. 15-17)

martes, 27 de abril de 2021

Vivir, de David Wagner


David Wagner (Andernach, 1971)
VIVIR
[Leben, 2013]
Trad. Ibon Zubiaur
Errata Naturae, 2021 - 305 págs. - inicio

- Zenda lo recomienda
[yo, no]
- Pero sí para viajar a Berlín

[31] «Tengo doce años, luego trece, y mi hígado está destrozado, debe de llevar mucho tiempo inflamado. Aunque todavía soy un niño, mi hígado parece el de alguien que ha pasado cincuenta años consumiendo grandes cantidades de alcohol, pero sigo viviendo con un tercio de hígado y unos valores hepáticos muy mediocres, sólo que los valores no deben empeorar, dice B., mi médico. Se inicia una terapia de combinación con cortisona y un inmunosupresor, la inflamación remite, la cirrosis permanece. Yo me siento bien. Me siento bien hasta que empiezan los problemas con los efectos secundarios de los medicamentos. Se me pone una cara hinchada de luna llena, el adolescente que soy parece un hámster, tengo la cara más llena que Helmut Kohl. La piel se me vuelve fina, los huesos blandos, tengo una osteoporosis de señora mayor, una y otra vez sufro inflamaciones de las vainas tendinosas y al menor contacto me salen moratones. Como la cortisona eleva la presión intraocular, desarrollo un glaucoma, he de echarme unas gotas que reducen mis pupilas al tamaño de la punta de una aguja, apenas reconozco nada y mi aspecto es el de un adicto a la heroína. Me detectan miopía y me ponen gafas, me salen estrías en la piel, tomo cada vez más medicamentos contra los efectos secundarios de los medicamentos, que a su vez tienen efectos secundarios. Los problemas los generan sólo los efectos secundarios de los medicamentos, son sólo los efectos secundarios los que me recuerdan lo enfermo que estoy: esta es la frase que llevo repitiendo una y otra vez a los médicos casi tres décadas. Tomo mis medicamentos, desde hace ventitrés, veinticuatro, veinicinco años, por la mañana, al mediodía y por la noche, David Wagner y tomo también los medicamentos contra los efectos secundarios de los medicamentos. A veces tengo la sensación de que escucho la sinfonía farmacológica de mis medicamentos susurrando en mi interior, de que oigo cómo tocan juntos, un barullo colosal.» (págs. 40-41)

viernes, 23 de abril de 2021

Los frutos amargos del jardín de las delicias, de Monika Zgustova


Monika Zgustova (Praga, 1957)
LOS FRUTOS AMARGOS DEL JARDÍN DE LAS DELICIAS. VIDA Y OBRA DE BOHUMIL HRABAL
Galaxia Gutenberg, 2014 - 418 págs. - inicio -
bibl. Lesseps

- Imprescindible biografía, C armen R. Santos
- El retrato de un hombre, J. Jiménez García
[Bohumil forever]

«Hrabal llama a algunos de sus protagonistas con la palabra inventada pábileté. Los pábileté son unos parlanchines que hablan por los codos intentando impedir alguna situación peligrosa o desagradable. Sherezade, la narradora de Las mil y una noches es una pábileté, otro pábileté es el aparente payaso y lunático Švejk, el buen soldado protagonista de la célebre novela de Hašek, Las aventuras del buen soldado Švejk. Los pábileté son personas visitadas por la inspiración, que se comportan de una manera en apariencia desaforada y alocada, que hablan demasiado y dicen frases que parecen absurdas y tontas. Pero su imaginación es capaz de transformar la realidad más repugnante en una obra de arte de una rara belleza. La gran mayoría de los protagonistas son pábileté (Haňt’a de Una soledad demasiado ruidosa, Dítě de Yo serví al rey de Inglaterra, el tío Pepín y muchos otros); pero el gran pábileté es, antes que cualquier otro, el autor mismo. "La gran literatura universal tiende a acercarse al hombre marginado", explica. "El protagonista, cuanto más pierde en escala social, más gana en carga eléctrica. Para mí, precisamente esa clase de gente lo representa todo. En una época en que el firmamento ha caído y la humanidad solo depende de sí misma, el arte y la literatura han bajado al nivel de la gente corriente y de los marginados." Ellos también son pábileté. Y los pábileté son sobre todo personas que, cuando oyen que un grifo gotea, cogen un lápiz y dibujan las cataratas del Niágara, transforman un gris monótono en colores voluptuosos y cuando se cortan al afeitarse, piensan en los entierros. Para ellos el menor incidente tiene las máximas consecuencias. Lo que hacen los pábileté es metamorfosear una realidad desagradable, repugnante, peligrosa, triste o trágica en un placer estético, no por ello menos trágico y patético, pero sí bello.» (págs. 185-186)


Monika con Bohumil.
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