Mostrando entradas con la etiqueta Haruki Murakami. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Haruki Murakami. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad, de Alberto Olmos


Alberto Olmos (Segovia, 1975)
CUANDO VIPS ERA LA MEJOR LIBRERÍA DE LA CIUDAD
Círculo de Tiza, 2020 - 392 págs. - fragmento

- "Las reseñas clásicas no aportan nada", Alberto habla con Luis Herrero Goldáraz
- Mala Fama en El Confidencial
[estupenda recopilación de textos de AO]

«Empecé a leer a Haruki Murakami en inglés, en las ediciones de Vintage que compraba en la cadena de librerías Kinokuniya. Me gustó mucho, pero siempre hay un placer añadido en el hecho de verte leyendo con fluidez en un idioma que no es el tuyo.
    Ya de vuelta en Madrid, seguí leyéndolo con gusto en Tusquets, cuyas cubiertas me hacían echar de menos las de Vintage. Después de leer en español casi todo lo de Murakami, aún tengo la sensación de que escribe en inglés, que lo leía en su idioma original cuando lo leía traducido al inglés. Por eso ha sido una suerte de epifania leer De qué hablo cuando hablo de escribir y encontrar este dato: Haruki Murakami empezó a escribir en inglés y luego se tradujo a sí mismo a su idioma materno.
    En este ensayo sobre la propia artesanía, Murakami confiesa que le paralizaba la obligación de alta escritura que emanaba de utilizar un idioma que conocía perfectamente. Al escribir en inglés, lengua que apenas dominaba, se vio abocado a escribir frases simples y a emplear palabras muy básicas para contar una historia. Murakami se gustó así de simple y así de básico, y luego se tradujo al japonés [...] Precisamente en España se ha utilizado mucho como arma de desprestigio decir que un autor "parece traducido del inglés", y el hecho de que Murakami confiese abiertamente que su prosa es un inglés desmigado en kanjis deja muy claro lo poco que le importa la opinión del milieu literario.» (págs. 129-130)

sábado, 3 de noviembre de 2018

La muerte del comendador, de Haruki Murakami


Haruki Murakami (Kioto, 1949)
LA MUERTE DEL COMENDADOR (Libro I)
[Kishidancho Goroshi #1-2, 2017]
Trad. Yoo Ogihara y Fernando Cordobés
Tusquets, 2018 - 480 págs. - inicio - fragmento
[horroroso y plano (y dejà vu) libro de preguntas;
las respuestas deben estar en el segundo tomo]
«En la escena aparecía otro personaje misterioso. Estaba en la parte inferior izquierda del lienzo, como una nota a pie de página. Asomaba la cabeza tras una trampilla cuadrada de madera que había en el suelo. Me recordaba a la trampilla del armario por donde había subido al desván. El misterioso personaje observaba desde allí al resto de las personas que componían la escena del cuadro.
    ¿Un agujero en el suelo, una trampilla, un desagüe? No podía ser. En el periodo Asuka no existían canalizaciones ni nada por el estilo. Además, el escenario donde tenía lugar el duelo era un paisaje exterior, y allí no había nada. Al fondo tan solo se veía un pino solitario de ramas bajas. ¿Por qué había entonces un agujero en el suelo oculto tras una trampilla? No tenía ninguna lógica.
    ¿Quién era ese personaje? ¿Por qué asomaba por allí? ¿Por qué se escondía bajo la tierra de ese mundo antiguo? ¿Por qué le había pintado Tomohiko Amada en un extremo del cuadro? ¿Cuál era su intención al poner allí a un hombre tan enigmático, tan extraño, que rompía el equilibrio de la composición? ¿Por qué había titulado el cuadro La muerte del comendador? [...] ¿Qué significaba aquel personaje, de cara larga, asomando por una especie de trampilla como si saliera del interior de la tierra? [...] ¿Era acaso un demonio saliendo del infierno? ¿Estaba allí para llevarse a don Giovanni? [...] No podía apartar la vista de ese “cara larga” situado en la parte inferior del lienzo. La trampilla que abría parecía incitar a seguirle a un mundo subterráneo. Pero no a cualquier persona, sino a mí en concreto. Ese mundo oculto tras la trampilla me llamaba poderosamente la atención. ¿De dónde venía cara larga? ¿Qué diablos hacía allí? ¿Iba a cerrar la trampilla en algún momento o la dejaría abierta para siempre?» (págs. 103-108)
From The New York Times: “Killing Commendatore” is a baggy monster, a disappointment from a writer who has made much better work. As the narrator says, awkwardly, about one of his minor supernatural experiences: “That might have just been a piece of a fragmentary dream.”

miércoles, 9 de agosto de 2017

De qué hablo cuando hablo de escribir, de Haruki Murakami


Haruki Murakami
DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR
[職業としての小説家
(Shokugy¯o to shite no sh¯osetsuka), 2015]
Tusquets, 2017 - 304 páginas - inicio
Trad. Fernando Cordobés González y Yoko Ogihara

- Lector agradecido, Rafael Narbona.
- Cómo no quererle, Alberto Olmos
[Haruki nos cuenta cómo trabaja]

«Mi capacidad para escribir en inglés era, obviamente, limitada. Podía escribir frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Por muchas emociones complejas que albergase, no podía expresarlas tal cual. Me servía de las palabras más sencillas posibles para transmitir contenidos no tan sencillos. El lenguaje debía ser simple, las ideas estar expresadas de un modo fácil de entender, debía eliminar todo lo superfluo en las descripciones hasta transformar el contenido en algo compacto que cupiera en un recipiente limitado. El resultado era considerablemente tosco, pero avanzar con esas dificultades dio lugar a una especie de ritmo en las frases que constituía un estilo propio.
    Nací con el japonés como lengua materna, por lo que mi sistema lingüístico se compone de palabras y expresiones en japonés que se amontonan como animales inquietos en una cuadra. Cuando intento construir frases a partir de un paisaje interior o a partir de determinado sentimiento, ese sistema, esos «animales» van de acá para allá y terminan colisionando. Por el contrario, si me propongo escribir en otro idioma como el inglés, eso no ocurre porque las palabras y las estructuras gramaticales están limitadas. Lo que descubrí entonces fue que a pesar de las limitaciones, si uno combina eficazmente los elementos de los que dispone y expresa sus sentimientos a través de esas combinaciones, puede hacerse entender sin problemas. En resumen, lo que quiero decir es que no hace falta recurrir a palabras difíciles ni a giros complejos para que la gente te entienda.
    Más adelante descubrí que Agota Kristof había escrito unas novelas excelentes valiéndose de un estilo y unos recursos parecidos. Era húngara, pero después de la revolución de 1956 se exilió en Suiza y no le quedó más remedio que ponerse a escribir en francés. De haberlo hecho en su idioma natal no habría logrado nada. El francés era para ella una lengua extranjera aprendida de adulta (por pura necesidad), pero al utilizarla para escribir descubrió un estilo peculiar, una voz propia. Sus obras tenían un ritmo vivo basado en frases cortas, en palabras directas, francas, sin ambigüedades, en descripciones precisas sin intenciones ocultas. A pesar de todo, sus obras desprendían una atmósfera enigmática, como si escondieran algo bajo la superficie. Recuerdo bien que cuando la leí sentí nostalgia, aunque su intención era bien distinta. Por cierto, su primera novela, El gran cuaderno, se publicó siete años después de Escucha la canción del viento.
    Cuando descubrí lo divertido que me resultaba escribir en un idioma extranjero y con un ritmo propio, guardé la Olivetti en el armario y saqué de nuevo el cuaderno y la pluma. Me senté a la mesa de la cocina para traducir al japonés lo que había escrito en inglés, que tenía una extensión aproximada de un capítulo. Aunque digo traducción, no lo era en un sentido estricto, sino, más bien, algo parecido a un trasplante. Inevitablemente de allí brotó un nuevo estilo en japonés. Un estilo mío. Lo había descubierto por mí mismo y en ese instante comprendí que funcionaba al escribir así en mi idioma. Fue como si se me cayera una venda de los ojos.» (págs. 49-50)

jueves, 7 de mayo de 2015

Haruki Murakami: Hombres sin mujeres (y sin gracia)

«Convertirse en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte. En la mayoría de los casos (como bien sabrás), son taimados marineros quienes se las llevan. Las seducen con su labia y las embarcan deprisa hacia Marsella o Costa de Marfil. Prácticamente nada podemos hacer frente a ello. También es posible que ellas mismas acaben quitándose la vida, sin haberse relacionado con ningún marinero. Frente a eso tampoco podemos hacer nada. Ni siquiera los marineros pueden.
    Sea como fuere, así es como te conviertes en un hombre sin mujer. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo de tu cuerpo. Como una mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros… No importa cuán amplios sean tus conocimientos en labores domésticas, porque eliminar esa mancha será una tarea terriblemente árdua. Quizá el color se vuelva desvaído con el tiempo, pero probablemente la mancha permanecerá hasta que exhales el último suspiro. Es una mancha cualificada y, como tal, también tendrá su derecho a manifestarse en público de vez en cuando. No te quedará más remedio que vivir con la suave transición de su color y con su contorno polisémico.» (págs. 262-263)

miércoles, 23 de octubre de 2013

Murakami (& us) en la estación de Shinjuku

«La estación de Shinjuku es inmensa. Alrededor de tres millones y medio de personas la utilizan todos los días. El libro Guinness de los récords la reconoce oficialmente como la estación con mayor número de usuarios del mundo. En ella se cruzan varias líneas. Las principales son las líneas Chüö, Söbu, Yamanote, Saikiyö, Shönan-Shinjuku y Narita Express. Sus vías forman un complejísimo entramado, con un total de dieciséis andenes. A todo eso hay que añadir dos líneas privadas, Odakyü y Keiö, y tres líneas de metro, que entroncan a ambos costados de la red, como unidas por unos enchufes. Es un laberinto. En las horas punta, un mar de gente entra en ese laberinto. Ese mar espumea, se vuelve bravío, brama, fluye veloz hacia las entradas y las salidas. La corriente humana que se desplaza para realizar transbordos se enmaraña aquí y allá, dando origen a peligrosos remolinos. Ningún profeta, por poderoso que sea, podría dividir en dos ese mar revuelto y encabritado.

Resulta difícil creer que en esas horas punta, cinco días a la semana, una vez por la mañana y otra por la tarde, el escaso número de empleados de la estación pueda controlar a esa abrumadora cantidad de personas de manera eficiente y sin cometer errores graves. Son momentos particularmente problemáticos. Todos los usuarios se dirigen presurosos a su destino. Tienen que fichar antes de determinada hora. Es imposible que estén de buen humor. Todavía van un poco amodorrados. Y los vagones, prácticamente abarrotados, maltratan sus cuerpos y ponen a prueba sus nervios. Sólo los más afortunados logran sentarse. Tsukuru siempre se admiraba de que no se produjeran más disturbios ni ocurrieran accidentes cruentos. Si esa estación y esos vagones desmesuradamente atestados fuesen blanco del ataque de un grupo de terroristas fanáticos, no hay duda de que sucedería una catástrofe. Causaría estragos. Sería una pesadilla inimaginable, tanto para los trabajadores de la estación y de las compañías como para la policía y, por supuesto, para los pasajeros. A pesar de ello, en la actualidad apenas hay recursos para prevenir una calamidad como ésa. Y, sin embargo, esa sobrecogedora pesadilla se hizo realidad, en Tokio, en la primavera de 1995.

Los empleados de la estación gritan, ruegan a todas horas por los altavoces; los timbres que avisan de la salida de los convoyes pitan sin descanso; los torniquetes leen en silencio la información de tarjetas, billetes y bonos. Los largos trenes que parten y entran en la estación con precisión de segundos regurgitan sistemáticamente gente, como ganado paciente y bien adiestrado; luego engullen otra tanta e, impacientes por cerrar las puertas, arrancan y se dirigen a la siguiente estación. Si al subir y bajar las escaleras, en medio de la muchedumbre, alguien pisa a un usuario y éste pierde un zapato, le será imposible recuperarlo. El zapato desaparecerá tragado por las impetuosas arenas movedizas de la hora punta. Al usuario, sea hombre o mujer, no le quedará más remedio que pasar esa larga jornada con un solo zapato.

A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta (quizá era esa estación de Tokio, pero podría haber sido cualquier otra). Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: «Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices». La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

«¿Cuánto tiempo consumirá la gente todos los días en acudir a sus puestos de trabajo?», se preguntaba Tsukuru. Entre una hora y una hora y media, y eso sólo a la ida. Si un oficinista normal y corriente, casado, con uno o dos hijos, y que trabaje en el centro de la ciudad, decidiese comprar una casa, tendría que ser necesariamente en las «afueras»; por lo tanto, para ir al trabajo necesitaría esa hora, hora y media para llegar. Eso quiere decir que, de las veinticuatro horas del día, pierde dos o tres tan sólo en ir y volver del trabajo. Si tiene suerte, quizá pueda leer el periódico o un libro de bolsillo dentro del tren abarrotado. O, por ejemplo, en el iPod, escuchar sinfonías de Haydn u oír hablar español para aprender el idioma. Otras personas cierran los ojos y se sumen en profundas meditaciones. Sin embargo, pocos afirmarían que esas dos o tres horas sean las mejores y más provechosas de la vida. ¿De cuánto tiempo nos despojan? ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas se esfuma en esos probablemente absurdos desplazamientos? ¿En qué medida eso nos desgasta y extenúa?

Sin embargo, ése no era un problema que inquietara a Tsukuru Tazaki, cuyo trabajo consistía principalmente en diseñar y remodelar estaciones para una compañía ferroviaria. Cada uno hacía lo que quería con su vida. Además, eran sus vidas, no la vida de Tsukuru. A cada uno le tocaba juzgar hasta qué punto la sociedad en que vivía era infeliz o no. Él sólo tenía que pensar en guiar por las estaciones a ese ingente flujo de personas de manera adecuada y segura. Para hacerlo no necesitaba entregarse a profundas meditaciones. Tan sólo necesitaba ser eficaz. Tsukuru no era un pensador, tampoco un sociólogo, sino un simple ingeniero.» (pp. 295-298)

HARUKI MURAKAMI
Los años de peregrinación del chico sin color
(色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年,
Shikisai wo motanai Tasaki Tsukuru to, Kare no Junrei no Toshi, 2013)
Trad. Gabriel Álvarez Martínez
TUSQUETS, 2013
[novela de autoayuda juvenil]

viernes, 15 de marzo de 2013

Haruki Murakami: Después del terremoto

De LA TORTA DE MIEL

  «A los veinticuatro años, su colección de relatos obtuvo el premio de una revista literaria al mejor escritor novel y fue nominado para el Akutagawa. Durante los siguientes cinco años, fue propuesto par el Premio Akutagawa un total de cuatro veces. Una carrera nada despreciable. Pero al final nunca lo obtuvo y acabó convirtiéndose en el eterno favorito. Una reseña representativa de aquello decía: "Posee una gran calidad estilística, inusual en un autor joven, y muestra una capacidad notable en la descripción de escenas y en el retrato psicológico de los personajes, pero, en algunos pasajes, se deja llevar por el sentimentalismo y adolece de falta de fuerza, frescura y, en definitiva, de perspectiva novelística.» (p. 165)

  «Los cuentos que escribía Junpei trataban, por lo general, de amores desdichados entre hombres y mujeres jóvenes. Los desenlaces eran tristes y algo sentimentales. Todo el mundo decía que estaban muy bien escritos. Sin embargo, no cabía duda de que se apartaban de las últimas tendencias literarias. Su estilo era poético. Sus argumentos tenían cierto aire anticuado. La mayoría de lectores de su generación pedían un estilo y unas historias más novedosos y potentes. Era la época de los videojuegos y de la música rap. El editor le aconsejó que intentara escribir una novela. (...) Escribir una novela larga facilitaba a menudo la apertura de nuevas perspectivas narrativas.» (p. 166)

  «Sin embargo, Junpei era un cuentista nato. Se encerraba en su habitación, olvidándose de todo lo demás, y, en tres días, en soledad, sin respirar apenas, concluía el primer borrador. Luego lo iba corrigiendo a lo largo de los cuatro días siguientes (...) La partida se decidía la primera semana. Todos los elementos importantes se incluían o eliminaban entonces. Esa manera de trabajar casaba con su carácter. Concentración absoluta durante un corto espacio de tiempo. Imágenes y palabras condensadas, plenas de significado. Sin embargo, a la hora de escribir una novela, Junpei siempre se sentía perdido. ¿Cómo podía mantener su poder de concentración a lo largo de varios meses, o cerca de un año? ¿Cómo podía encauzarlo? Era incapaz de encontrar el ritmo adecuado.» (p. 167)

Llámeme rana

Haruki Murakami

martes, 18 de septiembre de 2012

Murakami: Baila, baila, baila

Baila, baila, baila. H. Murakami. Tusquets, 2012
Baila, baila, baila
(Dance, dance, dance, 1988)
Haruki Murakami
Trad. G. Alvárez Martínez
Tusquests 2012

«Marzo de 1983
    A menudo sueño con el Hotel Delfín.
  Yo estoy en ese sueño. Es decir, "formo parte" de él como una especie de circunstancia continua. El sueño revela de manera manifiesta que pertenezco a la continuidad del sueño. En éste, el Hotel Delfín está deformado. Es más achatado y largo. Tanto que, en lugar de un hotel, parece un larguísimo puente techado. El puente se extiende desde tiempos pretéritos hasta los confines del universo. Y yo estoy en él. Allí, en ese hotel, hay alguien más, alguien que derrama lágrimas. Las derrama por mí.
  El hotel me envuelve. Percibo con toda claridad sus latidos y su calor. En el sueño, yo soy una parte más del hotel.
  Así es el sueño.
  Me despierto. ¿Dónde estoy?, me pregunto. No sólo lo pienso, sino que me formulo la pregunta en voz alta: "¿Dónde estoy?". Pero es una pregunta absurda. E innecesaria, porque ya sé la respuesta: estoy aquí, y ésta es mi vida. Mi día a día. Ese apéndice del mundo que es mi existencia. Numerosos asuntos, cosas, circunstancias que, aunque no recuerdo haber consentido, se han vuelto atributos míos sin darme cuenta. A veces, una mujer duerme a mi lado. Pero, por lo general, duermo solo. Sólo yo y el rumor de la autopista que se extiende frente a mi apartamento, el vaso en la mesilla de noche (en cuyo fondo suelen quedar unos cinco milímetros de whisky) y la hostil -aunque quizá sea sólo indiferente- luz matinal cargada de polvo. En ocasiones llueve. Entonces me quedo en la cama, embobado. Si aún hay whisky en el vaso, me lo bebo. Y, mientras veo caer del alero las gotas de lluvia, pienso en el Hotel Delfín. Pruebo a desperezar lentamente los brazos y las piernas. Eso me confirma que yo soy sólo yo, y que no formo parte de nada. No formo parte de nada, me digo. Pero la sensación del sueño persiste todavía en mí. Hasta el punto de que juraría que puedo estirar la mano y tocarlo, y que todo eso que me engloba reacciona moviéndose. Cada elemento lo hace de manera ordenada, lenta y cuidadosa, produciendo en cada fase un leve ruido, como el de un pequeño artilugio automático que funcionara a base de agua. Si presto atención, oigo unos sollozos apagados. Una voz sofocada. Sollozos procedentes de algún lugar oscuro. Alguien llora por mí.»   (pp. 9-10)

martes, 31 de julio de 2012

1Q84: el tercer sueño

«El tercer sueño se resistía a ser descrito con palabras. Era un sueño incoherente, no ocurrían cosas en un escenario concreto. Consistía en meras sensaciones de transición, de movimiento. Aomame se desplazaba sin pausa en el tiempo y en el espacio. No importaba en qué lugar se hallaba ni en qué momento. Lo relevante era el hecho de transitar entre distintos puntos. Todo era mutable y lo significativo era esa mutabilidad. Pero en medio de esa fluctuación, su cuerpo se iba volviendo progresivamente transparente. Las palmas de sus manos clareaban hasta que dejaban ver lo que había del otro lado. Ella podía examinarse sus huesos, su útero y sus vísceras. Tal vez estaba a punto de desaparecer. Aomame se preguntaba que ocurriría cuando ya no pudiese verse a sí misma. No obtenía respuesta.»
del escaparate de la librería de la estación de Hiroshima, 21/5/2011
1Q84. Libro 3. Trad. Gabriel Á. Martínez. Tusquets y Círculo de Lectores (2011). H.Murakami

viernes, 20 de mayo de 2011

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Grúas en Tokio. Foto IA.
«—Ya lo estoy haciendo. Pero hay demasiadas cosas complicadísimas, muy embrolladas unas con otras. Y no puedo desembrollarlas, ir separándolas una a una. No sé cómo hacerlo.
   Mi tío sonrió.
   —Hay un truco para hacerlo. La mayoría de la gente toma resoluciones equivocadas justamente porque no lo conoce. Y luego, cuando fracasa, va por ahí quejándose, echándole la culpa a los demás. He visto eso muchas veces y te aseguro que odio verlo. Quizás esté siendo un poco presuntuoso, pero el truco consiste en empezar por las cosas poco importantes. O sea, en una escala de la A a la Z, no empezar jamás por la A, sino por la XYZ. Dices que el asunto está demasiado embrollado y que se te escapa de las manos. ¿No será porque quieres resolverlo partiendo de arriba? Cuando tienes que decidir algo importante, lo mejor es dar prioridad a los detalles insignificantes. Empezar por cosas realmente estúpidas, por esas que cualquiera puede ver, que cualquiera puede entender. E invertir mucho tiempo en ellas. Mis negocios ya sabes que no son nada del otro jueves. Cuatro o cinco locales de poca monta en Ginza. No son gran cosa, nada de lo que pueda presumir. Pero si hablamos en términos de éxito o fracaso, yo no he fracasado ni una sola vez. Y es porque he seguido siempre fiel a este truco. Todos los demás se saltan a la torera las cosas tontas, obvias, y avanzan demasiado rápido. Yo no. Es a las cosas más tontas a las que dedico más tiempo. Porque sé que cuanto más tiempo se les dedica, mejor va todo luego.—Mi tío bebió un sorbo de whisky—. Supongamos, por ejemplo, que vamos a abrir un local. Un restaurante, un bar, cualquier cosa. Imagínate la situación. Quieres abrir un local. Entre varios lugares posibles, tienes que elegir uno. ¿Qué harías?» (p. 353)

 Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994). Haruki Murakami
 Traducción de Lourdes Porta y Junichi Matsuura. Tusquets 2001

martes, 5 de abril de 2011

Tokio de noche

Japón 2008
«Cuando me harté de andar, entré en una cafetería que permanecía abierta toda la noche y me dispuse a esperar el primer tren leyendo y tomando otra taza de café. Poco después la cafetería se llenó de personas que, al igual que yo, esperaban el primer tren. El camarero se acercó y me preguntó si me importaba compartir la mesa con otros clientes. Accedí. Total, estaba leyendo. ¿Por qué iba a molestarme que se sentara alguien enfrente?
   Dos chicas tomaron asiento. Tendrían una edad similar a la mía. Aunque no eran dos bellezas, no estaban mal. Tanto el vestido como el maquillaje de ambas eran discretos, y no parecían la clase de chicas que ronda a las cinco de la madrugada por Kabukichō. Pensé que algo debía de haberles sucedido para que hubieran perdido el último tren. Ellas suspiraron aliviadas al verme. Yo iba correctamente vestido, me había afeitado aquella misma tarde y, además, estaba absorto en la lectura de La montaña mágica, de Thomas Mann.
   Una de las dos chicas era alta y corpulenta, vestía una parka de color gris y unos vaqueros blancos, en las orejas lucía unos grandes pendientes con forma de concha, y cargaba una cartera de plástico grande. La otra era menuda, llevaba gafas, vestía una camisa a cuadros, una chaqueta azul y, en un dedo, lucía una sortija con una turquesa. Tenía dos tics: quitarse y ponerse las gafas y presionarse los ojos con las puntas de los dedos.
   Ambas pidieron café con leche y dos trozos de pastel, y se lo tomaron despacio mientras discutían algo en voz baja. La chica alta inclinó varias veces la cabeza en ademán dubitativo, la menuda asintió otras tantas. La música de Marvin Gaye, o de los Bee Gees, me impidió entender lo que estaban diciendo, pero, por lo que pude colegir, la menuda estaba triste, o enfadada, y la otra intentaba tranquilizarla. Yo leía el libro y las observaba, alternativamente.
   Cuando la chica menuda, bolso al hombro, se dirigió a los servicios, la otra me abordó. Yo dejé el libro y la miré.
   —Disculpa. ¿Conoces algún bar por aquí cerca donde podamos tomar una copa?
   —¿A las cinco de la madrugada? —le pregunté sorprendido.
   —Sí.
   —A las cinco y veinte de la mañana, la gente está tratando de que se le pase la borrachera o bien deseando llegar a casa.
   —Lo sé —dijo ella avergonzada—. Pero a mi amiga le apetece tomar una copa. Tiene sus razones y...
   —Me parece que no tendréis otro remedio que beber en casa.
   —Ya... Pero yo tomo un tren para Nagano a las siete y media de la mañana.
   —En ese caso, lo único que se me ocurre es que compréis unas bebidas en una máquina expendedora y os sentéis en la calle.
   Me pidió que las acompañara porque dos chicas no podían hacer semejante cosa. Yo había tenido varias experiencias extrañas en Shinjuku a aquellas horas, pero era la primera vez que dos desconocidas me invitaban a beber a las cinco y veinte de la madrugada. Me daba pereza negarme, y tampoco tenía otra cosa que hacer, así que me acerqué a una máquina expendedora de allí cerca, compré varias botellas de sake y algo para picar, y los tres nos dirigimos a la salida oeste de la estación y allí iniciamos nuestro improvisado festín.»

Tokio Blues (p. 114-116). Haruki Murakami.
Traducción de Lourdes Porta. Tusquets, 2005.

sábado, 12 de febrero de 2011

Desconexión Murakami

1Q84, Haruki Murakami«Si no lo entiendes sin que te lo explique, quiere decir que no lo entenderás por más que te lo explique.» 1Q84, H. Murakami, Trad. G. Álvarez Martínez (Tusquets 2011). Si lo comprendes y deseas continuar, visita al Lector mal-herido. Yo me quedo en la La isla de Sajalín con la Sinfonietta de Janáček.

jueves, 8 de abril de 2010

Murakami, escritor y corredor (o viceversa)

[Murakami entrenándose para correr uno de sus muchos maratones]

    “Les sonará raro, pero, precisamente cuando tengo que hablar delante de la gente, me siento más cómodo haciéndolo en mi (por otra parte bastante limitado) inglés que en japonés. Tal vez se deba a que, cuando intento contar algo coherente en japonés, me invade la sensación de que me ahogo en un mar de palabras. Ante mí se extiende una infinidad de opciones, de posibilidades. Como escritor, mantengo una relación demasiado estrecha con el idioma japonés. Por eso, cuando intento dirigirme en japonés a una pluralidad indeterminada de personas, ese profuso mar de palabras aumenta mi desconcierto y mi frustración.

    Cuando se trata del japonés, me gusta aferrarme, en la medida de lo posible, a la tarea de escribir yo solo ante mi mesa. Jugando en el campo propio del lenguaje escrito, puedo atrapar las palabras y su contexto e ir dándoles forma a mi antojo, con cierta libertad y eficacia. A fin de cuentas, ése es mi trabajo. Pero cuando pruebo a formular, en voz alta y delante de las personas, las ideas que yo creía haber capturado de ese modo, tengo la terrible sensación de que algo (algo importante) se me va escapando. Tal vez no me convenza esa especie de distanciamiento. Por otro lado, en la práctica, no suelo aparecer en público principalmente porque, por supuesto, procuro por todos los medios que mi cara no se haga muy conocida (no me gusta que me paren cuando, por ejemplo, voy andando por la calle).

    Cuando elaboro un discurso en una lengua extranjera, las opciones y posibilidades lingüísticas de que dispongo se vuelven inevitablemente bastante limitadas (me gusta leer libros en inglés, pero la conversación se me da bastante mal), así que, por el contrario, me enfrento a la situación con mayor comodidad. A fin de cuentas no es mi lengua materna. Éste fue un descubrimiento muy interesante. Por supuesto, prepararme me cuesta lo mío. Cuando doy una conferencia, subo al estrado tras haberme aprendido de carrerilla todo el texto, de unos treinta o cuarenta minutos, en inglés. Y es que es imposible conectar con el público si uno se limita a leer, punto por punto, lo que lleva escrito. Hay que elegir palabras fonéticamente fáciles de comprender e incorporar también alguna que otra gracia para que el público se relaje. Tengo que intentar transmitir hábilmente a mis interlocutores los rasgos de mi propio carácter. Para que me escuchen, tengo que lograr ponerlos de mi lado, siquiera sea temporalmente. Y, para ello, ensayo una y otra vez mi dicción. Es laborioso. Pero tiene el atractivo de que me enfrento a algo nuevo.

    Correr –tengo esa impresión- ayuda a memorizar discursos y cosas similares. Mientras te desplazas con tus piernas puedes ordenar mentalmente las palabras de un modo casi inconsciente. Sopesas el ritmo del texto y evocas el sonido de las palabras. Si tengo la mente ocupada en todo eso, puedo correr largo rato a una velocidad natural y sin forzar la máquina. Lo malo es que, mientras corres hablando para tus adentros, a veces se te escapa sin querer un gesto o un cambio de expresión que desconciertan al corredor que en ese momento viene hacia ti.”


De qué hablo cuando hablo de correr
Haruki Murakami (pp. 139-141)
Trad. de Francisco Barberán
Barcelona, Tusquets, 2010
[un libro, de frase corta y paso largo,
que se lee corriendo]

lunes, 11 de junio de 2007

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Crónica del pájaroquedacuerdaalmundo"Tooru Okada, un joven japonés que acaba de dejar voluntariamente su trabajo en un bufete de abogados, recibe un buen día la llamada anónima de una mujer. A partir de ese momento la vida de Tooru, que había transcurrido por los cauces de la más absoluta normalidad, empieza a sufrir una extraña transformación. A su alrededor van apareciendo personajes cada vez más extraños, y la realidad, o lo real, va degradándose hasta convertirse en algo fantasmagórico. La percepción del mundo se vuelve mágica, los sueños son realidad y, poco a poco, Tooru Okada deberá resolver los conflictos que, sin sospecharlo siquiera, ha arrastrado a lo largo de toda su vida. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo pinta una galería de personajes tan sorprendentes como profundamente reales. El mundo cotidiano del Japón moderno se nos aparece de pronto como algo extrañamente familiar."

HarukiMurakamiHeadEl año pasado no pudo ser y ahora sí: entonces lo empecé a leer pero no conseguí pasar del principio. Y ahora me pregunto como he podido tener este libro, un Murakami en estado de gracia total, cerrado casi un año. ¿Será que cada cosa tiene su momento? ¿Será que yo también tenía que dejar de trabajar y entonces no lo sabía? En cualquier caso, la magia de la lectura me tiene absorta de nuevo. Deseando avanzar pero temiendo acabar. Consciente del placer que me produce cada palabra, al mismo tiempo que abstraída por el relato y sin dejar de preguntarme, de nuevo, cómo puede ser que una historia así salga de una sola cabeza. Cómo una sola persona puede crear un universo tan diferente al tuyo, y la lectura puede hacer que habites en él.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Cuando lees un libro que te gusta

LibrosHarukiMurakamiMctildes dijo:
“Cuando lees un libro que te gusta no quieres que se acabe nunca.
Pasas el día pensando en el momento en que por fin podrás seguir con su lectura.
Mientras lees, vives una vida paralela en el universo que el autor ha creado.
Mientras lees, desapareces del mundo real (¿real?) para sumergirte en ese mundo inventado.
Si algo o alguien reclama tu atención te cuesta salir de allí y volver otra vez a lo cotidiano; de hecho, muchas veces no desearías hacerlo.
Por eso quieres que el libro tenga muchas páginas: vives en otra vida y, como ésta, no quieres que acabe.
Pero el libro se termina, siempre se termina.
Y tú experimentas una pequeña muerte, una desaparición del universo en el que estabas y tienes que abandonar. No quieres, pero es inevitable.
Buscas algo más, vuelves a veces a releer alguna página, el pequeño resumen que hay detrás (los comentarios y los recortes de periódico que ha dejado tu hermana). Pero sabes que ya no estás allí.
Entonces dices: bueno, hay tantos otros libros que esperan ser leídos que no pasa nada, empezaré otro.
Sí, pero no inmediatamente.
Dejas un tiempo intermedio, un tiempo de adaptación a la vida real; y en ese tiempo y en esa vida empiezas a pensar si el siguiente libro que tenías en espera te va a gustar tanto, si irá bien con el que acabas de dejar...
Además, tienes que empezarlo, y empezar un libro es emprender un viaje.
A veces da pereza, a veces te cuesta dejar a un lado el equipaje del anterior y, a veces, cuando ya has empezado el viaje te das cuenta de que no.
Pero sigues un poco más, porque te han dicho que está muy bien, o porque quizá todavía no has llegado a la inmersión total, o porque el autor ha hecho un gran esfuerzo y al menos le debes un intento más prolongado.
Y siempre encuentras otro libro, otro mundo en el que volver a empezar una vida distinta.
Y así, el ciclo no se acaba.
Y das las gracias a la lectura, que te permite vivir tantas vidas.”