miércoles, 21 de marzo de 2012

El tiempo es un canalla (y un cabrón)

El tiempo es un canalla. Jennifer Egan
“Utilizando su handset, empezó a crear un sistema para seleccionar posibles loritos entre sus 15.896 amigos. Utilizó tres variables: hasta qué punto andaban necesitados de dinero («necesidad»), las conexiones y el respeto de los que gozaban («alcance») y su predisposición a dejarse influenciar («corruptibilidad»). Eligió a varias personas al azar, les otorgó una puntuación de 10 a 0 en cada categoría y elaboró un gráfico tridimensional en su handset, en el que buscó puntos en los que confluyeran las tres líneas. Sin embargo, en todos los casos, tener una buena puntuación en dos categorías significaba obtener un resultado pésimo en la tercera: los que eran pobres y altamente corruptibles, como su amigo Finn, un actor fracasado y poco menos que drogadicto, que había colgado en su página una receta para preparar speedballs y que vivía básicamente de la caridad de sus antiguos compañeros de clase de Wesley (necesidad:9; corruptibilidad:10), no tenían alcance (1). Los que eran pobres pero influyentes, como Rose, una stripper y violonchelista cuyos cambios de peinado eran copiados de forma instantánea en algunos puntos del East Village (necesidad:9; alcance:10), eran incorruptibles (...) También había personas influyentes y corruptibles, como su amigo Max, el excantante de los Pink Buttons y actual potentado de la energía eólica, que tenía un triplex en el Soho y que cada año organizaba una fiesta por Navidad en la que se servían cantidades ingentes de caviar y que hacía que la gente empezara a besarle el culo ya en agosto, con la esperanza de ser invitados (alcance:10; corruptibilidad:8). Pero Max era popular precisamente porque era rico (necesidad: 0), de modo que no tenía incentivos para venderse.” (pp. 375-376)

A visit from the Goon Squad, Jennifer Egan, 2010.
El tiempo es un canalla. Traducción de Carles Andreu. Editorial Minúscula, 2011.
El temps és un cabró. Traducción de Carles Miró. Edicions de 1984, 2011.

1 comentario:

Scotty Hausmann dijo...

“Sí, en cierto modo las cosas se habían secado para mí. Trabajaba para el ayuntamiento como conserje en un colegio del barrio y, en verano, limpiaba la basura del parque que hay junto a East River, cerca del puente de Williamsburg. Esas actividades no me causaban ninguna vergüenza, pues comprendía lo que nadie más parecía pillar: que solo había una diferencia infinitesimal, una diferencia tan pequeña que apenas si existía como producto de la imaginación humana, entre trabajar en un rascacielos de cristal verde de Park Avenue y recoger basura en un parque. De hecho, es posible que no hubiera ninguna diferencia.” (pp. 124-125)