sábado, 4 de febrero de 2017

Nazario y Ocaña

Nazario Luque
LA VIDA COTIDIANA DEL DIBUJANTE
UNDERGROUND

Anagrama, 2016 - 296 páginas
De cuando Nazario era underground
[excesivo]
«Ocaña decía que ella sería eterna, que no moriría nunca, y, para conjurar la sombra de la muerte, se le ocurrió un día realizar un cuadro inmenso en el que aparecía muerto en la cama disfrazado de monaguillo con túnica roja y roquete blanco. Entre los asistentes al velatorio estaba él mismo, con un vestido primaveral todo cubierto de flores, como un ave Fénix, sobrevolado por un enjambre de cabezas de angelitos alados en los que estaban representadas las caras de todos sus más íntimos amigos y novios. En el cuadro no podía faltar una vista de Cantillana asomando por una ventana. ¿Había oído en alguna ocasión hablar de Espronceda y el estudiante de Salamanca encontrándose en la calle con su propio entierro? No creo que una persona tan vitalista como él tuviera esa visión romántica y torturada de la muerte. La muerte era para él algo totalmente improbable, por lo que su manera de tratarla debía ser lírica y festiva. ¡Y sobre todo teatral! Para él la muerte eran los cementerios encalados con cipreses, los velatorios con el aguardiente, los coros lorquianos de viejas enlutadas y los ataúdes escoltados por grandes cirios. No recuerdo que usara jamás una calavera ni un esqueleto como imagen de la muerte. «Nena, cuando nos muramos que nos entierren cerquita para seguir peleando hasta después de muertas», escribió Ocaña detrás de un cuadrito que le regaló a Alejandro.» (p. 146)
Ocaña, El Velatorio

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