domingo, 2 de abril de 2017

Regreso a la tierra, de Jim Harrison

Jim Harrison (1937-2016)
REGRESO A LA TIERRA
[Returning to Earth, 2007]
Trad. Esther Roig
RBA, 2009
"El dolor de no entender la Historia es evidente en América", Andrea Aguilar.
[apasionante]

«Así que subí a las dunas como pude, porque ya no estaba muy fuerte. Llegué a una cresta y la pase antes de descend a una concavidad de arena de un kilómetro y medio de ancho aproximadamente. En medio de la concavidad se extendía el bosquecillo de abedules y álamos. Me dije que aquel lugar estaba igual que en la época del primer Clarence. A lo mejor soy el, pensé, que es una cosa bien rara de pensar. Tenía un pañuelo y me sequé el sudor de los ojos, sintiéndome afortunado porque no había moscas en las dunas. A lo lejos, al noroeste, podía ver un oso solitario comiendo bayas y fresones silvestres en una ladera verde. No me daba miedo, aunque estuviera cerca del bosquecillo de abedules, porque no tenía oseznos. Es la hembra la que se pone intratable cuando tiene crías. Bueno, me llevo casi media hora llegar al bosquecillo, porque los músculos me fallaban y a veces me arrastraba, que era más fácil y más rapado. Me adentré en el bosquecillo y me subí a una enorme rama baja de abedul tal y como David me enseñó, echado boca arriba, de manera que la ligera brisa del lago Superior te meza suavemente. Era lo que quería. Fue una especie de milagro, porque no soplaba brisa hasta que me subí a la rama y mi cuerpo se calmó. Unos minutos después, en el mundo no existía ni exterior ni interior, no sé si me explico. Mi cuerpo enfermo desapareció pura y simplemente, al menos un raro, y después me dormí. En aquel lugar habitaba un espíritu que aportó un poco de paz a mi cuerpo. Puede que sólo fuera porque se levantó un viento que me meció como me había mecido mi madre en el balancín. Tenía los ojos cerrados, pero empecé a ver cosas, como en Canadá. cuando pasé tres días en la montaña. Mi cabeza engendró la visión de los osos con enormes alas de los que me había hablado la anciana en aquella barca con Flower. La cara de uno se parecía un poco a la mía. Me pregunté cómo se podían ver cosas con los ojos cerrados [Donald quiere una respuesta inmediata a esto, pero tendré que preguntar al neurólogo. Cynthia.] Por supuesto, cuando muera, tarde o temprano, y dejen de funcionarme los ojos, me pregunto cuánto tiempo seguiré viendo cosas y qué veré. A mi me parece una pregunta normal. Si tenemos un espíritu, ¿cómo y qué ve? Alrededor de los osos había cuervos, que siempre siguen a los osos para aprovechar su comida. Aquí también siguen a los lobos. Estuve allí un buen rato y, cuando por fin abrí los ojos, K estaba sentado con la espalda apoyada en el árbol, fumando un cigarrillo.
    —¿Cómo me has encontrado? —pregunté.
  —Anoche llovió un poquito y tú dejas un buen rastro, sobre todo cuando te arrastras.
    K me ayudó y no fue tan difícil volver al lago, aunque supe que nunca podría volver a hacerlo solo.» (págs. 24-25)

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