lunes, 22 de enero de 2018

Los niños perdidos, de Valeria Luiselli

Valeria Luiselli (México DF, 1983)
LOS NIÑOS PERDIDOS
(Un ensayo en cuarenta preguntas)
Sexto Piso, 2016 - 112 págs. - bibl. vila de gràcia
[impresionante, doliente, necesario]
«A lo largo de los meses he entrevistado a decenas de niños, y suelo recordar con claridad la mayoría de sus caras y voces. Pero se me confunden y mezclan las historias que cada uno me va contando a medida que avanzamos por las preguntas del cuestionario, quizás porque, aunque las historias de todos ellos son distintas, cada una es un fragmento de una historia compartida más amplia. Todos los niños llegan de lugares distintos, de vidas singulares, de experiencias únicas, pero una vez que registramos sus historias, éstas se encadenan unas con otras, y cuentan la misma historia espeluznante. Si alguien dibujara un mapa del hemisferio y trazara la historia de un niño y su ruta migratoria individual, y luego la de otro y otro niño, y luego las de decenas de otros, y después la de los cientos y miles que los preceden y vendrán después, el mapa se colapsaría en una sola línea —una grieta, una fisura, la larga cicatriz continental.
    Recuerdo con claridad una sola historia del primer día de trabajo en la corte, una historia apuntalada por un detalle que me sigue persiguiendo. La recuerdo en todos sus pormenores, quizá porque es la historia de un niño a quien meses más tarde me volví a encontrar, y en cuyo caso seguí trabajando como traductora. Hacia el final de la entrevista, el niño sacó de uno de sus bolsillos un papel doblado varias veces, percudido en las dobladuras y en los bordes. Lo desdobló con cuidado y me explicó que era una copia de una denuncia que había levantado en la policía hacía más de un año y medio. La denuncia registraba, en tres o cuatro frases escritas a máquina, con mala gramática y en mayúsculas, que el sujeto en cuestión levantaba una queja contra miembros de una pandilla que lo esperaban todos los días afuera de la escuela, lo seguían hasta su casa, y lo amenazaban de muerte. El documento terminaba con la promesa vaga de «investigar» la situación. Después de enseñármelo, el niño volvió a doblar el documento y se lo metió al bolsillo del pantalón, como si se guardara un talismán.
    Más tarde, volviendo a casa en el metro con mi sobrina —ambas haciendo un esfuerzo completamente inútil por diseccionar la maraña de información legal en categorías concretas, por organizar la nebulosa de ideas en conceptos claros y la avalancha de historias en un orden narrativo compartible— la imagen de ese pedazo de papel me volvía a la cabeza, con la insistencia con que regresan los símbolos. Un papel sudado, erosionado contra la tela del bolsillo de un pantalón, un documento que había viajado miles de kilómetros, a bordo de trenes, a pie, en camiones, a través de varias fronteras, hasta la corte de inmigración de una ciudad, donde por fin había sido desdoblado y leído por alguien. El pedazo de papel registraba, a la vez, la historia de los motivos de un viaje y, de modo más invisible pero igualmente material y concreto, la historia de ese viaje.
    Los niños salen de sus casas en compañía de coyotes, que cobran entre 3 y 7 mil dólares para llevarlos hasta la frontera —y no se les puede, por contrato apalabrado, acusar de nada si algo sale mal en el trayecto. No todos los coyotes permanecen con los niños una vez que cruzan la frontera, así que una vez del otro lado están solos, básicamente a merced de su buena estrella. Se suele pensar que cruzar la frontera exitosamente es no ser visto y capturado por la migra. Pero no es el caso con los niños. Los niños saben que la manera más segura de proceder es ponerse en manos de la Border Patrol —la temible, pero al fin y al cabo pioresnada migra. Cruzar solos el desierto es demasiado peligroso, si no es que imposible.» (págs. 43-45)

[de la contraportada] «¿Por qué viniste a los Estados Unidos? Ésa es la primera pregunta del cuestionario de admisión para los niños indocumentados que cruzan solos la frontera». A partir de su trabajo como traductora para la defensa de niños migrantes en la corte migratoria de Nueva York, Valeria Luiselli pudo conocer de primera mano el enredado proceso legal del que, literalmente, depende el futuro de los miles de niños centroamericanos que arriesgan la vida para cruzar las fronteras de México y Estados Unidos con tal de escapar del infierno cotidiano en sus respectivos países de origen. Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas) es un testimonio brutal, íntimo, escrito con una prosa franca, brillante y lúcida, que observa la realidad de los niños migrantes desde una distancia situada entre el deseo de remediar el desamparo existencial en el que se encuentran sumidos y la impotencia que desata la incapacidad para hacerlo. Y es que, como cuestiona con honestidad la propia Luiselli: «¿Cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad?». Utilizando como hilo conductor el cuestionario de cuarenta preguntas que sirve de base para el proceso legal que determinará su situación, Luiselli se ha adentrado en la realidad de los niños migrantes para mostrarnos una radiografía tanto de sus vidas pasadas, presentes y futuras, como del laberíntico y despiadado sistema migratorio de Estados Unidos.

1 comentario:

de p. 45: dijo...

"Recuerdo un adolescente que, durante nuestra primer entrevista en la corte, me contaba de su creciente desesperación cuando, tras horas de caminar por los llanos áridos del sur de Nuevo México, bajo el sol ardiente, no aparecía la migra. Y luego, de su alivio inmenso cuando por fin apareció en el horizonte una camioneta blanca. Mi mamá siempre me dice que nací con buena suerte, remató. Los menores que cruzan la frontera caminan por los caminos más transitados para que alguien, quien sea, los pueda ver y atrapar. También saben que, si no son detenidos formal y legalmente en este momento preciso, es improbable que lleguen a su destino final, a casa de algún pariente en alguna ciudad lejana de la frontera. Seguir el viaje solos por Estados Unidos..." [es mucho peor]

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