viernes, 20 de julio de 2018

Siete cuentos morales, de JM Coetzee

John M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940)
SIETE CUENTOS MORALES
[Moral Tales, 2018]
Trad. Elena Marengo (Argentina)
Random House, 2018 - 124 págs.
Coetzee congela la sangre, JLdeJ
[impactante]
«La mujer está de visita en casa de su hija, en Niza; primera visita en años. El hijo vendrá de Estados Unidos y compartirá con ellas unos días, de paso para algún congreso. [41] No arruinemos este hermoso día con discusiones. Me has hecho tu propuesta, la escuché, y te prometo pensarla. Dejémoslo ahí. Es muy poco probable que acepte, como habrás adivinado. Mi pensamiento va en una dirección totalmente distinta. Hay algo en que los viejos superan a los jóvenes: en morir. A los viejos les atañe morir bien, mostrar a los que siguen cómo puede ser una buena muerte. En esta dirección va mi pensamiento. Me gustaría concentrarme en morir bien. [48] —¿Y cuáles son los talentos que te parece estar perdiendo, mamá? —dice cautelosamente el hijo. —Voy perdiendo —contesta ella como si tal cosa— la capacidad de desear. [54] ¿Te gustaría conocer mi doctrina sobre la energía? Es esta: a medida que envejecemos, cada porción de nuestro cuerpo se deteriora o sufre los efectos de la entropía, incluso las mismas células. Aunque estén todavía sanas, las células viejas tienen un tono otoñal. También las células del cerebro: tienen un tinte otoñal. [54] Lo que piensa es otra cosa: ¿Quién habla así con sus hijos, con hijos a quienes probablemente no vea nunca más? También piensa: Este es precisamente el tipo de pensamiento que tendría una mujer en el otoño de la vida. Todo lo que veo, todo lo que digo lleva el matiz de esa mirada hacia atrás. ¿Qué me queda? Soy la que llora. [55]» (extracto de UNA MUJER QUE ENVEJECE, págs. 41-55)

lunes, 16 de julio de 2018

Correo literario, de Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska (Polonia, 1923 - 2012)
CORREO LITERARIO
[Poczta literacka, czyli jak zostać (lub nie zostać) pisarzem, 2000]
Trad. Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz
Nórdica Libros, 2018 - 176 págs. - fragmentos
Katixa lo deboró
[delicioso]
«Ula, Sopot. ¿Definir la poesía en una sola frase? ¡Uf! Conocemos al menos quinientas definiciones de otros, pero ninguna nos parece lo suficientemente precisa y amplia a la vez. Todas ellas expresan el gusto de su época. Nuestro natural escepticismo nos impide intentar definirla de nuevo. Pero recordamos un bonito aforismo de Carl Sandburg: «La poesía es un diario escrito por un animal marino que vive en la tierra y que quiere volar por los aires». ¿Le sirve, de momento?

Kutno. En verdad, sería justo y admirable que la intensidad del sentimiento por sí sola determinara el valor artístico del poema. En ese caso resultaría, sin duda, que Petrarca era un cero a la izquierda comparado con un joven apellidado, por ejemplo, Bombini, ya que Bombini realmente enloqueció de amor, mientras que Petrarca consiguió conservar el equilibrio emocional necesario para inventar bellas metáforas.

K. K., Bytom. Lamentamos tener que repetir todo el tiempo: inmaduro, trivial, amorfo… Pero, al fin y al cabo, no se trata de una sección para premios Nobel, sino para los que tendrán que esperar todavía un tiempo antes de encargar un frac y viajar a Estocolmo. Nos apena que considere usted el verso libre como una liberación de todo tipo de reglas. Escribe usted frases sueltas que corta como le viene en gana y coloca algunas palabras a la derecha, y después otras a la izquierda. La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego y no existe un juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?

Baśka. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Pensamos que es usted efectivamente una chica muy guapa.

Helena B., Lublin. A su grata pregunta sobre qué poeta se considera actualmente el más atractivo contestamos atentamente que sigue siendo Publius Ovidius Naso.» (diferentes respuestas)

jueves, 12 de julio de 2018

La muerte de Napoleón, de Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935 - Canberra, 2014)
LA MUERTE DE NAPOLEÓN
[Le mort de Napoléon, 2006]
Trad. José Ramón Monreal
Acantilado, 2018 - 152 págs. - inicio
[curiosa ficción histórica]
«Primero, tenía que forjar las armas. Comenzó por elaborar una serie de dosieres sobre los principales ministros, altos funcionarios y personalidades militares del Imperio que habían conseguido asegurarse de nuevo una posición de influencia en el aparato actual. Debía de ser posible, si no apelando a su lealtad, al menos recurriendo al chantaje —y en eso había un aspecto esencial de estos dosieres para cuya compilación su memoria y su asombroso conocimiento de los detalles políticos y policiales de los asuntos del Imperio le eran de gran ayuda—, hacer progresivamente que cierto número de estos personajes pusieran de nuevo en secreto a su servicio las fuerzas de las que ya podían disponer parcialmente en los ministerios y las administraciones, en el Consejo de Estado, en el Senado, y sobre todo en el Ejército y la Policía. Así, un poder oculto crecería poco a poco en el seno del poder aparente, desdoblando sus funciones y bombeando sus energías hasta el día en que, seguro de sus redes oscuras, el primero, con un solo golpe de fuerza, pudiera reemplazar al segundo ya caduco. » (págs. 125-126)

lunes, 9 de julio de 2018

Abierta y aireada

«Cuando por la montaña, que cierra a poniente, el halcón se llevaba la claridad del cielo, siguiendo el verso de Espriu, miré esta tierra. Al sur, más allá de cala Granadella, se veía el cabo de Moraira, sobre su perfil asomaba la cresta del peñón de Ifach y el norte lo poseía entero el cabo de la Nao. La casa de Raimon en Xabia está colgada de un acantilado sobre el mar y en este caso el halcón del poema Espriu fue sustituido por un bando de cormoranes que se llevaba hacía el sur la última luz de la tarde y la primera sombra subía del mar y comenzaba a temblar. Entonces miré esta tierra, pero ya estábamos sentados a la mesa para degustar una pasta con calabacines y basílico que había preparado Annalisa. Después hubo ensaladas de varias hierbas e intercambio de recetas para adelgazar. Cuando el viento nos hablaba de la soledad de nuestros muertos miré esta tierra y salieron los nombres de viejos amigos, de Joan Fuster, de Andreu Alfaro, que se habían ido con Ausiàs March al más allá. El poema He mirat aquesta terra, de Espriu, es lo mejor que ha cantado Raimon, que acaba de sacar un libro con todas las letras de sus canciones. Cuando el verano enlazaba por todo el campo adormecido el amplio silencio que extienden los grillos, miré esta tierra y comenzamos a añorar los tiempos en que Cataluña abierta y aireada tiraba alegremente del resto de España hacia Europa y no lo que es ahora, un engendro político producto de un mal parto ideológico. Cuando la lluvia traía el olor del polvo de las ásperas hojas de árboles lejanos, pasando el arado sobre los recuerdos, miré esta tierra, que es la nuestra y la mirada llegaba a Italia y a Grecia perdidas en la memoria del mar y en la sobremesa navegábamos hacia ellas en los barcos que formaban las rajas de sandías, hasta que al final la melancolía se fundió en las infusiones de salvia.»
Cormoranes
Manuel Vicent
El País, 8/07/2018



Quan la llum pujada des del fons del mar
a llevant comença just a tremolar,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Quan per la muntanya que tanca el ponent
el falcó s'enduia la claror del cel,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Mentre bleixa l'aire malalt de la nit
i boques de fosca fressen als camins,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Quan la pluja porta l'olor de la pols
de les fulles aspres del llunyans alocs,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Quan el vent es parla en la solitud
dels meus morts que riuen d'estar sempre junts,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Mentre m'envelleixo en el llarg esforç
de passar la rella damunt els records,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Quan l'estiu ajaça per tot l'adormit
camp l'ample silenci que estenen els grills,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Mentre comprenien savis dits de cec
com l'hivern despulla la son dels sarments,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

Quan la desbocada força dels cavalls
de l'aiguat de sobte baixa pels rials,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.

He mirat aquesta terra (1980)
Salvador Espriu – Raimon
(y la versión de Sílvia PC)



DESDICHA (postdata de 2008):
Juan Marsé“No me fío de los nacionalismos ni de sus banderas, no me fío de los himnos, ni de la historia oficial, ni de sus monumentos, ni de su mística patriotera; me parecen formas larvadas de racismo, petulancia y desdicha. En su nombre se dicen sandeces, cuando no se cometen atrocidades.”

Juan Marsé (Barcelona, 1933)

jueves, 5 de julio de 2018

Museo animal, de Carlos Fonseca

Carlos Fonseca (Costa Rica, 1987)
MUSEO ANIMAL
Anagrama, 2017 - 448 págs. - fragmento
Importante para Nadal y tutti quanti
[Too much para mí]
«[...] Sin pensarlo mucho, más por método que por otra cosa, se limitó a copiar en su computadora la ristra de nombres y apuntes que allí aparecía:

Baudelaire, Flaubert, Wilde, Joyce, Pound, Brecht, Burroughs, Nabokov, Brodsky, Onetti, Passolini, Bernhard. En cada uno de los casos, la literatura ante el juez. También allí, en la literatura, hay una disputa entre el oficio y la ley. Recordar siempre al joven Kafka, que a los veintisiete años escribe en su diario: "Estamos fuera de la ley, nadie lo sabe y sin embargo todo el mundo nos trata conforme a ello." Siempre recordar a Kafka, el gran soltero de las parábolas imposibles.

[...] Lugares para desaparecer detrás de nombres falsos, se dijo. Volvió a tomar un poco de café y releyó la cita que había dado paso a la historia de Traven:

B. Traven, Hart Crane, Ambrose Bierce, Arthur Cravan: desaparecer en el temible Sur. Convertir la desaparición en la propia obra. Antonin Artaud, Malcolm Lowry, William Burroughs, Jack Kerouac: desaparecer entre los infiernos y regresar, como Dante, para contar la historia. La única verdadera obra es la desaparición misma.»
(págs. 224 y 256)

domingo, 1 de julio de 2018

Pulse enter para continuar, de Ana Galvañ

Ana Galvañ
PULSE ENTER PARA CONTINUAR
Apa Apa Còmics, 2018 - 96 págs.
[inquietante]
«Pulse Enter para continuar. Para sufrir con una mujer-muñeca de circo difamada desde que dejó de ser útil, de dar dinero. Para ser controlada mentalmente en campamentos interestelares con puertas de cristal líquido. Para sufrir chantajes con virus informáticos que se nutren de nuestros traumas más inconfesables. Para entender la malicia de las grandes corporaciones en escenas pequeñas y cotidianas, reales pero surrealistas. Para comprender por qué debería caer el sistema. Para entrar en las dimensiones desconocidas, tan reconocibles, de Ana Galvañ: ciencia ficción y enfado cósmico; John Varley y Rod Serling en colores difuminados. Que no le tiemble el pulso. No lea los términos y condiciones. Pulse Enter para continuar.» (contraportada)

viernes, 29 de junio de 2018

El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández

Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)
EL DOLOR DE LOS DEMÁS
Anagrama, 2018 - 312 págs.
Una novela que creará escuela, JE Ayala-Dip
[arriesgar y ganar]
«Desde que comencé a pensar en la posibilidad de escribir este libro, almorzar en El Yeguas se convirtió para mí en algo diferente. Volver allí ya no era solo reencontrarme con mis hermanos tras la muerte de nuestros padres, también comenzó a tener que ver con la literatura, con ese otro universo que tan alejado he creído siempre de mi origen. Mientras escribía o pensaba escribir esta historia, sentía que mis dos mundos se encontraban. Y tuve la oportunidad de comprobarlo el día que mi hermano Emilio dejó caer en el bar que yo quería escribir sobre el crimen de la casa de la Rosario. Hasta ese momento, ninguno de los que almorzaban en El Yeguas cada mañana se había interesado por nada de lo que había escrito. Aunque de las paredes colgasen varios recortes de prensa, en el fondo nadie sabía de qué trataban aquellos libros sobre arte y estética que yo publicaba. Sin embargo, el mero hecho de nombrar el crimen de la casa de la Rosario comenzó a congregar parroquianos en torno a la mesa. Iba a escribir sobre algo que incumbía a todos. Por primera vez, lo que yo hacía, mi trabajo, parecía tener cierto sentido.» (pág. 51)

viernes, 22 de junio de 2018

Papitu, de Carlota Benet

Carlota Benet Cros (1981)
PAPITU. El somriure sota el bigoti
Pròleg de Sergi Belbel
Columna Edicions, 2018 - 200 pàgs.
inici - presentació - bibl. Sant Antoni
[els misteris de l'Alzheimer]
«Ara que hi penso, aquest no és un detall sense importància. De sempre, el seu tracte cap a mi va ser d’una delicadesa enorme. Intentava posar-se en el meu lloc i era molt perceptiu a l’hora de detectar els meus problemes i humors. Per això, el dia que va deixar de fer-ho ho vaig notar de seguida. No sabia que l’Alzheimer li acabava de fregir la connexió de l’empatia. Ni tan sols era conscient que aquesta malaltia afectés els trets de caràcter, em pensava que només perjudicava la memòria. Però em vaig començar a preocupar, no perquè sospités que estava malalt, ni molt menys, sinó perquè veia que no podia connectar amb ell com ho havia fet sempre i no entenia el perquè.
    Ara ja sé que patia un deteriorament cognitiu que s’ha anat emportant en vida el Papitu que coneixien els seus amics (sempre li han dit Papitu com a diminutiu de Josep) i s’ha endut el meu Papitu (jo li dic així perquè quan era una nena em va dir que volia dir «papa» petit). Aquesta afecció terrible n’ha deixat una versió desvalguda i esvaïda que poc té a veure amb l’home vivaç, nerviós i ple de projectes que havia estat sempre. Així, el primer símptoma que en vaig detectar va ser la manca de finesa. Me’n vaig començar a adonar el 2010, uns quatre anys abans del diagnòstic oficial, a l’època que jo vivia als Estats Units. Recordo que en acabar les nostres freqüents converses per Skype em quedava un mal regust de boca que no sabia a què atribuir. A poc a poc em vaig començar a adonar que era perquè em feia molt poques preguntes sobre les meves coses i, quan les hi explicava, semblava que no les acabava d’entendre. Sobretot no reaccionava amb els comentaris adequats, una cosa que pot semblar estranya de dir. Però és que ell havia estat sempre tan perceptiu, tan intuïtiu, amb tan bona orella per als matisos de les relacions humanes... que la seva recent manca de subtilitat se’m feia evident i, per què no dir-ho, dolorosa.» (pàgs. 25-26)

domingo, 17 de junio de 2018

Permagel, d'Eva Baltasar

Eva Baltasar (Barcelona, 1978)
PERMAGEL
Club Editor, 2018 - 192 pàgs. - fragment i 2n capítol
[lírico, intenso, vivo (es llegeix d’un glop)]
«Era francesa, marsellesa com l’himne nacional, en realitat. El centre neuràlgic de la seva bellesa residia en el fet de ser francesa. Jo estava enamorada de la seva nacionalitat, un segon rostre de faccions perfectes que s’emmotllava al primer com una pel·lícula quasi transparent, però amb l’encant dels grans clàssics. Es deia Roxanne i era més baixa que jo, més prima que jo, més intel·ligent que jo i més noble que jo. També tenia més estudis: un doctorat en literatura i títols superiors d’anglès, d’alemany i d’italià. A més, tocava el piano de meravella. [...] Practicava l’escalada i, tot i que en aquella època no em podia ni imaginar sense ella, la primera vegada que vaig veure el seu cos nu vaig pensar que totes les meves futures amants havien d’haver estat, prèviament, grans amants de l’escalada. Tenia uns músculs perfectes, vibrants i recoberts d’una pell flexible i impecable. Cada postura seva al llit constituïa un estudi anatòmic en sanguina d’una precisió inaudita, tan excitant com una primera visita al Buonarroti. Recordo els seus abdominals, quiets i imponents com la closca d’una tortuga, i els arcs tensats dels braços, els glutis, les cuixes i els bessons, compactes com cranis pensants, centrats exclusivament en mi, en el meu plaer, en assolir l’extrem del meu plaer. Mai abans i mai després he passat tantes nits follant. Nits senceres, vull dir, cinc i sis i set hores de follar sense descans, amb ella al meu damunt, generalment. “Parla’m en francès”, li demanava. I ella em deia coses que entenia i altres que no però que no em calia entendre. En tenia prou amb escoltar-la, amb deixar que les seves paraules penetressin el meu cos i me’l fonguessin d’una manera no previsible, estranya. La seva veu m’estremia amb violència i em consumia amb celeritat, ben bé com un floc de cabells socarrat per la brasa d’un cigarret. Tot el meu cos s’encongia i es caragolava en un instant, agredit pel seu accent com una eruga tovíssima per un bec d’acer. Ah! Ho revisc ara, en escriure-ho, i milions de cèl·lules, dins meu, es passen els seus cubells d’aigua encesa per anar a apagar no sé quin foc. Veloces i cegues. El cor se m’inflama adolorint la pleura, tan poc avesada ja a seguir-li el joc. Roxanne. [...] Tenia unes mans blanques d’artells fins i capcirons polits. Abans de tocar el piano estenia els dits sobre el teclat, semblava que hi reposessin un moment, continguts i disposats alhora, com la filera d’instrumental quirúrgic apariada abans d’una intervenció molt delicada. Després els articulava amb subtilesa, els movia seguint les indicacions d’alguns músculs del seu coll, que s’accionaven mil·lèsimes de segon abans que ells. Jo l’escoltava i el so de les cordes del piano em penetrava com les seves paraules, estremint-me i generant dins meu onatges inexplicables i una mena de gelosia autocomplaent. Seguia els moviments inintel·ligibles dels seus dits, avançant el moment en què la peça musical moria, finalment. Ella adorava Satie. “És fàcil”, deia. I interpretava una vegada i una altra Je te veux, el número u de les Gymnopédies i el dos dels Nocturnes. “Són llarguíssims”, em queixava jo. “Només són tres minuts”, reia ella. I els tornava a interpretar. I jo em recreava en aquella imatge de la meva francesa tocant el piano. Però alhora moria a cada segon. I era una manera de morir molt digna i acceptable.» (págs. 113-117)

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