jueves, 14 de diciembre de 2017

El futuro es vegetal, de Stefano Mancuso

Stefano Mancuso
EL FUTURO ES VEGETAL
Trad. David Paradela
Galaxia Gutenberg, 2017 - 240 págs. - fragmento
[más sobre el apasionante mundo vegetal]
«Una planta no es un animal. Esta afirmación puede parecer la quintaesencia de la banalidad, pero me he dado cuenta de que nunca está de más recordarlo. Lo cierto es que nuestra idea de una vida compleja e inteligente corresponde a la vida animal, y como, inconscientemente, no encontramos en las plantas las características típicas de los animales, las catalogamos como seres pasivos (es decir, «vegetales»), negándoles cualquiera de las capacidades típicas de los animales, desde el movimiento a la cognición. Es por eso que, cuando vemos una planta cualquiera, debemos recordar que estamos observando algo que está construido a partir de un modelo completamente distinto del modelo animal. Un modelo tan diferente que, comparados con él, los alienígenas del cine de ciencia ficción no son más que simpáticas fantasías infantiles.

Las plantas no se nos asemejan en nada; son organismos distintos, una forma de vida cuyo último antepasado común con los animales se remonta a seiscientos millones de años, la época en que la vida, recién salida de las aguas, empezaba a conquistar la tierra firme. Plantas y animales se separaron en ese momento para seguir cada cual un curso distinto. Mientras que los segundos se organizaron para desplazarse por la tierra, las primeras se adaptaron al entorno arraigándose en el suelo y empleando como fuente de energía las inagotables emisiones luminosas del sol. A juzgar por su éxito, nunca hubo elección más acertada: hoy en día, no existe un solo rincón del planeta que los vegetales no hayan colonizado, y su grado de difusión con respecto al total de seres vivos es aplastante. Existen varios cálculos —muy variables, no es fácil medir el peso de la vida— acerca de la cantidad de biomasa vegetal de la Tierra, pero ninguna atribuye a las plantas una cantidad inferior al 8o %. En otras palabras: al menos el 8o % del peso de todo lo que vive en la Tierra se compone de vegetales. Un porcentaje que da la medida, única e indiscutible, de su extraordinaria capacidad adaptativa.

La elección inicial de permanecer ancladas al suelo condicionó las sucesivas modificaciones del cuerpo de las plantas, el cual evolucionó adoptando soluciones tan distintas de las de los animale que para nosotros resulta poco menos que incomprensible. El resultado final es que las plantas no tienen cara ni articulaciones ni, en general, una estructura reconocible que las aproxime a los animales, y eso hace que sean prácticamente invisibles. Las consideramos una parte más del paisaje: vemos lo que comprendemos, y no comprendemos más que lo que es similar a nosotros. Esto es lo que determina la alteridad de las plantas.

¿En qué sentido el modelo vegetal se aparta del modelo animal? ¿Qué características tienen las plantas que las hacen tan lejanas e incomprensibles? Una primera, y enorme, diferencia es que las plantas, al contrario que los animales, no poseen órganos individuales o dobles a cargo de las funciones principales del organismo. Para una planta que vive arraigada al suelo, sobrevivir a los ataques de los depredadores representa un problema mayúsculo: puesto que no puede huir, como haría cualquier animal, su única posibilidad de supervivencia reside en resistirse a la depredación, en no doblegarse a ella. Esto es fácil de decir, pero muy difícil de lograr. Para cumplir este milagro es necesario poseer una constitución distinta de la de los animales. Hay que ser una planta y carecer de puntos débiles evidentes, o, cuando menos, tener menos puntos débiles que los animales. Los órganos, por ejemplo, son un punto débil. Si una planta tuviera un cerebro, dos pulmones, un hígado, dos riñones y demás, estaría destinada a sucumbir ante el primer depredador —por minúsculo que fuera, como un insecto— que atacase uno de estos puntos vitales y mermara su funcionalidad. Por eso las plantas no disponen de los mismos órganos que los animales, y no porque, como podríamos pensar, no sean capaces de llevar a cabo las mismas funciones. Si las plantas tuvieran ojos, orejas, cerebro y pulmones, nadie dudaría que fueran capaces de ver, oír, calcular y respirar. Pero como no poseen los mismos órganos que nosotros, necesitamos hacer un esfuerzo con la imaginación para comprender sus refinadas capacidades.

En general, las plantas distribuyen por todo el cuerpo las funciones que en los animales se concentran en órganos específicos. La clave esta en descentralizar. Con los años hemos descubierto que las plantas respiran con todo el cuerpo, que oyen con todo el cuerpo, que calculan con todo el cuerpo y así sucesivamente. Distribuir todas las funciones lo más posible es el único modo para sobrevivir a la depredación, y las plantas han sabido hacerlo tan bien que pueden permitirse que les extirpen grandes porciones del cuerpo sin que ello mengüe su funcionalidad. El modelo vegetal no prevé la presencia de un cerebro que ejerza un control central o imparta órdenes a los órganos que de él dependen. En cierto sentido, su organización es el símbolo de la modernidad: poseen una estructura modular, colaborativa, distribuida y sin centros de mando, capaz de soportar perfectamente depredaciones catastróficas y continuas.» (pág. 133-35)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Japón perdido, de Alex Kerr

Alex Kerr
JAPÓN PERDIDO
El último destello de un Japón precioso
[Lost Japan, 1993]
Trad. Núria Molines Galarza
Alpha Decay, 2017 - 304 págs. - inicio
[muy interesante (Japan forever)]
«En el mundo actual, el sentido del color de las personas se ha desvanecido considerablemente. Lo evidencian, por ejemplo, los apagados trajes de los políticos modernos. Esa falta de color se ha hecho especialmente patente en Japón, donde toda la iluminación es fluorescente, y la mayoría de elementos de la casa están hechos de aluminio y materiales sintéticos. Sin embargo, Tenmagu sigue viva con materiales ricos y profundos, Lo cierto es que contrastan mucho con el color gris ceniza de la vida en Tokio. En primer lugar está el dorado, un color que, como señalaba Tanizaki en El elogio de la sombra, no suele irle bien a una estancia muy iluminada; quizá por eso apenas se ve este color en la vida japonesa moderna. Sin embargo, en Tenmagu está el pan de oro de los biombos, el oro de los budas, el chapado en oro; muchos tonos diferentes de dorado. Después, también hay matices: oro verdoso, oro rojizo y oro aleado, que se deslustra con el tiempo. Además del dorado, hay pigmentos como el verde intenso de los mandalas tibetanos. Luego está el rojo oscuro de los objetos lacados, el azul celeste del celadón chino y los sombrios y turbios naranjas, y los verdes té de los brocados japoneses.
    Como calígrafo, vivir en Tenmagu no podría ser más propicio, siento como si me llegara la inspiración directamente de la deidad del santuario. Aunque no me ha convertido al sintoismo, tengo una creencia secreta en el dios de Tenmagu, venerado desde la antigüedad como el dios de la erudición y la caligrafía [...] Me limito a seguir el patrón religioso típico de Japón: al no querer adscribirse a una sola religión, me adhiero a todas, la budista, la sintoísta y la hinduista. Los dioses y los budas flotan sin cesar en el aire de Tenmagu y su cálido aliento llena la casa.» (pág. 158-160)


New life for old towns (Alex Kerr, TEDxKioto 2013)

viernes, 1 de diciembre de 2017

Indian Creek, de Pete Fromm

Pete Fromm
INDIAN CREEK
Un invierno a solas en la naturaleza salvaje
[Indian Creek Chronicles:
A Winter Alone in the Wilderness
, 1993]
Trad. Carmen Torres García
Errata Naturae, 2017 - 312 págs. - inicio
[más Nature Wri­ting, pero no mejor]
«Una vez que los guardas forestales se marcharon, la pequeña tienda que habíamos montado me pareció aún más diminuta. Me quedé plantado delante de ella y un estremecimiento que achaqué a una ráfaga de viento me recorrió el cuello. ¿En serio iba a vivir allí a partir de ahora? ¿Sería aquél mi hogar durante los siguientes siete meses? ¿Durante todo el invierno? ¿Solo? Alcé la vista hacia las escarpadas y oscuras paredes del cañón que encajonaban el río y que ya cortaban el sol de media tarde. Más allá de aquellos muros de piedra y árboles sólo cabía esperar más parajes naturales pertenecientes al Selway-Bitterroot Wilderness. Estaba solo, en pleno corazón de la naturaleza.
    La sombra del cañón se cernía sobre mí, así que me alejé a toda prisa para alcanzar la luz del sol que aún iluminaba el prado. La hierba me llegaba a las rodillas y crujía bajo mis pasos, y la brisa susurraba a través de los altísimos abetos y cedros que cercaban el pequeño claro. El dulce rumor del río lo atravesaba, oreando una quietud insistente que me envolvía como un sudario.
  Me detuve ante el poste de teléfono que el guarda me había asegurado que me conectaría con el mundo exterior. El día anterior habíamos descubierto que no funcionaba. Lo descolgué de todos modos y escuché su silencio hueco, la voz del resto del mundo. Con el auricular aún pegado a la oreja, me giré y volví la vista a la tienda sumida ya en las sombras y con la distancia suficiente para estudiarla con perspectiva.
  Las paredes de lona encerraban un área de cuatro metros por cinco. Los guardas me lo habían resaltado, alardeando de sus dimensiones como si fuera extraordinariamente espaciosa. Por teléfono, sentado en la piscina de la universidad, cuando acepté este trabajo, me había imaginado un palacio.» (págs. 11-12)

jueves, 23 de noviembre de 2017

Fugas, de James Rhodes

James Rhodes
FUGAS
O la ansiedad de sentirse vivo
[Fire in all sides, 2018]
Trad. Ismael Attrache
Blackie Books, 2017 - 288 pags - inicio
JR en A vivir que son dos días, con Javier del Pino
[sus neuras y su música casi en directo]
«Suelto mi rollo sobre la confianza, la música, el mundo interior, y después les digo que me encantaría crear una aplicación (porque no cabe duda de que todavía no existen suficientes) que sirva para celebrar la introversión. La idea consiste en que el programa elija todos los días para ti una pieza de música clásica, te dé información sobre la pieza y su contexto y que después tú dediques unos minutos a escucharla con calma. Quizás, que también se la envíes a alguien a quien quieres o en quien estás pensando. Si lo hicieras todos los días, si encontraras unos minutos para desaparecer y sumergirte en tu interior, la experiencia podría cambiar radicalmente la forma en que percibes el mundo.» (págs. 99-100)
...and Rubén Amón introduces Teodor Currentzis:
«El mayor problema de la música clásica consiste en que su calidad depende de la interpretación que escuchas o presencias. Pasa lo mismo con el teatro. Sobre el papel, una obra puede ser una de las siete maravillas del mundo, pero cuando la ejecutan ciertas personas se convierte en algo parecido a una tortura. Al margen de la teoría, una obra de arte solo es tan buena como su intérprete. Por eso personajes como Gould, Von Karajan, Horowitz, Callas, Sokolov, etcétera, son tan inmortales. Son capaces de reimaginar algo que se escribió hace cientos de años, y presentárselo al público actual de una forma que resulta completamente fascinante y definitiva.
    Y aquí aparece un joven director griego llamado Teodor Currentzis. El tío podría definirse, dentro del mundo de la dirección, como una mezcla de Glenn Gould y Kurt Kobain. Gould tiene una cita, quizá célebre, en la que afirmó que tocar algo que ya se ha interpretado miles de veces carece de sentido si no lo haces de forma distinta. Y Currentzis, que posee una capacidad de trabajo y una atención al detalle al lado de las cuales Bill Gates parece un vago redomado [...], logra eso con creces. Creó su propia orquesta, para la que eligió personalmente a los mejores músicos que pudo encontrar, sobre todo en Rusia, donde el nivel es altísimo, y la llamó MusicAeterna ("eterno" en latín, y no veas si hacen honor a ese nombre).
    No sé muy bien cómo, convenció a Sony para que invirtiera una tremenda cantidad de dinero, y comenzó a producir y crear versiones nuevas y definitivas de las tres óperas de Mozart más importantes [Le nozze di Figaro, Così fan tutte y Don Giovanni]. Las graba en la pequeña localidad rusa de Perm, que es la puerta de entrada a Siberia.» (págs. 120-121)

domingo, 19 de noviembre de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

María Belmonte
LOS SENDEROS DEL MAR
Acantilado, 2017 - 248 págs. - inicio
[buen paseo, pero prefiero Los peregrinos de la belleza]
«Recorrer una costa rocosa cuando se ha retirado la marea me sigue deleitando tanto como cuando era pequeña. Igual que entonces, me puedo pasar las horas examinando los charcos intermareales -relucientes como espejos y misteriosos como pequeños jardines acuáticos- que el mar ha formado en su provisional retirada. Estos charcos o pozas de marea albergan criaturas capaces de resistir al oleaje, las corrientes, la insolación y la pérdida de humedad. Son los erizos, estrellas de mar, mejillones, caracoles marinos, percebes, anémonas, cangrejos, lapas, algas, quisquillas, gusanos... y muchísimos más. Todo y todos están intimamente relacionados en este agitado habitat intermareal: las olas despegan mejillones y los arrastran al mar, las gaviotas arrancan erizos y los dejan caer para romperlos, la estrella de mar devora mejillones y a su vez es comida por las gaviotas, las anémonas de mar comen caracoles y cangrejos y viven en simbiosis con un tipo de alga que fabrica alimento para ellas... El apasionado Goethe, al contemplar a un habitante de la playa, exclamó: "¡Qué delicioso y magnífico, qué cosa tan grandiosa es un ser vivo! ¡Qué adecuado a su estado, qué verdadero, qué pertrechado de ser!"» (pág. 70-71)


«El elemento clave de los acantilados que componen la costa desde Motrico hasta Zumaya es un importante afloramiento rocoso conocido como flysch, una alternancia de capas de roca caliza (claras y duras) y de margas (más blandas y oscuras). Estos estratos abarcan sesenta millones de años de historia del planeta y permiten contar el tiempo a medida que uno avanza: un estrato formado de una capa de margas y otra de caliza equivale a unos veinte mil años, lo que tardaron en formarse. Cinco estratos y has recorrido cien mil años o, lo que es lo mismo, mil siglos comprimidos en unos centímetros de roca. Y la prueba de que esos acantilados surgieron del mar es la presencia de fósiles marinos que quedaron atrapados en ellos [...] De hecho, la roca caliza es un cementerio de millones de estas diminutas criaturas marinas que en algún momento estuvieron vivas y flotaban en el mar [...] A la roca caliza debemos las estalactitas y estalagmitas, las cuevas y oquedades de las montañas por las que discurren secretas corrientes de agua o el acantilado redondeado en forma de gigantesca ola petrificada de la playa de Sakoneta.» (pág. 130)

«La certeza de que nuestro cuerpo forma parte de un ciclo de desintegración y reconstrucción en un tiempo ilimitado nos otorga una suerte de turbadora inmortalidad.» Robert Macfarlane

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Prohibido nacer, de Trevor Noah

Trevor Noah
PROHIBIDO NACER
Memorias de racismo, rabia y risa
[Born a Crime, 2016]
Trad. Javier Calvo
Blackie Books, 2017 - 336 pags
Narrar la fatalidad con humor, E. Lindo
[autobiografía monologada, o viceversa]
«Mi madre me llevaba a sitios adonde la gente negra no iba nunca. Ella se negaba a dejarse constreñir por ideas ridículas acerca de lo que la gente negra podía hacer o no. Por ejemplo, solía llevarme a patinar a la pista de hielo. En Johannesburgo también había un autocine de dimensiones épicas, el Top Star, situado encima del vertedero gigantesco de una mina, en las afueras. Ella me llevaba a ver películas allí; comprábamos algo de picar y colgábamos el altavoz de la ventanilla del coche. El Top Star tenía unas vistas de 360º de la ciudad, los pueblos residenciales y Soweto. Desde allí arriba yo podía ver a millas y millas de distancia en todas las direcciones. Me daba la sensación de estar en la cima del mundo.
    Mi madre me crió como si las cosas que yo podía hacer y los sitios a los que podía ir no tuvieran límite alguno. Cuando me acuerdo de aquella época me doy cuenta de que me crió como si yo fuera un niño blanco; no en términos culturales, sino en el sentido de hacerme creer que el mundo estaba a mis pies, que tenía que decir siempre lo que pensaba y que mis ideas, pensamientos y decisiones importaban. Nos pasamos el día diciendo que uno tiene que hacer realidad sus sueños, pero uno solo puede soñar con lo que es capaz de imaginar, y dependiendo de donde vengas, la imaginación puede ser muy limitada. Si crecías en Soweto, tu sueño podía ser construir otra habitación en tu casa [...] Porque era lo único que conocías. Los escalones superiores de lo posible, en cambio, estaban fuera del mundo que podías ver. Mi madre me enseñó lo que era posible. Y lo que siempre me asombraba de su vida era que a ella no se lo había enseñado nadie. Lo había hecho todo ella sola. Había encontrado su camino a base de voluntad pura.» (págs. 88-89)
"Ayuda a distinguir la desgracia real de la fantasía del dolor", E. Lindo

viernes, 10 de noviembre de 2017

Escrito en el jardín, de Xuan Bello

Xuan Bello (sí, el de Paniceiros)
ESCRITO EN EL JARDÍN
[Escrito nel xardín, 2017]
Trad. del autor y José Luis Piquero
Xordica, 2017 - 152 págs. - captar el instante
[delicatessen]
LAS MEMORIAS DE LA TIERRA
«Dicen algunos especialistas -estos días estoy leyendo mucho sobre el tema- que la tierra de los huertos conserva la memoria de sus cultivos. La pomarada de la casa donde vivo era, hasta hace unos veinte años, también tierra de labor. Aquí se sembraban patatas, lechugas, puerros, alubias de distintas clases, guisantes, nabos (que todavía nacen sin que nadie los siembre) y berzas. [...] He labrado un rectángulo mínimo una estaxina apenas, de diez por cinco metros. Mis vecinos me han dicho que con eso no tengo para nada, pero yo sueño con aquel poema de Yeats, ese en el que el poeta sueña con irse a las riberas del lago Innisfree, construirse una cabaña, sembrar siete surcos de habas y esperar a que el silencio destile palabras nuevas. Mi huerto mínimo, que quiero cercar para convertir en finca, tendrá su memoria como dicen los expertos, pero yo no la tengo de él. Fresas, patatas, cebollas... eso es todo lo que espero. Tras arar la tierra y abonarla, ¿cómo empezar? Para los ajos ya voy tarde y el trigo sarraceno que me trajeron de Bretaña necesitaría, sin duda, más espacio. ¿Debería dibujar un croquis, como recomiendan las guías, planificándolo todo de antemano? ¿Fijarme en la luna y observar sus mutaciones? Hace años, cuando la guerra de Irak, mi madre se asustó mucho. Para tranquilizarme, y disimular su miedo, me dijo por teléfono:
  -Tranquilu, nin, que nós somos de los que saben semar patacas.
   [Tranquilo, hijo, que nosotros somos de los que sabemos sembrar patatas]
  Lo es ella, y todos mis antepasados, pero a mí ese conocimiento se me escapa. Admiro la ternura y la violencia con que mi madre trata a la tierra; yo parece que tengo miedo de romperla, como si cuando cavase con la azada estuviese desordenando, a cada golpe, el secreto entramado del mundo.» (pág. 113-114)
Leer el texto completo en El Comercio de Asturias.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Monasterio, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
MONASTERIO
Libros del Asteroide, 2014 - 128 págs. - b.lesseps
[leve]
«Me dijo que un día de invierno, ya vestido de niña, había viajado con sus padres a un monasterio en medio de un bosque, en las afueras de Varsovia. Me dijo que ese día nevaba en el bosque, y que el monasterio en la nieve, entre todos los árboles nevados, le pareció una cosa mágica y azul. Me dijo que sus padres lo entregaron a unas monjas católicas del monasterio, junto con un certificado falso de nacimiento y otro certificado falso de bautismo, y se despidieron de él. Me dijo que tenía entonces cinco años. Me dijo que pasaría el resto de la guerra en ese monasterio ubicado en las afueras de Varsovia, disfrazado de niña católica, vestido y peinado y acicalado como una niña católica. Con trenzas doradas. Con falda y pollera. Viviendo durante años entres niñas y monjas católicas. Hincado y persignándose y rezando en latín, me dijo, entre todas las niñas católicas.» (pág. 117)

miércoles, 25 de octubre de 2017

El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel

Guadalupe Nettel (México DF, 1973)
EL CUERPO EN QUE NACÍ
Anagrama, 2011 - 200 págs. - b.lesseps
diversos extractos
[singular autobiografía precoz]

«Por fin he vuelto a escribir con disciplina. Se trata de una sensación renovadora y tonificante, como tomar una sopa caliente en una tarde de gripe. Cada mañana, después de dejar al niño en la guardería. me voy al mismo café. Tengo mi mesa y mi bebida predilecta. Son mis dos cábalas. Si la mesa está ocupada, espero a que se libere antes de comenzar. No sé si estoy cumpliendo el objetivo de apegarme a los hechos pero ya no me importa. Las interpretaciones son del todo inevitables y, para serle franca, me niego a renunciar al inmenso placer que me produce hacerlas. Quizás, cuando por fin lo termine, este libro no sea, para mis padres y para mi hermano, más que una sarta de mentiras. Me consuelo pensando que toda objetividad es subjetiva.
    Es extraño, pero desde que empecé con esto, tengo la impresión de estar desapareciendo. No sólo me he dado cuenta de cuán incorpóreos y volátiles son todos estos sucesos cuya existencia, en la mayoría de los casos, no puede probarse en forma alguna, se trata también de algo físico. En ciertos momentos del todo impredecibles, las partes de mi cuerpo me producen una sensación de inquietante extrañeza, como si pertenecieran a una persona que ni siquiera conozco.» (págs. 188-189)

Yes, yes,
that’s what
I wanted,
I always wanted,
I always wanted,
to return
to the body
where I was born.

ALLEN GINSBERG, Song, San José, 1954

miércoles, 18 de octubre de 2017

Montañas tras las montañas, de Tracy Kidder

Tracy Kidder
MONTAÑAS TRAS LAS MONTAÑAS
Un hombre dispuesto a curar el mundo
[Mountais Beyond Mountains: The Quest of Dr. Paul Farmer, a Man Who Would Cure the World, 2010]
Trad. Silvia Moreno Parrado
Capitán Swing, 2017 - 376 págs.
[apasionante e inspirador]
«Bien podría decir que, en el momento en que vi por primera vez Zanmi Lasante (Socios en Salud), ahí fuera, en la pequeña población de Cange, en lo que me pareció el fin del mundo, en lo que de hecho era una de las zonas más pobres del país más pobre del hemisferio occidental, pensé que había dado con un milagro. Yo sabía que en Haití los ingresos per cápita ascendían a poco más de un dolar estadounidense al día, y a menos que eso en la planicie central. El país había perdido la mayoría de sus bosques y gran parte de su suelo. Tenía las peores estadísticas sanitarias del mundo occidental. Y aquí, en una de las regiones más empobrecidas, enfermas, erosionadas y famélicas de Haití, estaba esta preciosa ciudadela amurallada, Zanmi Lasante. No lo habría considerado mucho menos improbable si me hubieran dicho que la había traído hasta aquí una nave espacial.» (pág. 32)
«El dinero para Zanmi Lasante se canalizaba a través de una pequeña organización benéfica fundada por Farmer: Partners In Health (Socios en Salud), con sede en Boston. Las facturas eran pequeñas para lo acostumbrado en los Estados Unidos. Farmer y su plantilla de profesionales sanitarios de la comunidad trataban a la mayoría de pacientes de tuberculosis en sus cabañas y gastaban entre ciento cincuenta y doscientos dólares en curar un caso sin complicaciones. La misma cura en los Estados Unidos, donde se hospitaliza a la mayor parte de los pacientes de tuberculosis, suele costar entre quince mil y veinte mil dólares.» (pág. 34)

«Un chico de dieciséis años demasiado débil para caminar, que sólo pesa veintisiete kilos. Farmer le diagnostica una úlcera.
   —Su cuerpo se le ha acostumbrado a la inanición. Lo vamos a poner en forma. —Farmer levanta un bote del suplemento alimenticio Ensure—. Esto es bueno. Le vamos a dar tres botes al día. O sea, le vamos a dar un par de cientos de dólares de Ensure y yo estaré encantadísimo de violar el principio de rentabilidad.» (pág. 38)


Paul Farmer: This is I believe
[o la lucha contra la desigualdad como motor de vida]

[De la contraportada] «En la escuela de medicina, el doctor Farmer encontró el sentido de su vida: curar las enfermedades infecciosas y traer las herramientas de la medicina moderna que salvan vidas —tan fácilmente disponibles en el mundo desarrollado— a aquellos que más las necesitan. El magnífico relato de su trayectoria nos lleva de Harvard a Haití, Perú, Cuba y Rusia, y nos muestra cómo un solo hombre puede cambiar mentes y prácticas a través de una férrea filosofía: «la única nación real es la humanidad». Este libro es un valioso ejemplo de una vida basada en la esperanza y en la comprensión de la verdad que entraña un viejo proverbio haitiano: «Detrás de las montañas hay más montañas». Es decir, el hecho de que cuando resuelves un problema, otro problema se presenta, y así sucesivamente, pero siempre debe buscarse una posible solución.»