sábado, 1 de agosto de 2015

Sara Mesa: Cicatriz


SARA MESA (Madrid, 1976)
Cicatriz
Anagrama, 2015
194 págs | 16,90 € | curioso

Sara en La cueva del erizo
«Continúan escribiéndose. Pero Knut Hamsun no quiere más fotos, o al menos no las pide. Knut sólo quiere saber sobre ella, hablar con ella. Al principio establece el contacto a partir de los libros enviados. ¿Qué te pareció La ciudad sitiada ? ¿Cuáles de los de Onetti prefieres? Por favor, en cuanto lo leas, me gustaría comentar El astillero contigo. Al final de sus mensajes siempre desliza otro tipo de preguntas: ¿Cuántos años tienes? ¿Vives con tus padres? ¿Cómo es el lugar donde trabajas? ¿Por qué decidiste ir a la quedada de Cárdenas? ¿Te pareció atractivo alguno de los hombres que estuvo allí? Abandonan el foro, por el que ya no sienten interés, y se comunican por correo electrónico. Los de Knut, que llegan a diario, son extensos, concienzudos, sin puntos y aparte, sin encabezamientos ni despedidas. Sonia se da cuenta de que resulta imposible cerrar las conversaciones. Cada nueva respuesta que ella le da genera a su vez nuevas preguntas.
    ¿De verdad crees que la atracción de Larsen por la mujer de Gálvez es en realidad una muestra más de su desprecio? ¿Podrías profundizar en eso que has dicho del desasosiego que te crea Juntacadáveres? ¿En serio te ha defraudado Jung? ¿Sabrías explicarme por qué? No digas simplemente que te defrauda algo sin profundizar en ello. Has de intentar siempre bucear en tus afirmaciones. Si no sabes de dónde vienen, si no sabes sostenerlas con un razonamiento, entonces deberías revisarlas. Haz caso a Proust y adéntrate siempre en tu intuición.» (págs. 24 y 25)

martes, 28 de julio de 2015

viernes, 24 de julio de 2015

TRIUNFO de una época (lejana)

El erotismo y España El control físico de la mente La gauche divine La Mujer

«[...] José María Moreno Galván. Lo vi otra vez, y muchas veces, en Madrid; huía de su casa para comer pinchos de tortilla en un bar que aun está en la plaza del Conde del Valle de Suchil, donde se hacía la revista Triunfo, para la que él escribía la crítica de arte. Allí se presentaba José María a mediodía, a buscar a Víctor Martínez Reviriego, uno de sus dos jefes de redacción [...] Víctor era, es, un hombre pausado y memorioso, capaz de recordar versos, historias y detalles, y recuerda esa ocasión mejor que nadie, como yo recuerdo quizás igual que él nuestros encuentros en Triunfo en los primeros años setenta, cuando la revista era el centro de las aspiraciones culturales, intelectuales y políticas de un país cansado de tanta posguerra. En aquella redacción estaban Víctor, César Alonso de los Ríos y un joven con una casaca marrón, Nicolás Sartorius [...] Nos recibieron, además de Víctor, José Ángel Ezcurra y Eduardo Haro Tecglen. Ezcurra era el director; entonces me parecía muy alto, con su bigote apaisado, cierta solemnidad en el rostro; miraba como si estuviera por encima de su propia estatura, afectuoso y gentil, un caballero de Valencia, siempre pendiente de que nadie en la reunión se sintiera fuera del circuito de la conversación. Haro era muy adusto, silencioso; escuchaba y asentía, pero opinaba poco. Ezcurra hacia preguntas [...]» (Págs. 127-128 de EGOS REVUELTOS, JUAN CRUZ, Tusquets, 2013)

«Desde 1962 al 1982, veinte años de Triunfo, una de esas revis- tas que eran como el carné de identidad que se llevaba doblada bajo el brazo, completamente digitalizada. Genial.» manuel_h

miércoles, 22 de julio de 2015

Memorias de Balthus

Balthasar Kłossowski de Rola (29 de febrero de 1908 en París - 18 de febrero de 2001) fue un artista polaco-francés

[27] «También ha sido constante esa búsqueda en todos mis dibujos. No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable. Apresar esa dulzura, hacer que la mina de plomo recupere en la hoja de papel el óvalo todavía nuevo de un rostro, esa forma semejante al rostro de los ángeles. Siempre he tenido una complicidad natural, ingenua, con las niñas, Natalie de Noailles, Michelina, Katia, Sabine, Frédérique o más recientemente Anna. Lo que estaba en juego durante las largas sesiones de las modelos eran apuestas de alma, pues ante todo se trataba de que saliera el alma, la dulzura del alma, la inocencia del espíritu, lo que aún no se había alcanzado, que venía del principio de los tiempos y había que mantener a toda costa. Hay algo musical en este proceso, sopesar los silencios en una partitura, tan sensible en Schubert, por ejemplo, o cuando Mozart se deja de fantasías y se adentra en lo grave para llegar así al secreto, al "paraíso de esplendores desaparecidos" del que habla Lewis Carroll en A través del espejo. No hay nada más arriesgado ni más difícil de hacer que reproducir la claridad de una mirada, el terciopelo casi imperceptible de una mejilla, la presencia de una emoción que se advierte en la mezcla de pesadez y ligereza de los labios. Es al equilibrio milagrosamente musical de los rostros de mis jóvenes modelos adonde he querido llegar. En realidad mi meta no fue tanto el cuerpo, o el parecido de los rasgos, cuando lo que estaba más allá o más acá de sus cuerpos o de sus rasgos, en su noche o su silencio. El carboncillo puede dar todo eso, la gracia entrevista, la plegaria. Por eso todavía me indignan las interpretaciones estúpidas según las cuales mis niñas proceden de una imaginación erótica. Decir eso es no entenderlas, lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje.»

domingo, 19 de julio de 2015

(exquisitos) Momentos estelares en Yecla





Stefan Zweig (1881-1942)
MOMENTOS ESTELARES
DE LA HUMANIDAD

(Catorce miniaturas históricas)
[Sternstunden der Menschheit, 1927]
Trad. Berta Vias Mahou
Acantilado, 2015
312 páginas
«Sólo el siglo XIX transforma de un modo fundamental la medida y el ritmo de la velocidad terrestre. En su primera y segunda década, los pueblos, los países se aproximan unos a otros con mayor rapidez que en los siglos precedentes. Con el ferrocarril, con el barco de vapor, los viajes que antes duraban días se hacen ahora en uno solo; los que hasta ahora requerían interminables horas, en un cuarto de hora o minutos. [...] Con repercusiones por completo insospechadas se presentan los primeros adelantos de la electricidad, que violan todas las leyes vigentes hasta entonces y rompen todas las medidas en vigor. Jamás podremos comprender el asombro de aquella generación frente a los primeros resultados del telégrafo eléctrico, el enorme estupor y el entusiasmo que despertó el que esa pequeña chispa, apenas perceptible, que aún ayer sólo era capaz de dar una sacudida a una pulgada de distancia de la botella de Leyden, alcanzara de golpe la fuerza demoníaca para saltar kilómetros y kilómetros por encima de países, montañas y continentes enteros. Que la idea apenas barruntada hasta sus últimas consecuencias de que la palabra recien escrita pudiera recibirse, ser leída y entendida en el mismo momento a miles y miles de millas; que la corriente invisible que vibra entre los dos polos de una minúscula columna voltaica pudiera extenderse por toda la tierra, de un extremo al otro; que ese aparato de juguete de los laboratorios, que ayer era capaz de atraer un par de trocitos de papel por frotamiento de un cristal, pudiera potenciar en miles y miles de millones la fuerza muscular y la velocidad humana, trayendo noticias, moviendo trenes, iluminando calles y casas, y como Ariel flotar invisible en el aire. Sólo por medio de este descubrimiento la relación espacio-tiempo experimentó el cambio más decisivo desde la creación del mundo.» (págs. 189-191)

miércoles, 15 de julio de 2015

Xuan Bello: (la estupenda) Història universal de Paniceiros

Paniceiros_Naranco

«El secret d'avorrir consisteix a explicar-ho tot. Per això aquí s'explica només a mitges, deixant a gratcient una penombra, i avisant des de les primeres ratlles que, de la veritat d'allò que s'esdevingué, o d'allò que vaig intuir o vaig somniar, n'hi ha la meitat de la meitat. Admirador de Zola i de Balzac, mai no vaig aspirar a ser un realista. Si sempre vaig tenir problemes a l'hora d'enfrontar-me amb la vida, ¿per què havia d'adoptar una postura estilística que no s'adeia, ni que hagués caigut en la impostura, amb el meu tarannà? Confesso que, quan hom em va exigir que posés en funcionament els mecanismes de la intel·ligència pràctica per resoldre problemes reals, sempre hi vaig oposar el somni i l'ideal com a mesures pal·liatives. I així em va anar, i em va.
    Escric en una llengua [asturià] que parla molt poca gent, que llegeix encara menys gent. L'ambició literària més gran que tinc és de retratar la vida tal com va ser o tal com vaig somniar que era, d'un lloc que no té més de quaranta habitants. Vaig veure morir un món i en vull donar notícia: ¿què els importa a vostès si la casa tenia les parets emblanquinades o de pedra, si en aquell serral hi havia un roure o un dipòsit d'aigua, si aquell pastor llegia Jules Verne o bé esmerçava el temps engiponant flautes? Són detalls que només tenen importància en el moment en què es diuen. Jo invento, és a dir, aspiro a inventar la realitat, i per això no conec millor manera que dir mentides.» (págs. 12-13)
Conozco un país onde al mundu-y llamen
Zarréu Grandiellu Picu la Mouta Paniceiros


XUAN BELLO (Paniceiros, 1965)
Història universal de Paniceiros
[Hestoria universal de Paniceiros, 2002]
Trad. de l'asturià: Jordi Raventós
Adesiara Editorial, 2008
Clave de fondo en RTPA
POESÍA ASTURIANA D'ANGUAÑO

domingo, 12 de julio de 2015

Marian Engel: Oso

Imagen: Bear, de Gabriella Barouch
Marian Engel (Toronto, 1933)
OSO (Bear, 1980)
Trad. Magdalena Palmer
Impedimenta, 2015

    «Oso, llévame al fondo del océano. Oso, nada a mi lado. Oso, abrázame, envuélveme, nada conmigo abajo, abajo, abajo.

    Oso, haz que por fin me sienta cómoda en el mundo. Dame tu piel.

    Oso, solo quiero esto y nada más de ti. Oh, gracias, oso. Siempre te protegeré de los desconocidos y de las miradas curiosas.

    Oso, abandona tu humildad. Tú no eres un animal humilde. Tienes pensamientos propios. Cuéntamelos.

    Oso, no puedo ordenarte que me quieras, pero creo que me quieres. Lo que yo quiero es que sigas siendo lo que eres y que lo seas para mí. Nada más. Oso.»
(págs. 136-137)

martes, 7 de julio de 2015

Rodrigo Hasbún: Los afectos


RODRIGO HASBÚN
(Bolivia, 1981)
LOS AFECTOS
[un texto delicioso]
Literatura Random House
(Barcelona, mayo 2015)
Primer capítulo
Artículos de RH en El País
JS de Montfort sobre R. Hasbún
Rodrigo Hasbún
«El día que papá volvió de Nanga Parbat (con unas imágenes que trituraban el alma, tanta hermosura no era humana), mientras cenábamos, nos dijo que el alpinismo se había tecnificado demasiado y que lo importante se estaba perdiendo, que ya no escalaría más. Tras oírlo mamá sonrió como una idiota, creyendo que esas palabras contenían algún tipo de promesa, pero se quedó callada para no interrumpir. Es la comunión con la naturaleza lo que importa, siguió diciendo él, la barba más larga que nunca, tan oscura como sus ojos un poco desquiciados, la posibilidad de llegar a los lugares que han sido abandonados hasta por Dios es lo que importa. No, por Dios no, se corrigió, en el principio de uno de esos monólogos que duraban horas apenas llegaba, antes de que empezaran a crecerle el silencio y las ganas de emprender una nueva aventura, es más bien en esos lugares donde se lo encuentra, donde Dios descansa de nuestra ingratitud y sordidez.
    Monika y Trixi lo oían sumidas en una hipnosis incipiente y mamá ni qué decir. Éramos su clan, las que lo esperábamos, hasta entonces siempre en Munich pero ahora en La Paz desde hacía un año y medio. Irse, eso era lo que papá sabía hacer mejor, irse pero también volver, como un soldado de la guerra permanente, hasta reunir fuerzas para irse una vez más. Solía suceder luego de unos meses de quietud. Esta vez, justo después de quejarse del alpinismo, con la boca medio llena, mencionó que pronto se largaría en busca de Paitití, una antigua ciudad inca que había quedado enterrada en medio de la selva amazónica. Nadie la ha visto en siglos, dijo y me dio pena mirar a mamá, constatar lo poco que le había durado la ilusión. Está llena de tesoros, los incas los resguardaban ahí de la codicia de los conquistadores, añadió él, pero eso era lo que menos le interesaba, su único tesoro sería encontrar las ruinas de la ciudad. Lo cierto es que a su regreso de Nanga Parbat había hecho una escala decisiva en São Paulo y finalmente tenía el financiamiento y los equipos. No hay que olvidar cuánto tiempo pasó desapercibida Machu Picchu, dijo, durante cientos de años nadie sabía que estaba donde está, hasta que el audaz de Hiram Bingham la encontró.» (inicio)
Reseñas: Carmen F. Etreros en Top Cultural y David Pérez Vega en Desde la ciudad sin cines.

viernes, 3 de julio de 2015

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes


ELIZABETH HARDWICK
(EEUU, 1927 - 2007)
Noches insomnes
[Slepless Nights, 1979]
Trad. Marta Alcaraz
Duomo, 2009
«Siempre, durante toda mi vida, he buscado la ayuda de un hombre. Muchas veces ha llegado y otras muchas más me ha fallado. No tuve que esperarla mucho. Nosotras -varias niñas del vecindario- conocíamos a un viejo muy guapo que no vestía como uno de los de por aquí sino como un caballero, con traje negro, camisa blanca y una sonrisa amable y distinguida. Era amable y distinguido, sí. Nos esperaba los sábados por la tarde, nos pagaba la entrada del cine y nos compraba chocolate, ese chocolate duro y blanquecino del verano. A oscuras, con una niña a cada lado, las dos sentadas más tiesas que cariátides, nos pasaba la mano por el muslo y la metía debajo del vestido. El primer regalo del depredador, mezclado con la brillante narración de la pantalla y con el chocolate, fue el de desvelarnos antes de tiempo la enmarañada naturaleza del soborno. Una lección duradera, al menos. Sobornos y más sobornos todavía: crecen en tu interior igual que las muelas. Otro anciano verdaderamente ajado, pobre e ignorante que tenía una vieja tienda de comestibles que parecía un sótano, sucia y con olor a raíces, nos regalaba pepinillos cubiertos de mugre y galletas de jengibre pasadas.» (págs. 8 y 9) [+]

martes, 30 de junio de 2015

Piglia en Yecla (el párrafo que no quería olvidar)

«Yo había leido la novela [The Secret Agent, Joseph Conrad] hacía muchos años, pero ahora fueron las señales de Ida las que me llevaron a leerla con pasión, como quien sigue en un mapa nuevos recorridos de una ciudad que ya conoce. Subrayada por ella, parecía otra novela, y parecía también un mensaje personal. Ida marcaba con precisión y con método las zonas del libro que le parecían significativas. No había nada especial en eso, usaba señas privadas, pequeñas marcas, signos leves, por ejemplo una "v" acostada (>) o un signo de admiración (!), y en caso de interés especial escribía "ojo" con minúscula y varias rayitas verticales en el párrafo que no quería olvidar. LLaves que encerraban frases, flechas, líneas medio onduladas o rayas muy rectas (como si las hiciera con un tiralíneas), eran pistas, rastros, y fui siguiendo las marcas ¡como si estuviera leyendo con ella!
    A veces me desorientaba y perdía el rumbo, me extraviaba en medio de la página, con recuerdos que me interrumpían y me distraían o con imágenes que viboreaban vívidas [...] una magdalena malvada que me distraía de los trazos a lápiz (nunca se subraya un libro con tinta) que había dejado ella para mí, mi Ariadna. La sintaxis es lo primero que se resiente cuando uno recuerda y yo leía a saltos —sin articulaciones gramaticales— el mensaje de Ida. Pero ¿era un mensaje? Había páginas en las que no había marcas. Todos hacemos lo mismo cuando estamos tomando notas en un libro, para luego —al releerlo— seguir las pistas: ¡y eso es lo que hice! Seguí las marcas de Ida como los carteles fosforescentes de una autopista (Last Exit to Holland Tunnel) hasta que de a poco me fui dando cuenta de que los subrayados señalaban algo.» (RICARDO PIGLIA, El camino de Ida, págs. 186-187)

lunes, 29 de junio de 2015

Ricardo Piglia: El camino de Ida


RICARDO PIGLIA
El camino de Ida (2013)
Debolsillo, Barcelona 2015
[pequeño gran libro]
«Menéndez estaba buscando un pattern, un orden, un indicio que le permitiera seguir una pista. Como si le leyera el pensamiento o tuviera alguien que lo informara, Recycler empezó a complicar sus alusiones, en lo que parecía un desafío. En una ocasión los expertos habían detectado una referencia al Finnegans Wake de Joyce. La bomba que mató a un investigador en trasplantes de órganos en New Jersey había sido enviada con el nombre H. C. Ear Wicker. En sajón antiguo Wicker significa Woods. Pero H. C. Earwicker era el protagonista de la novela de Joyce, un personaje que a menudo tomaba la identidad de Norse god Woden, que remitía a los duendes del bosque en la mitología escandinava. Menéndez estaba furioso. Era imposible adivinar lo que quería decir esa estupidez erudita, salvo que interpretara todos los signos como un mensaje. Entonces Flem Argand, el frágil y tímido agente experto en literatura, recordó que los físicos y los matemáticos eran grandes lectores de Finnegans y que quark, el nombre de la partícula invisible que está en el origen del cosmos,

Ricardo Piglia (Argentina, 1940)
:: Borges, por Piglia ::
recibía su nombre en homenaje al Finnegans de Joyce porque de allí habían tomado el nombre los científicos. Los matemáticos son sofisticados y están aburridos porque habitualmente pierden su creatividad antes de los veinticinco años y quedan fuera de juego, superados por los jóvenes genios adolescentes que inventan fórmulas y resuelven enigmas, mientras los veteranos siguen ahí como dinosaurios o excombatientes y a veces vuelven para dar un curso pero la mayor parte del tiempo la dedican a leer a Joyce.» (pág. 123)

martes, 23 de junio de 2015

Maruja Torres: Diez veces siete

Tuve un balcón en Beirut...
Diez veces siete
Una chica de barrio nunca se rinde
MARUJA TORRES
Booket, 2015
256 págs. | 7,99 €
primer capítulo
«En medio de aquella agitación [...], mi vida, qué quereis que os diga, resultaba apasionante. La tribu periodística, bautizada así por el maestro Manu Leguineche, tenía en aquellos momentos Beirut como escenario de sus aventuras. Y la ciudad, pese al miedo, ofrecía esos momentos de gloria en los que se crecía entre dos fuegos. Capital del carpe diem. Alejada de las redacciones —de los hogares subrogados—, me entusiasmaban aquellos encuentros con parte de la parentela periodística, en una Beirut que convocaba la noticia, para su desgracia, como casi siempre. Ellos me ponían al día, yo les hacía partícipes de la cotidianeidad libanesa, tan distinta de las informaciones que Occidente solicita y que solo atañen a muertos. Para interesar a los jefes tienen que morir muchos. O uno solo, pero muy importante. O tienen que verlo antes en la BBC o la CNN. Hay muy pocos mandos en la profesión que, en estos días, actúen por iniciativa propia. La razón es muy sencilla. Pocos proceden del terreno [...]
    Alejada de la tibia modorra del bienestar español, estaba ansiosa por mostrar a los lectores las muchas caras con las que tropezaba en mis horas, basculando entre la ternura y la brutalidad, entre la sabiduría y la cerrazón, entre la belleza y el horror.
    Me pagué casi cinco años de una extraña corresponsalía que no le importaba a nadie del diario, de donde solo recibía instrucciones para escribir piezas de color, o un gran reportaje sobre el cansino tema de qué pasa globalmente en Líbano, para El País Semanal. Me trataban con reverencia, pero como a una reliquia ya amortizada. O como a una extravagancia en el tejido uniforme de la redacción. No me preocupaba. Siempre he sido una anomalía, y en Beirut jugaba, inclinándome con mucha atención, en un tablero atiborrado de piezas, que solo alguien como yo, o que vivía lo mismo que yo, podía entender. [...]
    A los 63 años —en la novena de mis diez reinvenciones— había cambiado mi balcón de barcelona por otro en Hamra, con toldos amarillos y blancos, descoloridos por la lluvia y el sol, y que daba a lo desconocido.
      Era una aventura que no me podía perder.» (págs. 89-91)

viernes, 19 de junio de 2015

Joan Margarit, Els ulls del retrovisor

Joan Margarit
Ja estem acostumats els dos, Joana,
que aquesta lentitud,
quan recolzes les crosses i vas baixant del cotxe,
desperti les botzines i el seu insult abstracte.
Em fa feliç la teva companyia
i el somriure d'un cos que està molt lluny
del que sempre s'ha dit de la bellesa,
la penosa bellesa, tan distant.
L'he canviat per la seducció
de la tendresa que il·lumina
el buit deixat per la raó al teu rostre.
I, quan em miro en el retrovisor,
no veig uns ulls senzills de reconèixer,
perquè hi brilla l'amor que hi han deixat
tantes mirades, i la llum, i l'ombra
del que he vist, i la pau que reflecteix
la teva lentitud, que és dins de mi.
És tan gran la riquesa que no sembla
que aquests ulls del mirall puguin ser els meus.