miércoles, 29 de junio de 2016

Vivir, beber, escribir


Hemingway, Scott Fitgerald, Berryman, Cheever, Carver, T. Williams

«El 2 de mayo lo ingresaron de urgencia en el Centro del Tratamiento Intensivo del Alcoholismo en el hospital Saint Mary's de Minneapolis para su segundo intento de desintoxicación. Allí dio el Primer Paso y admitió que no tenía control sobre el alcohol y que su vida se había vuelto ingobernable. Mientras intentaba comprender las enormes y terroríficas implicaciones de esa frase, Berryman escribió y más tarde leyó ante su grupo de tratamiento esta biografía a cámara rápida y, al parecer, sincera y sin censura, de su vida como alcohólico.

Bebí socialmente hasta 1947 durante una aventura sentimental larga y terrible, mi primer infidelidad a mi mujer tras cinco años de matrimonio. Mi amante bebía mucho y yo bebía con ella. Culpable, homicida y suicida. Alucinaciones un día de vuelta a casa. Oía voces. Siete años de psicoanálisis y terapia de grupo en Nueva York. Caminé de arriba abajo por un parapeto de treinta centímetros de ancho y ocho pisos de alto. Me insinúo a las mujeres borracho, a menudo con éxito. Mi mujer me dejó tras once años de matrimonio por la bebida. Desesperación, beber mucho y solo, sin trabajo, sin un centavo, en Nueva York. Perdido cuando olvidé por un apagón de memoria provocado por la bebida la carta profesional más importante que jamás he recibido. Seduje borracho a estudiantes. Insinuaciones homosexuales borracho, cuatro o cinco veces. Tomé Antabuse en una ocasión durante algunos días, agonizando en el suelo después de una cerveza. Me peleé con el casero, borracho a medianoche, sobre las llaves de mi apartamento, llamó a la policía, pasé la noche en el calabozo, la noticia llegó de algún modo a la prensa y la radio, me vi obligado a dimitir. Dos meses de intenso autoanálisis e interpretación de sueños, etc. Me volví a casar. El rector me dijo que había llamado a una estudiante borracho a media noche y había amenazado con matarla. Mi mujer me dejó por mi alcoholismo. Di una charla en público estando borracho. Borracho en Calcuta, caminé por las calles, perdido toda la noche, incapaz de recordar mi dirección. Me casé con mi actual esposa hace ocho años. Muchos barbitúricos y tranquilizantes durante los últimos diez años. Muchas hospitalizaciones. Muchas excusas para beber, mintiendo sobre ello. Grave pérdida de memoria. El delirium tremens ya en Abbott duró horas. Un cuarto de whisky al día durante meses, trabajando duro en un poema largo. Seco cuatro meses hace dos años. Mi mujer me escondía botellas, yo escondía botellas. Mojé la cama borracho en un hotel de Londres, el director del hotel estaba furioso, tuve que pagar un colchón nuevo, cien dólares. Di una conferencia demasiado débil como para sostenerme, tuve que sentarme. Di conferencias mal preparadas. Demasiado enfermo para supervisar exámenes, un compañero se ocupó. El trabajo se apilaba literalmente durante meses. Mi mujer, desesperada, amenazó con abandonarme a menos que parara. Dos doctores me llevaron a Hazelden el noviembre pasado, una semana en la unidad de cuidados intensivos, cinco semanas de tratamiento. A.A. tres veces, aburrido, sin hacer amigos. Primera bebida en la fiesta de Newlbars. Dos meses de bebida ligera, con trabajo biográfico duro. De repente empecé nuevos poemas hace nueve semanas, más y más bebida con más y más intensidad, hasta un litro al día. Defequé de forma incontrolable en el pasillo de la universidad, me fui a casa sin ser visto. Terminé el libro en cinco semanas, el trabajo más intenso de toda mi vida, excepto quizá las dos primeras semanas de 1953. Mi mujer dijo Saint Mary o te dejo. Vine aquí.» (Recuperación, 1973) (236-238)

El viaje a Echo Spring
Por qué beben los escritores
Olivia Laing
[The Trip to Echo Spring, 2013]
Trad. Núria de la Rosa
Ático de los Libros, 2016

Vivir, beber, escribir
No hacíamos más que beber
Literatura y alcohol
  • F. Scott Fitgerald (1896-1940)
  • Ernest Hemingway (1899-1961)
  • Tennessee Williams (1911-1983)
  • John Cheever (1912-1982)
  • John Berryman (1914-1972)
  • Raymond Carver (1938-1988)

  • (coincido con Patricio)

    domingo, 26 de junio de 2016

    26j (El Roto en El País)


    ¡Tiran nuestros votos! ... ¿Y nos piden otros?


    ¡Nos toman por votos!


    Comprendo que vayan a repetir las elecciones,
    lo asombroso es que vayan a repetir los candidatos

    Os ofrecemos un proyecto novedoso,
    pero igual al anterior

    miércoles, 22 de junio de 2016

    Miguel Ángel Hernández: El instante de peligro

    «Ambos trabajaban en el terreno de la memoria y la obsolescencia. Y no ocultaban su emoción por poder hacerlo ahora en este lugar privilegiado.
      Me recordaron mi primera vez. Creían que su inves- tigación servía para algo; lo creían igual que un día lo creí yo.
      Me habría gustado guardar esa ingenuidad. Pero ya no era tiempo de creer, Sophie. No era cuestión de edad; otros seguían creyendo. El sistema estaba fundado en la creencia. Todas esas becas, todo ese dinero, todo eso sólo era posible si uno creía que el arte, la historia, las humanidades... servían para algo. Yo lo creí; tú lo viste, estabas allí. Pero después supe que había puesto demasiada vida en ello. Tanto para nada; para tan poco.
      ¿Cuándo dejé de creer? Supongo que hubo un momento concreto. Poco a poco me fui dando cuenta de que lo que hacía era inútil, pero sólo al final lo vi claro. El tercer texto, el quinto congreso, el sexto, el noveno..., cuando llevas cincuenta llegas a la conclusión de que nada de lo que haces ha servido para cambiar las cosas. Escribir, hablar..., nada rescata nada. Todo gira sobre sí mismo. Textos, ideas, charlas que se retroalimentan y se quedan en el mismo lugar. Nada cambia nada.
       No sé si fue antes o después, pero en un momento del camino dejé de creer.
       Si hace unos años decidí escribir una novela y centrarme en la narrativa fue porque ya había dejado de creer en el arte y en la academia. Ésa es la verdad. Mi novela se cerraba con una reflexión sobre esto mismo: por qué una novela y no un ensayo.
    Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)
    Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977)
    Y aquello que allí parecía ficción en el fondo era lo que yo pensaba. A partir de entonces me resultó muy difícil volver a escribir ensayos académicos o crítica de arte, y todo lo que hice en adelante fue ya una impostura. Incluso en la universidad. Comencé a sentir que todo aquel mundo me era ajeno. Y, sin embargo, no cesé de hacer cosas, como si alguna fuerza interior me obligase a continuar, a escribir, a aceptar charlas y conferencias, a seguir en ese lugar del que debería haber escapado.» (29-30)

    miércoles, 15 de junio de 2016

    Rosa Regàs & friends

    Carlos Barral y Rosa Regàs
    De Amigos para siempre
    Rosa Regàs, Ara Llibres, 2016
    «Así era [Miguel Barceló], pero escribía unos poemas que a mí me fascinaban en un momento en que la poesía y yo no habíamos tenido aún una relación demasiado intensa. Era mallorquín y cuando volvía de sus vacaciones en Palma donde residía su familia, convocaba a sus amigos poetas a la habitación de la pensión de la Rambla en la que vivía para celebrar lo que con ironía, pero con un punto de orgullo, llamaba una "sobrasada party". Había poco más que pan, excelente sobrasada y mucho vino, pero el ambiente era como de otro mundo. Una habitación pequeña, la cama el único lugar donde sentarse y dos minúsculos espacios, uno junto a la cama y el otro a sus pies, tan estrechos que apenas podía [sic] contener de pie a los que habíamos llegado tarde, pero daba igual. Recuerdo la inacabable sorpresa la primera vez que fui, allí es donde conocí a Jaime Gil de Biedma, a José Agustín Goytisolo y a Gabriel Ferrater —poco amigo de parties, como se llamaban entonces a estas reuniones con vino o con whisky, pero muy amigo de poesía y alcohol—, y tal vez también a Carlos Barral. Se comenzaba leyendo poemas en voz alta y poco a poco se encendía la conversación para acabar discutiendo hasta el paroxismo el ritmo de un verso o el significado de una metáfora. Nunca había visto discutir de este modo por una palabra que en opinión de uno de ellos
    Gil de Biedma, JA Goytisolo, Barral, JM Castellet
    Gil de Biedma, Goytisolo, Barral, Castellet
    estaba mal colocada o no era la precisa o no tenia la intensidad requerida ni debatir los contenidos ideológicos de los poemas. Otro mundo de significado se abría ante mí tan cargado de posibilidades y de intensidad como al cabo de muy poco lo sería el descubrimiento de los conceptos filosóficos o el ámbito donde yacía el compromiso político y social a los que yo nunca había visto de este modo, o de ningún otro diría yo.» (pág. 25)

    «No logro recordar la primera vez que vi a Carlos Barral. Me vienen a la memoria como relámpagos imágenes apenas reconocibles, confusas, de aquellas "sobrasada party" que organizaba Miguel Barceló, mi amigo mallorquín, que como poeta se preciaba de conocer a Carlos Barral, igual que a Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goitisolo, sus invitados. La sobrasada era un pretexto para leer poemas y beber ginebra y hablar de política,
    Rosa regàs y Salvador Dalí, Cadaqués
    R. Regàs, S. Dalí, Cadaqués (~1970)
    todo lo que sabíamos de ella en aquellos años sórdidos del franquismo. Creo que lo conocí allí, aunque no debía de ser ni mucho menos tan asiduo a las "sobrasada parties" como Gabriel Ferrarte [sic] o José Agustín, de los que sí guardo memoria precisa de su voz y de su imagen sentados en la cama de la habitación, absortos y ensimismados leyendo o escuchando poemas unos de otros, con una atención que a mí me pareció ejemplar y me conmovió más de una vez, no sé si por su dedicación a las palabras y los ritmos, o porque era para mí una experiencia muy nueva.» (pág. 74)

    domingo, 12 de junio de 2016

    Javier Calvo: El fantasma en el libro

    «He mencionado al principio de este capítulo que las técnicas y las tendencias de la traducción audiovisual y de los medios (la "traducción sin traductor") están empezando a llegar a la traducción literaria. Esto se ha manifestado principalmente en forma de un fenómeno reciente que se ha empezado a denominar "fantradución". Esta variante espontánea y literaria del crowdsourcing —donde los fan asumen por amor al arte la ingente tarea de la traducción literaria— es la consecuencia lógica de todas las tendencias de las que ya he hablado en este capítulo: valoración de la rapidez por encima de todo, trabajo en equipo, uso exhaustivo de la tecnológia y distribución por internet.
        El fenómeno de la fantradución tiene sus raíces hace tres o cuatro décadas, cuando los primeros fans occidentales de la animación japonesa empezaron a organizarse para subtitular los animes japoneses que todavía no habían sido traducidos ni comprados para emitirlos en sus países. Este fenómeno se denominaría "fansub", y resultaría determinante para la difusión mun- dial de la animación y el cómic japoneses. De los fansubs del anime se pasó al panorama actual, donde, como todo el mundo sabe, miles de espectadores y fans de todo el mundo se dedican a subtitular a diario en internet toda clase de series y películas, principalmente americanas.
       La fansubtitulación es el ejemplo perfecto del fenómeno de la traducción que responde a la demanda salvaje de rapidez del mundo actual. Los traductores de fansubs se organizan en forma de grupos capaces de subtitular los episodios de las series americanas más populares del momento apenas un par de horas después de su emisión. Para ir más deprisa, los distintos fansubbers se dividen el capítulo en minutos y cada persona se encarga de traducir su parte; después suele haber un corrector que lee todas las partes juntas y alguien que sincroniza los subtítulos con las imágenes. En este ámbito, por supuesto, prima la rapidez frente a la calidad de la traducción. Nadie es demasiado quisquilloso. Los usuarios prefieren tener una idea aproximada de lo que está pasando gracias a unos subtítulos malos que no tener nada.» (162-163)

    jueves, 9 de junio de 2016

    Sue Hubbell: Un año en los bosques


    SUE HUBBELL (1935)
    Un año en los bosques
    [A Country Year.
    Living the Questions
    , 1983]
    Trad. Miguel Ros González
    Errata Naturae, 2016
    [primeras páginas]
    LA DAMA DE LAS ABEJAS
    «Esta noche he dormido al aire libre porque no podía soportar entrar. La cabaña, que este mismo invierno me parecía tan cómoda y acogedora, ha empezado a resultarme sofocante y restrictiva, así que extendí una lona en el suelo para aislar la humedad, puse el saco de dormir encima y me quedé dormida mirando las estrellas [...] Los elementos y los lugares salvajes me atraen con más fuerza de lo que lo hicieron hace unos años, y vivir en la casa, limpiar el polvo y cocinar no me interesan lo más mínimo.
        A veces me pregunto en qué lugar encajamos las mujeres maduras en el diseño de las cosas, una vez que la construcción del nido ha perdido su encanto. Hace una generación, Margaret Mead, que tenía una respuesta bastante buena para esta cuestión, se preguntaba lo mismo, y apuntaba que en otras épocas y otras culturas habíamos tenido nuestro papel.
        Somos tantas que resulta tentador concebirnos como una clase. Hemos dejado atrás nuestros años fértiles; los hombres no nos quieren, prefieren a las mujeres más jóvenes. Tiene sentido biológico que los hombres se sientan atraídos por mujeres en una etapa más temprana de su vida reproductiva, que aún quieren construir nidos [...]
        Sí, somos muchas, pero todas tan diferentes que no estoy cómoda con un análisis sociobiológico, y sospecho, como Margaret Mead, que la solución es personal e individual. Como nuestra cultura no nos ha asignado ningún papel real, podemos crearlo nosotras mismas. Ésta es una buena época para ser una mujer madura con personalidad, fuerza y agallas. Somos increíblemente libres. Vivimos mucho tiempo. Nuestros hijos son ya los adultos independientes en los que los ayudamos a convertirse, y aunque puede que sigan queriendo nuestro amor, no necesitan nuestros cuidados. Las normas sociales son tan flexibles hoy en día que nada de lo que hagamos resulta chocante. Ya no tenemos barreras políticas. Siempre y cuando conservemos la salud y dispongamos de los medios para tirar adelante, podemos hacer cualquier cosa, tener cualquier cosa e invertir nuestro talento como nos plazca [...]
    Sue Hubbell, Michigan, 1935
    Pero quiero más. Quiero azulillos índigo cantando sus pareados a primera hora de la mañana. Quiero leer José y sus hermanos de Thomas Mann otra vez. Quiero hojas de roble y flores de cornejo y luciérnagas. Quiero saber cómo está la tierra en Coon Hollow, al norte. Quiero que Asher se entere de lo que les pasa a los ácaros del oído de las polillas en invierno. Quiero enseñarles a Liddy y a Brian las enormes ro- cas que hay al fondo de la hondonada del arroyo. Quiero sa- ber mucho más sobre las arañas morgaño. Quiero escribir una novela. Quiero bañarme desnuda en el río al calor del sol.
       Por eso he dejado de dormir en la cabaña; una casa es demasiado pequeña, demasiado restrictiva. Quiero el mundo entero, y también las estrellas.» (261-263)

    domingo, 5 de junio de 2016

    Juan Antonio Masoliver Ródenas: El ciego en la ventana

    «Antes de salir de casa mi padre nos encerraba en el jardín y me pedía que inventase algún juego para mis hermanos. Él salía con mi madre, que se pintaba un corazoncito en la boca, se quitaba el delantal y se ponía zapatos de tacón en vez de las zapatillas, e iban a divertirse a la calle. Les inventaba el caracol, la avioneta, las cuatros esquinas, el un dos tres la puerta del inglés o la comba, pero se cansaban muy pronto y me pedían que les inventase otro juego. Un día, mientras jugaban al escondite, me di cuenta de que si les encontraba se aburrían mucho esperando que encontrase a los otros y se acabase el juego y si no les encontraba se aburrían de estar todo el rato escondidos y salían aunque no les hubiese descubierto nadie. Entonces me di cuenta de que sólo había un juego del que no podrían cansarse nunca, y es así como inventé el juego del aburrimiento. Nos sentábamos en el suelo sin decirnos nada y esperábamos a que regresaran nuestros padres. El tiempo parecía que no estaba pasando, nos movíamos nerviosos, esperábamos que sonasen los cuartos de hora del campanario, que el viento nos trajese la música del casino, que bajara alguien por la carretera, pero también eso acababa por aburrirnos. Hasta que el tiempo de pronto pasó del todo. Llegaron nuestros padres y se quedaron sorprendidos de que estuviésemos sentados sin decirnos nada. "¿Por qué no estáis jugando?". Mientras mi madre iba a su cuarto a quitarse los zapatos y el traje de chaqueta para que no se le gastasen y se quitaba el corazón porque ya no estaba divirtiéndose en la calle, mi padre nos preguntó que por qué no jugábamos y entonces le dije que acababa de inventar el juego del aburrimiento que no se acaba nunca. Le expliqué cómo se jugaba, aunque en realidad no tiene reglas: basta con sentarse a esperar que no ocurra nada sabiendo que nada va a ocurrir hasta que lleguen ellos y ya no tengamos que jugar más. Mi padre llamó a mi madre y, cuando le explicó el juego, ella me abrazó emocionada, ella que no abraza nunca porque dice que todos tenemos microbios y virus contagiosos, y me dijo que ya no tenía que ser más inteligente, porque ya lo era del todo y no podría serlo más.

    [EVM y JAMR presentaron el libro en +Bernat]
    Y ahora, los fines de semana ellos se quedan en casa a jugar con nosotros al juego de aburrirse que, dicen, es muy parecido al de salir a divertirse. Y así estamos hasta que llega la hora de cenar. Pero no es lo mismo, porque antes teníamos que esperar a que llegasen nuestros padres y el tiempo no pasaba nunca hasta que llegaban y se terminaba el juego, y ahora no podemos esperar a nadie.» (págs. 36-37)

    jueves, 2 de junio de 2016

    Ramon Gener: Si Beethoven pudiera escucharme

    «Se cuenta que cuando le preguntaron a Beethoven el significado de su tercera sinfonía no dijo nada. Simplemente, se sentó al piano y la tocó.

    La transcendencia de la música, que fui descubriendo en las clases de canto que me daba Victoria, tiene mucho que ver con el hecho de intentar dar una respuesta adecuada y sensata a esas preguntas. Aquellas clases junto a su maravilloso Steinway & Sons eran mucho más que unas meras clases de canto. Aquellas clases se convertían en larguísimas conversaciones que duraban toda la tarde y en las que Victoria me regalaba experiencias musicales impagables. Tardes en las que hablábamos del porqué de la música. También de su posible significado concreto. Hablábamos de como los mismos compositores, que en teoría deberían saber bastante de la cuestión, no se acababan de poner de acuerdo. El caso más curioso es el del gran compositor estadounidense Aaron Copland. Cuando le preguntaron si la música tenía significado contestó "Yo diría que sí". Pero cuando le preguntaron si podía aclara cuál era este significado, repuso: "No. Ese es el problema".

    Mi admirado Leonard Bernstein, sin duda el pedagogo musical más importante y brillante del siglo XX, también trató de dar una respuesta a esa pregunta. Su conclusión final fue bastante sorprendente: la música no significa nada en sí misma. Solo son notas. Solo son sonidos. Ahora bien, sonidos que provocan sentimientos. También el director de orquesta italiano Riccardo Mutti comparte esta opinión. Para él, la música no tiene significado propio, la música solo es evocadora de sentimientos y de imágenes.



    Esta aparente falta de significado concreto es, curiosamente, lo que hace que la música se convierta en algo transcendental y universal. En filosofía, la transcendencia es aquello que está más allá de los límites naturales. Rousseau, Kant o Hegel afirmaron que la música no tiene tema propiamente: no trata de nada. Para ellos, la música es y punto. Ahora bien, si ahondamos en el sentimiento filosófico de la transcendencia, nos daremos cuenta de que todos podemos sobrepasar nuestros límites naturales sintiendo e imaginando y que, por lo tanto, todos tenemos la capacidad de comprender la música. La universalidad de la música no se debe a que su lenguaje sea el mismo para todos. No se debe a que una corchea sea y se escriba igual aquí o en la otra punta del mundo. No. La universalidad y la transcendencia se deben a que habla a todo el mundo. La música habla sin hacer distinciones. La música abraza a todos. Todos podemos entenderla. A la música no le importa quién somos, de dónde venimos ni a dónde vamos. A la música le es indiferente nuestro nivel de formación, nuestra procedencia o raza, nuestra orientación sexual, nuestro estatus social o económico. Nada de todo esto tiene importancia para la música. Ella le habla a todo aquel que quiera escucharla. Cuando suena, las notas que oímos son las mismas para todo el mundo, pero su significado, lo que recibimos, lo que sentimos, lo que cada uno de nosotros entiende, es diferente. Esta es su transcendencia. Esta es su magia.» (págs. 54-55)

    lunes, 30 de mayo de 2016

    "Todo lo que eres depende de la integridad física de tu cerebro", Henry Marsh

    «La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electroquímico de nuestras neuronas. Nuestro sentido de la identidad, nuestros sentimientos y pensamientos, el amor que mostramos a los demás, nuestras esperanzas y ambiciones, nuestros odios y temores, todo eso muere cuando el cerebro muere. Mucha gente se niega a admitir este punto de vista, pues no sólo nos priva de una vida más allá de la muerte, sino que parece reducir el pensamiento a mera electroquímica, convirtiendo nuestros cuerpos en simples autómatas, en máquinas de carne y hueso. Esta gente se equivoca de medio a medio, pues lo que hace en realidad es elevar la materia a cimas infinitamente misteriosas que no comprendemos. En nuestro cerebro hay unos cien mil millones de neuronas. ¿Guarda cada una en su interior un fragmento de conciencia? ¿Cuántas neuronas nos hacen falta para estar conscientes o sentir dolor? ¿O acaso la conciencia y el pensamiento residen en los impulsos electroquímicos que aglutinan a esos miles de millones de células? ¿Tiene conciencia un caracol? ¿Siente dolor cuando lo aplastas con la suela del zapato? Nadie lo sabe.» (253-254)

    [adenoma pituitario :: anestesia dolorosa :: aneurisma :: angor animi :: astrocitoma :: carcinoma
    empiema :: ependimoma :: fotopsia :: glioblastoma :: hemangioblastoma :: hibris :: infarto
    leucotomía :: meduloblastoma :: mutismo acinético :: neurotmesis :: oligodendroglioma
    papiloma de plexos coroideos :: pineocitoma :: tic douloureux :: tirosina quinasa :: trauma]


    THE ENGLISH SURGEON (Geoffrey Smith, BBC, 2007)

    viernes, 27 de mayo de 2016

    Hermanas Brontë y hermanos Bell


    «Pero lo más importante para ellas era que podrían engañar a los críticos sobre su sexo. Desde pequeña, Charlotte Brontë había sido lectora habitual de reseñas literarias, y sabía perfectamente que las mujeres que se atrevían a escribir no eran juzgadas de la misma manera que los hombres. Cuando en la portada de un libro figuraba un nombre femenino, quienes lo enjuiciaban tendían a hacer consideraciones morales y a establecer un tono general de menosprecio o, en el mejor de los casos, de indulgente paternalismo. Ella quería ser juzgada tan sólo por su obra, sin que la forma de su cuerpo afectara a las opiniones ajenas. Utilizar seudónimos que diesesn a entender que los autores de los poemas —y de los libros futuros que sin duda llegarían— eran probablemente hombres sería una manera de burlar aquellos prejuicios. Ya vendría el tiempo de desvelar la verdad [...] En los siguientes días, la elección de los seudónimos había provocado mucha diversión y largas risas alrededor de la mesa del comedor. Finalmente, optaron por jugar con sus propias iniciales y adoptar ciertos nombres excéntricos que darían a entender la masculinidad de los poetas, aunque nadie podría estar del todo seguro de que aquellos raros apelativos no correspondiesen a tres mujeres. Charlotte se convirtió en Currer, Emily pasó a ser Ellis y Anne fue Acton. Como apellido común eligieron el de Bell.» (165-166)

    STANZAS

    Often rebuked, yet always back returning
    To those first feelings that were born with me,
    And leaving busy chase of wealth and learning
    For idle dreams of things which cannot be.

    To-day, I will seek not the shadowy region;
    Its unsustaining vastness waxes drear;
    And visions rising, legion after legion,
    Bring the unreal world too strangely near.

    I’ll walk, but not in the old heroic traces,
    And not in paths of high morality,
    And not among the half-distinguished faces,
    The clouded forms of long-past history.

    I’ll walk where my own nature would be leading
    −It vexes me to choose another guide−
    Where the grey flocks in ferny glens are feeding;
    Where the wild wind blows on the mountain side.

    What have those lonely mountains worth revealing?
    More glory and more grief than I can tell:
    The earth that wakes one human heart to feeling
    Can centre both the worlds of Heaven and Hell.
    ESTROFAS

    Aun censurada, siempre regreso
    a los viejos sentimientos que nacieron conmigo.
    Abandono la búsqueda agitada de riquezas,
    los vanos sueños que nunca ocurrirán.

    Ya no busco más la región de las sombras.
    Monótona se expande su estéril vastedad,
    y legión tras legión se alzan mis visiones
    y me acercan, qué extraño, el mundo irreal.

    Caminaré, mas no sobre viejas huellas heroicas,
    no por los senderos de la alta moralidad
    y no entre rostros inciertos,
    nebulosas formas del rancio pasado.

    Caminaré adonde mi naturaleza me lleve,
    pues me humillaría elegir otro guía.
    Allí donde pastan entre helechos los grises rebaños,
    allí, a la montaña, donde brama el viento salvaje.

    ¿Qué importantes secretos revelan los montes solitarios?
    Gloria y aflicción inenarrables.
    La Tierra, al despertar el corazón humano,
    une ambos mundos, el Cielo y el Infierno.
    Emily Brontë
    Trad. Ángeles Caso

    domingo, 22 de mayo de 2016

    Miguel Ángel Hernández: Intento de escapada

    Hormigas sobre cuerda. Maneta (Yecla)

    «Imaginé la posibilidad de hacer algo en esa superficie que pudiera pasar inadvertido aún estando a la vista de todos. En primera instancia, pensé en escribir o pintar algo casi invisible, en blanco, algo cuya presencia ni siquiera pudiera intuirse. Pero enseguida caí en la cuenta de que quizá eso estaría más cercano a la invisibilidad que a esa visualidad no visible que buscaba. Pensé unos momentos más. Y sólo al final se me ocurrió la idea: un lienzo en blanco con una línea negra sobre él. Una línea que sería en realidad una frase escrita de tal modo que pudiera pasar inadvertida a los ojos de quien no se fijase con atención. Sería un modo de jugar con la ambigüedad de la mirada y trabajar con aquello que está delante de nuestra visión pero que no vemos si no prestamos atención. Una línea que fuese una frase. Pero ¿qué frase? No debía ser una mera declaración sólo para ser leída, sino que tendría que ser algo capaz de producir una acción, algo que el espectador tuviera que hacer para que la obra adquiriese sentido. Le di varias vueltas a la idea. Y al final se me ocurrió escribir: "Para experimentar artísticamente esta obra es necesario llamar al teléfono X." » (pàg. 101)

    viernes, 20 de mayo de 2016

    Azar Nafisi: Leer Lolita en Teherán


    AZAR NAFISI (Irán, 1955)
    Leer Lolita en Teherán
    [Reading Lolita in Tehran, 2003]
    Trad. MariCarmen Bellver
    Duomo, 2014
    "Una vez por semana y durante más de dos años Azar Nafisi, una profesora de literatura de la Universidad de Teherán expedientada por negarse a llevar el velo, reunió en su casa a siete de sus alumnas para leer y comentar algunas de las novelas occidentales prohibidas por el régimen de los ayatolás. Poco a poco, superada la timidez inicial, las jóvenes estudiantes empezaron a expresarse con libertad, no sólo sobre las novelas de Jane Austen, Henry James, F. Scott Fitzgerald y Nabokov sino sobre sí mismas, sus sueños y frustraciones. En aquellos libros habían encontrado una alternativa valiente a la tiranía ideológica a la que estaban sometidas y la adoptaron como un desafío."

    Principales libros leídos en el libro:
      · Lolita y Invitado a una decapitación, Nabokov
      · El gran Gatsby, Scott Fitzgerald
      · Daisy Miller y Washington Square, Henry James
      · Cumbres Borrascosas, Emily Bronte
      · Orgullo y prejuicio, Jane Austen
      · Madame Bovary, Gustave Flauvert
      · La letra escarlata, Nathaniel Hawthorne
      · Adiós a las armas, Ernest Hemingway

    "La literatura no era la panacea, pero nos ofrecía una forma crítica de valorar y llegar a entender el mundo."

    Fragmento de Persépolis, de Marjane Satrapi.

    martes, 17 de mayo de 2016

    Herbert Read: La niña verde


    Herbert Read (1893-1968)
    La niña verde
    The Green Child, ND 1948
    Trad. Enrique Pezzoni
    Duomo, 2010
    [primeras páginas]
    Antropología alienígena, RM
    «Quien se tome el trabajo de examinar las crónicas descubrirá que en cierto año —el curioso deducirá por lo que ya hemos dicho que era alrededor de 1830, pero por razones que resultarán obvias cuando se lea este relato es imprescindible disfrazar el tiempo y el lugar de estos hechos- aparecieron en la aldea de... del condado de... dos niños, en apariencia de unos cuatro años, que ignoraban todos los idiomas conocidos y no podían explicar su origen ni comunicarse de ninguna manera con los habitantes —ni con el resto del mundo— de la región donde habían sido encontrados. Además, esos niños, cuyos ligeros vestidos eran de un extraño tejido verde semejante a una telaraña, se distinguían también por la extraordinaria calidad de su piel, de una textura verde y semitraslúcida, parecida a los cactos, pero desde luego mucho más delicada y sensitiva. Una viuda de la aldea adoptó a esos niños para que pudieran educarse y civilizarse. Eran bastante dóciles y tímidos, como gacelas, pero no tenían nociones de Dios y ni siquiera de la moral que por lo común ya ha aprendido un niño inglés de esa edad. Olivero no había olvidado ese extraño acontecimiento que tenía para su espíritu la significación de un símbolo no descifrado, oscuramente vinculado con su partida y, además, con la fatalidad de su regreso.» (pàg. 12)

    martes, 10 de mayo de 2016

    Edmund White: Rimbaud (la doble vida de un rebelde)

    «Verlaine y Rimbaud eran ambos grandes caminantes y, mientras deambulaban por los bulevares, el hombre de más edad escuchaba al más joven desarrollar sus revolucionarias ideas sobre el arte, sobre la necesidad de destruir el mundo antiguo y de crear un nuevo mundo que estaría bajo el único dominio de la poesía. A Verlaine le costaba —literal y figurativamente— seguirle. Años más tarde recordaría con admirada fascinación las poderosas piernas de Rimbaud, unas piernas de caminante nato. De repente, Verlaine sintió que debía volver atrás para cumplir su verdadero destino y su entusiasmo aumentaba al mirar aquellos gélidos ojos azules y al escuchar aquellas extrañas erres norteñas, que, conforme pasaban las semanas, iban desapareciendo para dar paso, demasiado rápido, a un convencional acento parisino. Verlaine llevó a Rimbaud a los cafés donde sus amigos se reunían regularmente. El fotógrafo Étienne Carjat le hizo un retrato, siendo este la imagen más famosa que tenemos del joven poeta; el joven genio Rimbaud aparece en él con su indomable cabello, los azules ojos de perro esquimal y la incierta —o quizá cruel— boca. Los amigos poetas de Verlaine hacían frecuentes cenas, Les Diners de Vilains Bonshommes (Las cenas de los feos bonachones), donde todos se volvían escandalosos y elocuentes, y donde Rimbaud hacía circular una copia de los improbablemente ricos y pasmosos versos de El barco ebrio. Rimbaud se aficionó inmediatamente a la absenta y cantó sus alabanzas en una carta a Delahaye, diciendo que beberla "era, de todas sus costumbres, la más delicada y estremecedora", aunque, tras emborracharse con aquella bebida, acababa "durmiendo en la mierda".» (págs. 85-86)




    Rimbaud, Edmund White, Lumen, 2010
    Trad. Nicole d'Amonville Alegría
    «Quizá la observación más escandalosa de Rimbaud fuera sugerir al gran gurú parnasiano Théodore de Banville que deberían erradicar por completo el alejandrino (el tradicional metro francés). Para Banville, que creía en las formas tradicionales, aquello era una herejía o una hilarante desfachatez. Pero no era consciente de que Rimbaud estaba a punto de inventar el poema en prosa. Está claro que Baudelaire ya había experimentado con poemas en prosa, pero Rimbaud los despojaría del aspecto informal, descriptivo y anedóctico, y lo reemplazaría con una suerte de expresión órfica, no menos sino más visionaria y difícil que los versos del momento. Para Rimbaud el poema en prosa sería frío y sublime. Además, sería innegablemente poesía, lírica y comprimida, altamente visual y con un intrincado desarrollo. Y para Rimbaud, el poema en prosa forzaría el significado al límite, se adentraría más que nunca en lo oscuro.» (págs. 87-88)

    Je est un autre (Yo es otro)
    De la Lettre du voyant de Arthur Rimbaud (1854-1891) a Paul Demeny
    Charleville, 15 mayo 1871
    "Car Je est un autre. Si le cuivre s’éveille clairon, il n’y a rien de sa faute. Cela m’est évident: j’assiste à l’éclosion de ma pensée : je la regarde, je l’écoute: je lance un coup d’archet: la symphonie fait son remuement dans les profondeurs, ou vient d’un bond sur la scène."

    "Porque Yo es otro. Qué culpa tiene el cobre si un día se despierta convertido en corneta. Para mí es algo evidente: asisto a la eclosión, a la expansión de mi propio pensamiento: lo miro, lo escucho: lanzo un golpe de arco: la sinfonía se remueve en las profundidades, o entra de un salto en escena".