jueves, 17 de mayo de 2018

Ordesa, de Manuel Vilas


Manuel Vilas (1962)
ORDESA
Alfaguara, 2018
387 págs.
inicio
en Página2 y la Violeta
[arriesgado, ¿salvaje?, fascinante]

[GÉNESIS] «Comencé a escribir Ordesa unos cuantos días después de la muerte de mi madre. Mi madre murió en mayo de 2014. Me divorcié en las mismas fechas en que mi madre murió. Me visitaron en aquellos meses un montón de sentimientos que no sabía que existían, tenían un aire espectral. A pesar de ver espectros por todas partes, había belleza en los adioses que estaba presenciando: el adiós a mi madre, el adiós a mi matrimonio, y el adiós a mí mismo. Lo malo fue que desde la primavera del 2013 hasta junio de 2014 el alcohol pasó a gobernar mi vida. Dejé de beber el 9 de junio de 2014. Desde entonces no he probado ni una gota de alcohol. Iban cayendo las botellas, ya lo creo.

El escritor Fernando Marías me ayudó con su consejo a salir del alcohol. Y pudo más mi vida. Hay gente buena en el mundo, descubrir eso te da unas enormes ganas de vivir. Todo cuanto me pasaba engrosaba las páginas de Ordesa. Quería un libro sobre la verdad, un libro que dijera la verdad. Comencé una nueva relación sentimental que me llevó a viajar a Estados Unidos. Dejé mi trabajo y dejé la ciudad en la que había vivido tanto tiempo. Si hubiera seguido en ese trabajo, me hubiera muerto y no hubiera escrito ni una línea.

Y seguía escribiendo Ordesa. Pasé a vivir a caballo entre Iowa City y Madrid. Y comencé a invocar a mis padres, a mis padres muertos, porque tanto mi padre como mi madre son los protagonistas absolutos de este libro, porque sus muertes se fueron convirtiendo en una leyenda dentro de mi corazón.

Mientras fue un manuscrito que solo yo conocía, el libro apenas era un fantasma terapéutico que me acompañaba. No tenía vida pública. Pero fue creciendo. En el 2015 el ritmo de escritura se incrementó y el libro estaba gestado. Y en el 2016 ya comencé a corregir. Cada vez que corregía el libro, me angustiaba y me ponía de los nervios. Le dejé leer una primera versión a la escritora Ana Merino y ella me ayudó a pulir el libro. Ana se entregó a la corrección del libro. Su generosidad fue infinita. El final de Ordesa fue una sugerencia suya, y un acierto enorme. Que te ayuden con un libro es un trabajo que entraña pensar cada palabra, con un boli rojo en mano, sopesar cada frase, cada momento narrativo de la historia. Que te ayuden con un libro significa que se metan dentro de ti y te regalen muchas horas. Ana lo hizo.

Carolina Reoyo, mi editora de Alfaguara, me ayudó a pulir muchas cosas y fue otra lectora minuciosa, entusiasta y atenta. Carolina mejoró el estilo, ya lo creo. Las observaciones de Carolina y su comprensión del manuscrito y de mi mundo literario fueron muy importantes para mí. Yo no creía en el libro, pero tanto Ana como Carolina sí creyeron en él. Las dos me ayudaron, casi moralmente más que literariamente, a lidiar con la parte más oscura y dolorosa de la materia narrada. Aunque moral y literatura en este libro son la misma cosa. En realidad, yo le tenía miedo al libro. Mucho miedo. Mi vida entera estaba allí. Recuerdo que las últimas relecturas me quemaban la sangre. Cada vez que corregía una página me tenía que levantar de la mesa e irme a la cocina, adonde fuese, o poner la televisión, o salir a la calle. Corregí la última versión en Iowa City, en agosto de 2017. El verano en Iowa es de una belleza sobrenatural: por las noches todas las criaturas de la naturaleza cantan, y yo oía ese canto mientras corregía el libro. Cantaban las cigarras, y cantaba mi memoria. En septiembre mandé la versión definitiva a Alfaguara.

Ya ni recuerdo cuántas versiones tuvo Ordesa. Muchas, hasta alcanzar la forma que le di en agosto de 2017. Quité muchos pasajes. Los escritores al final se miden por los aciertos a la hora de quitar páginas de sus libros. En saber lo que sobra reside la habilidad más importante de este oficio.

Y Ordesa ya está en la calle. A veces me atrevo y lo abro y leo un párrafo. Incluso una página entera o dos. Pero eso ocurre pocas veces.

(Zenda, 31/01/2018)
Me sigue quemando en las manos. Me acuerdo de ellos, de mis padres, de lo felices que fueron, del viento enamorado que dejaron en mi carne. Cuanto hicieron en esta vida está dentro de mi corazón y ahora dentro de un libro.
Me acuerdo de ellos.
Me acuerdo de Ordesa.»

domingo, 13 de mayo de 2018

Aquella porta giràtoria, Lluís Foix

Lluís Foix Carnicé (Rocafort de Vallbona, 1943)
AQUELLA PORTA GIRATÒRIA
labutxaca, 2017 - 300 pàgs. - inici
[curiós, si més no]
12. LA INTENDÈNCIA RUTINARIA
«Hi havia un crit que repercutia de forma immediata en aquella redacció [La Vanguardia] fragmentada per les gàbies de vidre, també conegudes com a peixeres. «Paguen!», deia algú. La veu ressonava per totes les dependències. Es pagava a finals de mes. Els redactors i altres càrrecs pujàvem un a un al despatx de Josep Saura, el caixer major, que tenia categoria de cap de secció El seu somriure era el d'un cavaller ordenat que es movia enmig de la immensa complexitat dels diners que arribaven per vies insospitades. Saura tenia els dits gastats de tant comptar bitllets. [...] Eren els diners ingressats per les esqueles, pels anuncis per paraules, per la venda d'exemplars endarrerits o per qualsevol altre concepte.
    En un sobre de color marró hi constava el nom de cada redactor i els diners, en pessetes i cèntims. Tot exacte. Tot en efectiu. Saura despatxava amb els periodistes amb l'amabilitat del caixer de confiança de la casa. El volum de diners que entrava al diari era prodigiós El seu despatx tenia una flaire de moviment de bitllets antics i nous, que feien d'aquell reducte d'olors especials un dels llocs més singulars de la casa.
    El concepte «diner negre» no tenia cap connotació negativa. No puc afirmar que n'hi hagués, en aquella mena de sucursal bancària. Simplement, eren diners que es movien. La declaració de la renda era una obligació imprecisa aquells anys. Recordo la primera vegada que la vaig fer. Un company de la redacció la preparava per a aquells que l'hi demanaven. Li vaig preguntar si podria fer la meva i només es va interessar pels diners que tenia intenció de pagar a Hisenda. Deu mil pessetes, li vaig dir. D'acord. Tracte fet. Era l'any 1970 i les tributacions eren deduïdes de les nòmines La consciència de contribuent era escassa, per no dir nul·la. Res a veure amb la sistematització tributària que va introduir Josep Borrell al seu pas pel govern de Felipe González.
    Tampoc s'enviava el salari al compte corrent, ni es pagava amb un taló. Tot passava per les mans de Saura i els seus adjunts, que més tard anirien pujant en l'escalafó administratiu de la casa. El caràcter d'empresa familiar de Godó marcava les relacions en molts àmbits de la redacció i l'administració. Conec persones de tres generacions que s'havien anat succeint en els tallers o altres llocs de la intendència del diari.» (pàgs. 85-86)

miércoles, 9 de mayo de 2018

Duelo, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
DUELO (bibl. vapor vell)
Libros del Asteroide, 2017 - 112 págs. - inicio
A M. Hidalgo y a JA Masoliver también les encantó
[sigo deslumbrada por la ligereza de Halfon (y por
los libros donde no sobra nada)]

«De niños, le creíamos a don Isidoro cuando nos decía que aquello que estaba bebiendo de una pequeña cantimplora de metal —y que olía a alcohol puro— era su medicina. Y le creíamos cuando nos decía que los murmullos de hambre que hacía nuestra panza eran los siseos de una enorme serpiente negra deslizándose allí dentro, la cual entraba y salía por nuestro ombligo mientras dormíamos. Y le creíamos cuando nos decía que los cada vez más frecuentes disparos y bombazos en la montaña eran sólo erupciones del cráter del Pacaya. Y le creíamos cuando nos decía que los dos cuerpos que una mañana aparecieron flotando cerca del muelle no eran dos guerrilleros asesinados y lanzados al lago, sino dos muchachos cualquiera, dos muchachos buceando. Y le creíamos cuando nos decía que, si no nos portábamos bien, en la noche llegaría por nosotros una bruja que vivía en una cueva en el fondo del lago (mi hermano, no sé si por error o broma, le decía la Burbuja del Lago), una cueva oscura donde ella guardaba a todos los niños blanquitos y malcriados que se iba robando de los chalets.» (pág. 29)

domingo, 6 de mayo de 2018

Regreso a Berlín, de Verna B. Carleton

Verna B. Carleton (1914 - 1967)
REGRESO A BERLÍN
[Back to Berlin. An Exile Returns, 1959]
Trad, Laura Salas Rodríguez
Periférica y Errata naturae, 2017 - 408 págs. - inicio
[horroroso para mí pero admirable para la crítica
(moraleja: no somos nadie)]
«¿Había oído la radio Eric desde su llegada? Por supuesto que no. Pues debería. Porque durante años, bajo el régimen hitleriano, la radio no había hecho más que escupir mensajes de odio constante, pero aquello no había cambiado. Las emisoras de la zona oriental gritaban "Odiad a los estadounidenses, a los imperialistas", y las emisoras de la zona occidental querían que los alemanes odiasen a los comunistas rusos. Bajo el régimen de Hitler la gente no se creía nada de lo que oía por la radio. Y estaban ensordeciendo de nuevo, se habían cansado de tanta histeria y palabras furiosas. Ya sólo oían música.
    —Hitler consiguió que los alemanes odiasen y una vez que odiaron ya todo fue posible. La guerra, el asesinato de los judíos. Todo. Cuando los aliados entraron en Berlín supimos que todos pagaríamos, jóvenes y viejos, nazis y antinazis, todos teníamos que pagar. Pero luego pensamos: llegará la paz y nos dejarán tranquilos con nuestras heridas. No esperábamos que los aliados se dividiesen en dos y empezaran otra guerra pasando por encima de nosotros. No esperábamos que predicasen el odio también ellos, volviendo a hermanos contra hermanos, abriéndonos en canal, dividiendo hogares y familias. Eso no se lo puedo perdonar —repitió. La ira hizo temblar de nuevo su voz—. Y ahora están hablando de otra guerra. Cuando apenas hemos terminado de limpiar escombros. Otra guerra. Dime, Erich: ¿es eso justo?» (págs. 201-202)

miércoles, 2 de mayo de 2018

Dalva, de Jim Harrison

Jim Harrison (Michigan, 1937 - Arizona, 2016)​
DALVA
[Dalva, 1988]
Trad. Esther Cruz Santaella
Errata Naturae, 2018 - 480 págs. - inicio
I love North American Indian Tribes
Jim Harrison entrevistado
[sí, pero mucho mejor con menos páginas]
«Duane tenía los labio cerca de los míos, así que los besé por primera vez. No pude evitarlo. Me sacó el vestido por la cabeza y lo tiró a la hierba. Se retiró, me miró y soltó un grito o un alarido. Entramos en la tienda e hicimos el amor, y fue la sensación más extraña de mi vida [...] Le miré a los ojos entrecerrados, aunque supe que de algún modo él no me veía; me pareció que había un punto cómico en mi postura, muy incómoda, con las rodillas dobladas y muy echadas hacia atrás. No había pensado llegar tan lejos, pero Duane se abrió paso y pensé: sea lo que sea esto, me gusta mucho, con las manos en su espalda sudorosa, deslizándolas hasta su trasero. Cuando estaba terminando me retorció como tratando de arrastrarme y aplastarme contra su cuerpo, y al apartarse respiraba como un caballo después e una ardua carrera. Entonces se quedó dormido en el calor de la tienda, y a lo lejos oí a Naomi tocar la campana. Cuando salí era ya bien entrada la tarde. Me puse el vestido húmedo y cubrí todo el camino corriendo sin parar, salvo para darme un baño rápido. Me pregunté si los demás me verían distinta. Pasaron quince años hasta que volví a ver a Duane después de aquella tarde.» (pág. 48)



«Por bajarlo todo al terreno de la realidad, el viejo Northridge dedica veinticinco años, de 1865 a 1890, a tratar de ayudar a la población nativa derrotada a adaptarse a una vida agraria, pero a esa población el Gobierno la lleva de un lado al otro y nunca le cede un pedazo de tierra que no se le arrebate de inmediato. Así, el efecto de la Ley de Dawes19 en 1887 fue, intencionadamente o no, agrandar el fraude, de manera que, en un periodo de treinta años, a los nativos les arrebataron cuarenta millones de hectáreas de los cincuenta millones iniciales que poseían. A decir verdad, la gran mayoría del terreno fue "comprado", como si esos nómadas hubiesen sido titulados ladinos en un máster de Administración de Empresas que hubieran negociado gangas complicadas.» (págs. 217-218)

19 Ley aprobada en 1887 por el Gobierno estadounidense que permitía a las autoridades dividir las tierras indias en parcelas. Los indios que aceptaban vivir en esas parcelas independientes, separados de sus tribus, recibían la nacionalidad estadounidense. El objetivo era que los indios se integraran en la sociedad blanca, y trasferir tierras bajo propiedad india a manos de los colonos blancos. Para ello resultaba fundamental la práctica de la agricultura de subsistencia.

lunes, 30 de abril de 2018

La vida de las hormigas, de Maurice Maeterlinck

Maurice Maeterlinck (1862-1949)
LA VIDA DE LAS HORMIGAS
[ La vie des fourmis, 1930]
Trad. (de 1946) J. Campo Moreno
Ariel, 2018 - 192 págs. - inicio
[una traducción actual no le habría venido mal]
«Cada hembra tiene cinco o seis esposos que se lleva a veces en su vuelo, y que guardan turno, después de lo cual, derribados al suelo, perecen al cabo de unas horas. La hembra fecundada desciende, buscando albergue entre la hierba, se desprende de las cuatro alas, que caen a sus pies como un traje de novia cuando termina la fiesta; se limpia el coselete y se pone a escarbar el suelo para encerrarse en un cuarto subterráneo y ver de fundar en él una colonia nueva. La fundación de la colonia, que muy a menudo acaba desastrosamente, es uno de los episodios más patéticos y mas heroicos de la vida de los insectos.

La que acaso llegue a ser madre de un pueblo innumerable, se hunde en la tierra, y allí se arregla una cárcel estrecha. No dispone de más víveres que los que lleva consigo, es decir, de los del buche social: un poco de rocío meloso, su carne y sus músculos, sobre todo, los poderosos músculos de sus alas sacrificadas, que acaban por ser completamente absorbidos. En su sepultura no entra nada mas que un poco de humedad procedente de las lluvias y acaso de misteriosos efluvios, cuya naturaleza se ignora todavía. Allí espera que se realice la misteriosa obra. Por fin se reparten en torno suyo unos cuantos huevecillos. A poco, de uno sale una larva que teje su capullo; añádense a los primeros otros huevecillos, de los que salen otras larvas. ¿Quién las alimenta? No puede ser nadie más que la madre, puesto que la celda está cerrada para todo, excepto para la humedad. Ya lleva enterrada cinco o seis meses, y no puede más; se ha convertido en un esqueleto. Entonces empieza la espantosa tragedia. A punto de morir de una muerte que aniquilaría de un solo golpe el porvenir en preparación, se resuelve la hormiga a comerse uno o dos de sus huevos, lo cual le da fuerzas para poner tres o cuatro, o se resigna a ronzar una de las larvas, y esto le permite, merced a las aportaciones imponderables, cuya composición nos es desconocida, criar y nutrir a otras dos, y así, de infanticidio en alumbramiento, y de alumbramiento en infanticidio, dando tres pasos hacia delante y retrocediendo dos, pero aventajando siempre a la muerte, se desarrolla el fúnebre drama durante cerca de un año, hasta que se forman dos o tres obreritas débiles por haber sido mal alimentadas desde que estuvieron en el huevo, y ellas son las que perforan las paredes del in pace o, mejor dicho, del in dolore, y salen al exterior en busca de los primeros víveres, para llevárselos a su madre. Desde ese momento deja ésta de trabajar, no se ocupa en nada, ni hace otra cosa que poner huevos hasta que se muere. Se ha acabado la época heroica; al hambre tan prolongada sustituyen la abundancia y la prosperidad; la cárcel se ensancha, convirtiéndose en un pueblo que, de año en año, se extiende más bajo tierra, y la Naturaleza, acabada ya una de sus jugadas más crueles y más inexplicables, se va más lejos, para repetir el mismo experimento, cuya moral y cuya utilidad no comprendemos todavía.

Acerca de estas génesis puede hacerse una observación muy interesante respecto a la herencia y a las ideas innatas. He aquí una hembra que antes del vuelo nupcial ni había salido, ni había tomado parte nunca en los trabajos del hormiguero. De la noche a la mañana, en su sepulcro, donde nada puede entrar, sabe todos los oficios sin haber aprendido ninguno. Excava la tierra, hace habitaciones en ella, nutre a sus huevos y a sus larvas, abre el cascarón de las ninfas; en una palabra: aunque está provista de útiles menos perfectos que los de las obreras, consigue hacer lo mismo que ellas. ¿No es esto, como dije antes, el alma colectiva y difusa de la ciudad, que quiere que cada célula de las que la constituyen, aun estando separada de ella, la lleve toda en su ser y continúe la vida de la comunidad en el tiempo y en el espacio, como si se tratase de la existencia de un ser único que todo lo sabe y no ha de morirse hasta que la Tierra se muera?» (págs. 52-54)


Maurice Maeterlinck visto por Narciso Ibáñez Serrador
(Un escritor en busca de empleo, de la serie El Premio, TVE 1968)

jueves, 26 de abril de 2018

No sabes lo que me cuesta escribir esto, de Olivia Rueda

Olivia Rueda
NO SABES LO QUE ME CUESTA ESCRIBIR ESTO
Blackie Books, 2018 - 216 págs.
Olivia en Páginas Dos de TVE
[interesante ejercicio de superación]
«Entro en la librería Abacus con Mariajo. Ella no compra nada, yo sí. Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Desde que he dejado el trabajo (bueno, el trabajo me ha dejado a mí, ya no puedo hacerlo) leo más. Leer mola porque, entre otras cosas, es una actividad solitaria. No requiere comunicarse con los demás, que es lo que más me sigue costando. Leyendo a veces me voy lejos y me olvido por un rato de todo lo que me ha pasado, y solo cuando levanto la vista de la página vuelvo a recordar que ya no soy la Olivia de antes. Ojalá pudiera vivir leyendo. [...] Empiezo el libro de Vila-Matas, uno de mis autores favoritos. Sus frases te sorprenden. Sus palabras no son góticas ni enrevesadas, pero las conclusiones te deslumbran. No tengo prisa. Sigo avanzando. En mi cabeza los textos pasan rápidamente, como el telepromter que usan los presentadores de la tele para leer las noticias. [...] Yo, ahora, leo rápido: “Pertenece a la cada vez más rara estirpe de los editores cultos, literarios.” Me quedan las palabras “pertenece”, “rara”, “editores”, “literarios”. Estas palabras son las más importantes, pero me olvido del relleno, me dejo las palabras como “a”, “la”, “ya”, “más”... para leer como siemre, rápidamente. Tengo que leer más tranquila. Mejorará con la práctica.» (págs. 166 y 171)

lunes, 23 de abril de 2018

El arte de la ficción, de James Salter

James Salter (1925-2015)
EL ARTE DE LA FICCIÓN
[The Art of Fiction, 2016]
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Salamandra, 2018 - 112 págs. - inicio
Lecciones de escritura, prólogo de AMM
[delicioso rato de lectura]
«Leo por el placer de leer. Ya no tengo ni siento ninguna obligación de leer nada, aunque hay ciertos libros que me gustaría leer antes de morir, por razones difíciles de expresar. Si no, de alguna manera me sentiría incompleto, no del todo preparado. Me gustaría leer Las hermanas Makioka, de Junichirō Tanizaki. Quiero leer la Trilogía transilvana, de Miklós Bánffy, y Los sonámbulos, de Hermann Broch. Me veo leyendo al final como Edmund Wilson poco antes de morir aprendía hebreo con botellas de oxígeno al pie de la cama. [...]
    Nunca he llegado a tener afinidad ni a sentirme realmente cómodo con personas que no leen o que nunca han leído. Para mí es un requisito esencial. De lo contrario echo en falta algo, amplitud de miras, noción de la historia, una sintonía compartida. Los libros son contraseñas. El cine es demasiado simple. Quizá me equivoque. Una vez estaba en un bar ruidoso, en mi ciudad, y un hombre se acercó y me dijo algo que no alcancé a oír, así que se inclinó un poco más y repitió: «¿Qué le parece Neruda?» La verdad es que yo no tenía una opinión sobre Neruda, pero me resultó simpá­tico aquel intento llano de entablar amistad. Leí a Neruda después, algo que tal vez no habría hecho, o apenas.
    Es imposible leerlo todo. Por más leída que sea una persona, siempre habrá muchos libros, tanto fundamentales como menos reconocidos, que no ha leído, que debería leer o, como dice un amigo bibliófilo, Jacques Bonnet, que leerá en algún momento. Y luego uno siempre topa con escritores que suenan interesantes y de los que no había oído hablar. Fue por Bonnet que leí a Nagai Kafū, «Una extraña historia al este del río», y a dos o tres escritores más. Hay demasiado que leer y siempre lo habrá.
    Los libros que he leído y he disfrutado los recuerdo bastante bien, y con esos autores desarrollo una especie de vínculo [...] » (págs. 20-21)
[LIBROS QUE LLEVAN A LIBROS] Marguerite Duras, El amante :: Balzac, El pobre Goriot :: Junichiro Tanizaki, Las hermanas Makioka :: Miklós Bánffy, Trilogía transilvana :: Hermann Broch, Los sonámbulos :: Nagai Kafü, Una extraña historia al este del río :: Robert Phelps, The Literary Life :: Colette, Paraíso terrenal :: Isaak Bábel, Cuentos :: Guy de Maupassant, Bola de sebo :: Schiller, Sobre poesía ingenua y poesía sentimental :: Gustave Flaubert, Madame Bovary :: Jack Kerouac, La ciudad y el campo :: Willa Cather, Mi Ántonia :: E.M. Forster, Aspectos de la novela :: Sherezade, Las mil y una noches :: Vladimir, Nabokov, Lolita :: Ernest Hemingway, Adiós a las armas :: Malcolm Lowry, Bajo el volcán :: Voltaire, Candido :: Theodore Dreiser, Nuestra hermana Carrie :: Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, Muerte a crédito :: J.D. Salinger, El guardián entre el centeno :: Paul Léautaud, Diario literario :: Scott Fitgerald, El gran Gatsby :: Thomas Mann, La montaña mágicaLos BuddenbrokMuerte en Venecia :: John O'Hara, Cita en Samarra :: Truman Capote, A sangre fría :: Saul Bellow, Las aventuras de Augie March :: William Kennedy, "Legs" Diamond :: Joe Heller, Trampa 22 :: James Jones, De aquí a la eternidad :: Harper Lee, Matar a un ruiseñor :: Lawrence Durrell, Cuarteto  de Alejandría :: Winston Churchill, Mi juventud. Autobiografía :: V.S. Naipaul :: William Faulkner :: Thomas Wolfe :: [+]

jueves, 19 de abril de 2018

Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971)
BIBLIOTECA BIZARRA (ejemplar 0293)
Jekyll & Jill, 2018 - 120 págs.
[pequeño pero matón; lo único bizarro es la portada;
a Deborahlibros también le ha encantado]
«Un año después empecé a trabajar en la universidad —primero como asistente, luego como profesor de letras—, mientras al mismo tiempo, tímida y secretamente, intentaba escribir ya mis primeros cuentos. Todos muy malos, claro. Quería escribir un cuento entero antes de poder escribir una buena oración. Aún no entendía que teclear no es escribir, que escribir está mucho más cercano a la música, a respirar, a caminar sobre el agua. Pero tenía hambre de aprender, y tuve la suerte de encontrarme con los instructores correctos, en especial con dos: Ernesto Loukota y Osvaldo Salazar, ambos filósofos y colegas míos en la universidad. Ernesto Loukota me enseñó la artesanía del lenguaje. Me pedía que escribiera una línea sobre algo —un árbol, un perro, una silla— y al día siguiente nos juntábamos en la universidad para comentar esa línea, su gramática y puntuación. Luego él me asignaba otra línea sobre otra cosa para el día siguiente. Y así. Una sola línea, todos los días. Como si fuera nuestro propio ejercicio zen. Pasó al menos un mes antes de que me permitiera escribir dos líneas. Osvaldo Salazar, en cambio, me enseñó a ser mi propio lector. De vez en cuando, yo le entregaba alguna cosa que había escrito, y la estudiábamos juntos, la desmenuzábamos, editábamos no su lenguaje, sino su estructura, su desarrollo y sus temas y su contenido en general. Si Ernesto Loukota me enseñó la artesanía del lenguaje, Osvaldo Salazar me enseñó cómo ser mi propio y más exigente lector.

Biblioteca bizarra en la pizarra de la librería Nollegiu de Barcelona
      Yo pasaba aquellos días dando clases, y leyendo libros al igual que un viciado, y aprendiendo a escribir como si mi vida dependiese de ello (quizás mi vida sí dependía de ello), y antes de darme cuenta ya había publicado mi primer libro. Así nomás. Casi por accidente. Me había tropezado con los libros, y luego había caído en la escritura. Pero algo finalmente me empezaba a hacer sentido, sobre mí mismo, sobre mi país. Y entonces llegó un salvadoreño endiablado y me dijo que huyera de Guatemala lo más pronto posible.» (págs. 101-102)

domingo, 15 de abril de 2018

El orden del día, de Éric Vuillard

Éric Vuillard (Lyon, 1968)
EL ORDEN DEL DÍA
[L'ordre du jour, 2017]
Trad. Javier Albiñana Serain
Tusquets, 2018 - 144 págs. - inicio
[la (intra)historia contada de otra manera]
«Y lo que vio, lo que emergió lentamente de las sombras, eran decenas de miles de cadáveres, los trabajadores forzados, aquellos que las SS habían suministrado para sus fábricas. Surgían de la nada.
    Durante años había reclutado deportados en Buchenwald, en Flossenbürg, en Ravensbrück, en Sachsenhausen, en Auschwitz y en muchos otros campos. La esperanza de vida de esos deportados era de unos meses. Si el prisionero escapaba a las enfermedades infecciosas, moría literalmente de hambre. Pero Krupp no fue el único en emplear tales servicios. También sus comparsas de la reunión del 20 de febrero se beneficiaron de ellos; tras las pasiones criminales y las gesticulaciones políticas, sus intereses obtenían provecho. La guerra había resultado rentable. Bayer utilizó mano de obra procedente de Mauthausen. BMW reclutaba en Dachau, en Papenburg, en Sachsenhausen, en Natzweiler-Struthof y en Buchenwald. Daimler en Schirmeck. IG Farben en Dora-Mittelbau, en Gross-Rosen, en Sachsenhausen, en Buchenwald, en Ravensbrück, en Dachau, en Mauthausen, y explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura con ese nombre en el organigrama de la firma. Agfa reclutaba en Dachau. Shell en Neuengamme. Schneider en Buchenwald. Telefunken en Gross-Rosen y Siemens en Buchenwald, en Flossenbürg, en Neuengamme, en Gross-Rosen y en Auschwitz. Todo el mundo se había abalanzado sobre una mano de obra tan barata. Por lo tanto, no es Gustav quien alucina esa noche, en plena cena familiar; son Bertha y su hijo los que no quieren ver. Porque están ahí, en la oscuridad, todos esos muertos.
    De seiscientos deportados que llegaron en 1943 a las fábricas Krupp, un año después sólo quedaban veinte. Uno de los últimos actos oficiales de Gustav, antes de que pasara las riendas a su hijo, fue la creación del Berthawerk, una fábrica concentracionaria con el nombre de su mujer; sería una suerte de homenaje. Vivían allí negros de mugre, infestados de piojos, caminando cinco kilómetros tanto en invierno como en verano calzados con simples zuecos para ir del campo a la fábrica y de la fábrica al campo. Los despertaban a las cuatro y media, flanqueados por guardias SS y perros adiestrados, los golpeaban y torturaban. En cuanto a la comida de la noche, duraba a veces dos horas; no porque se tardase ese tiempo en comer, sino porque había que esperar; no había suficientes tazones para servir la sopa.» (págs. 137-138)

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...