miércoles, 20 de agosto de 2014

El Roto, verano 2014


Las matemáticas son ciencias exactas,
y las cuentas, ciencia-ficción.
  
Gato blanco o gato negro,
lo importante es que acepte sobornos.

No emigramos,
nos deporta el gobierno con sus políticas.

Si no trabajáis seréis pobres, si trabajáis también seréis pobres, ¡elegid!

(... hablaban de paz y se daban grandes estacazos con ramas de olivo...)

Voy a preparar la cena.
No tardes papi.

El viento de la historia avivó las llamas...

Todas las banderas deberían ser de luto.

jueves, 14 de agosto de 2014

Leila Guerriero: Frutos extraños (y sabrosos)


«[...] Yo no sé por qué me interesan las historias que me interesan —una larga lista de mutilados, gigantes, bateristas con síndrome de Down, directores de cine porno, chinos de supermercado, mafiosos, envenena- doras y magos—, aunque creo que todas tienen algo en común: se trata de historias que han sido recorridas hasta el hartazgo por diarios y revistas y en las que, a veces, veo un rayo: la sospecha de que, a pesar de todo, queda todo por decir. Y entonces el monstruo de mi curiosidad se despierta y yo ya no soy yo sino un pescador en mar espeso, sin caña y sin anzuelo, sin más estrategia que la pura paciencia y los ojos abiertos.
  Mucho tiempo después, cuando vuelvo a la orilla, lo que traigo en los brazos es un bicho difícil. Algo que se ríe y tiene la boca rota en un vagido interminable. Que miente y agoniza de sinceridad y se exhibe con ego de monstruo y se esconde con discreción de púber. Un ser cobijado en sedas y un íncubo enredado en secretos como babas; un asesino metálico y una entidad con la fragilidad de un ojo.
  Casi siempre me gusta lo que traigo en los brazos. Lo que traigo en los brazos es, casi siempre, algo profundamente vivo.» (p. 384)

Leila Guerriero (Argentina, 1967)
Frutos extraños (2009)
Alfaguara, 2012
[fragmento] / [Leila en El País]
  Vida del señor sombrero
(Homero Alsina Thevenet)
El Malpensante, Colombia
Diciembre de 2005-enero de 2006

«[...] En el suplemento cultural de el diario El País de Montevideo, que Homero fundó a los 68 años, no se publican avisos porque no se buscan avisos: no se propician avisos; no se usa color por cuestiones prácticas (obliga a disponer de fotos de mayor calidad); se eliminaron las bajadas (porque si el lector lee un resumen de lo que sigue, no lee lo que sigue) y, en tiempos en que la sobrevaluada religión del nuevo periodismo obliga al yo, se aborrece de la primera persona.
  —La primera persona es una traición, porque termina siendo más importante el escritor que lo escrito. Eliminamos los copetes porque si el copete dice todo lo necesario, el lector se va a ir. En el Cultural hice lo que yo quería hacer. Un suplemento sin concesiones. No le doy bolilla a Planeta si me dice que tal libro es muy importante, o si viene tal tipo con su libro de poesía para que se lo comente. No lo atiendo, no lo publico. Tenemos total independencia. Estoy trabajando con una libertad periodística que en la Argentina no tendría. Allí la crítica de cine está convertida en pildoritas con estrellitas: tres estrellitas, cuatro estrellitas, cinco estrellitas. Si hay que hacerlo se hace, pero hay que superar la instancia de esa crítica que dice “esto es largo, es feo, es malo, es bueno, entretenido”. Cuando uno se empieza a preguntar cómo lo hizo, por qué lo hizo, para qué lo hizo… eso es un progreso.
  Durante años, cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento Cultural, se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de un texto que Homero había incluido en una de sus Enciclopedias de datos inútiles bajo el título de “Algunas sugerencias para periodistas modestos” y que decía —dice— así: “Comience toda nota en el centro del tema [...] Las primeras líneas deben apresurarse a establecer qué, quién, dónde, cuándo. El cómo puede esperar al segundo parrafo. Elimine al máximo el Yo, el Nosotros, los otros pronombres respectivos (me, mí, nos). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible [...] Salvo casos de extrema necesidad, elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. [...] Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima [...] Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. Sea un espejo sin decir ‘aquí estoy como un espejo’. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma. [...] Reescriba toda vez que pueda hacerlo. Si tiene a mano un lector que ignore el tema, confíele una primera revisión del texto. Si él no entiende algo, la culpa es de usted [...] Elimine rodeos y larguezas. Un título periodístico llega a alargarse para llenar espacios, como ‘Se experimentaron precipitaciones pluviales en todo el sur de la república’, pero siempre será mejor que usted escriba, llanamente, ‘llovió en todo el sur del país’”.» (pp. 70-72) (Crónica completa)
[una lectura deliciosa]

sábado, 9 de agosto de 2014

Los pinos de la Maneta y los árboles de Ana María Matute

 

LOS ÁRBOLES
  «Desde muy niña me atrajeron con fuerza los árboles. Siempre supe sus nombres, pero durante mucho tiempo les llamé de otro modo, sólo para mí, que aún recuerdo. Los árboles de un bosque se diferencian claramente entre sí, como los hombres, a poco de pasar un tiempo entre ellos. Algo hay entre los árboles que no existe en parte alguna. Nada es igual a la sombra de los árboles, a su silencio, a su callada vida. Las hayas, los robles, los chopos, los álamos. Y cada uno de ellos tiene una expresión distinta entre sus hermanos de raza. Recuerdo las tardes, las mañanas, el anochecer, con la luz filtrándose entre los troncos. Aquella vida intensa y muda, tendida alrededor, alzada al cielo. Nunca se está enteramente solo ente los árboles. El viento, las ramas mecidas, el brillo de las hojas, los caminos de lluvia, las grietas que recorren las cortezas de los árboles, me fascinan. Recuerdo que apoyaba la cabeza en los troncos y pasaba el tiempo como sumida en aquellas rutas enanas, como perdida en un sueño largo, que aún hoy no he podido desentrañar. Tampoco la lluvia entre los árboles es igual a ninguna lluvia. Y el sol, y los ruidos, y el color de todas las cosas.
  El tiempo, que todo lo vuelve ceniza, parece detenerse ante los árboles, y, como el viento, los abraza y se va. Ellos crecen ante nuestros ojos, pero nosotros no nos damos cuenta. Alargan sus ramas al cielo y no envejecen. Acaso, un día, alguien dice: "Ese árbol ha muerto." Y entonces nos damos cuenta, de un modo brusco, total, de que el árbol ha dejado de vivir, de que solo es un altivo cadaver en pie. Se deja arrollar cuerdas, cercenar. Cae sin dolor, levanta un polvo leve, caliente, y desaparece con su gran dignidad inmaculada. Nadie puede humillar a un árbol. Nadie le ha visto nunca agonizar. He amado siempre a los árboles y siento su nostalgia. Recuerdo a un árbol alto que se elevaba raramente solitario al principio del camino que iba desde el prado al jardín alto de la casa. Era un chopo de la clase llamada "Carolina", con el tronco grueso y nudoso y las hojas muy grandes, que plantó un hermano de mi madre cuando era pequeño. En el tiempo en que yo le conocí, me parecía el mástil de un barco gigante y extraño. Muchas veces, de niños, habíamos jugado a barcos debajo de aquel árbol, o nos habíamos tendido bajo sus ramas, cuando volvíamos del río o de cualquier correría, para sosegarnos antes de entrar en casa y que no advirtieran en nuestra expresión fatigada las andanzas.

  Aquel árbol era para mí algo natural y solemne, inmune y sabiamente instituido. Inmutable como el sol, no sospechaba cuándo había nacido ni jamás pensé que un día podría morir. Sin embargo, una mañana, mi abuelo dijo, señalándolo con el bastón: "Ese árbol está muerto."
  Fue para mí como una revelación. De golpe me di cuenta de que había crecido, de que ya no era una niña. De que faltaban seres, objetos, sensaciones e incluso sueños, a mi alrededor. De que ya nadie se tendía junto a aquel tronco para mirar correr a las nubes, entre las hojas anchas, como huyendo hacia un desconocido país. Sentí un dolor hasta entonces desconocido. Un dolor vivo y, sin embargo, me atrevería a decir que bienhechor.
  Mi abuelo mandó derribar el árbol. Presencié la escena subida al muro de piedras que rodeaba la chopera. Golpearon su base con las hachas, le rodearon el cuerpo con una soga. Había algo grande y triste, como de martirio, en todo él. El árbol no perdió ni un momento su apostura, su gran altivez, en su hermosa muerte. Los golpes de las hachas sonaban claros en la mañana. Dolían y hacían bien a un tiempo. "Ojalá -me dije- se hiciera siempre así, conmigo." Deseé entonces que las malas nuevas, que los acontecimientos amargos, que la muerte, me llegarán de golpe, valientemente, sin anuncios lentos y falsamente caritativos. Si la muerte o el pesar nos llegasen como llegan al árbol nunca envejeceríamos.» (pp. 149-151)


Ana María Matute (1925-2014)
El Río (1963)
(narraciones autobiográficas)
Plaza & Janes, 1994

martes, 5 de agosto de 2014

Borges: Historia de los dos que soñaron

El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso:

    «Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla". A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de las naves, de los piratas, de los idolatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó a buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?". El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí". El capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?". El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Jorge Luis BORGES (1899-1986)
Historia universal de la infamia (1935)
Clásicos del siglo XX. El País, 2002
"Son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias."
    »Ante semejantes palabras, el capitán de rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete".
    »El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto».

(Del Libro de las 1001 Noches, noche 351.)

miércoles, 30 de julio de 2014

Houellebecq: La posibilidad de una isla


Daniel 24, 1

«Mira esas pequeñas criaturas que se mueven a lo lejos. Son hombres.
    A la luz que agoniza, asisto sin lamentos ni arrepentimientos a la desaparición de la especie. Un último rayo de sol roza el llano, pasa por encima de la cadena montañosa que intercepta el horizonte al este, tiñe el paisaje desértico de un halo rojo. El enrejado metálico de la barrera de protección que rodea la residencia resplandece. Fox gruñe suavemente; sin duda percibe la presencia de los salvajes. Por ellos no siento ninguna piedad, ningún sentimiento de comunidad. Los considero simplemente como monos un poco más inteligentes, y por eso mismo más peligrosos. A veces abro la barrera para socorrer a un conejo o a un perro vagabundo; nunca para ayudar a un hombre.
    Tampoco se me ocurriría nunca aparearme con una hembra de su especie. La barrera interespecífica, que suele ser territorial en los invertebrados y las plantas, se vuelve principalmente comportamental en los vertebrados superiores.

    En algún lugar de la Ciudad Central hay un ser modelado a mi imagen y semejanza; al menos tiene mis rasgos y mis órganos internos. Cuando yo muera, la ausencia de señal será captada en cuestión de nanosegundos; se pondrá en marcha la fabricación de mi sucesor. Al día siguiente, o al otro a más tardar, se abrirá la barrera de protección; mi sucesor se instalará entre estas paredes. Será el destinatario de este libro.
  La primera ley de Pierce identifica personalidad y memoria. En la personalidad no existe nada salvo lo memorizable (ya se trate de memoria cognitiva, comportan mental o afectiva). Por ejemplo, gracias a la memoria el sueño no disuelve en absoluto la sensación de identidad.
    Según la segunda ley de Pierce, el soporte adecuado de la memoria cognitiva es el lenguaje.
  La tercera ley de Pierce define las condi- ciones de un lenguaje incapaz de tergiversar.

    Las tres leyes de Pierce acabarían con las azarosas tentativas de descargas mnemónicas a través de un soporte informático, en provecho, por un lado, de la descarga molecular directa y, por otro, de lo que hoy conocemos como relato de vida, inicialmente concebido como mero complemento, una solución provisional pero que, a consecuencia de los trabajos de Pierce, cobraría una importancia considerable. De hecho, este crucial avance lógico llevaría, curiosamente, a la rehabilitación de una forma antigua, en el fondo bastante cercana a lo que antaño llamaban autobiografía.
    No hay reglas precisas respecto al relato de vida. El principio puede tener lugar en cualquier punto de la temporalidad, igual que la primera mirada puede detenerse en cualquier punto del espacio de un cuadro; lo importante es que, poco a poco, asome el conjunto. » (pp. 25-26)

+ El mapa y el territorio
+ Ampliación del campo de batalla


La posibilidad de una isla
Michel Houellebecq
(La Possibilité d'une île, 2005)
Trad: Encarna Castejón
Punto de lectura, 2013
448 pág. 9,99 €


"La Possibilité d'une île", la película, dirigida por Michel Houellebecq.

"La Possibilité d'une île", la canción, interpretada por Carla Bruni.

«Mi vida, vida mía, mi antiquísima vida,
mi primer deseo mal curado,
mi primer amor disminuido,
has tenido que volver.

He tenido que conocer
lo mejor que hay en la vida,
dos cuerpos que disfrutan de su felicidad
uniéndose y renaciendo sin fin.

En completa dependencia
comparto el temblor del ser,
la vacilación de desaparecer,
el sol que azota el lindero.

Y el amor, en el que todo es fácil,
donde todo se da al instante:
existe en mitad del tiempo
la posibilidad de una isla.»

"La posibilidad de una isla", poema de Michel Houellebecq contenido en el libro.
[qué libro tan trabajoso]

jueves, 24 de julio de 2014

Afinidades editoriales (de este blog)

 editorial libros

 Anagrama 60
 RH Mondadori 29
 Seix Barral 21
 Tusquets 20
 Alianza 14
 Lumen 12
 DeBolsillo 11
 Galaxia Gutenberg 10
 Blackie Books 9
10   Debate 9
11   Alfaguara 7
 editorial libros

12   Punto de lectura 7
13   Acantilado 6
14   Sexto Piso 5
15   Minúscula 5
16   Quaderns Crema 5
17   Alfabia 4
18   Edicions 62 4
19   Austral 4
20   Booket 4
21   Duomo  3
 22  Destino 3

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lunes, 21 de julio de 2014