viernes, 28 de agosto de 2015

Ella es la lectora (Ricardo Piglia, Blanco nocturno)

«—Me gusta Traffic, me gusta Cream, me gusta Love —dijo y se volvió a sentar—. Me gustan los nombres de esas bandas y me gusta la música que hacen.
—A mí me gusta
Moby Dick.
—Sí, me imagino… A vos te sacan los libros y quedás en bolas. Mi madre es igual, sólo está tranquila si está leyendo… Cuando deja de leer, se pone neurasténica.
—Loca cuando no lee y no loca cuando lee…
—¿La ves ahí…?, ¿ves la luz prendida…?
Había un pabellón del otro lado del jardín, con dos grandes ventanales iluminados en los que se veía una mujer con el pelo blanco atado, leyendo y fumando en un sillón de cuero. Parecía estar en otro mundo. De pronto se quitó los anteojos, levantó la mano derecha y buscó atrás, a tientas, en un estante de la biblioteca que no se alcanzaba a ver, un libro azul, y luego de poner la página contra la cara, volvió a calzarse las gafas redondas, se arrellanó en el alto sillón y siguió leyendo.
—Lee todo el tiempo —dijo Renzi.
—Ella es la lectora —dijo Sofía.
[...]
—¿Y qué lee? —preguntó Emilio.
—Novelas —dijo Sofía—. Llegan en grandes paquetes una vez por mes las entregas para mi madre, las encarga por teléfono y siempre lee todo lo que ha escrito un novelista que le interesa. Todo Giorgio Bassani, todo Jane Austen, todo Henry James, todo Edith Wharton, todo Jean Giono, todo Carson McCullers, todo Ivy Compton-Burnett, todo David Goodis, todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós. Nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce.
» (págs. 186 y 200)
[...]
«—Mi madre dice que leer es pensar —dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objeto de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando.» (pág. 251)

martes, 25 de agosto de 2015

Navegación a la vista, gustosa segunda memoria de Gore Vidal


GORE VIDAL (1925-2012)
Navegación a la vista
[Point to Point Navigation, 2006]
Trad. Aurora Echevarría
DEBOLSILLO, 2009
[inicio]
«Mientras empaqueto los libros y los cuadros que Howard y yo hemos ida adquiriendo en La Rondinaia desde que nos instalamos en ella hace treinta y tres años, no paro de dar vueltas a una conversación que sostuve con John Steinbeck en el apartamento de un amigo en Manhattan. Los dos hablábamos de casas y de la necesidad de echar raíces para siempre. Yo acababa de comprar Edgewater, junto al Hudson. No me imaginaba queriendo vivir en ningún otro lugar. Es cierto que los veranos eran demasiado calurosos y los inviernos demasiado fríos, pero era la casa perfecta en muchos sentidos. Sospecho que era lo que siempre había deseado realmente y que esa es la razón por la que sigo soñando con que la recupero de algún modo y me mudo otra vez a ella con Howard, quien, por supuesto, sigue vivo. Steinbeck era del mismo parecer. Dijo: "La de veces que me habré instalado en una casa para siempre, sin ninguna intención de irme de allí, hasta que llega el día inevitable de seguir el viaje, y la casa se vacía, y de pronto todos nos hemos ido y estamos viviendo en otro lugar". Según escribo esto, me estoy preparando para seguir viaje, Edgewater en el valle del río Hudson una parte de mi vida está siendo empaquetada y me encuentro una vez más en tránsito, ni aquí ni allí. Estos ensayos de la muerte exigen cada vez más de uno, hasta que al final, sospecho, no quede absolutamente nada, aparte de la vieja bata de Howard colgada detrás de la puerta del cuarto de baño, un refugio para las polillas, que Rita sostiene que son luciérnagas arguyendo que yo no sabría diferenciarlas.» (pág. 248)

domingo, 23 de agosto de 2015

Palimpsesto, prolija primera memoria de Gore Vidal


GORE VIDAL (1925-2012)
Una memoria
[Palimpsest: a memoir, 1995]
Trad. Richard Guggenheimer
Mondadori, 1999
  «—Como Edgard Alla Poe —repliqué con severidad. Si me iba a prostituir, bien lo podía hacer siguiendo los pasos de un maestro. Durante varios años viví de las ganancias de las tres novelas que escribí como Edgard Box. The New York Times le prodigaba elogios a Box; luego, años más tarde, cuando publiqué las tres en un solo volumen confesando ser el autor, el Times se retractó de sus tres buenas críticas sustituyéndolas por una negativa. [...]
  Alabé a Victor ante el productor como el hombre que había convertido a William Faulkner en un superventas. Dado que el productor no había oído hablar de Faulkner no creo que estuviese muy impresionado; luego se marchó.
  —¿Sabes, Gore? —me confesó Victor de pronto—, es cierto lo que has dicho. Yo le convertí en un superventas y todo eso. Como lo hice contigo también, y con muchos otros; pero lo peor de todo fue lo que más tardamos en descubrir, y siempre lo mantuve en secreto.
  Bajó la voz.
  —El contenido de una edición de bolsillo no significa nada. Es la portada lo que vende. Lo sospeché por primera vez cuando Absalom: Absalom vendió más que Santuario. ¿Cómo puede ser eso? Absalom es prácticamente ilegible. Gore con JF Kennedy De modo que cambié las portadas. Le puse una erótica a Santuario y una distinguida a Absalom. Santuario se disparó. Realmente todo se basaba en la presentación. Te agradecería que no lo comentases con demasiados editores.» (pág. 294)

· "Un libro aburrido, sin gracia [...] y que resulta soporífero.", Lola Diehl en Artes hoy.
· Los frutos amargos de la dulce ira, Patricio Pron en Revista de Libros.

martes, 18 de agosto de 2015

Azorín: Tiempos y cosas


José Martínez Ruiz
AZORÍN
RETRATO DE JUVENTUD
(de un hombre fiero)



AZORÍN (1873-1967)
TIEMPOS Y COSAS
Colección RTV, 76
Biblioteca Básica Salvat, 1970
[María Rosario]
«Yo llego a las diez a la pequeña biblioteca y doy una vuelta por ella; los estantes de los libros están sumidos en una suave penumbra; las anchas y redondas pantallas blancas difluyen sobre los pupitres una claridad viva. Periódicos, libros, papeles se ven desparramados sobre las mesas, en ese desorden que sigue a las largas horas de trabajo. Pero yo no me intereso por los libros, por los papeles y por los periódicos; yo soy un hombre fiero que ya desdeña profundamente los libros y quiere a todo trance vivir la vida. "¿Para qué sirven los libros?", pregunto yo en mi fuero interno lanzando una mirada sobre estos volúmenes, desperdigados sobre las mesas que durante toda la tarde han sido leídos y releídos. "Gástese la primera estancia del bello vivir -dice Baltasar Gracián- en hablar con los muertos (es decir, leer); la segunda jornada se emplee con los vivos: ver y registrar todo lo bueno del mundo; la tercera jornada sea toda para sí: última felicidad, el filosofar." Y yo, que ya he leído millares y millares de libros y que he entrado en la segunda jornada de la vida, ¿será lógico que continúe pasando y repasando hojas ante un pupitre inmóvil, silencioso? No; yo, ahora, he de registrar todo lo bueno del mundo, como dice el maestro. ¿Y qué es lo bueno que hay en este diminuto Ateneo? No es nada; pero yo doy otra vuelta, distraído, por la pequeña biblioteca, y después paso al salón de periódicos españoles. Tampoco aquí hay nada bueno: los periódicos españoles dicen siempre lo mismo. ¿Para qué vamos a leer los periódicos españoles? Y sigo hacia la sala de los periódicos extranjeros.
    Yo los miro todos —ingleses, franceses, alemanes, italianos—, puestos sobre el ancho tablero. Acaso voy a coger alguno; tal vez voy a pensar que también los periódicos extranjeros dicen siempre lo mismo. Pero esta nebulosa del pensamiento no llega a condensarse en mi cerebro... En la mesa inme- diata, allá en un extremo, en la semioscuridad grata de la sala, he visto un busto femenino, inclinado sobre una blanca hoja. Yo experimento un pequeño sobresalto... ¿será esto todo lo bueno del mundo que yo iba buscando?» (de IMPRESIONES DEL ATENEO, págs. 27-28)

jueves, 13 de agosto de 2015

Hans Fallada: Solo en Berlín

¡La Guerra de Hitler es la muerte de los trabajadores!
¡La Guerra de Hitler
es la muerte de los trabajadores!


Otto Hampel y Elise Hampel
Elise y Otto Hampel


Hans Fallada
SOLO EN BERLÍN
[Jeder stirbt für sich allein, 1946]
Trad. Rosa Pilar Blanco
[una obra maestra]
Maeva, 2011
552 págs. | 7 €


Hans Fallada (1893-1947)
«Después tomó la pluma y dijo en voz baja, pero con énfasis:
  —La primera frase de nuestra primera postal dirá: "Ma- dre: El Führer ha matado a mi hijo...."
  Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar...   En ese instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con una palabra podían ser borrados para siempre, y al otro lado el Führer, el Partido, con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas partes, incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás. ¡Y ellos dos allí solos, en esa reducida habitación de la calle Jablonski!
  Mira hacia el hombre. Mientras ella piensa todo eso, él ha llegado a la tercera palabra de la primera frase. Traza con infinita paciencia la «F» de Führer.
  —¡Déjame escribir a mí, Otto! —le ruega—. Lo haré mucho más deprisa.
  Primero él suelta un gruñido. Pero luego se lo explica.
  —Tu letra —le dice—. Más tarde o más temprano nos pillarían por tu letra. Ésta es una escritura caligráfica, son caracteres lapidarios... lo ves, una especie de letras de imprenta...
  Vuelve a enmudecer, continúa escribiendo. Sí, así se lo había imaginado. No cree haber olvidado nada. Conocía esa escritura caligráfica por los diseños de muebles de los interioristas, nadie notará en una letra así de quién procede. Como es natural, con las manos de Otto Quangel, poco acostumbradas a escribir, sale muy basta y maciza. Pero no importa, no lo delatará. Es más bien algo bueno, porque así la postal adquiere una cualidad de cartel que llama inmediatamente la atención. El hombre prosigue su labor con paciencia.
  Anna también se ha armado de paciencia. Comienza a hacerse a la idea de que será una guerra larga. Ahora se ha calmado en su interior, Otto lo ha pensado todo, Otto es de fiar, siempre, siempre. ¡Qué bien lo ha pensado! La primera postal de esa guerra tiene su origen en el hijo caído, habla de él. Un día tuvieron un hijo, el Führer lo ha asesinado y ahora escriben postales. Un nuevo período de la vida. Exteriormente nada ha cambiado. Tranquilidad en el hogar de los Quangel. Por dentro todo ha sufrido cambios radicales, ha empezado una guerra...
  Saca su cesto de costura y empieza a zurcir calcetines. De vez en cuando mira a Otto, que pinta sus letras despacio, sin acelerar nunca el ritmo. Casi después de cada letra estira el brazo, coloca la postal ante sus ojos y la contempla con los ojos entornados. Luego asiente.
Por fin le enseña la primera frase terminada. Muy grande, ocupa una línea y media de la postal.
  —¡No te cabrá mucho en una postal así! —comenta ella.
  —¡Lo mismo da! ¡Pienso escribir todavía muchas pos- tales como ésta! —le contesta.   —Una postal de esas requiere mucho tiempo.
  —Escribiré una, más adelante quizá dos cada domingo. La guerra todavía no ha terminado, los asesinatos no tienen fin.» (págs. 168-169)

lunes, 10 de agosto de 2015

Kapuscinski viaja (y reflexiona) con Heródoto


«Allí en Argel, después de varios años de ejercer de reportero, empecé a darme cuenta de que iba por un camino equivocado. El camino de la búsqueda de imágenes espectaculares, de la ilusión de que es posible escudarse en la imagen para sustituir con ella el intento de penetrar más profundamente en la comprensión de la realidad, de que es posible explicarla tan sólo a través de lo que la imagen tiene a bien mostrar en los momentos de las convulsiones espasmódicas del mundo, cuando lo sacuden disparos y explosiones, cuando se llena de fuego y humo, de polvo y olor a chamusquina, cuando todo se desmorona no dejando piedra sobre piedra y sobre los cascotes se sientan personas desesperadas inclinándose sobre los cuerpos sin vida de sus allegados.

Pero, ¿cómo se ha producido tamaña tragedia? ¿Qué revelan estas escenas de aniquilación, llenas de gritos y de sangre? ¿Qué fuerzas subterráneas e invisibles al tiempo que poderosas e indómitas las han desencadenado? ¿Revelan el final de un proceso o, por el contrario, su inicio? ¿No augurarán acaso más conflictos y nuevos actos cargados de tensión? ¿Y quién se encargará de seguirlos? No lo haremos nosotros, los corresponsales y reporteros, pues apenas en el lugar de los hechos entierren a los muertos, apenas retiren de las calles los coches quemados y barran los cristales rotos, enseguida recogeremos nuestros bártulos para marcharnos allí donde se incendian coches, se hacen añicos los cristales de las vitrinas y se cavan tumbas para los muertos.

¿No sería posible salirse de este estereotipo, de esta sucesión de imágenes, para intentar llegar más allá? Al no poder escribir sobre tanques, coches quemados y escaparates rotos —pues no vi nada de esto—, y queriendo al mismo tiempo justificar mi arbitraria decisión de emprender aquel viaje, empecé a buscar el trasfondo y los resortes del golpe, intentando averiguar lo que escondía y qué significaba, para lo cual me puse a hablar con la gente, a observar sus rostros y comportamientos, a escrutar el lugar y, también, a leer; y todo con el fin —en una palabra— de intentar comprender algo.» (págs. 254-255)

Herodoto de Halicarnaso Viajes con Herodoto, Ryszard Kapuscinski Ryszard Kapuscinski
Ryszard Kapuscinski
Viajes con Heródoto
[Podróze z Herodotom, 2004]
Trad. Agata Orzeszek
Anagrama, 2007
"El sentido de la vida
es cruzar fronteras"

martes, 4 de agosto de 2015

László Krasznahorkai: Y Seiobo descendió a la Tierra

«Ocurre todo esto en Kioto, y Kioto es la Ciudad Permanente del Comportamiento, el Tribunal de los Condenados a la Actitud Correcta, el Paraíso de la Conservación de la Postura Obligatoria, el Centro de Castigo de los Incumplimientos. El laberinto de la ciudad se compone de los diversos dédalos del Comportamiento, de la Actitud y de la Postura, de la infinita complejidad de las normas referidas a la relación con las cosas. No existen ni un solo palacio ni un solo jardín, no existen ni las calles ni los espacios interiores, no existe el cielo sobre la ciudad, no existen ni la naturaleza ni el rojizo momiji otoñal en las montañas circundantes ni el musgo en los patios de los monasterios, no existe la red de lo que queda de las tejedurías de seda de Nishijin, no existe el barrio de geishas escondido junto al santuario de Kitano Tenmangu, no existen ni el rigor arquitectónico puro de Katsura Rikyu ni el hechizo de las pinturas de la familia Kano en Nijo-jo, no existen ni el vago recuerdo del lugar de lo que fue el Rashomon ni el simpático cruce de Shijo y Kawaramachi en el centro de la ciudad en el agitado verano de 2005, no existe el hermoso arco de Shijobashi, del puente que señala hacia el elegante y siempre misterioso Gion, como tampoco existen los dos maravillosos hoyuelos en la carita de una de las geishas danzantes de Kitano-odori, sino que únicamente existe el Gigantesco Montón de Normas referidas a ellos, el orden de la etiqueta que actúa por encima de todo, que se extiende a todo y que, sin embargo, jamás ni una sola persona ha entendido plenamente, la invariable y a la vez voluble Cárcel de las Complejidades entre cosa y ser humano, entre ser humano y ser humano y, además, entre cosa y cosa, porque sólo así, sólo a través de ella son autorizados a existir los palacios y jardines, las calles trazadas en una cuadrícula y el cielo y la naturaleza y el barrio de Nishijin y Fukuzuru-san y Katsura Rikyu y el lugar ya frío de Rashomon y los dos encantadores hoyuelos en la carita de la geisha de Kitano-odori cuando ella, nacida en el encanto, aparta un poquito, por un instante, su abanico para que todos le vean el rostro, pero realmente sólo por un instante, le vean esos dos hoyuelos de una belleza inmortal, esa sonrisa delicada, encantadora, fascinante que esboza ante el público compuesto por las viles miradas de una clientela de ricachones.» (págs. 12 y 13)

sábado, 1 de agosto de 2015

Sara Mesa: Cicatriz


SARA MESA (Madrid, 1976)
Cicatriz
Anagrama, 2015
194 págs | 16,90 € | curioso

Sara en La cueva del erizo
«Continúan escribiéndose. Pero Knut Hamsun no quiere más fotos, o al menos no las pide. Knut sólo quiere saber sobre ella, hablar con ella. Al principio establece el contacto a partir de los libros enviados. ¿Qué te pareció La ciudad sitiada ? ¿Cuáles de los de Onetti prefieres? Por favor, en cuanto lo leas, me gustaría comentar El astillero contigo. Al final de sus mensajes siempre desliza otro tipo de preguntas: ¿Cuántos años tienes? ¿Vives con tus padres? ¿Cómo es el lugar donde trabajas? ¿Por qué decidiste ir a la quedada de Cárdenas? ¿Te pareció atractivo alguno de los hombres que estuvo allí? Abandonan el foro, por el que ya no sienten interés, y se comunican por correo electrónico. Los de Knut, que llegan a diario, son extensos, concienzudos, sin puntos y aparte, sin encabezamientos ni despedidas. Sonia se da cuenta de que resulta imposible cerrar las conversaciones. Cada nueva respuesta que ella le da genera a su vez nuevas preguntas.
    ¿De verdad crees que la atracción de Larsen por la mujer de Gálvez es en realidad una muestra más de su desprecio? ¿Podrías profundizar en eso que has dicho del desasosiego que te crea Juntacadáveres? ¿En serio te ha defraudado Jung? ¿Sabrías explicarme por qué? No digas simplemente que te defrauda algo sin profundizar en ello. Has de intentar siempre bucear en tus afirmaciones. Si no sabes de dónde vienen, si no sabes sostenerlas con un razonamiento, entonces deberías revisarlas. Haz caso a Proust y adéntrate siempre en tu intuición.» (págs. 24 y 25)

martes, 28 de julio de 2015

viernes, 24 de julio de 2015

TRIUNFO de una época (lejana)

El erotismo y España El control físico de la mente La gauche divine La Mujer

«[...] José María Moreno Galván. Lo vi otra vez, y muchas veces, en Madrid; huía de su casa para comer pinchos de tortilla en un bar que aun está en la plaza del Conde del Valle de Suchil, donde se hacía la revista Triunfo, para la que él escribía la crítica de arte. Allí se presentaba José María a mediodía, a buscar a Víctor Martínez Reviriego, uno de sus dos jefes de redacción [...] Víctor era, es, un hombre pausado y memorioso, capaz de recordar versos, historias y detalles, y recuerda esa ocasión mejor que nadie, como yo recuerdo quizás igual que él nuestros encuentros en Triunfo en los primeros años setenta, cuando la revista era el centro de las aspiraciones culturales, intelectuales y políticas de un país cansado de tanta posguerra. En aquella redacción estaban Víctor, César Alonso de los Ríos y un joven con una casaca marrón, Nicolás Sartorius [...] Nos recibieron, además de Víctor, José Ángel Ezcurra y Eduardo Haro Tecglen. Ezcurra era el director; entonces me parecía muy alto, con su bigote apaisado, cierta solemnidad en el rostro; miraba como si estuviera por encima de su propia estatura, afectuoso y gentil, un caballero de Valencia, siempre pendiente de que nadie en la reunión se sintiera fuera del circuito de la conversación. Haro era muy adusto, silencioso; escuchaba y asentía, pero opinaba poco. Ezcurra hacia preguntas [...]» (Págs. 127-128 de EGOS REVUELTOS, JUAN CRUZ, Tusquets, 2013)

«Desde 1962 al 1982, veinte años de Triunfo, una de esas revis- tas que eran como el carné de identidad que se llevaba doblada bajo el brazo, completamente digitalizada. Genial.» manuel_h

miércoles, 22 de julio de 2015

Memorias de Balthus

Balthasar Kłossowski de Rola (29 de febrero de 1908 en París - 18 de febrero de 2001) fue un artista polaco-francés

[27] «También ha sido constante esa búsqueda en todos mis dibujos. No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable. Apresar esa dulzura, hacer que la mina de plomo recupere en la hoja de papel el óvalo todavía nuevo de un rostro, esa forma semejante al rostro de los ángeles. Siempre he tenido una complicidad natural, ingenua, con las niñas, Natalie de Noailles, Michelina, Katia, Sabine, Frédérique o más recientemente Anna. Lo que estaba en juego durante las largas sesiones de las modelos eran apuestas de alma, pues ante todo se trataba de que saliera el alma, la dulzura del alma, la inocencia del espíritu, lo que aún no se había alcanzado, que venía del principio de los tiempos y había que mantener a toda costa. Hay algo musical en este proceso, sopesar los silencios en una partitura, tan sensible en Schubert, por ejemplo, o cuando Mozart se deja de fantasías y se adentra en lo grave para llegar así al secreto, al "paraíso de esplendores desaparecidos" del que habla Lewis Carroll en A través del espejo. No hay nada más arriesgado ni más difícil de hacer que reproducir la claridad de una mirada, el terciopelo casi imperceptible de una mejilla, la presencia de una emoción que se advierte en la mezcla de pesadez y ligereza de los labios. Es al equilibrio milagrosamente musical de los rostros de mis jóvenes modelos adonde he querido llegar. En realidad mi meta no fue tanto el cuerpo, o el parecido de los rasgos, cuando lo que estaba más allá o más acá de sus cuerpos o de sus rasgos, en su noche o su silencio. El carboncillo puede dar todo eso, la gracia entrevista, la plegaria. Por eso todavía me indignan las interpretaciones estúpidas según las cuales mis niñas proceden de una imaginación erótica. Decir eso es no entenderlas, lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje.»

domingo, 19 de julio de 2015

(exquisitos) Momentos estelares en Yecla





Stefan Zweig (1881-1942)
MOMENTOS ESTELARES
DE LA HUMANIDAD

(Catorce miniaturas históricas)
[Sternstunden der Menschheit, 1927]
Trad. Berta Vias Mahou
Acantilado, 2015
312 páginas
«Sólo el siglo XIX transforma de un modo fundamental la medida y el ritmo de la velocidad terrestre. En su primera y segunda década, los pueblos, los países se aproximan unos a otros con mayor rapidez que en los siglos precedentes. Con el ferrocarril, con el barco de vapor, los viajes que antes duraban días se hacen ahora en uno solo; los que hasta ahora requerían interminables horas, en un cuarto de hora o minutos. [...] Con repercusiones por completo insospechadas se presentan los primeros adelantos de la electricidad, que violan todas las leyes vigentes hasta entonces y rompen todas las medidas en vigor. Jamás podremos comprender el asombro de aquella generación frente a los primeros resultados del telégrafo eléctrico, el enorme estupor y el entusiasmo que despertó el que esa pequeña chispa, apenas perceptible, que aún ayer sólo era capaz de dar una sacudida a una pulgada de distancia de la botella de Leyden, alcanzara de golpe la fuerza demoníaca para saltar kilómetros y kilómetros por encima de países, montañas y continentes enteros. Que la idea apenas barruntada hasta sus últimas consecuencias de que la palabra recien escrita pudiera recibirse, ser leída y entendida en el mismo momento a miles y miles de millas; que la corriente invisible que vibra entre los dos polos de una minúscula columna voltaica pudiera extenderse por toda la tierra, de un extremo al otro; que ese aparato de juguete de los laboratorios, que ayer era capaz de atraer un par de trocitos de papel por frotamiento de un cristal, pudiera potenciar en miles y miles de millones la fuerza muscular y la velocidad humana, trayendo noticias, moviendo trenes, iluminando calles y casas, y como Ariel flotar invisible en el aire. Sólo por medio de este descubrimiento la relación espacio-tiempo experimentó el cambio más decisivo desde la creación del mundo.» (págs. 189-191)

miércoles, 15 de julio de 2015

Xuan Bello: (la estupenda) Història universal de Paniceiros

Paniceiros_Naranco

«El secret d'avorrir consisteix a explicar-ho tot. Per això aquí s'explica només a mitges, deixant a gratcient una penombra, i avisant des de les primeres ratlles que, de la veritat d'allò que s'esdevingué, o d'allò que vaig intuir o vaig somniar, n'hi ha la meitat de la meitat. Admirador de Zola i de Balzac, mai no vaig aspirar a ser un realista. Si sempre vaig tenir problemes a l'hora d'enfrontar-me amb la vida, ¿per què havia d'adoptar una postura estilística que no s'adeia, ni que hagués caigut en la impostura, amb el meu tarannà? Confesso que, quan hom em va exigir que posés en funcionament els mecanismes de la intel·ligència pràctica per resoldre problemes reals, sempre hi vaig oposar el somni i l'ideal com a mesures pal·liatives. I així em va anar, i em va.
    Escric en una llengua [asturià] que parla molt poca gent, que llegeix encara menys gent. L'ambició literària més gran que tinc és de retratar la vida tal com va ser o tal com vaig somniar que era, d'un lloc que no té més de quaranta habitants. Vaig veure morir un món i en vull donar notícia: ¿què els importa a vostès si la casa tenia les parets emblanquinades o de pedra, si en aquell serral hi havia un roure o un dipòsit d'aigua, si aquell pastor llegia Jules Verne o bé esmerçava el temps engiponant flautes? Són detalls que només tenen importància en el moment en què es diuen. Jo invento, és a dir, aspiro a inventar la realitat, i per això no conec millor manera que dir mentides.» (págs. 12-13)
Conozco un país onde al mundu-y llamen
Zarréu Grandiellu Picu la Mouta Paniceiros


XUAN BELLO (Paniceiros, 1965)
Història universal de Paniceiros
[Hestoria universal de Paniceiros, 2002]
Trad. de l'asturià: Jordi Raventós
Adesiara Editorial, 2008
Clave de fondo en RTPA
POESÍA ASTURIANA D'ANGUAÑO

domingo, 12 de julio de 2015

Marian Engel: Oso

Imagen: Bear, de Gabriella Barouch
Marian Engel (Toronto, 1933)
OSO (Bear, 1980)
Trad. Magdalena Palmer
Impedimenta, 2015

    «Oso, llévame al fondo del océano. Oso, nada a mi lado. Oso, abrázame, envuélveme, nada conmigo abajo, abajo, abajo.

    Oso, haz que por fin me sienta cómoda en el mundo. Dame tu piel.

    Oso, solo quiero esto y nada más de ti. Oh, gracias, oso. Siempre te protegeré de los desconocidos y de las miradas curiosas.

    Oso, abandona tu humildad. Tú no eres un animal humilde. Tienes pensamientos propios. Cuéntamelos.

    Oso, no puedo ordenarte que me quieras, pero creo que me quieres. Lo que yo quiero es que sigas siendo lo que eres y que lo seas para mí. Nada más. Oso.»
(págs. 136-137)