viernes, 21 de septiembre de 2018

L’art de portar gavardina, de Sergi Pàmies

Sergi Pàmies
L'ART DE PORTAR GAVARDINA
Quaderns Crema, 2018 - 125 pàgs. - inici
[torrencial, tendre, lúcid, un (breu) plaer]
«La prova que va ser coherent amb els seus principis és que quan [Teresa Pàmies] ja no va poder reciclar el que vivia en articles, llibres o col·laboracions radiofòniques, la mare es va morir. Dit així pot semblar brusc, però el cert és que la manera com es va resistir a la decrepitud va portar-la fins al límit de l'obstinació. En realitat, aplicava una filosofia encarnada en més de trenta llibres publicats amb un tema gairebé únic: la seva vida. Per això no va deixar d'escriure ni a la residència, on es va entestar a enclaustrar-se amb l'argument que no volia ser una càrrega per ningú, ni, en els dos últims anys, a casa del meu germà i la meva cunyada, que li van demostrar que sovint val més ser una càrrega a casa que un problema fora. Vaig seguir de prop aquesta evolució de l'orgull d'assistència geriàtrica, reivindicat com a signe d'independència (sobretot d'ençà de la mort del meu pare), a la dependència esclavitzant. En l'escalafó familiar, ser escriptor em situava en la posició adequada per assumir la missió d'interpretar—si més no d'intentar-ho—les seves peticions. Si m'esforço a ser rigorós, he de situar l'inici del deteriorament quan la mare va deixar de fer servir la màquina d'escriure. Ja no tenia les facultats per teclejar amb la llegendària energia habitual. Amb orgull de mecanògrafa autodidacta amanit amb tota mena de sermons contra la informàtica entesa com a instrument capitalista d'alienació, s'havia resistit a fer servir ordinadors. Però per demostrar que no era reaccionaria (reaccionari era un dels adjectius preferits), considerava que el pas de la màquina mecànica a l'elèctrica el súmmun del progrés.» (págs. 31-32)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Un día en la vida de una mujer sonriente, de Margaret Drabble

Margaret Drabble (Reino Unido, 1939)
UN DÍA EN LA VIDA DE UNA MUJER SONRIENTE
[A Day in the Life of a Smiling Woman, 2011]
Trad. de Miguel Ros González
Impedimenta, 2017 - 272 págs. - inicio - bibl. lesseps
• Mejor la piedra
[me chirriaba todo]
«Había una mujer. Tenia treinta y tantos año y era muy famosa, en cierto sentido. La verdad es que no pretendía serlo: sencillamente, la fama le había llegado sin mucho esfuerzo por su parte. [...] Su marido también era muy famoso pero solo para la gente que sabia a lo que se dedicaba. Su fama solo abarcaba su mundo. Era el editor de un semanal, de manera que tenía bastante influencia sobre cierta gente. De hecho, fue su influencia lo que le proporcionó el trabajo a Jenny. Se estaba empezando a aburrir, su hijo pequeño iba a la guardería y los mayores al colegio, así que su marido le buscó algo con lo que mantenerse ocupada. Pregunto a unos cuantos amigos y, al final, le encontró un trabajito agradable en un canal de televisión. Sin embargo, no se había imaginado en absoluto lo popular que se volvería. [...] Y ahí no acababa la cosa: también era extremadamente eficaz. Siempre había sido eficaz, la verdad sea dicha. Siempre servía los cuatro platos que solían componer las comidas familiares, cocinados a la perfección, en el momento justo. Nunca llegaba tarde a recoger a los niños del colegio, nunca se olvidaba de su dinero para el almuerzo ni de sus cosas para la piscina. Nunca se le acababa el azúcar ni el papel higiénico ni la cinta adhesiva. Así que nadie debería haberse sorprendido de lo bien que se adaptó a su nueva vida. Nunca llegaba tarde. Nunca olvidaba una cita. Nunca se le pasaba su sesión informativa. Empezó discretamente, haciendo entrevistas sobre actos culturales en una sección de un programa de arte, y siempre conseguía dar en clavo, pronunciando las palabras oportunas a todo el mundo en el momento oportuno. Nunca resultaba ofensiva, pero tampoco aburría a la gente [an so on]» (págs. 137-138)
«A veces, [su marido] se despertaba en plena noche y le pegaba.» (pág. 139)

jueves, 13 de septiembre de 2018

Lo que te pertenece, de Garth Greenwell

Garth Greenwell (Estados Unidos, 1978)
LO QUE TE PERTENECE
[What Belongs to You, 2016]
Trad. Javier Calvo Perales
Literatura Random House, 2018 - 224 págs. - inicio
Topography of a novel, The Guardian, 2016
[poderosa / adictiva]
«Las hierbas y los árboles exhalaban una gran cantidad de cápsulas de semillas, cada diminuto grano cobijado e impulsado por un penacho velludo a modo de paracaídas o sombrilla. Pensé, mientras contemplaba aquella siembra de la tierra, en Whitman, cuyos poemas acababa de enseñar a los alumnos que ahora estaban escuchando charlas sobre lingüística matemática de las que luego me hablarían mientras cenábamos en la ciudad, contándome cómo se imaginaban que reaccionaría yo a los argumentos formulados sobre poesía y estructuras métricas y de rima, sus apelaciones numéricas a nuestro placer. Había versos en la poesía de Whitman que siempre me habían parecido excesivos en su entusiasmo, su desenfrenado erotismo; me incomodaban un poco, aunque a mis alumnos les encantaban, recibiéndolos año tras año con risas. Fueron esos versos que acudieron a mi mente en aquel sendero de Blagoevgrad, mientras contemplaba caer las semillas como nieve, los que definieron y enriquecieron aquel momento. Qué eran aquellas semillas sino el lento cosquilleo de los genitales del viento, la urgencia procreadora del mundo, y me di cuenta de que siempre los había interpretado mal, esos versos que nunca había entendido; no eran en absoluto excesivos, eran precisos, y por un momento entendí el deseo del poeta de estar desnudo ante el mundo, su locura, como él dice, por sentir su contacto. Incluso llegué a sentir algo de aquel deseo, aunque no hubiese nada de locura en mi caso, casi siempre había vivido mi vida por debajo del tono de la poesía, una vida de inhibiciones y oportunidades perdidas, quizá, pero también una vida soportable, una vida que hasta cierto punto había elegido y continuaba eligiendo.» (págs. 43-44)

(pág. 65)

domingo, 9 de septiembre de 2018

Llega el rey cuando quiere, de Pierre Michon

Pierre Michon (Francia, 1945)
LLEGA EL REY CUANDO QUIERE
CONVERSACIONES SOBRE LITERATURA
[Le roi vient quand il veut. Propos sur la littérature, 2007]
Trad. María Teresa Gallego Urrutia
Wunderkammer, 2018 - 160 págs.
Lúcidas lecciones de literatura, AM Iglesia
Una teología, P. Pron
Enrique versus Pierre, E. Vila-Matas
[magistral]
«−A veces se lamenta, de forma noble y legítima, de no ser un escritor popular; ¿qué es lo que lo mueve, pese a esa aspiración y pese a la duda que lo corroe, a no traicionar ni a descartar su lengua y su escritura, lo que en resumidas cuentas, le permite seguir creyendo?
−Soy una persona doble, como todo el mundo seguramente. Cuando no estoy escribiendo (que es lo que sucede la mayor parte del tiempo) dudo de cualquier literatura, y de la mía en particular. De esa hoguera que creí encendida mientras escribía, solo quedan cenizas, un objeto venido a menos que hay que situar dentro de la relatividad social. “¿Ha sucedido de verdad? −me pregunto−. ¿He estado siquiera un segundo en el ámbito de la verdad o me he estado contando cuentos? ¿Me he sumergido en el ser o he jugado a ser escritor?”. Y en momentos así, claro, la aprobación de los demás y la vanidad son lo único que da fe de la verosimilitud de nuestros libros, de su valor, de su mismísima existencia; en esos momentos de descreimiento, uno quiere que lo lean, que lo elogien, ser popular. Quiere los laureles, y los laureles los otorga la cantidad. Si persigues ese factor arbitrario de la cantidad, ya no crees en nada, eres tan cínico como la fluctuación generalizada del dólar. Pero sucede que vuelves a escribir, y el globo del cinismo estalla y se hace pedazos; sucede que otra vez, al cabo de la espera y de la exasperación, un texto se adueña de mí; entonces mi embriaguez garantiza mi verdad, mi certidumbre es mi propio acto, vuelve el coraje con la evidencia, y creo con todas mis fuerzas: el lector a quien persigo es el contrario absoluto de la cantidad, es decir, eso a lo que tiempo atrás se le daba el nombre de Dios, de Uno. Es lo que decía Matisse: “Creo en Dios cuando pinto”. Yo creo en mí, en Dios o en la literatura cuando escribo, y solamente cuando escribo, en ese sobrecalentamiento del que me cuesta mucho hablar sin énfasis. O si no, para mirar todo eso con ojos algo más críticos, puedo contestarle que lo que me sostiene, lo que me hace creer, es esa ilusión romántica a prueba de bomba de la que decía Paul Nizan, de forma tan perfecta, para recusarla, que se esfuerza en “poner el objeto literario a la temperatura de un dios”.» (págs. 63-64)
Pierrot también llamado Gilles, Watteau «[...] escribo rodeado de imágenes. Soy un iconólatra. tengo "el culto de las imágenes", como decía Baudelaire. Todo ello entra dentro de mi estrategia de la aparición, de lo escrito que conduce a lo visible. Es algo que también me permite tácticas más específicas: si me quedo sin ideas, a veces, me basta con abrir un libro de pintura y encontrarme con este o con aquel cuadro para que se me ocurran en el acto una metáfora, un pensamiento, frases, en resumidas cuentas; sí, la pintura lleva a escribir si no la interpretas, si te pierdes en ella, si le haces preguntas y la saqueas. Funciona.» (pág. 35)

jueves, 6 de septiembre de 2018

El último samurái, de Helen DeWitt

Helen DeWitt (Estados Unidos, 1957)
EL ÚLTIMO SAMURAI
[The Last Samurai, 2000]
Trad. Gemma Moral Bartolomé
Literatura Random House, 2018
509 (interminables) págs. - fragmento
Laura lo explica muy bien
[lo bueno, si breve (y no es el caso)]
«De repente un día todo cambió [en la tribu]. Habían celebrado, dijo HC, una bárbara ceremonia de iniciación que no quiso describir, tras la cual, muchos de los chicos requerían cuidados prolongados. Un día, agazapado tras una tienda, oyó a uno de los iniciados decirle algo a la mujer que lo cuidaba y corregirse luego, cuando la mujer se echó a reír. HC lo había entendido todo de pronto. Era la cosa más extraordinaria con la que se había tropezado nunca. Se trataba de un complejo sistema de declinaciones que, según dijo, usaban solo las mujeres. Era tan asombroso como si, por ejemplo, un grupo de gente hablara árabe tal como se escribe y otro grupo lo hablara tal como se habla. ¡Asombroso! Y lo mismo ocurría con los modos y los tiempos verbales. Había indicativo, pasado, presente y futuro, e imperativo, y estos los usaban solo los hombres, y luego estaba lo que por analogía HC llamaba subjuntivo y condicional, y estos solo los usaban las mujeres. Era muy confuso, dijo, porque cuando por fin empezaron a hablarle, descubrió que, si le hacía una pregunta a un hombre, por escasos, o incluso nulos, que pudieran ser sus conocimientos al respecto, la respuesta era siempre una afirmación, mientras que podía preguntarle a una mujer si estaba lloviendo, y esta solo se comprometería a decir que tal vez. HC dijo que, cuando lo descubrió, se tumbó en la hierba y rió hasta que se le saltaron las lágrimas [...] Sibylla dijo de HC que podía pasarse meses enteros sin tener el menor contacto humano, y que, cuando lo tenía, lo primero que quería saber era cómo hacía su interlocutor la secuencia de los tiempos verbales, y la segunda, si usaba un subjuntivo.» (págs. 328-329)

domingo, 2 de septiembre de 2018

La desaparición de Josef Mengele, de Olivier Guez

Olivier Guez (Estrasburgo, 1974)
LA DESAPARICIÓN DE JOSEF MENGELE
[La disparition de Josef Mengele, 2017]
Trad. Javier Albiñana
Tusquets, 2018 - 256 págs. - inicio
La fuga interminable, G. Altares
[absorbente]
«A comienzos de 1964, Mengele recibe una terrible noticia. A medida que avanza en la lectura de la carta de Martha, siente como si una daga le traspasara las costillas y se le hundiera en el corazón: lo han despojado de todos sus títulos universitarios. Acusado de haber violado el juramento de Hipócrates y cometido asesinatos en Auschwitz, las universidades de Francfort y de Múnich le retiran los títulos de doctor en medicina y antropología.
    Tantos esfuerzos y sacrificios reducidos a la nada por oscuros burócratas... Mengele se queda anonadado. Él, el ambicioso cirujano del pueblo innumerables veces condecorado, la gran esperanza de la investigación genética, desposeído de sus más caros tesoros, de su mayor orgullo, sus experiencias invalidadas, ¡como si fuera un vulgar charlatán !
    Mengele quema la carta de su mujer, abandona la plantación y se va a rumiar su infortunio a la selva, flanqueado por sus perros. Maldita e injusta Alemania, él se limitó a cumplir con su deber de soldado de infantería de la biopolítica nazi. Una generación antes, los alemanes consideraban el darwinismo y el eugenismo como los cimientos de una sociedad moderna y funcional. Todo el mundo pues quería estudiar biología pues esa disciplina permitía acceder a las carerras más prestigiosas y remuneradas. Sí, murmura Mengele al bastardo Cigano, la sociedad alemana tan sólo razonaba a la sazón en términos biológicos. La raza, la sangre: las leyes fundamentales de la vida regían el derecho, la guerra, el sexo, las relaciones internacionales y la ciencia suprema, la medicina. En la universidad, toda su promoción admiraba la antigua Grecia porque en ella el individuo efímero se plegaba a las exigencias de la comunidad y del Estado. Para su generación, los inferiores, los improductivos y los parásitos no eran dignos de vivir. Hitler los guiaba. Mengele no era el único que lo siguió, todos los alemanes se habían dejado fascinar por el Führer, por la misión embriagadora y titánica que les había confiado: sanar al pueblo, purificar la raza, construir un orden social acorde con la naturaleza, extender el espacio vital, perfecciona la especie humana. Él había estado a la altura, lo sabía. ¿Podían echárselo en cara? ¿Retirarle por las buenas sus preciados títulos universitarios? Él había tenido el valor de eliminar la enfermedad eliminando a los enfermos, el sistema le alentaba a hacerlo, sus leyes lo autorizaban, el asesinato era una empresa de Estado.
    Loco de rabia, Mengele propina una fuerte patada a una termitera ante sus perros, que ladran y jadean. En Auschwitz, los cárteles alemanes se llenaron los bolsillos explotando hasta el agotamiento la mano de obra servil a su disposición. Auschwitz, una empresa fructífera: antes de su llegada al campo, los deportados ya producían un caucho sintético para IG Farben y armas para Krupp. La fábrica de fieltro Alex Zink compraba sacos enteros de cabellos de mujer a la Kommandantur y confeccionaba con ellos calcetines para las tripulaciones de submarinos o tubos para los ferrocarriles. Los laboratorios Schering remuneraban a un colega suyo para que llevara a cabo experimentos de fecundación in vitro y Bayer ensayaba nuevos medicamentos contra el tifus con prisioneros del campo. Veinte años después, rezonga Mengele, los dirigentes de aquellas empresas han cambiado de chaqueta. ¡Se fuman su puro rodeados de su familia y degustan buenos vinos en su mansión de Múnich o de Fráncfort mientras él chapotea en bosta de vaca! ¡Traidores! ¡Enchufados! ¡Piltrafas! Trabajando mano a mano en Auschwitz, industrias, bancos y organismos gubernamentales obtuvieron ganancias exorbitantes, mientras que él, que no ganó un pfennig, tiene que pagar el pato.» (págs. 160-162)
Véase El orden del día, de Éric Vuillard

miércoles, 29 de agosto de 2018

El diario de la princesa, de Carrie Fisher

Carrie Fisher (1956-2016)
EL DIARIO DE LA PRINCESA
[The Princess Diarist, 2016]
Trad. Irene Saslavsky
B de Bolsillo, 2018 - 272 págs.
[entretenido para Deborahlibros; regulín para mí]
«Un día vino una niñita a la que le habían dicho que conocería a la princesa Leia; imaginaos su emoción... hasta que me vio.
−¡No! −chilló, apartando la cabeza−. ¡Quiero la otra Leia, no la vieja!
Su padre se sonrojó y luego se inclinó hacia mí, murmurando:
−Bueno, no quiso decir eso. Acabamos de ver las primeras tres películas y nos gustaste tanto en ellas...
−¡Por favor! −lo interrumpí−. No tienes por qué disculparte porque le parezca más vieja a tu hija después de cuarenta años. Yo también me veo más vieja y no me pido disculpas... aunque a lo mejor debería hacerlo.
Se produjo una situación ciertamente incómoda: la niñita era incapaz de mirarme y enfrentarse a los efectos del tiempo. Por fin todo acabó bastante bien: yo prometí hacerme la cirugía estética (tras explicarle a la pequeña qué era eso) y conseguí que el padre prometiera leerle a su hija fragmentos de mi libro Whisful Drinking [Bendito alcoholismo] y que ambos contemplarían las imágenes para que ella viera cómo era la Carrie del presente y lo bonita que podía ser una vez que la eternamente extraordinaria Leia hubiese llegado a su fin.» (págs. 236)

sábado, 25 de agosto de 2018

La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, escrita por Esther Meynell

Edición familiar de 1940
Esther Meynell (Reino Unido, 1878-1955)
LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH
[The Little Chronicle of Magdalena Bach, 1925]
Trad. Carlos Guerendiáin
Editorial Juventud, 1940 - 224 págs. - imágenes
[interesante para acercarse a la vida de JSB, a pesar de
la impostura de la autora real y de los primeros editores]
«NUESTRA familia no cesaba de aumentar y la cuna estaba constantemente ocupada, aunque, ¡ay!, la mano estranguladora de la muerte nos había arrancado de ella a algunos de sus pequeños ocupantes. Hubo tiempos, tengo que confesarlo, en que me parecía cruel llevar hijos en el vientre para perderlos luego y tener que enterrar amor y esperanza en sus pequeñas tumbas, ante las que Sebastián y yo permanecimos muchas veces silenciosos, cogidos de la mano. [...] La mayor de mis hijas, Cristina Sofía, no vivió más que hasta la edad de tres años, y también mi segundo hijo, Cristian Gottlieb, murió a la misma edad. Ernesto Andrés no vivió más que pocos días y la niña que le siguió, Regina Juana, tampoco había llegado a su quinto cumpleaños cuando dejó este mundo. Cristina Benedicta, que vio la luz un día después que el Niño de Belén, no pudo resistir el crudo invierno y nos dejó antes de que el nuevo año llegase a su cuarto día. [...] Cristina Dorotea no vivó más que un año y un verano y Juan Augusto no vio la luz más que durante tres días. Así perdimos siete de nuestros trece hijos, siendo esto un rudo golpe para nuestros corazones. Pero lo admitimos como una prueba a que nos sometía la divinidad y quisimos más a nuestros hijos restantes.» (págs. 153-154)
[y de los siete hijos que Bach había tenido con su primera esposa
(su prima segunda, Maria Barbara Bach), sólo tres sobrevivieron]

Nota de TPM encontrada en el libro

«Cuando intento enumerar las obras que Sebastián compuso durante su vida, me quedo asombrada de la cantidad. Música para órgano, música de cámara, centenares de cantatas de iglesia, la gran misa latina, las cinco diferentes versiones musicales de la Pasión de Nuestro Señor según los Evangelios, los conciertos de violín, el Oratorio de Navidad, el Clave bien temperado, todas las suites y demás música para clave... [...] Sebastián jamás siguió ninguna moda. En el curso de su vida y en la época de su desarrollo artístico y de su madurez, estudió todas las formas de su arte y, con una perseverancia inflexible, siguió su impulso interior, que le impelía a descubrir la verdadera estructura y la importancia de la música. Pero, en todo lo que compuso, sólo siguió la inspiración de su genio, sin guardar ninguna consideración a las opiniones de sus contemporáneos. Eso explica por qué se abandona o no se comprende parte de su música. −Yo creo que escribirías la misma música aunque todos los hombres fueran sordos −le dije una vez. −Es muy posible −me respondió sonriente. −Además, muchos de ellos lo son, pero tal vez algún día lleguen a oír. Como escribo para placer mío, no puedo enfadarme porque mi arte no guste a todos.» (págs. 185 y 187)

La Pasión según San Mateo, de Bach, glosada por Macluskey

martes, 21 de agosto de 2018

El complot de las damas muertas, de Jessa Crispin

Jessa Crispin (Kansas, 1978)
EL COMPLOT DE LAS DAMAS MUERTAS
[The Dead Ladies Project: Exiles, Expats
and Ex-countries
, 2015]
Trad. Elvira Herrera Fontalba
Alpha Decay, 2018 - 288 págs. - prólogo
Tarot de propina
[lúcido]
«[...] Pero tenemos que volver a la idea de para qué había vendido su alma al Diablo: el control de su propia vida. No era solo por el miedo omnipresente que cualquier mujer con cerebro en el siglo XIX sentía al pensar que sería encadenada a cualquier cerebro aburrido aristócrata consanguíneo y que el centro de la vida que tendría a partir de entonces se limitaría a lo que entrara y saliera de entre sus piernas. Y no se trataba solo de conseguir el dinero para ser una mujer independiente de modo que pudiera hacer un gran tour por los hoteles y las sociedades de Europa. El sentido de la magia negra es realizarla de modo que pueda hacerse tu voluntad. Es lo contrario del concepto cristiano de HÁGASE TU VOLUNTAD Y NOSOTROS NOS QUEDAREMOS QUIETOS E INTENTAREMOS ADAPTARNOS. Esa era la actitud de los católicos irlandeses tras haber sido despojados de su sistema educativo y de su lenguaje, despojados de cualquier esperanza de prosperidad, despojados de cualquier prueba de que existía algo como el libre albedrío. A eso se aferraban cuando se aferraban a sus iglesias. La magia negra era una forma de decir: Yo no me muevo para el universo, el universo se mueve para mí.

Quizá necesitemos revivir un poco la magia negra ahora que nuestros filósofos y científicos ateos nos han regalado un mundo materialista. De algún modo es ahí donde los calvinistas extremos y los ateos coinciden: en el rechazo del libre albedrío. Para los materialistas, sin embargo, no es Dios el que dirige el espectáculo, sino la dichosa biología. Somos esclavos de nuestros impulsos inconscientes, de nuestro material evolutivo, de nuestro sistema anatómico de hormonas y endorfinas y neurotransmisores. Tu depresión es simplemente el resultado de una química desequilibrada y puedes pensar que elegiste comerte esa ensalada, pero tu sistema —respondiendo al olor del pan que sale flotando de la panadería y a tus niveles de azúcar en la sangre y a tu cerebro confundido por la publicidad que te cuenta que esta es la mejor ensalada porque de algún modo la asocias con la felicidad y con proezas sexuales— ha elegido esa ensalada por ti. Tú no eres más que un saco de carne, vagamente consciente de tu mundo.

Y el amor es solo una sobredosis de hormonas sexuales niveles de endorfinas y la forma en que alguien huele basada en la compatibilidad de vuestros sistemas inmunes unidos para producir una descendencia sana, y la reproducción es solo un instinto biológico implantado en nosotros para asegurar la supervivencia de la especie, etcétera.

Si se me diera a elegir entre una visión del mundo materialista y una práctica de magia negra irracional, elijo la magia negra. Mi primer acto de libre albedrío es elegir creer en el libre albedrío.» (págs. 133-135)
"Imposible resistirse ante el argumento de El complot de las damas muertas, el libro que escribió Jessa Crispin basándose en sus experiencias cuando al cumplir los treinta decidió hacer una pequeña maleta con lo imprescindible y viajar por Europa en busca de sí misma y también de los espíritus de intelectuales que, antes de ella, se habían sentido con ganas de conocer su verdadera identidad y sus prioridades en la vida. Por este motivo emprende un viaje por el Berlín de William James, el Trieste de Nora Barnacle, el Sarajevo de Rebeca West, el sur de Francia con Margaret Anderson, el Galdway de Maud Gonne, la Lausanne de Igor Stravinski, el San Petersburgo en el que recaló W. Somerset Maugham, el Londres de Jean Rhys, la Isla de Jersey con Claude Cahun..." [de lecturafilia].

viernes, 17 de agosto de 2018

Hombres imprudentemente poéticos, de Valter Hugo Mãe.

Valter Hugo Mãe (Angola, 1971)
HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS
[Homens imprudentemente poéticos, 2016]
Trad. Martín López Vega
Prólogo de Xuan Bello
Rata Books, 2018 - 262 páginas
[tan poético]
«Los suicidas ataban los cordajes a los árboles y se adentraban en el bosque intuitivo. La sapiencia del caos los guiaría en la profunda y decisiva meditación.
    Aquellos que querían morir llegaban como personas que cambiaban de interior. Cargaban con pequeñas pertenencias y pertrechos, aparecían en la curva del camino impresionados por las flores de Saburo. Se decía que algunos suicidas se habían arrepentido de la muerte solo por haber contemplado aquel jardín. Estaba por demostrarse. Pero se creía que, con la belleza de las flores, los animales se amansaban y las personas veían disminuir su carga de tristezas. Eso sí estaba probado.
    Subían la pendiente, árboles arriba, y espiaban largamente el bosque indescifrable. El laberinto gigante del Japón que sólo podría ser desvelado si alguien alcanzaba la cima, ese promontorio para pájaros y para ninguna persona. Caminaban por el matorral para mezclarse con la naturaleza que todo lo deglute. Agarrados siempre a sus cordajes, volverían por arrepentimiento o habiendo tomado una decisión mejor.
    Muchos subsistían indefinidamente a costa de cursos de agua y vegetales saludables que reconocían. Otros perecían más deprisa, también atacados por los animales dentados que se despreocupaban por las meditaciones espirituales y carecían de dudas acerca del hambre.» (de Los honorables suicidas, págs. 65-66)

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