lunes, 28 de abril de 2008

Tres santos bebedores

Así soy realmente: maligno, borracho, pero lúcido. Joseph RothMe refiero a Joseph Roth (1894 - 1939), Carlos Barral (1928 - 1989) y Andreas Kartak (siempre). El primero es el autor de La leyenda del santo bebedor, el segundo escribió en 1981 el prólogo para la edición española de Anagrama, y el tercero es el protagonista de este delicioso librito que he disfrutado durante un reciente trayecto en tren, y del que por ahí he leído: “Publicado en 1939 póstumamente, las escasas páginas de este relato casi perfecto concentran una parábola precisa y contundente que resume lo mejor de la escritura de Roth.”

Barral, en este prólogo que tampoco tiene desperdicio, y en el que empieza contándonos el desenlace de la historia, acaba diciendo:

“En el cuento de Roth se trata del milagro que el vino, en este caso el verde ajenjo, obra por su cuenta, con independencia del borracho; se trata de como el vino transforma el mundo, cambia sus leyes, todas, incluso la virtud de los santos, para hacerlo habitable y grato a los que creen en él. Se trata de cómo el vino santifica, en cierto modo diviniza, cambiando el ser del mundo por su haber debido ser. Se trata de cómo el vino es el milagro mismo y actúa por sí mismo, solo, por su cuenta, como una divinidad celeste con plumaje de pámpanos cuyos poderes son amétricos, incomensurables, ilegibles sino a la luz de la fe o al menos de la devoción. Se trata de que el vino […] existe por encima de la imaginación humana y del conocimiento de los hombres y que, como un ángel, de cuando en cuando juega con el mundo entero para distracción del bebedor, su devoto. […] Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte.”

2 comentarios:

Miriam G. dijo...

Disfruto mucho Roth, y le tengo un cariño especial a la leyenda del santo bebedor, no hace mucho que la volví a leer: http://www.manzanasazules.com/blogm/?p=229

Un beso, Miriam G.

Superwoman dijo...

Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces... Me estáis haciendo muy patente, mi gran incultura literaria... A ver si siento las posaderas de una vez y puedo abonarme a la biblioteca.