lunes, 27 de octubre de 2014

Michel Houellebecq: Plataforma

«Abrí con resignación La tapadera, me salté doscientas páginas, retrocedí otras cincuenta; por casualidad di con una escena guarra. La intriga había avanzado bastante: Tom Cruise estaba ahora en las islas Caimán, poniendo a punto no se qué dispositivo de evasión fiscal; o denunciandólo, no estaba claro. Sea como fuere, conocía a una espléndida mestiza, y la chica no se asustaba de nada. [...] Yo me la estaba machacando con ganas, intentando imaginar mestizas con minúsculos trajes de baño en mitad de la noche. Eyaculé con un suspiro de satisfacción entre dos páginas. Se iban a pegar; bueno, tampoco era un libro de los que se leen dos veces. [...] Lo intenté con mi otro best-seller norteamericano, Control total, de David G. Balducci; pero era todavía peor. Esta vez el héroe no era un abogado, sino un joven informático superdotado que trabajaba ciento diez horas por semana. [...] Hice un agujero en la arena para enterrar los dos libros; el problema es que ahora tenía que encontrar algo que leer. Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos. A los catorce años, una tarde en que la niebla era especialmente densa, me perdí esquiando; tuve que atravesar zonas de aludes. Recordaba sobre todo las nubes plomizas, muy bajas, y el silencio absoluto de la montaña. Sabía que aquellas masas de nieve podían desprenderse de pronto [... ] Me arrastrarían varios cientos de metros en su caída, hasta el pie de las rocas; entonces moriría, probablemente en el acto. Sin embargo, no sentía el menor miedo. Me fastidiaba que las cosas acabaran así, por mí y por los demás. Habría preferido una muerte mejor preparada, en cierto modo más oficial, con una enfermedad, una ceremonia y lágrimas. Lo que más sentía, en realidad, era no haber conocido el cuerpo femenino. Durante los meses de invierno, mi padre alquilaba el primer piso de su casa; aquel año lo había cogido una pareja de arquitectos. Su hija, Sylvie, también tenía catorce años; parecía sentirse atraída por mí, o por lo menos buscaba mi presencia. Era menuda, graciosa, y tenía el pelo negro y rizado. ¿Tendría también el sexo negro y rizado? Ésas son las ideas que me venían a la cabeza mientras caminaba penosamente por la ladera de la montaña. Desde entonces, me he preguntado a menudo por qué, en presencia del peligro, incluso de una muerte próxima, no siento ninguna emoción especial, ninguna descarga de adrenalina. Yo buscaría en balde esas sensaciones que atraen a los que practican «deportes extremos». No soy nada valiente, y huyo del peligro tanto como puedo; pero llegado el caso, lo recibo con la placidez de un buey. Supongo que no hay que buscarle más explicación, que es sólo un asunto técnico, una cuestión de dosificación hormonal; parece que otros seres humanos, en apariencia semejantes a mí, no sienten la menor emoción en presencia del cuerpo de una mujer, que en aquella época me sumía, y a veces todavía lo hace, en trances imposibles de controlar. En la mayoría de las circunstancias de mi vida, he sido poco más o menos tan libre como un aspirador.» (págs. 84-87)
PLATAFORMA
Michel Houellebecq
(Plateforme, 2001)
Trad. Encarna Castejón
Anagrama, 2002
320 págs. | 10,90 €
[fragmento]


De la editorial: "Michel, parisino, funcionario, cua- rentón, apocado y apático, incapaz de experimentar ninguna emoción, parte de vacaciones a Tailandia para olvidarse de todo y sumer- girse en un paraíso de placer en el oasis del turismo sexual. Allí conoce a Valé- rie, directiva de Nouvelles Frontières y con ella decide crear una red mundial de colonias turísticas en las que el sexo se practique libre- mente, los deseos estén en venta y la prostitución sea legal. [...] Una novela que ha conmocionado a Francia por su provocadora visión del cinismo erótico de la sociedad de consumo.


[mucho menos que los otros]

jueves, 23 de octubre de 2014

Marc Bernard: La muerte de la bien amada

«La habría preferido más humana, y en cierto modo lamentaba que se negase a hablar. Me parecía que su silencio nos privaba de lo esencial, lo que nos habría permitido sondear nuestras propias profundidades. Cuando tan cerca estaba de perderla, anhelaba descender a las simas de su alma. Avanzaba con prudencia, con timidez, evitando por todos los medios violar su reserva, sabedor de que Else no debía perder ni una pizca de su fortaleza y, sin embargo, lamentaba que no pudiésemos mantener una conversación en la que confiarnos lo más valioso, lo más secreto, explorar los fundamentos de nuestra condición, de nuestra desgracia, como quien se deja caer para hallar una base en la que apoyarse. Parecía no oírme en estos casos; se negaba a interpretar mis sutiles alusiones. Y, una vez más, no se equivocaba.

Creo que callaba para no dar más entidad a su muerte al evocarla; se encontraba más a gusto tratándola de soslayo, dándole el mínimo protagonismo, dejando que acudiera despacio sin que atenciones de ninguna clase señalasen que la sabía próxima, dejándose expoliar furtivamente. Fue esa misma sabiduría la que la alentó a consumir sólo agua en los últimos diez días, sumando su propio desgaste al de la enfermedad. Yo insistía en darle de comer, pero Else se negaba. Es cierto que ya sólo digería a costa de un gran malestar. Su intención, y en ella ponía todo su empeño, era tratar de morir al menor coste, lo menos dolorosamente posible. Ella, tan inteligente, ponía en práctica una sabiduría animal. Así mueren las bestias.» (págs. 27-28)


LA MUERTE DE LA BIEN AMADA
MARC BERNARD
(Nimes, 1900-1983)
(La Mort de la bien aimée, 1972)
Trad. Regina López Muñoz

Errata naturae, 2014
Col. El Pasaje de los Panoramas
144 págs | 14,50 €
[primeras páginas]

martes, 14 de octubre de 2014

Forges, otoño 2014

Forges, El País, 20141001
Buenos días, ¿tienen alguna vacuna contra esto en general? / Huya. /
Pero ¿a dónde? / Bueno, esa es otra.
   Forges, El País, 20140908
He convocado esta rueda de prensa porque se han sacado de contexto mis rebuznos de anteayer.
Forges, El País, 20140911
La Real Academia intenta poner en valor que la expresión "poner en valor" es inadecuada. /
Stupendo. / Grandes "periodistas", afirmo.
Forges, El País, 20140910
Ahora resulta que los videojuegos "matamuch" son productos culturales... /
Así nos va. / No; así nos hacen ir.

jueves, 9 de octubre de 2014

Rosa Montero: Historias de mujeres (asombrosas)

«A Rosa Montero le gustaría parecerse a George Sand, símbolo de pasión "y de vida intensa hasta el final", y le parecen abominables Laura Riding, la desequilibrada amante de Robert Graves, o Aurora Rodríguez, que asesinó a su hija Hildegardt. A través de 15 personajes muy diferentes, la escritora refleja una parte de la historia clandestina de las mujeres y sus esfuerzos, muchas veces trágicos, para liberarse de la norma social masculina.

A la afirmación de que detrás de cada, gran hombre siempre hay una gran mujer (o una mujer asombrada), ¿podría añadirse que detrás de cada gran mujer siempre hay un miserable? "Muchas veces sí", comenta Rosa Montero, uno de cuyos perfiles biográfico-periodísticos corresponde a María Lejárraga, que le escribía las obras a su marido, el célebre dramaturgo Gregorio Martínez Sierra que se llevó la fama sin el menor asomo de pudor y se hizo amante de la primera actriz de su compañía, Catalina Bárcena [...] Rosa Montero, ha observado una cosa "tremendamente inquietante": "cómo se repite una y otra vez el que la mujer construye su vida en el deseo del otro y no en el suyo propio". Montero no conoce las respuestas a los juegos patológicos y perversos que se crean en las relaciones, pero en el caso de sus biografiadas se dio cuenta de que sus experiencias y amoríos, desde el siglo. XVIII hasta bien entrado el siglo XX, fueron mucho más difíciles que las que se viven ahora. [...]

Entre las biografías más trágicas figuran las de la escultora francesa Camille Claudel, amante de Rodin, y la de la escritora suiza muerta en Argelia a los 27 años Isabelle Eberhardt. Pero Rosa Montero explica que no todas las mujeres reflejadas en el libro tuvieron vidas tan desgraciadas. "Ni Sand ni Agatha Christie, ni Margaret Mead ni Simone de Beauvoir. Ni siquiera las hermanas Brontë". Incluso una vida tan oscurecida por el marido como la de María Lejárraga acaba brillando porque ella "tenía una capacidad enorme para ser feliz" [...]

"Me paré en 15 porque me agoté", comenta Rosa Montero, cuya conclusión es que la realidad oficial, "la normalidad", es mentira. "Las vidas singulares van en contra de los valores habituales, lo que significa que esos valores habituales no son ciertos. La intimidad siempre transgrede la normalidad en alguna medida". Montero escribe en su libro que media humanidad, "la parte femenina, ha vivido durante milenios una existencia a menudo clandestina y en gran medida olvidada, pero siempre mucho más rica que la norma social en que estaba atrapada, siempre por encima de los prejuicios y los estereotipos".

Además de los personajes citados, el libro incluye las historias de Frida Kahlo, que a los 18 años empezó a pintar por aburrimiento, tras el horrible accidente que le machacó la pierna, le rompió la espalda, le perforó el vientre y la condenó a una vida de enfermedad y convalecencias; Mary Wollstonecraft, autora, en 1792, de Vindicación de los derechos de la mujer; Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez; Lady Ottoline Morrell, mentora del grupo Bloomsbury, pacifista y amante de Bertrand Russell, y Alma Mahler, mujer del compositor, amante de Oskar Kokoschka y mujer de Walter Gropius.»

HISTORIAS DE MUJERES
ROSA MONTERO
Punto de Lectura, 2006
256 págs., 8,99 €

lunes, 6 de octubre de 2014

Te amo Antinea y me enloqueces

«—¿Y luego?
—Luego, pues murió como todos - dijo la vieja, asombrada de mi pregunta.
—¿Y de qué murió?
Me contestó con las mismas palabras que el señor Le Mesge.
—Pues de lo que los demás: de amor.
—De amor—siguió diciendo.
—Todos mueren de amor cuando ven que se les ha acabado el tiempo y que Cegheir-ben-Cheij parte en busca de otros. Muchos tuvieron una muerte dulcísima, y expiraron con los ojos llenos de lágrimas. No dormían ni probaban bocado. Un oficial de Marina francés perdió el juicio. Cantaba por las noches un triste canto de su tierra que resonaba en toda la montaña. Otro, un español, se puso como rabioso; quería morder a todo el mundo y hubo que matarlo. Muchos murieron por efecto del kif; un kif más violento que el opio. Cuando dejan de ver a Antinea ya no hacen más que fumar y fumar. La mayor parte han muerto así... Y han sido los más dichosos.» (pág. 170)

Pierre Benoit (1886-1962)
LA ATLÁNTIDA
L'Atlantide (1919)
Trad. Rafael Cansinos-Assens
SGEL, Barcelona, 1945