sábado, 28 de febrero de 2015

Martin Amis: El segundo avión

«Hay muchos testimonios, todos parejamente incompletos, de cómo es morir lentamente. Pero no hay información alguna sobre cómo es morir de repente y violentamente. Somos demasiados benévolos cuando describimos tales muertes como instantáneas. [...] Mohamed Atta tenía treinta y tres años. Él (y tal vez sea cierto aun en los casos de desintegración: tal vez fuera cierto hasta en el caso de las sombras sobre la pared de Japón) tardó más de un instante. Para cuando le llegó el último segundo, el primero le pareció tan lejano como la infancia.
    El avión del vuelo 11 de Américan Airlines hendió la Torre Gemela a las 8:46:40. El cuerpo de Mohamed Atta ya estaba más allá de toda cura a las 8:46:41; pero su mente, su presencia, necesitaba tiempo para cerrarse sobre sí misma. El tormento físico —un ataque de pánico en cada nervio, una rebelión de los átomos— no hizo sino poner en cursiva los últimos destellos de su cerebro. [...] Su mente emitió una queja y pugnó con una imposibilidad de reconciliación, una derrota, una anulación de sí mismo. ¿Era capaz de ensamblar la argumentación? [...] Y entonces la argumentación se ensambló sola. El gozo de matar era proporcional al valor de lo destruido. Pero ese valor era algo que un asesino no podría jamás ver ni evaluar. Y ¿dónde estaba ese gozo, esa comezón, ese mísero cosquilleo? Sí, cuán gravemente lo había subestimado. Cuán gravemente había subestimado la vida. La suya la habia odiado, y había querido desecharla, y con qué impotente aflicción la veía irse, imperturbable en su belleza y su fuerza. Hasta cuando su carne se quemaba y su sangre hervía había vida, vida amándose a sí misma. Luego el eco fue apagándose, y cesó.» (De Los últimos días de Mohamed Atta, The New Yorker, abril de 2006)
Martin Amis (UK, 1949)
El segundo avión
11 de Sept.: 2001-2007
(The second plane, 2008)
Trad. Eliseo Munroe
Anagrama, 2009
240 págs.
Línea de tiempo del 11-S.

Los caballos de Dios
Jordi Soler
El País, 26/2/2015

jueves, 26 de febrero de 2015

Nell Leyshon: Del color de la leche

«éste es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano.
    en este año del señor de mil ochocientos treinta y uno he llegado a la edad de quince años y estoy sentada al lado de mi ventana y veo muchas cosas. veo pájaros y los pájaros llenan el cielo con sus gritos. veo los árboles y veo las hojas.
    y cada hoja tiene venas que la recorren.
    y la corteza de cada árbol tiene grietas.
    no soy muy alta y mi pelo es del color de la leche.
    me llamo mary y he aprendido a deletrear mi nombre. eme. a. erre. i griega. así es como se escribe.

quiero contarte lo que ha pasado pero tengo que tener cuidado de no apresurarme como hacen las vaquillas en la entrada, porque entonces iré por delante de mí misma y puedo tropezarme y caerme y de todas maneras tú querrás que empiece por donde se debe empezar.

y eso es por el principio.

y 150 páginas después:

y ahora ya he terminado y no tengo nada más que contarte.
    así que voy a terminar esta última frase y voy a secar mis palabras donde la tinta forma unos charcos al final de cada letra.
    y entonces ya seré libre.»
Nell Leyshon
Del color de la leche
(The colour of milk, 2012)
Prólogo de Valeria Luiselli
Trad. Mariano Peyrou
Sexto Piso, 2013
Horrorosa mejor novela de 2014 para los libreros de Madrid. También le gustó a Valeria y a Deborahlibros.

martes, 24 de febrero de 2015

David Trueba: Blitz (relámpago)

«Dije: yo no sé para qué sirve un paisaje. Porque un paisaje es un hermoso jardín inglés pero también la valla para frenar inmigrantes africanos de Melilla. Creo que fue Robin Lane Fox el que preguntó en su clase de Oxford para qué servía un jardín y se encontró con la respuesta maravillosa de un alumno: para besarse. La vida transcurre en lugares y nuestro oficio no puede evitar que esos lugares se asocien a las experiencias personales de cada uno. En el mismo parque da tu hijo sus primeros pasos o se muere tu abuelo de un infarto. A veces intento imaginar en [sic] lo que pensaba Olmstead cuando diseñó los jardines de Central Park en Nueva York, pero él podía transformar la gran urbe y nosotros trabajamos en un estadio distinto de la evolución de las ciudades, trabajamos sobre lo ya hecho, vamos al rescate. [...] No podemos permitir, proseguí, que la arquitectura y el urbanismo sean divertidos para quienes lo practican pero inapreciable para quienes lo han de padecer.» (págs. 44-45)
David Trueba (1969)
Blitz
Anagrama, 2015
166 páginas | 16,9 €

[David, 1 — Blitz, 0]

domingo, 22 de febrero de 2015

Feliz 4712 (año chino de la cabra de madera)



Celebración floral en Liedecun (Guangzhou) y desfile de Barcelona. La entrada oficial en el año 4712 se produjo el 19 de febrero. El horóscopo chino identifica la cabra con la suerte.

jueves, 19 de febrero de 2015

Marguerite Yourcenar: Alexis o el tratado del inútil combate

«Los libros pudieron aclararme muchas cosas. He oído recrimi-
nar su influencia muchas veces. Sería muy fácil para mí hacerme la víctima, quizás mi caso pareciera así más interesante, pero la verdad es que los libros no han tenido ninguna influencia sobre mí. Nunca me han gustado los libros. Cuando los abres, estás esperando alguna revelación trascendental, y cuando los cierras, te sientes desilusionado. Además, habría que leerlo todo y no bastaría con toda una vida. Los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas. Supongo que le llaman a eso la experiencia humana. En casa había una gran cantidad de volúmenes antiguos, en una habitación donde no entraba nadie. La mayoría eran libros piadosos, impresos en Alemania, llenos de aquel misticismo moravo que tanto gustaba a mis abuelas. A mí también me gustaban aquella clase de libros; los amores que nos pintan tienen los mismos transportes y arrebatos que cualquier otro amor, pero sin el remordimiento: puede uno abandonarse a ellos sin temor. También había algunas otras obras muy diferentes, la mayoría escritas en francés, en el siglo dieciocho y que no se suelen dejar en manos de los niños. Pero no me gustaban. Sospechaba ya entonces que la voluptuosidad es un tema muy serio: se debe hablar con seriedad de aquello que nos puede hacer sufrir. Recuerdo algunas de las páginas que hubieran podido despertar mis instintos, pero que yo saltaba con indiferencia porque las imágenes que me ofrecían eran demasiado precisas; es una mentira pintarlas desnudas, ya que las vemos siempre envueltas en una nube de deseo. No es verdad que los libros nos tienten, ni tampoco los acontecimientos, puesto que sólo lo hacen cuando nos llega la hora o el tiempo en que cualquier cosa hubiera sido para nosotros una tentación. Tampoco es verdad que algunas precisiones brutales nos informen sobre el amor; no es fácil reconocer, en la simple descripción de un gesto o de un movimiento, la emoción que más tarde producirá en nosotros.» (54-56)

Marguerite Yourcenar
(1903-1987)
Alexis o el tratado
del inútil combate

(Alexis ou le traité
du vain combat
, 1971)
Trad. Emma Calatayud
Alfaguara, 2002 | 136 págs.


[un   libro   soberbio
que tomé de casa de O.]

lunes, 16 de febrero de 2015

Chimamanda Ngozi Adichie: Medio sol amarillo


7. El libro: El mundo guardó silencio cuando morimos
Para el epílogo, escribe un poema, inspirado en uno de los poemas de Okeoma. Lo titula:

¿GUARDABAIS SILENCIO CUANDO MORIMOS?
¿Visteis en el sesenta y ocho fotografías
de niños con el pelo tornándose herrumbre:
mechones enfermizos en esas cabecitas,
que caían como hojas en la podredumbre?

Imagina a niños con brazos como palillos,
con balones por vientres y el cuerpo ajado.
Fue un
Kwashiorkor... una palabra compleja,
una palabra que, más que fea, era pecado.

No, no lo imagines. Había fotografías
llenando en tu
Life páginas lustrosas.
¿Las viste y sentiste una lástima pasajera,
y después abrazaste a tu amante o tu esposa?

Su piel había adquirido el color de té aguado,
y lucían telarañas de venas y un frágil osario;
niños desnudos riendo, convencidos de que el hombre
dejaría de hacer fotos y se marcharía, en solitario.

(pp. 466-467)


Chimamanda N. Adichie recrea un período de la historia contemporánea de África: la lucha de Biafra por conseguir una republica independiente de Nigeria y la consecuente guerra civil y hambruna. Narra la vida de tres personajes atrapados en las turbulencias de la década: el joven Ugwu, empleado de la casa de Odenigbo, un profesor universitario de ideas revolu- cionarias; Olanna, la hermosa mujer del profesor, que por amor ha abandonado su privilegiada vida en Lagos, y Richard, un joven y tímido inglés enamorado de la hermana de Olanna, Kainene, una mujer independiente y misteriosa.

Chimamanda Ngozi Adichie
Medio sol amarillo
(Half of a Yellow Sun, 2006)
Trad. Laura Rins Calahorra
Literatura Mondadori, 2007
537 págs. | 22,90 €


sábado, 14 de febrero de 2015

Yehoshúa: Una mujer en Jerusalén

«—Yo pienso..., y también él, que es una chica muy simpática y, desde luego, no es..., no es que no sea inteligente. Sólo que...
—¿Sólo que qué?
—Sólo que parece que enseguida se desespera, que de antemano ya tira la toalla.
—¿Que enseguida se desespera?
—Sí, parece estar decepcionada consigo misma, con el mundo. Es una desesperación destructiva. Tal vez esté desilusionada contigo. Mi marido dice que tú deberías luchar un poco más por ella, no renunciar a ella tan fácilmente.» (pág. 143)
Abraham B. Yehoshúa: Una mujer en Jerusalén
(Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh, 2004)
Trad. Sonia de Pedro. Anagrama, 2008. 287 páginas

miércoles, 11 de febrero de 2015

A. Muñoz Molina: Como la sombra que se va

«Yo creía entonces, en esos años en que aún no te conocía, que la tarea de la literatura era inventar formas perfectas, hechas de simetrías y de resonancias que dieran a la experiencia del mundo un orden y un significado del que de otro modo carecía. Me apasionaba urdir argumentos, enigmas policiales, giros sorprendentes, desenlaces inesperados, historias con principios rotundos y finales como secos redobles, como cuchilladas o relámpagos que alumbraran de golpe todas las oscuridades de la intriga. Amaba los cuentos policiales de Chesterton. Estaba convencido de que algunos de los mejores cuentos policiales de Chesterton los había escrito Borges. Estudiaba los argumentos de Bioy Casares como un arquitecto habría estudiado los planos de un edificio riguroso y transparente de Le Corbusier o de Mies van der Rohe. Quería inventar desenlaces que estuvieran a la altura de la enunciación del misterio que resolvían.

Muy poco a poco, en otra vida futura, me fui dando cuenta de que la belleza, la armonía, la simetría, son propiedades o consecuencias espontáneas de los procesos naturales, que existen sin necesidad de una inteligencia que las vaya organizando, igual que la selección natural actúa sin una dirección ni una finalidad, y desde luego sin un Ser Supremo que determine de antemano sus leyes. La simetría de una hoja o de un árbol o de un cuerpo se organiza sola, en virtud de instrucciones codificadas en el ADN. La curva sinuosa de un río o las ramificaciones de los canales de un delta se dibujan a sí mismas en una llanura igual que las venas en una mano o que los hilos de agua en retirada sobre la arena de una playa cuando baja la marea.
A lo más que puede aspirar lo inventado no es a mejorar mediante la ficción la materia amorfa de los hechos reales sino a imitar lo que mirado con atención es su orden impremeditado y sin embargo riguroso, a convertirse en una maqueta de sus formas, en un modelo a escala de sus procesos. Dice Emily Dickinson en una carta: “La naturaleza es una casa encantada: el arte es una casa que quiere ser encantada”.» (págs. 293-295)

martes, 3 de febrero de 2015

A. B. Yehoshúa: El amante

ADAM
«En la última guerra perdimos un amante. Teníamos un amante y, desde aquella guerra, no existe. Simplemente desapareció. Él y el viejo coche Morris de su abuela. Han pasado ya más de seis meses y no hay rastro de él. Decimos que somos una tierra pequeña, íntima, que si nos empeñásemos descubriríamos relaciones entre los hombres más alejados… y ahora es como si se hubiera abierto el abismo y el hombre hubiera desaparecido sin dejar huella y toda búsqueda fuese en vano. Si hubiera estado seguro de que verdaderamente había muerto, hubiera renunciado. Qué derecho teníamos nosotros a obstinarnos por un amante muerto cuando existían hombres que habían perdido todo lo que les era más querido, hijos, padres y esposos. Pero ¿cómo lo diría? Todavía estoy convencido de que no ha muerto. Él no. Estoy seguro de que ni siquiera llegó al frente. Y, en el supuesto de que hubiera muerto, ¿dónde está el coche, dónde se ha metido? A un coche semejante no se lo puede enterrar así, simplemente, en la arena.

Hubo una guerra. Cierto. Nos cogió de sorpresa. Vuelvo a leer los confusos relatos, trato de descender a lo más profundo del caos que nos dominó. Al fin y al cabo no era él el único que había desaparecido. Hasta el día de hoy tenemos todos, delante de los ojos, una lista de desaparecidos y algunos misterios. Parientes y familiares andan todavía recogiendo los últimos restos, ropas andrajosas, fragmentos de documentos carbonizados, plumas retorcidas, monederos agujereados, anillos de boda fundidos. Van a la búsqueda de misteriosos testigos presenciales, tras la sombra de alguien que dice haber oído algo y, dentro de esta niebla, tratan de componer la última imagen de los seres queridos. Pero también ellos guardan silencio. ¿Tenemos nosotros derecho a buscar más? Al fin y al cabo, no era más que un extranjero para nosotros. Un israelí dudoso, en realidad un emigrante que vino para una corta visita relacionada con una herencia y que se demoró, quizás también por nuestra causa. No lo sé, no estoy seguro. Pero vuelvo a decir que no ha muerto. De eso estoy convencido. Y éste es el origen de la inquietud que me devora en los últimos meses, que no me concede reposo, que me empuja a los caminos para buscarlo. Más aún, hace que se me ocurran pensamientos extraños, que, en la agitación de los combates, entre el pánico y el desorden de las unidades que se desmontan y se reorganizan, hubo también algunos, aislados, supongamos que dos o tres, que aprovecharon el desconcierto para romper contacto y desaparecer. Me refiero a que, sencillamente, decidieron no volver a casa, renunciar a los viejos lazos y marcharse a otra parte.»
«Si todavía era posible amarla, algún extraño que la viese tal como era con esos vestidos, con el traje gris de bordado descolorido, alguien que la amase también para mí.»
Abraham B. Yehoshúa
(Jerusalén, 1936)
EL AMANTE
[Hame'ahev, 1977]
Trad. Teresa Martínez Saiz
Duomo | Nefelibata, 2013
Primeras páginas
La transferencia del amor
Entrevista en LV

LA PRENSA DICE (y yo también): «Yehoshúa alcanza una inmensa riqueza de sensaciones», Pietro Citati · «Uno de los más grandes escritores en lengua hebrea», La Vanguardia · «La literatura de Yehoshua es de las mejores», El Mundo · «Delicado e irónico», The New York Review of Books · «Sutil, magnífico», Le Figaro · «Magistral novela», El País. Haifa, 1973 · Adam · Dafi · Asia · Gabriel Arditti · Naim · Vaducha · Waducha · Inés Hermoso · Yigal · Osnat · Tali · Erlich · Hamid