miércoles, 9 de marzo de 2016

Leviatán o la ballena, de Philip Hoare [3, ballenas productivas]


aceite de ballena


cold cream de grasa de ballena


corsé de ballenas

en Japón comen carne de ballena
carne de ballena


lámpara de aceite de ballena

«Uno de los últimos puertos balleneros era Dundee, desde donde salían los barcos que veinte días después serían testigos de la última guerra colonial de Gran Bretaña, y donde hoy se pudren los buques en los muelles de South Georgia y de las islas Malvinas. Algunos de los hombres que construyeron esos barcos siguen vivos, y describen su labor en aquellos mataderos al aire libre como un verdadero infierno. El ruido, los olores y las escenas que recuerdan son repulsivas, aún retrospectivamente. Dicen que si las ballenas fueran capaces de gritar, nadie hubiera podido soportar su trabajo. En lugar de eso, se quedaban calladas frente a la horrenda destrucción que caía sobre ellas, como si eligieran no protestar contra lo que iban a sufrir, como para avergonzar aún más a sus perseguidores.

No puedo solicitar inmunidad. Cuando volvía desde el colegio a mi casa pisando las húmedas hojas de otoño, en el camino, mientras mi madre secaba la ropa al lado del fuego, las factorías de Southampton procesaban la mantequilla de ballena que luego encontraba en mi nevera en grandes bloques amarillentos. Limpiaba mis mejillas con grasa de ballena y "a las damas les interesará saber que es un ingrediente habitual en la fabricación de sus cosméticos", como rezaba mi enciclopedia.

El persistente olor de la ballena.

Cuando leía cómics americanos prohibidos bajo las sábanas y fantaseaba acerca de un mundo de estilizados superhéroes, una serie de nuevos procesos —sulfurización, saponificación, destilación— se perfeccionaron y racionalizaron el uso de los derivados de la ballena en lubricantes, pintura, barniz, tinta, detergente, cuero y alimentación; la hidrogenación convirtió el aceite de ballena en una substancia apta para el paladar y eliminó su fuerte sabor. La eficiencia se impuso en lugar del despilfarro de los primeros días de la caza de ballenas. El hígado de ballena contiene vitamina A, y los ganglios del animal se empleaban en la elaboración de insulina para los diabéticos y de corticotropina para el tratamiento de la artritis. El combustible de los trenes del siglo XIX era aceite de ballena; más tarde, el líquido de frenos de los coches aerodinámicos, fabricados con elegantes chapas cromadas, también salía de ahí. A los victorianos habitantes de Nueva Inglaterra les gustaban los donuts fritos en aceite de ballena; los niños de pelo corto y camisas a rayas comían helados cuya base era esa substancia. Sus rubicundos y brillantes rostros se limpiaban con jabón de grasa de ballena y llevaban cordones de piel de ballena; luego se iban al colegio tras cruzar campos abonados con fertilizantes de ballena, dibujaban con ceras de ballena, mientras sus madres cosían la ropa con una máquina lubricada con aceite de ballena y alimentaban al gato con carne de ballena. En su despacho, mi hermana mayor transcribía informes con una máquina de escribir cuya cinta estaba cargada con tinta de ballena, y solo se detenía para aplicarse el pintalabios que se fabricaba a partir de grasa de ballena. Más tarde, jugaría un partido de tenis, con una raqueta cuyas cuerdas pertenecían a una ballena. Y , de vuelta a casa, papá sacaba fotografías familiares sobre una película barnizada con gelatina de ballena.

Las ballenas quedaron fijados en la imagen de una época.» (págs. 375-376)




"La caza del cachalote se hizo extensiva para extraer el llamado esperma de ballena o ambar gris. El esperma de ballena nada tiene que ver con el aparato reproductor de los cetáceos, sino que es una mala traducción de la palabra anglosajona cachalote que es sperm whale. Este ámbar gris es una cera blanquecina que se encuentra en una cavidad craneal de estos cetáceos. Su textura y olor lo hacen ideal para el uso cosmético, para los lubricantes y para la industria del cuero."


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