viernes, 2 de febrero de 2018

Joyce, de Edna O’Brien

Edna O’Brien (Irlanda, 1930)
JOYCE
[James Joyce, Viking Penguin, 1999]
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Grijalbo Mondadori, 2001 - 216 págs - bibl. lesseps
[a Alejandro J. y a mí nos ha gustado pero él lo explica mejor]
«Lo cierto es que el Joyce que veía la gente no era más que una fracción del hombre interior. Nadie conocía a Joyce, sólo él mismo. Nadie podía conocerle. Poseía una imaginación meteórica, una mente que acumulaba conocimientos incesantemente, la cabeza rebosante de palabras en continua ebullición e imágenes que se le agolpaban dentro "como las sombras a la entrada del averno". Quería arrebatarle a la vida su secreto y eso solo resultaba factible mediante el lenguaje porque, como él decía, la historia de la humanidad es la historia del lenguaje. De hecho las personas se habían convertido para él en producto de la imaginación y le bastaba con que tal o cual persona habitara en sus sueños. Hasta Finn MacCool ["gigantesco héroe irlandés"] evolucionaba hasta devenir una sombra. Joyce estudió minuciosamente palabras y dialectos para crear el lenguaje nuevo o, mejor dicho, el lenguaje antiguo, eso que en su opinión había existido en prístina pureza antes del babel de lenguas. A partir de esa lengua original decidió recrear cuarenta idiomas: para él era perfectamente razonable que dos hombres charlaran en chino y japonés en Phoenix Park porque era el único modo lógico de expresar "un conflicto profundo, un antagonismo irreductible". El conflicto se encontraba en la raíz de su ímpetu y no, aunque se le acusó de ello, la ofuscación. Joyce, al estar casi ciego, tenía que sentir las palabras, una tarea hercúlea que en ocasiones, como explica Lucia, le arrancaba las lágrimas. Para él la verdad del arte era sagrada, era su religión: la perfección minuciosa del estilo, la variedad métrica, las notaciones musicales y un meollo lírico deslumbrante. Le dijo al escritor polaco Jan Parandowski que quizá fuera una locura ordenar las palabras para extraerles su sustancia, o injertar una dentro de otra para crear variaciones híbridas y desconocidas, casar sonidos que no solían ir juntos; unir y desunir, siempre. » (págs. 198-199)

De la introducción al último fragmento de Anna Livia Plurabelle traducida por Eduardo Lago en el web de Enrique Vila-Matas:

«La traducción de Anna Livia Plurabelle que aquí se presenta consta de 601 frases. En ellas cabe el mundo con todos sus ríos, y sí, queridos Elena y Enrique, hemos terminado: de manera tortuosa, entre rápidos, remansos, meandros y súbitos saltos y caídas, como corresponde a un texto fluvial. ¿Qué va a ser de nosotros sin ti, O, Anna Livia, de quien al final hemos llegado a saber algo? No todo, con Joyce, por fortuna, eso no es posible [...] Con la frase 601 desaparece de hecho una empresa que nos ha llevado a adentrarnos en el alma viva del idioma, el crisol de la lengua universal donde, antes de cobrar forma, hierven como en un pozo de hielo líquido, todas las historias de las que necesitamos alimentarnos a fin de seguir viviendo.»

3 comentarios:

EVM dijo...

Muy inteligente y penetrante texto en la figura de Joyce por parte de Edna O´Brien.

Tripe E dijo...

Dice James:
O
tell me all about
Anna Livia, I want to hear all
about Anna Livia. Well, you know Anna Livia? Yes, of course, we all know Anna Livia. Tell me all. Tell me now.


Y replica Eduardo:
O
de Anna Livia
lo quiero saber todo
de Anna Livia ¡cuéntamelo todo! Y bien: ¿conoces a Anna Livia? Sí, por supuesto, todos conocemos a Anna Livia. Cuéntamelo todo. Cuéntamelo ya.

Elena dijo...

Y sí, es muy interesante la mirada de Edna hacia Joyce.

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