miércoles, 23 de octubre de 2013

Murakami (& us) en la estación de Shinjuku

«La estación de Shinjuku es inmensa. Alrededor de tres millones y medio de personas la utilizan todos los días. El libro Guinness de los récords la reconoce oficialmente como la estación con mayor número de usuarios del mundo. En ella se cruzan varias líneas. Las principales son las líneas Chüö, Söbu, Yamanote, Saikiyö, Shönan-Shinjuku y Narita Express. Sus vías forman un complejísimo entramado, con un total de dieciséis andenes. A todo eso hay que añadir dos líneas privadas, Odakyü y Keiö, y tres líneas de metro, que entroncan a ambos costados de la red, como unidas por unos enchufes. Es un laberinto. En las horas punta, un mar de gente entra en ese laberinto. Ese mar espumea, se vuelve bravío, brama, fluye veloz hacia las entradas y las salidas. La corriente humana que se desplaza para realizar transbordos se enmaraña aquí y allá, dando origen a peligrosos remolinos. Ningún profeta, por poderoso que sea, podría dividir en dos ese mar revuelto y encabritado.

Resulta difícil creer que en esas horas punta, cinco días a la semana, una vez por la mañana y otra por la tarde, el escaso número de empleados de la estación pueda controlar a esa abrumadora cantidad de personas de manera eficiente y sin cometer errores graves. Son momentos particularmente problemáticos. Todos los usuarios se dirigen presurosos a su destino. Tienen que fichar antes de determinada hora. Es imposible que estén de buen humor. Todavía van un poco amodorrados. Y los vagones, prácticamente abarrotados, maltratan sus cuerpos y ponen a prueba sus nervios. Sólo los más afortunados logran sentarse. Tsukuru siempre se admiraba de que no se produjeran más disturbios ni ocurrieran accidentes cruentos. Si esa estación y esos vagones desmesuradamente atestados fuesen blanco del ataque de un grupo de terroristas fanáticos, no hay duda de que sucedería una catástrofe. Causaría estragos. Sería una pesadilla inimaginable, tanto para los trabajadores de la estación y de las compañías como para la policía y, por supuesto, para los pasajeros. A pesar de ello, en la actualidad apenas hay recursos para prevenir una calamidad como ésa. Y, sin embargo, esa sobrecogedora pesadilla se hizo realidad, en Tokio, en la primavera de 1995.

Los empleados de la estación gritan, ruegan a todas horas por los altavoces; los timbres que avisan de la salida de los convoyes pitan sin descanso; los torniquetes leen en silencio la información de tarjetas, billetes y bonos. Los largos trenes que parten y entran en la estación con precisión de segundos regurgitan sistemáticamente gente, como ganado paciente y bien adiestrado; luego engullen otra tanta e, impacientes por cerrar las puertas, arrancan y se dirigen a la siguiente estación. Si al subir y bajar las escaleras, en medio de la muchedumbre, alguien pisa a un usuario y éste pierde un zapato, le será imposible recuperarlo. El zapato desaparecerá tragado por las impetuosas arenas movedizas de la hora punta. Al usuario, sea hombre o mujer, no le quedará más remedio que pasar esa larga jornada con un solo zapato.

A principios de la década de los noventa, cuando la economía japonesa todavía experimentaba cierto crecimiento económico, un influyente rotativo estadounidense publicó una fotografía a gran tamaño que captaba el instante en que algunos usuarios bajaban, una mañana de invierno, por las escaleras de la estación de Shinjuku en la hora punta (quizá era esa estación de Tokio, pero podría haber sido cualquier otra). Todos los individuos que salen en la foto miran hacia abajo como por mutuo acuerdo, con expresión sombría, apagada; parecen peces enlatados. El pie de foto rezaba: «Es posible que Japón se haya convertido en un país próspero, pero la mayoría de estos japoneses cabizbajos no parecen demasiado felices». La fotografía dio la vuelta al mundo.

Tsukuru ignoraba si la mayoría de los japoneses eran de veras infelices o no. El motivo por el que todos los pasajeros que bajan las escaleras de la atestada estación de Shinjuku por las mañanas miran hacia abajo no es porque sean infelices, sino más bien porque están atentos a sus pasos. En las grandes estaciones, en las horas punta, eso es vital para no tropezar, para no perder un zapato. En el pie de foto no se mencionaba ese motivo, que es el verdadero. Además, es posible que nadie que camine mirando al suelo con un chubasquero de tonos oscuros parezca feliz. Aunque, por supuesto, quizá esté justificado llamar sociedad infeliz a aquella en la que uno no puede ir al trabajo todas las mañanas sin preocuparse de perder un zapato.

«¿Cuánto tiempo consumirá la gente todos los días en acudir a sus puestos de trabajo?», se preguntaba Tsukuru. Entre una hora y una hora y media, y eso sólo a la ida. Si un oficinista normal y corriente, casado, con uno o dos hijos, y que trabaje en el centro de la ciudad, decidiese comprar una casa, tendría que ser necesariamente en las «afueras»; por lo tanto, para ir al trabajo necesitaría esa hora, hora y media para llegar. Eso quiere decir que, de las veinticuatro horas del día, pierde dos o tres tan sólo en ir y volver del trabajo. Si tiene suerte, quizá pueda leer el periódico o un libro de bolsillo dentro del tren abarrotado. O, por ejemplo, en el iPod, escuchar sinfonías de Haydn u oír hablar español para aprender el idioma. Otras personas cierran los ojos y se sumen en profundas meditaciones. Sin embargo, pocos afirmarían que esas dos o tres horas sean las mejores y más provechosas de la vida. ¿De cuánto tiempo nos despojan? ¿Cuánto tiempo de nuestras vidas se esfuma en esos probablemente absurdos desplazamientos? ¿En qué medida eso nos desgasta y extenúa?

Sin embargo, ése no era un problema que inquietara a Tsukuru Tazaki, cuyo trabajo consistía principalmente en diseñar y remodelar estaciones para una compañía ferroviaria. Cada uno hacía lo que quería con su vida. Además, eran sus vidas, no la vida de Tsukuru. A cada uno le tocaba juzgar hasta qué punto la sociedad en que vivía era infeliz o no. Él sólo tenía que pensar en guiar por las estaciones a ese ingente flujo de personas de manera adecuada y segura. Para hacerlo no necesitaba entregarse a profundas meditaciones. Tan sólo necesitaba ser eficaz. Tsukuru no era un pensador, tampoco un sociólogo, sino un simple ingeniero.» (pp. 295-298)

HARUKI MURAKAMI
Los años de peregrinación del chico sin color
(色彩を持たない多崎つくると、彼の巡礼の年,
Shikisai wo motanai Tasaki Tsukuru to, Kare no Junrei no Toshi, 2013)
Trad. Gabriel Álvarez Martínez
TUSQUETS, 2013
[novela de autoayuda juvenil]

1 comentario:

Elena dijo...

Más información reciente sobre el soberbio sistema ferroviario japonés: Los trenes bala hasta Kanazawa ya tienen nombre.

En 2011 estuvimos en Kanazawa. Como entonces no había tren, desde Takayama hasta Kanazawa fuimos en un autobús que atraviesa los llamados Alpes japoneses a través de un millón de túneles. Una parada intermedia permite visitar la interesante arquitectura tradicional de Shirakawa.

Aquí un anuncio de Shinkansen que muestra un recorrido por gran parte de Japón (y de bastantes japoneses). Por cierto, los Japan Rail Pass son imprescindibles para recorrer (y disfrutar) el país. (¡Qué ganas de volver!)