lunes, 15 de febrero de 2016

Helen MacDonald: H de halcón



«Cuando le dije a Stuart que jugaba a tirarle cosas y me las devolvía, durante un tiempo no me creyó. Con los azores no se juega. Nadie lo hace. Pero tuve que hacerlo, para aliviar el frío. Porque los demás cetreros con azores tienen, además, personas en sus vidas. Para ellos sus azores son un pequeño fragmento de naturaleza salvaje, un contrapeso a su domesticidad; en los bosques con sus aves, los demás cetreros entran en contacto con sus almas solitarias y sangrientas. Pero luego vuelven a casa y cenan, ven la televisión, juegan con sus niños, duermen con su pareja, se despiertan, hacen té y se van a trabajar. Es necesario un equilibrio, como suelen decir.

  Yo no tengo ese equilibrio, solo tengo la parte salvaje. Y ahora ya no la necesito. No estoy ahogada por la domesticidad. Carezco de ella. No siento ninguna necesidad, ahora mismo, de sentirme próxima a una criatura de los oscuros bosques del Norte, un animal de ojos siniestros y muerte en las garras. Las manos están hechas para que las sostengan otras manos. Los brazos están hechos para abrazar fuerte a otras personas. No para romper el cuello a conejos, arrancar manojos de vísceras y echarlas en la hojarasca para que el azor meta la cabeza y beba la sangre de la cavidad torácica de su presa. Contemplo todas estas cosas y mi corazón se vuelve sal. Todo está atascado en un presente eterno. El conejo deja de respirar, el azor come, las hojas caen, las nubes pasan sobre mi cabeza. Un coche circula por el campo, y hay gente dentro, seguros en su camino a alguna parte,
con la vida arropándoles como un cálido abrigo. Los sonidos de los neumáticos se apagan. Una garza dibuja un arco en el cielo. Veo al azor picotear, rasgar y arrancar la carne de la pata delantera del conejo. Siento pena por el animal. El conejo nació y creció en el campo, alimentándose de dientes de león y hierba. Se rascaba la mandíbula con la pata y daba saltos. Tuvo conejitos. El conejo no sabía lo solo que estaba; vivía en una madriguera. Y ahora no es más que una combinación cuidadosamente ensamblada de diversos tipos de comida para el azor que pasa las tardes viendo la televisión desde el suelo de mi salón. ¡Todo es tan endemoniadamente misterioso! Pasa otro coche. Rostros en el interior se vuelven a mirarme acuclillada junto al conejo y el azor. Parece como un cuadro en un santuario de carretera. Pero no estoy segura de para qué es el santuario. Soy una atracción de carretera. Soy muerte para la comunidad. Ese no es el tema.

  ¿Es que hay un tema? White dijo que adiestrar un azor era como el psicoanálisis. Dijo que entrenar un azor era como adiestrar a una persona que no era humana, sino un ave de presa. Ahora veo que tengo más de conejo que de azor. Vivir con un azor es como adorar un témpano de hielo, o una ladera de rocas desprendidas azotadas por el frío viento de enero. Es la lenta expansión de una astilla de hielo en tu ojo. Amo a Mabel [el azor], pero lo que hay entre nosotras no es humano.» (págs. 289-290)

Helen y Mabel Helen MacDonald
H de HALCÓN
[H is for Hawk, 2014]
Trad. Joan Eloi Roca
Ático de los libros, 2015

  [una lectura casi salvaje]

· by Jacinto Antón
· Cetrería
· T.H. White

martes, 9 de febrero de 2016

Daniel Palomeras: Hollister 5320

«Prop de la trentena, vaig tenir la pretensió de confessar-me a mi mateix: Lletrat, no ets humà. Després, amb una engruna de patiment, me'n vaig adonar: Haig de fer la vida sol. Trigant, però, a associar l'asseveració amb la propo- sició: no sóc humà perquè estic sol. Sofria pensant que potser en algun moment havia estat a punt de ser-ho. Quan vivia amb l'avi o amb la mare una humanitat imperfecta discorria dels altres a mi, i de mi als altres, i al col·legi quan passaven llista, o a la facultat el dia dels exàmens, o la temporada en què vaig treballar, quan em preguntaven i responia. Però arribà un dia en el qual ja no vaig atraure cap mirada ni cap paraula. No va ser una renúncia volun- tària ja que mai no vaig contrapesar el dolor de conviure amb el de la soledat. Mai no he entès si la meva soledat em fa més lliure o si la llibertat no existeix per a mi. Hi havia moments, infreqüents, en els quals desitjava la proximitat de les persones, donar senyals de la meva existència, ser percebut. Però això depenia també dels altres, que podien esdevenir enemics en el moment que sortís a la llum, del còmode aixopluc, o a la recerca del que al llarg d'anys vaig mantenir adormit, la força d'eros.Virgo prudentíssimo, ex- clamo en la meva maduresa. I vingué el moment en què co- mençà a obsessionar-me no haver accedit mai a aquella frivolitat compartida. Em feia por, com puc ara tenir-ne de la mort després d'haver-m'hi apropat tant.» (pàg. 134)

domingo, 31 de enero de 2016

La muerte del padre, Karl Ove Knausgård


Karl Ove Knausgård (Noruega, 1968)
LA MUERTE DEL PADRE
Mi lucha: Tomo I
[Min kamp, 2009]
Trad. K. Baggethun y A. Lorenzo
Anagrama, 2014, 504 p.
[letales primeras páginas]



La novela de un literato, Schifino
[La mort del pare, l'altra editorial]

«La primera vez que comprendí que lo que escribía era realmente algo y no sólo algo que quería que fuera algo, o que fingía que era algo, fue cuando escribí un pasaje sobre mi padre y me puse a llorar mientras escribía. Era algo que jamás me había pasado. Ni por lo más remoto. Escribí sobre mi padre, y las lágrimas me chorreaban por las mejillas, apenas era capaz de ver el teclado o la pantalla. Era dolor que se había soltado dentro de mí era algo cuya existencia desconocía. Mi padre era un idiota, alguien con quien no quería tener ningún trato, y no me costaba nada mantenerme alejado de él. No se trataba de reprimir nada, pues no había nada que reprimir, nada de él me afectaba. Así era, pero al sentarme a escribir, se me saltaron con fuerza las lágrimas. [...] Él ni siquiera había llegado a saber que iba a publicar un libro. La última vez que estuvimos a solas antes de morir, hacía año y medio, me preguntó qué estaba haciendo, y le respondí que había empezado a escribir una novela. Habíamos subido por la calle Dronningen, íbamos a cenar en algún restaurante, su frente chorreaba de sudor aunque hacía frío por la calle, y me preguntó sin mirarme y claramente con el fin de conversar sin más, si la cosa llegaría a algo. Le confirmé que una editorial estaba interesada. Entonces me miró como de reojo mientras andábamos, como desde un lugar donde todavía era el que había sido antaño, y tal vez pudiera volver a serlo.
  —Me alegro de que te vayan bien las cosas, Karl Ove —dijo.» (págs. 490-491)

domingo, 24 de enero de 2016

Siri Hustvedt: El món resplendent

Siri Hustvedt by Maria Teresa Slanzi
Siri Hustvedt
EL MÓN RESPLENDENT
[The Blazing World, 2014]
Trad. Ferran Ràfols Gesa
Llibres Anagrama, 2014
384 págs. | bibl. Lesseps

[la buena era ella]
«La Harriet Burden va ser una figura enigmàtica de l'art novaiorquès dels vuitanta i ara, al cap d'uns anys de la seva mort, és objecte d'una investigació acadèmica. Una indagació detectivesca, perquè la personalitat de la Harriet és polièdrica i desconcertant.
  Esposa del marxant Felix Lord, mare de dos fills, amfitriona del més granat del món cultural i mecenes, la Harriet va ser, sobretot, una artista ignorada per la seva condició de dona en un entorn marcat per un masclisme latent. I, per denunciar-ho, va posar en marxa un experiment transgressor amb l'exposició de la seva obra a través de tres homes que li serviran de màscara: l'Anton Tish, en Phineas Q. Eldridge i en Rune. Però en aquest joc arriscat els egos, els anhels i les pulsions sexuals desencadenaran unes tempestes incontrolables i desembocaran en una mort ritual i pertorbadora.
  El resultat és un exercici brillantíssim, una narració polifònica que, a partir dels diaris de la Harriet, testimonis i crítiques i articles de l'època, reconstrueix la personalitat i la proposta estètica d'aquesta dona, el seu joc de falses identitats per descobrir les mesquineses dels qui mouen els fils del mercat de l'art. Siri Hustvedt ens regala una novel·la prodigiosa sobre el paper de la dona com a creadora, però també una reflexió sagaç sobre la identitat, l'ambició, el desig i l'engany.» [DE LA CONTRAPORTADA]

jueves, 21 de enero de 2016

Volver

yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno
son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor
y aunque no quise el regreso
siempre se vuelve al primer amor
la vieja calle donde el eco dijo
tuya es su vida tuyo es su querer
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver

volver con la frente marchita
las nieves del tiempo platearon mi sien
sentir que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras te busca y te nombra
vivir con el alma aferrada
a un dulce recuerdo que lloro otra vez
tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida
tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar
pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar
y aunque el olvido que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón

volver con la frente marchita
las nieves del tiempo platearon mi sien
sentir que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras te busca y te nombra
vivir con el alma aferrada
a un dulce recuerdo que lloro otra vez
in memoriam jjgmg 19050121
 

lunes, 18 de enero de 2016

Cristina Fernández Cubas: La habitación de Nona

«Era su forma de andar: a grandes zancadas. Y ahora se paraba en seco. Lo hacía a menudo. Cuando recordaba algo urgente, se paraba en seco. Ella tomó aliento y se detuvo frente al escaparate de una perfumería. Sólo unos segundos, pensó. Hasta que Él reanude el paso y yo pueda seguirle sin ser vista. Pero la luna de un espejo le devolvió su imagen y ahí se quedó. Atónita. Inmóvil. Fascinada.
    Porque era ella. Quién sabe cuántos años atrás, pero era ella. Llevaba una falda muy corta, el cabello suelto, largo. Una melena de cabello castaño, brillante. Se encontró guapa. Muy guapa. Pero ¿había sido alguna vez tan guapa? Le gustó pensar que se hallaba dentro de un sueño. Un sueño ajeno. El hombre amado, estuviera donde estuviera, la estaba soñando, y ahora ella le tomaba prestada la mirada. Así debía de verla Él en los tiempos en que se conocieron. Aquellos tiempos ya tan lejanos en los que todo parecía posible. Aspiró una bocanada de aire y tuvo la sensación de que ese instante lo había vivido ya. Escaparate, espejo, su imagen aniñada, Gran Vía en una mañana de sol... Un espejismo. O simplemente un efecto óptico. El sol, su reflejo, el juego de espejos, los objetos y carteles del escaparate mezclándose con su propia imagen...
    —¿Dónde te habías metido? —oyó de pronto.
    Buscó un punto de apoyo para no caer. Él estaba allí. Alto, delgado... Tan joven como en la época en que se conocieron. Ahora no le cabía ya la menor duda. El chico de la americana color tostado estaba allí, detrás de ella, y acababa de cogerla por el hombro.» (de La nueva vida, pág. 127)

miércoles, 13 de enero de 2016

Truman Capote: Música para camaleones







Truman Capote (1924-1984)
MÚSICA PARA CAMALEONES
[Music for Chameleons, 1980]
Trad. Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, 1988
(del) PREFACIO

«Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que solo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar zapateado y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me habla encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.
    Pero, por supuesto, yo no lo sabía. Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejé de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento mas alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!
    Así como algunos jóvenes practican el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias, igual me ejercitaba yo con mis plumas y papeles. Sin embargo, nunca discutí con nadie mi forma de escribir; si alguien me preguntaba lo que tramaba durante todas aquellas horas, yo le contestaba que hacia los deberes. En realidad, jamás hice los ejercicios del colegio. Mis tareas literarias me tenían enteramente ocupado: el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de dividir los párrafos, la puntuación, el empleo del dialogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin. Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no solo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días.
    De hecho, los escritos mas interesantes que realice en aquella época consistieron en sencillas observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Extensas narraciones al pie de la letra de conversaciones que acertaba a oír con disimulo. Descripciones de algún vecino. Habladurías del barrio. Una suerte de informaciones, un estilo de «ver» y «oír» que mas tarde ejercerían verdadera influencia en mi, aunque entonces no fuera consciente de ello, porque todos mis escritos «serios», los textos que pulía y mecanografiaba escrupulosamente, eran mas o menos novelescos.
    Al cumplir diecisiete años, era un escritor consumado. Si hubiese sido pianista, habría llegado el momento de mi primer concierto público. Según estaban las cosas, decidí que me encontraba dispuesto a publicar. Envié cuentos a los principales periódicos literarios trimestrales, así como a las revistas nacionales que en aquellos días publicaban lo mejor de la llamada ficción «de calidad» —Story, The New Yorker, Harper's Bazaar, Mademoiselle, Harper's, Atlantic Monthly—, y en tales publicaciones aparecieron puntualmente mis relatos.»

jueves, 7 de enero de 2016

Laird Hunt: Neverhome

«Su guerra, tal como se la oí contar, era la que uno puede leer en los libros si le apetece. Tengo algunos de esos libros aquí a mano. Los he examinado detenidamente. A juzgar por muchos de ellos, uno pensaría que solo había capitanes y coroneles y generales encabezando una preciosa carga tras otra. Todo a fecha de tal, batalla de cual. Los hombres eran soldados de a pie en la guerra celestial. Un considerable número de mujeres que sí aparecían descritas eran santas, y algunas ángeles, sagradas e indemnes. Yo vi con mis propios ojos a Clara Barton trabajar con los heridos después de nuestros combates en Antietam. Llevaba suministros a los matasanos, ofrecía consuelo dondequiera que fuese, y no cejó hasta que contrajo el tifus y tuvieron que llevársela de allí. Pero no era una santa ni un ángel. Era solo una mujer con un delantal y un vestido recio. Y dicho sea de paso, habría sido de una belleza feroz con un arma en las manos. Pero en la pila de libros que tengo ninguna mujer empuña un arma. En esos relatos las mujeres son santas y ángeles y los hombres son personas nobles y valiosas, todo lo que hacen lo hacen bien y deprisa y nada huele a sangre.


  Un libro sobre Petersburg lo presentaba como si hubiese sido cosa de cinco minutos. Como si unos cuantos oficiales hubiesen dejado sus naipes y su whisky un momento y hubiesen salido tranquilamente de sus mansiones y utilizado su poder de oficiales para echar abajo las puertas de Petersburg.» (pág. 158)
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