martes, 31 de julio de 2012

1Q84: el tercer sueño

«El tercer sueño se resistía a ser descrito con palabras. Era un sueño incoherente, no ocurrían cosas en un escenario concreto. Consistía en meras sensaciones de transición, de movimiento. Aomame se desplazaba sin pausa en el tiempo y en el espacio. No importaba en qué lugar se hallaba ni en qué momento. Lo relevante era el hecho de transitar entre distintos puntos. Todo era mutable y lo significativo era esa mutabilidad. Pero en medio de esa fluctuación, su cuerpo se iba volviendo progresivamente transparente. Las palmas de sus manos clareaban hasta que dejaban ver lo que había del otro lado. Ella podía examinarse sus huesos, su útero y sus vísceras. Tal vez estaba a punto de desaparecer. Aomame se preguntaba que ocurriría cuando ya no pudiese verse a sí misma. No obtenía respuesta.»
del escaparate de la librería de la estación de Hiroshima, 21/5/2011
1Q84. Libro 3. Trad. Gabriel Á. Martínez. Tusquets y Círculo de Lectores (2011). H.Murakami

domingo, 15 de julio de 2012

Carrère: De vidas (y muertes) ajenas


De vidas ajenas
(D'autres vies que la mienne, 2009)
Emmanuel Carrère
Trad. Jaime Zulaika
Anagrama 2011
«Ignoro si el párrafo anterior figurará en el libro. Étienne ha sido claro: puedes escribir todo lo que te digo, no quiero ejercer ningún control. Sin embargo, yo comprendería muy bien que al leer el texto antes de su publicación, me pidiese que no mencionase este episodio. Más por consideración hacia los suyos que por vergüenza, ya que estoy seguro de que no le avergüenza: es un acto extraño, que él mismo se explica mal, pero no se trata de una mala acción. Dicho esto, creo que tampoco se avergonzaría aunque se tratase de una mala acción. O bien sí, sentiría vergüenza, pero la juzgaría también digna de contarse. Diría simplemente: lo he hecho, me avergüenzo, esta vergüenza forma parte de mí, no voy a renegar de ella. Creo que la frase: "Humano soy y nada de lo humano me es ajeno" es, si no la forma suprema de la sabiduría, en cualquier caso una de las más profundas, y lo que me gusta de Étienne es que se la toma al pie de la letra, es incluso lo que según él le confiere el derecho a ser juez. No quiere suprimir nada de lo que le hace humano, pobre, falible, magnífico, y por la misma razón yo no quiero cortar nada en el relato de su vida». (pp. 110-111)

(Nota de Étienne, en el margen del manuscrito: "No hay problema, déjalo.")

miércoles, 11 de julio de 2012

“El adversario” (crónica de una vida fingida)

«En los primeros tiempos iba todos los días a la OMS; después, con menos frecuencia. En vez de la carretera de Ginebra, tomaba la de Gex y Divonne, o bien la de Bellegarde, por la que se sale a la autopista de Lyon. Paraba en un quiosco de prensa y compraba un montón de periódicos: diarios, revistas, publicaciones científicas. Luego se sentaba a leerlos, bien en un café -se cuidaba de cambiar de local a menudo, y de elegir los que estaban lo bastante lejos de su casa-, bien en su coche. Estacionaba en un parking, en una isleta de la autopista, y se quedaba allí horas leyendo, tomando notas, dormitando. Comía un bocadillo y seguía leyendo por la tarde en otro café, en otra zona de descanso. Cuando esta rutina se hacía demasiado monótona, daba paseos urbanos: por Bourg-en-Bresse, por Bellegarde, por Gex, por Nantua y sobre todo por Lyon, donde estaban sus librerías preferidas, la FNAC y Flammarion, en la plaza Bellecour. Otros días tenía necesidad de naturaleza, de espacio, y se iba al Jura. Seguía la carretera que sube en zigzag al alto de la Faucille, donde hay un albergue que se llama Le Grand Tétras. A Florence y a los niños les gustaba ir allí los domingos, para esquiar y comer patatas fritas. Entre semana no había nadie. Tomaba un trago, caminaba por el bosque. Desde las crestas del camino se divisan la comarca de Gex, el lago Léman y, con clima despejado, los Alpes. Ante él se extendía la llanura civilizada donde vivían el doctor Romand y sus iguales, y a su espalda la región de cañadas y de bosques sombríos donde había transcurrido su infancia solitaria. El jueves, día de su clase en Dijon, pasaba a visitar a sus padres, muy dichosos de mostrar a sus vecinos a su único hijo, tan importante, tan ocupado, pero siempre dispuesto a dar un rodeo para abrazarles. El padre perdía vista, hacia el final estaba casi ciego y ya no podía ir solo al bosque. Jean-Claude le llevaba guiándole por el brazo, le escuchaba hablar de los árboles y de su cautividad en Alemania (...)    Por último, estaban los viajes: congresos, seminarios, coloquios en todas partes del mundo. Compraba una guía del país, Florence le preparaba la maleta. Partía al volante de su coche, que supuestamente dejaba en el aparcamiento de Ginebra-Cointrin. En una moderna habitación de hotel, con frecuencia cerca del aeropuerto, se quitaba los calcetines, se tendía en la cama y permanecía tres, cuatro días viendo la televisión, mirando a los aviones que al otro lado del cristal despegaban y aterrizaban. Estudiaba la guía turística para no equivocarse en los relatos que haría a su regreso. Telefoneaba cada día a su familia para decirles la hora que era y el tiempo que hacía en Sao Paulo o en Tokio. Preguntaba si todo iba bien en su ausencia. Decía a su mujer, a sus hijos, a sus padres, que les añoraba, que pensaba en ellos, que les mandaba un gran beso. No llamaba a nadie más: ¿a quién hubiese llamado? Al cabo de algunos días, volvía con regalos comprados en una tienda del aeropuerto. Le agasajaban. Él estaba cansado a causa del desfase horario.» (pp. 74-76)

El adversario. Emmanuel Carrère
El adversario (L'adversaire, 2000)
Emmanuel Carrère
Trad. Jaime Zulaika. Anagrama 2000

viernes, 6 de julio de 2012

“Crónicas marcianas” de Ray Bradbury

FEBRERO DE 1999
Ylla
"Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y en seguida se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblo marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto mientras leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve sobre los que pasaba levemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto con los dedos, brotaba un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.
     El señor K y la señora K vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que había vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.
     El señor K y la señora K no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos, los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales. En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas, y habían hablado hasta el amanecer bajo los azules retratos fosforescentes en la sala de las conversaciones.
     Ahora no eran felices."
Poster inspirado en las “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury