martes, 7 de enero de 2014

John Barth (& Eduardo Lago): El plantador de tabaco

«Es decir, carecía por temperamento de inclinación hacia cualquier carrera y, lo que es peor (como si aquello no fuera de por sí desgracia suficiente), consecuentemente, Ebenezer no parecía corresponder a ningún tipo de persona: la variedad de temperamentos y caracteres que le fue dado observar en Cambridge y en la literatura le resultaba tan seductora como la variedad de trabajos que había en la vida, e igualmente difícil elegir entre ellos. Admiraba por igual al sanguíneo, al flemático, al colérico, al melancólico, al esplénico y al equilibrado; al necio como al sabio; al entusiasta, al chapado a la antigua, al charlatán y al taciturno, y el dilema mayor de todos: tanto admiraba al coherente como al incoherente. De manera similar, parecíale tan bueno ser gordo como ser flaco, ser bajo o alto, feo o guapo. Para completar sus dudas —lo cual probablemente fuera consecuencia de lo que antecede—, a Ebenezer podía convencerlo, al menos teóricamente, cualquier filosofía del mundo, incluso cualquier opinión que se sostuviera con firmeza, bien porque estuviera poéticamente concebida, bien porque tuviera una exposición atractiva, ya que él no parecía sentirse emocionalmente predispuesto en favor de nada. Antojábasele una idea bella que el mundo estuviera hecho de agua, según afirmaba Tales, o que fuera de aire, a la Anaxímenes, o de fuego, a la Heráclito, o las tres cosas a la vez y además, de barro, como juraba Empédocles; que todo fuera materia, como mantenía Hobbes, o que todo era espíritu, como proclamaban algunos de los seguidores de Locke, parecíanle cosas igualmente probables a nuestro poeta, y por lo que se refiere a la ética, de haber podido elegir las tres cosas y no sólo una, hubiera disfrutado muriendo una vez como santo, otra, como un gran pecador, y entre ambas, una más como tibio.

   Nuestro hombre —en resumidas cuentas—, gracias tanto a Burlingame como a sus inclinaciones naturales, sentía vértigo ante la belleza de lo posible, alzaba las manos cuando se trataba de elegir. Aunque había terminado el curso, él seguía en Cambridge. Por espacio de una semana se limitó a languidecer en sus habitaciones, enfrascado en la lectura y fumando pipa tras pipa de tabaco, al que habíase hecho adicto. Por fin leer se tornó imposible; fumar, una molestia excesiva: se paseaba incansablemente por la habitación. Parecía que la cabeza siempre estaba a punto de dolerle, pero nunca empezaba.» (pp. 43-44)



EL PLANTADOR DE TABACO
(The Sot-Weed Factor, 1960)
JOHN BARTH
Traducción y prólogo de EDUARDO LAGO
Sexto Piso, 2013

4 comentarios:

Pterosister dijo...

¿A quién me recordará a mí este personaje?

Elena dijo...

Pues aunque tengo una sospecha, no me atrevo a conjeturarla si antes no me das una pista *]*

Pterosister dijo...

Gustavo, what's poetry?

Elena dijo...

Yes, I agree with you, my dear: poetry is myself.