martes, 6 de octubre de 2015

Emmanuel Carrère: El Reino


Emmanuel Carrère (París, 1957)
«Con todo... Al principio te impresionan algunas palabras fulgurantes de Jesús. Reconoces, como los guardias encargados de detenerle, que "nadie ha hablado nunca como este hombre". De ahí que se llegue a creer que resucitó al tercer día y, por qué no, que nació de una virgen. Decides comprometer tu vida sobre la base de esta creencia insensata: que la Verdad con mayúscula se encarnó en Galilea hace dos mil años. Te enorgulleces de esta locura porque no se parece a nosotros, porque al adoptarla te sorprendes y renuncias, porque nadie la comparte a nuestro alrededor. Ahuyentas como una impiedad la idea de que el Evangelio contiene menudencias contingentes, que hay cosas buenas y malas en la enseñanza de Cristo y el relato que ofrecen de ella los cuatro evangelistas. Ya puestos -a estas alturas-, ¿vamos a creer también en la Trinidad, el pecado original, en la Inmaculada Concepción, en la infabilidad pontifical? [...] Me quedo estupefacto al encontrar en mis cuadernos reflexiones tan estrafalarias como:

"El único argumento que puede demostrarnos que Jesús es la verdad y la vida es que Él lo dice, y puesto que Él es la verdad y la vida hay que creerle. Quien ha crecido crecerá. Al que tiene mucho se le dará más."» (pág. 88)



EMMANUEL CARRÈRE
El Reino
[Le Royaume, 2014]
Trad. Jaime Zulaika
Anagrama, 2015
524 págs. | 24,90 €
El Cultural | La razón
«Jesús rompió con esto. Aunque sólo contaba historias sacadas de la vida concreta, aunque manifestaba que la conocía bien y que se deleitaba observándola, extraía conclusiones que contradecían todo lo que se sabía e iba en sentido contrario de lo que siempre se había considerado natural y humano. Amad a vuestros enemigos, alegraos de ser infelices, preferid ser pequeño que grande, pobre que rico, enfermo que saludable. Y también, mientras que la Torá dice esta cosa elemental, tan palmariamente cierta, tan verificable por todos, que no es bueno que el hombre esté solo, él decía: no toméis mujer, no la deseéis, si tenéis una conservadla para no causarle daño, pero sería mejor no tenerla. Tampoco tengáis hijos. Dejad que los niños se os acerquen, inspiraos en su inocencia, pero no los tengáis. Amad a los niños en general, no en particular, no como los hombres aman a sus hijos cuando los tienen: más que a los ajenos porque son los suyos. E incluso vosotros, sobre todo vosotros, no os améis. Es humano querer el bien propio: no lo queráis. Desconfiad de todo lo que es normal y natural desear: familia, riqueza, respeto de los demás, autoestima. Preferid el duelo, la desazón, la soledad, la humillación. Todo lo que se juzga bueno consideradlo malo y viceversa.» (págs. 390-391)


«Resumiendo: es la historia de un curandero rural que practica exorcismos y al que toman por un hechicero. Habla con el diablo en el desierto. Su familia quiere que lo encierren. Se rodea de una banda de parias a los que aterra con predicciones tan siniestras como enigmáticas y que se dan a la fuga cuando lo detienen. Su aventura, que ha durado menos de tres años, concluye en un juicio chapucero y una ejecución sórdida; en el desaliento, el abandono y el espanto. En el relato que hace Marcos no hay nada que lo embellezca o haga más amables a los personajes. Al leer esta crónica brutal, se tiene la impresión de estar lo más cerca posible de este horizonte para siempre inalcanzable: lo que sucedió realmente.» (pág. 455)


[Emmanuel, Emmanuel, ¿por qué me has abandonado?]

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