«He olido la madreselva durante toda la noche. La olía en sueños. Se me metía dentro su perfume y lo notaba rasgándome la memoria, como el punzón del albañil rasgó el cemento con su nombre: Tomás Císcar. A pesar de que, cuando naciste, estaba lleno de ilusión, no había querido que te pusiéramos su nombre. Te habíamos llamado Manuel. No soportaba que su historia volviera a repetirse y temía el poder de las palabras. Así resultó que él se había ido del todo. Huelo la madreselva desde lugares adonde no llega su perfume y veo las casas de Bovra que ya no existen y el nicho sin lápida. La fuerza de las ausencias.» (pág. 122)miércoles, 21 de octubre de 2015
La buena letra, de Rafael Chirbes
«He olido la madreselva durante toda la noche. La olía en sueños. Se me metía dentro su perfume y lo notaba rasgándome la memoria, como el punzón del albañil rasgó el cemento con su nombre: Tomás Císcar. A pesar de que, cuando naciste, estaba lleno de ilusión, no había querido que te pusiéramos su nombre. Te habíamos llamado Manuel. No soportaba que su historia volviera a repetirse y temía el poder de las palabras. Así resultó que él se había ido del todo. Huelo la madreselva desde lugares adonde no llega su perfume y veo las casas de Bovra que ya no existen y el nicho sin lápida. La fuerza de las ausencias.» (pág. 122)
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