- Tan poca vida, de Hanya Yanagihara
- M Train, de Patty Smith
- Patria, de Fernando Aramburu
- La Triunfante, de Teresa Cremisi
- Dietario mágico. Curanderos,zahoríes, videntes e iluminados en la Murcia del siglo XXI, de Manuel Moyano
- Memoria de chica, Annie Ernaux
- Nosotros en la noche, de Kent Haruf
- Mil cretins, de Quim Monzó
- El amor del revés, de Luisgé Martín
- Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan
- Amarillo, de Félix Romeo
- Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout
- Cada día es del ladrón, de Teju Cole
- Algunos años después, de Jorge Wagensberg (y Quentin Blake)
- La España vacía, de Sergio del Molino
- El bar de las grandes esperanzas, de JR Moehringer
- Los búfalos de Broken Heart, de Dan O'Brien
- El hombre de los dados, de Luke Rhinehart
- Mis años grizzly, de Doug Peacock
- Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff
- El club de los gourmets, Junichiro Tanizaki
- El ruido del tiempo, Julian Barnes
- Germà de gel, de Alicia Kopf
- Open, memorias de Andre Agassi: Open, con JR Moehringer
- Avenida de los misterios, de John Irving
- Hacia rutas salvajes, McCandless by Krakauer
- El viaje a Echo Spring, de Olivia Laing
- El instante de peligro, de Miguel Ángel Hernández
- Amigos para siempre, de Rosa Regàs
- El fantasma en el libro, de Javier Calvo
- Un año en los bosques, de Sue Hubbell
- El ciego en la ventana, de Juan Antonio Masoliver Ródenas
- Si Beethoven pudiera escucharme, de Ramon Gener
- Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh
- Todo ese fuego, de Ángeles Caso
- Intento de escapada, Miguel Ángel Hernández
- Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi
- La niña verde, Herbert Read
- Rimbaud (la doble vida de un rebelde), de Edmund White
- Confessions d'un culer defectuós, de Sergi Pàmies
- Porque ella no lo pidió, de Enrique Vila-Matas
- Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra
- Ocnos, de Luis Cernuda
- Marques que marquen, Ramon Solsona
- Manual per a dones de fer feines, de Lucia Berlin
- Departamento de especulaciones, de Jenny Offill
- El punto ciego, de Javier Cercas
- Fin de poema, de Juan Tallón
- De la mano de Federico, de Lluís Pasqual
- Marienbad elécrico, de Enrique Vila-Matas
- Leviatán o la ballena, de Philip Hoare
- Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart
- Los ingrávidos, de Valeria Luiselli
- H de halcón, Helen MacDonald
- Hollister 5320, de Daniel Palomeras
- La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård
- El món resplendent, de Siri Hustvedt
- La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas
- Música para camaleones, de Truman Capote
- Neverhome, de Laird Hunt
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viernes, 30 de diciembre de 2016
Libros de 2016
jueves, 7 de julio de 2016
Hacia rutas salvajes (Chris McCandless en Alaska, 2)
«El 15 de abril de 1992, Chris McCandless se marchó de Carthage, Dakota del Sur, subido a la cabina de un tractor en cuyo remolque transportaba una carga de semillas de girasol. Su "gran odisea" había comenzado. Tres días después cruzó la frontera entre Alaska y Canadá a través de Roosville, un pueblo de la Columbia Británica, y se dirigió hacia el norte en autostop pasando por Skookumchuck, Radium Junction, Lake Louise, Jasper, Prince George y Dawson Creek. En el centro de Dawson Creek tomó una fotografía de la señal que indicaba el principio de la autovía de Alaska. La señal rezaba: "Km. 0. Fairbanks 2.451 Km". [...] Viajar haciendo autostop por la autovía de Alaska suele ser difícil. En las afueras de Dawson Creek no es raro ver a más de una docena de hombres y mujeres esperando en el arcén con expresión lastimera y el pulgar extendido. Algunos se ven obligados a esperar una semana o más antes de que algún vehículo se detenga. Sin embargo, McCandless tuvo más suerte. El 21 de abril, seis días después de haber salido de Carthage, se hallaba ya en Liard River, a las puertas del territorio del Yukon.» (p. 220)
«McCandless le confesó también que pensaba pasarse el verano solo en el monte, viviendo de lo que encontrara. "Dijo que era algo que deseaba hacer desde pequeño. Quería estar aislado, sin ver un avión, nada que le recordara la civilización, y demostrarse a sí mismo que podía arreglárselas solo, sin la ayuda de nadie." [...] Stuckey y McCandless llegaron a Fairbanks el sábado 25 de abril. Primero efectuaron una breve parada en una tienda de comestibles. "Allí compró un saco de arroz. Luego me dijo que quería acercarse a la universidad para investigar las especies de plantas comestibles que encontraría en el bosque, ya sabe, bayas y cosas por el estilo. Le comenté que era demasiado pronto, que había más de medio metro de nieve y aún no crecía nada. Pero no me hizo caso. Estaba impaciente por salir de la ciudad."» (p. 222)
«Unos minutos después, se alejó de la camioneta andando con dificultad entre la nieve, arropado en una parka de piel sintética y con el Remington colgado del hombro. Todos los víveres que llevaba consistían en un saco de arroz de cinco kilos y los dos emparedados y la bolsa de maíz frito que acababa de darle Gallien. El año anterior había subsistido durante más de un mes en el golfo de California con dos kilos de arroz y el pescado que sacaba con una caña de pescar de mala calidad; la experiencia lo había llevado al convencimiento de que también en los bosques de Alaska podría encontrar el alimento suficiente para sobrevivir una larga temporada. [...] Lo que pesaba más en la mochila medio vacía de McCandless era su biblioteca ambulante: nueve o diez libros encuadernados en rústica. La mayor parte se los había dado Jan Burres en Niland. Entre ellos había obras de Thoreau, Tolstoi y Gogol, pero los gustos literarios de McCandless no eran los de un esnob. Sencillamente, había puesto en la mochila aquellos con los que pensaba que se distraería más, incluyendo libros de autores tan populares como Michael Crichton, Robert Pirsig y Louis L'Amour. Como se había olvidado de llevar papel para escribir, se sirvió de las páginas en blanco del final de la guía de plantas comestibles para empezar un lacónico diario.» (p. 225)
«Un día más tarde, a medida que la pista iba subiendo por un collado, vio por primera vez el blanco deslumbrante de las laderas nevadas del monte McKinley. El 1 de mayo, a unos 30 kilómetros del punto en que se había despedido de Gallien, se tropezó con el viejo autobús abandonado junto al río Sushana. El vehículo estaba equipado con una litera y una estufa cilíndrica de leña, y los visitantes anteriores habían dejado en él cajas de cerillas, repelente para insectos y otros artículos de primera necesidad. «El día del autobús mágico», escribió en el diario. Decidió quedarse un tiempo allí y aprovechar las rudimentarias comodidades que el vehículo ofrecía. [...] El hallazgo hizo que se sintiese eufórico. En el interior del autobús, garabateó una exultante declaración de independencia sobre una deteriorada lámina de madera contrachapada que tapaba el hueco de una ventana:
|
HACE DOS AÑOS QUE CAMINA POR EL MUNDO. SIN TELÉFONO,
SIN PISCINA, SIN MASCOTAS, SIN CIGARRILLOS. LA MÁXIMA
LIBERTAD. UN EXTREMISTA. UN VIAJERO ESTETA CUYO HOGAR ES
LA CARRETERA. ESCAPÓ DE ATLANTA. JAMÁS REGRESARÁ. LA
CAUSA: «NO HAY NADA COMO EL OESTE.» Y AHORA, DESPUÉS DE
DOS AÑOS DE VAGAR POR EL MUNDO, EMPRENDE SU ÚLTIMA Y
MAYOR AVENTURA. LA BATALLA DECISIVA PARA DESTRUIR SU
FALSO YO INTERIOR Y CULMINAR VICTORIOSAMENTE SU
REVOLUCIÓN ESPIRITUAL. DIEZ DÍAS Y DIEZ NOCHES SUBIENDO A
TRENES DE CARGA Y HACIENDO AUTOSTOP LO HAN LLEVADO AL
MAGNÍFICO E INDÓMITO NORTE. HUYE DEL VENENO DE LA
CIVILIZACIÓN Y CAMINA SOLO A TRAVÉS DEL MONTE PARA
PERDERSE EN UNA TIERRA SALVAJE. ALEXANDER SUPERTRAMP
MAYO DE 1992 |
Jon Krakauer (1954) Hacia rutas salvajes Trad. Albert Freixa Ediciones B, 2007 |
martes, 5 de julio de 2016
Hacia rutas salvajes (McCandless by Krakauer, 1)
«Podía intentar explicar que se regía por un código de orden superior; argumentar que, como moderno seguidor de las ideas de Henry David Thoreau, había adoptado como evangelio el ensayo titulado Sobre el deber de la desobediencia civil y consideraba que no someterse a unas leyes opresivas e injustas era una obligación moral. No obstante, no cabía esperar que unos representantes de la administración federal compartieran semejante punto de vista. Tendría que tramitar un montón de papeles. Le impondrían multas que se vería obligado a pagar. Sin duda, los guardas se pondrían en contacto con sus padres. Sólo había un modo de evitar males mayores: abandonar el Datsun y, sencillamente, reanudar su odisea a pie. Y eso es lo que decidió hacer.
En lugar de sentirse angustiado por el curso que habían tomado los acontecimientos, éstos le sirvieron de estímulo: vio la riada como una oportunidad para librarse del equipaje innecesario. Ocultó el coche lo mejor que pudo bajo una lona marrón, arrancó las placas de matrícula con el distintivo de Virginia y las escondió. Enterró el Winchester para cazar ciervos y algunas pertenencias por si algún día quería recuperarlas y luego, en un gesto del que Thoreau y Tolstoi se habrían sentido orgullosos, apiló sobre la arena todo el papel moneda que llevaba encima —un lastimoso fajo de billetes de 1, 5 y 20 dólares— y le prendió fuego con una cerilla. Un total de 123 dólares de curso legal quedaron reducidos de inmediato a cenizas.

Jon Krakauer (1954)
HACIA RUTAS SALVAJES
[Into the Wild, 1996]
Trad. Albert Freixa
ediciones B, 2007
la peli de Sean Penn
Conocemos estos detalles gracias a que McCandless describió la quema de los billetes y la mayor parte de lo que sucedió a continuación en un cuaderno que le servía a la vez de diario y álbum fotográfico. Más adelante, antes de partir rumbo a Alaska, entregaría ese cuaderno a Wayne Westerberg para que lo guardase en lugar seguro.
[…]
El 10 de julio, después de cargar las pocas pertenencias restantes en una mochila, McCandless se encaminó hacia el lago Mead para hacer autostop. Como él mismo anotó en su diario, resultó ser "un tremendo error. Las altas temperaturas del mes de julio son enloquecedoras".
[…]
Durante las siguientes dos semanas, estuvo recorriendo a pie el Oeste, cautivado por la vastedad y fuerza del paisaje, sintiendo la embriagadora emoción provocada por sus pequeños encontronazos con las fuerzas del orden y saboreando la compañía intermitente de los otros trotamundos que encontraba por el camino. Dejó que fueran las circunstancias las que configuraran su existencia: llegó en autostop al lago Tahoe, se adentró por Sierra Nevada y se pasó una semana andando en dirección norte por la ruta
conocida como la Senda de la Cresta del Pacífico, antes de abandonar las montañas y volver a la carretera.»
«Parecía pasárselo en grande. Alex era un entusiasta de los clásicos: Dickens, H. G. Wells, Mark Twain, Jack London… Su preferido era London. Intentaba convencer a todo el que pasaba de que debía leer La llamada de la selva. [...] Desde niño, McCandless se había sentido hechizado por la literatura de London. La ardiente condena de la sociedad capitalista, la grorificación de los instintos primitivos, la vindicación de la plebe, todo ello era un espejo de sus propias pasiones. Fascinado por el grandilocuente retrato que London hizo de la vida de Alaska y el territorio del Yukon, McCandless releía una y otra vez novelas como La llamada de la selva y Colmillo blanco o cuentos como "El fuego de la hoguera", "Una odisea nórdica" y "El ingenio de Porportuk". Estaba tan cautivado por estos relatos que pareció olvidar que eran invenciones, construcciones imaginarias que tenían más que ver con la sensibilidad romántica de London que con la realidad de los grandes espacios salvajes subárticos. Tal vez por razones de conveniencia, pasó por alto el hecho de que el propio London había pasado un único invierno en el Norte y llevaba una vida que guardaba una escasa semejanza con los ideales que propugnaba, hasta el punto de convertirse en un alcohólico obeso y fatuo y suicidarse a los 40 años en su finca de California.» (p. 68 )
En lugar de sentirse angustiado por el curso que habían tomado los acontecimientos, éstos le sirvieron de estímulo: vio la riada como una oportunidad para librarse del equipaje innecesario. Ocultó el coche lo mejor que pudo bajo una lona marrón, arrancó las placas de matrícula con el distintivo de Virginia y las escondió. Enterró el Winchester para cazar ciervos y algunas pertenencias por si algún día quería recuperarlas y luego, en un gesto del que Thoreau y Tolstoi se habrían sentido orgullosos, apiló sobre la arena todo el papel moneda que llevaba encima —un lastimoso fajo de billetes de 1, 5 y 20 dólares— y le prendió fuego con una cerilla. Un total de 123 dólares de curso legal quedaron reducidos de inmediato a cenizas.

Jon Krakauer (1954)
HACIA RUTAS SALVAJES
[Into the Wild, 1996]
Trad. Albert Freixa
ediciones B, 2007
la peli de Sean Penn
«Parecía pasárselo en grande. Alex era un entusiasta de los clásicos: Dickens, H. G. Wells, Mark Twain, Jack London… Su preferido era London. Intentaba convencer a todo el que pasaba de que debía leer La llamada de la selva. [...] Desde niño, McCandless se había sentido hechizado por la literatura de London. La ardiente condena de la sociedad capitalista, la grorificación de los instintos primitivos, la vindicación de la plebe, todo ello era un espejo de sus propias pasiones. Fascinado por el grandilocuente retrato que London hizo de la vida de Alaska y el territorio del Yukon, McCandless releía una y otra vez novelas como La llamada de la selva y Colmillo blanco o cuentos como "El fuego de la hoguera", "Una odisea nórdica" y "El ingenio de Porportuk". Estaba tan cautivado por estos relatos que pareció olvidar que eran invenciones, construcciones imaginarias que tenían más que ver con la sensibilidad romántica de London que con la realidad de los grandes espacios salvajes subárticos. Tal vez por razones de conveniencia, pasó por alto el hecho de que el propio London había pasado un único invierno en el Norte y llevaba una vida que guardaba una escasa semejanza con los ideales que propugnaba, hasta el punto de convertirse en un alcohólico obeso y fatuo y suicidarse a los 40 años en su finca de California.» (p. 68 )
jueves, 14 de febrero de 2008
Más cine, por favor
El invierno es un oscuro tiempo de cine y, quizás por eso, últimamente he visto bastantes películas. Este es el (telegráfico) resultado:
- 4 meses, 3 semanas, 2 días, Cristian Mungiu :: Interesante
- American Gangster, Ridley Scott :: Prescindible
- Conversaciones con mi jardinero, Jean Becker :: Horror
- Deseo, peligro, Ang Lee :: Me encantó
- El orfanato, Juan Antonio Bayona :: Piqué, 1
- El silencio antes de Bach, Pere Portabella :: Me encantó
- En el valle de Elah, Paul Haggis :: Interesante
- Expiación. Más allá de la pasión, Joe Wright :: Piqué, 2
- Hacia rutas salvajes, Sean Penn :: Pendiente
- Interview, Steve Buscemi :: Piqué, 3
- Juno, Jason Reitman :: Curiosa
- La escafandra y la mariposa, Julian Schnabel :: ¿Pendiente?
- La soledad, Jaime Rosales :: Pendiente
- Lejos de ella, Sarah Polley :: Prescindible
- Michael Clayton, Tony Gilroy :: Interesante
- No es país para viejos, Coen Brothers :: ¿No es película para nadie?
- Promesas del este, David Cronenberg :: Muy interesante
- XXY, Lucía Puenzo :: Piqué, 4
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