lunes, 27 de agosto de 2012

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (Carrère versus Dick)


«En la novela la crisis se desencadena cuando el blade runner, más por motivos eróticos que evangélicos o turinguianos, comienza a sentir empatía hacia sus presas o, mejor dicho, hacia una de ellas.
   Este error profesional se ve favorecido y a la vez agravado por un nuevo dato: los fabricantes le han hecho una jugarreta a los androides más sofisticados implantándoles una memoria artificial en sus programas que les hace creer que son humanos. Al igual que estos últimos, tienen recuerdos de infancia, impresiones de déjá-vu y emociones. Nada los distingue de ellos, ni por fuera, ni por dentro. Sólo que no lo saben. Y cuando se sospecha de ellos, y se los somete a una prueba, se asustan como cualquiera de nosotros se asustaría. "Me dirá usted la verdad, ¿no es cierto? Si soy un androide, me lo dirá, ¿verdad?"
   Es curioso que nazcan de la pluma de un autor de ciencia ficción, un autor de un estilo mediocre para colmo, esos pasajes memorables que no sólo son sobrecogedores, sino que nos dan la certeza de aferrar algo esencial, fundamental. Nos hacen vislumbrar un abismo que formaba parte de nosotros y que nadie todavía había sondeado. En Blade Runner encontramos uno de esos momentos: el grito de horror del androide que descubre su condición. Horror absoluto, sin remedio ni consuelo, a partir del cual todo resulta pavorosamente posible.
   Si es la empatia lo que define a lo humano, los androides estarán dotados de ella. Si es la experiencia religiosa, los androides creerán en Dios, en sus almas sentirán Su presencia y rezarán el rosario con todos sus circuitos. Tendrán sentimientos, dudas y angustias. Escribirán libros para dar forma a esas angustias ¿Quién podrá decidir entonces si se trata de una empatía real, una devoción real, de sentimientos, dudas, angustias, inspiraciones reales o de un simulacro persuasivo? Si el grito espantoso del androide que descubre su condición es una simple modalidad del programa, una reacción prevista a ciertos estímulos verbales y producida por la diligente puesta en marcha de un determinado número de bits —una descripción que, aunque esté hecho de células orgánicas y no de elementos metálicos o de plástico, podría ser también perfectamente aplicada al funcionamiento del cerebro humano—, ¿acaso esto cambia: a) todo, b) nada, c) o algo, aunque no se sepa exactamente qué cosa?
   Elija la respuesta.
   Como observa, no sin cierta inquietud, el blade runner, lo mejor, para un androide, sería ser un blade runner.
  O tal vez, pensaba Dick, un autor de ciencia ficción.» (pp. 141-142)

1 comentario:

pp. 136-137 dijo...

"(...) Turing empieza por enumerar los argumentos pasados, presentes y futuros que niegan la posibilidad de una inteligencia artificial: las máquinas sólo hacen aquello para lo que han sido programadas, están especializadas, no tienen gustos ni caprichos, no pueden sufrir, etcétera. Después de considerar todos estos argumentos insuficientes, Turing sugiere, para poder decidir si una máquina puede pensar como un hombre, que nos atengamos a un criterio único: ¿una máquina es o no capaz de hacerle creer a un hombre que piensa como él?

(...) Ahora bien, supongamos, dice Turing, que en un futuro próximo o remoto, una máquina pueda ser programada para emitir, en respuesta a todos los estímulos que recibe, señales igualmente convincentes; en este caso no se entiende en el nombre de qué cosa puede negársele la patente de pensamiento.La prueba que Turing elabora basándose en este criterio consiste en aislar a un examinador humano, un candidato humano y un candidato-máquina en tres habitaciones distintas. El examinador se comunica con cada candidato a través del teclado de un ordenador (también puede hacerse con un teléfono, si se dispone de un sistema de síntesis vocal) y fustiga a los dos candidatos con preguntas destinadas a establecer quién es el hombre y quién la máquina. El interrogatorio puede versar tanto sobre el sabor de la tarta de arándanos, los recuerdos navideños de la infancia y las preferencias eróticas, como, por el contrario, sobre las operaciones de cálculo que, se presume, el hombre efectúa con menos rapidez y mayor dificultad que la máquina; todo está permitido, tanto las preguntas más íntimas como las más descabelladas. Es sabido que el koan zen es una técnica clásica de confusión. Por su parte, los dos candidatos se esfuerzan en convencer al examinador de que son humanos, uno en perfecta buena fe, el otro recurriendo a todas las estratagemas que su programa prevé; por ejemplo, cometiendo deliberadamente errores de cálculo. Al final, el examinador da su veredicto. Si se equivoca, la máquina gana. Para Turing, estamos obligados a admitir que la máquina piensa y, si el espiritualista de turno cree que en realidad no se trata de un pensamiento humano, el peso de la prueba recaerá sobre él.

La prueba de Turing se convirtió en uno de los temas predilectos de Dick. A él, que siempre se jactaba de ser capaz de engatusar a cualquier psiquiatra, le hubiese encantado hacer de máquina y abrumaba a sus amigos con todas las variantes sobre el tema, en particular durante las extravagantes conversaciones telefónicas en las que los obligaba a demostrarle que eran verdaderamente ellos y que no habían sido suplantados por unos impostores."