martes, 28 de julio de 2015

viernes, 24 de julio de 2015

TRIUNFO de una época (lejana)

El erotismo y España El control físico de la mente La gauche divine La Mujer

«[...] José María Moreno Galván. Lo vi otra vez, y muchas veces, en Madrid; huía de su casa para comer pinchos de tortilla en un bar que aun está en la plaza del Conde del Valle de Suchil, donde se hacía la revista Triunfo, para la que él escribía la crítica de arte. Allí se presentaba José María a mediodía, a buscar a Víctor Martínez Reviriego, uno de sus dos jefes de redacción [...] Víctor era, es, un hombre pausado y memorioso, capaz de recordar versos, historias y detalles, y recuerda esa ocasión mejor que nadie, como yo recuerdo quizás igual que él nuestros encuentros en Triunfo en los primeros años setenta, cuando la revista era el centro de las aspiraciones culturales, intelectuales y políticas de un país cansado de tanta posguerra. En aquella redacción estaban Víctor, César Alonso de los Ríos y un joven con una casaca marrón, Nicolás Sartorius [...] Nos recibieron, además de Víctor, José Ángel Ezcurra y Eduardo Haro Tecglen. Ezcurra era el director; entonces me parecía muy alto, con su bigote apaisado, cierta solemnidad en el rostro; miraba como si estuviera por encima de su propia estatura, afectuoso y gentil, un caballero de Valencia, siempre pendiente de que nadie en la reunión se sintiera fuera del circuito de la conversación. Haro era muy adusto, silencioso; escuchaba y asentía, pero opinaba poco. Ezcurra hacia preguntas [...]» (Págs. 127-128 de EGOS REVUELTOS, JUAN CRUZ, Tusquets, 2013)

«Desde 1962 al 1982, veinte años de Triunfo, una de esas revis- tas que eran como el carné de identidad que se llevaba doblada bajo el brazo, completamente digitalizada. Genial.» manuel_h

miércoles, 22 de julio de 2015

Memorias de Balthus

Balthasar Kłossowski de Rola (29 de febrero de 1908 en París - 18 de febrero de 2001) fue un artista polaco-francés

[27] «También ha sido constante esa búsqueda en todos mis dibujos. No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable. Apresar esa dulzura, hacer que la mina de plomo recupere en la hoja de papel el óvalo todavía nuevo de un rostro, esa forma semejante al rostro de los ángeles. Siempre he tenido una complicidad natural, ingenua, con las niñas, Natalie de Noailles, Michelina, Katia, Sabine, Frédérique o más recientemente Anna. Lo que estaba en juego durante las largas sesiones de las modelos eran apuestas de alma, pues ante todo se trataba de que saliera el alma, la dulzura del alma, la inocencia del espíritu, lo que aún no se había alcanzado, que venía del principio de los tiempos y había que mantener a toda costa. Hay algo musical en este proceso, sopesar los silencios en una partitura, tan sensible en Schubert, por ejemplo, o cuando Mozart se deja de fantasías y se adentra en lo grave para llegar así al secreto, al "paraíso de esplendores desaparecidos" del que habla Lewis Carroll en A través del espejo. No hay nada más arriesgado ni más difícil de hacer que reproducir la claridad de una mirada, el terciopelo casi imperceptible de una mejilla, la presencia de una emoción que se advierte en la mezcla de pesadez y ligereza de los labios. Es al equilibrio milagrosamente musical de los rostros de mis jóvenes modelos adonde he querido llegar. En realidad mi meta no fue tanto el cuerpo, o el parecido de los rasgos, cuando lo que estaba más allá o más acá de sus cuerpos o de sus rasgos, en su noche o su silencio. El carboncillo puede dar todo eso, la gracia entrevista, la plegaria. Por eso todavía me indignan las interpretaciones estúpidas según las cuales mis niñas proceden de una imaginación erótica. Decir eso es no entenderlas, lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje.»

domingo, 19 de julio de 2015

(exquisitos) Momentos estelares en Yecla





Stefan Zweig (1881-1942)
MOMENTOS ESTELARES
DE LA HUMANIDAD

(Catorce miniaturas históricas)
[Sternstunden der Menschheit, 1927]
Trad. Berta Vias Mahou
Acantilado, 2015
312 páginas
«Sólo el siglo XIX transforma de un modo fundamental la medida y el ritmo de la velocidad terrestre. En su primera y segunda década, los pueblos, los países se aproximan unos a otros con mayor rapidez que en los siglos precedentes. Con el ferrocarril, con el barco de vapor, los viajes que antes duraban días se hacen ahora en uno solo; los que hasta ahora requerían interminables horas, en un cuarto de hora o minutos. [...] Con repercusiones por completo insospechadas se presentan los primeros adelantos de la electricidad, que violan todas las leyes vigentes hasta entonces y rompen todas las medidas en vigor. Jamás podremos comprender el asombro de aquella generación frente a los primeros resultados del telégrafo eléctrico, el enorme estupor y el entusiasmo que despertó el que esa pequeña chispa, apenas perceptible, que aún ayer sólo era capaz de dar una sacudida a una pulgada de distancia de la botella de Leyden, alcanzara de golpe la fuerza demoníaca para saltar kilómetros y kilómetros por encima de países, montañas y continentes enteros. Que la idea apenas barruntada hasta sus últimas consecuencias de que la palabra recien escrita pudiera recibirse, ser leída y entendida en el mismo momento a miles y miles de millas; que la corriente invisible que vibra entre los dos polos de una minúscula columna voltaica pudiera extenderse por toda la tierra, de un extremo al otro; que ese aparato de juguete de los laboratorios, que ayer era capaz de atraer un par de trocitos de papel por frotamiento de un cristal, pudiera potenciar en miles y miles de millones la fuerza muscular y la velocidad humana, trayendo noticias, moviendo trenes, iluminando calles y casas, y como Ariel flotar invisible en el aire. Sólo por medio de este descubrimiento la relación espacio-tiempo experimentó el cambio más decisivo desde la creación del mundo.» (págs. 189-191)

miércoles, 15 de julio de 2015

Xuan Bello: (la estupenda) Història universal de Paniceiros

Paniceiros_Naranco

«El secret d'avorrir consisteix a explicar-ho tot. Per això aquí s'explica només a mitges, deixant a gratcient una penombra, i avisant des de les primeres ratlles que, de la veritat d'allò que s'esdevingué, o d'allò que vaig intuir o vaig somniar, n'hi ha la meitat de la meitat. Admirador de Zola i de Balzac, mai no vaig aspirar a ser un realista. Si sempre vaig tenir problemes a l'hora d'enfrontar-me amb la vida, ¿per què havia d'adoptar una postura estilística que no s'adeia, ni que hagués caigut en la impostura, amb el meu tarannà? Confesso que, quan hom em va exigir que posés en funcionament els mecanismes de la intel·ligència pràctica per resoldre problemes reals, sempre hi vaig oposar el somni i l'ideal com a mesures pal·liatives. I així em va anar, i em va.
    Escric en una llengua [asturià] que parla molt poca gent, que llegeix encara menys gent. L'ambició literària més gran que tinc és de retratar la vida tal com va ser o tal com vaig somniar que era, d'un lloc que no té més de quaranta habitants. Vaig veure morir un món i en vull donar notícia: ¿què els importa a vostès si la casa tenia les parets emblanquinades o de pedra, si en aquell serral hi havia un roure o un dipòsit d'aigua, si aquell pastor llegia Jules Verne o bé esmerçava el temps engiponant flautes? Són detalls que només tenen importància en el moment en què es diuen. Jo invento, és a dir, aspiro a inventar la realitat, i per això no conec millor manera que dir mentides.» (págs. 12-13)
Conozco un país onde al mundu-y llamen
Zarréu Grandiellu Picu la Mouta Paniceiros


XUAN BELLO (Paniceiros, 1965)
Història universal de Paniceiros
[Hestoria universal de Paniceiros, 2002]
Trad. de l'asturià: Jordi Raventós
Adesiara Editorial, 2008
Clave de fondo en RTPA
POESÍA ASTURIANA D'ANGUAÑO

domingo, 12 de julio de 2015

Marian Engel: Oso

Imagen: Bear, de Gabriella Barouch
Marian Engel (Toronto, 1933)
OSO (Bear, 1980)
Trad. Magdalena Palmer
Impedimenta, 2015

    «Oso, llévame al fondo del océano. Oso, nada a mi lado. Oso, abrázame, envuélveme, nada conmigo abajo, abajo, abajo.

    Oso, haz que por fin me sienta cómoda en el mundo. Dame tu piel.

    Oso, solo quiero esto y nada más de ti. Oh, gracias, oso. Siempre te protegeré de los desconocidos y de las miradas curiosas.

    Oso, abandona tu humildad. Tú no eres un animal humilde. Tienes pensamientos propios. Cuéntamelos.

    Oso, no puedo ordenarte que me quieras, pero creo que me quieres. Lo que yo quiero es que sigas siendo lo que eres y que lo seas para mí. Nada más. Oso.»
(págs. 136-137)

martes, 7 de julio de 2015

Rodrigo Hasbún: Los afectos


RODRIGO HASBÚN
(Bolivia, 1981)
LOS AFECTOS
[un texto delicioso]
Literatura Random House
(Barcelona, mayo 2015)
Primer capítulo
Artículos de RH en El País
JS de Montfort sobre R. Hasbún
Rodrigo Hasbún
«El día que papá volvió de Nanga Parbat (con unas imágenes que trituraban el alma, tanta hermosura no era humana), mientras cenábamos, nos dijo que el alpinismo se había tecnificado demasiado y que lo importante se estaba perdiendo, que ya no escalaría más. Tras oírlo mamá sonrió como una idiota, creyendo que esas palabras contenían algún tipo de promesa, pero se quedó callada para no interrumpir. Es la comunión con la naturaleza lo que importa, siguió diciendo él, la barba más larga que nunca, tan oscura como sus ojos un poco desquiciados, la posibilidad de llegar a los lugares que han sido abandonados hasta por Dios es lo que importa. No, por Dios no, se corrigió, en el principio de uno de esos monólogos que duraban horas apenas llegaba, antes de que empezaran a crecerle el silencio y las ganas de emprender una nueva aventura, es más bien en esos lugares donde se lo encuentra, donde Dios descansa de nuestra ingratitud y sordidez.
    Monika y Trixi lo oían sumidas en una hipnosis incipiente y mamá ni qué decir. Éramos su clan, las que lo esperábamos, hasta entonces siempre en Munich pero ahora en La Paz desde hacía un año y medio. Irse, eso era lo que papá sabía hacer mejor, irse pero también volver, como un soldado de la guerra permanente, hasta reunir fuerzas para irse una vez más. Solía suceder luego de unos meses de quietud. Esta vez, justo después de quejarse del alpinismo, con la boca medio llena, mencionó que pronto se largaría en busca de Paitití, una antigua ciudad inca que había quedado enterrada en medio de la selva amazónica. Nadie la ha visto en siglos, dijo y me dio pena mirar a mamá, constatar lo poco que le había durado la ilusión. Está llena de tesoros, los incas los resguardaban ahí de la codicia de los conquistadores, añadió él, pero eso era lo que menos le interesaba, su único tesoro sería encontrar las ruinas de la ciudad. Lo cierto es que a su regreso de Nanga Parbat había hecho una escala decisiva en São Paulo y finalmente tenía el financiamiento y los equipos. No hay que olvidar cuánto tiempo pasó desapercibida Machu Picchu, dijo, durante cientos de años nadie sabía que estaba donde está, hasta que el audaz de Hiram Bingham la encontró.» (inicio)
Reseñas: Carmen F. Etreros en Top Cultural y David Pérez Vega en Desde la ciudad sin cines.

viernes, 3 de julio de 2015

Elizabeth Hardwick: Noches insomnes


ELIZABETH HARDWICK
(EEUU, 1927 - 2007)
Noches insomnes
[Slepless Nights, 1979]
Trad. Marta Alcaraz
Duomo, 2009
«Siempre, durante toda mi vida, he buscado la ayuda de un hombre. Muchas veces ha llegado y otras muchas más me ha fallado. No tuve que esperarla mucho. Nosotras -varias niñas del vecindario- conocíamos a un viejo muy guapo que no vestía como uno de los de por aquí sino como un caballero, con traje negro, camisa blanca y una sonrisa amable y distinguida. Era amable y distinguido, sí. Nos esperaba los sábados por la tarde, nos pagaba la entrada del cine y nos compraba chocolate, ese chocolate duro y blanquecino del verano. A oscuras, con una niña a cada lado, las dos sentadas más tiesas que cariátides, nos pasaba la mano por el muslo y la metía debajo del vestido. El primer regalo del depredador, mezclado con la brillante narración de la pantalla y con el chocolate, fue el de desvelarnos antes de tiempo la enmarañada naturaleza del soborno. Una lección duradera, al menos. Sobornos y más sobornos todavía: crecen en tu interior igual que las muelas. Otro anciano verdaderamente ajado, pobre e ignorante que tenía una vieja tienda de comestibles que parecía un sótano, sucia y con olor a raíces, nos regalaba pepinillos cubiertos de mugre y galletas de jengibre pasadas.» (págs. 8 y 9) [+]