lunes, 29 de octubre de 2018

Carbón animal, de Ana Paula Maia

Ana Paula Maia (Brasil, 1977)
CARBÓN ANIMAL
[Carvão Animal, 2011]
Trad. Teresa Matarranz
Jus, 2018 - 112 págs.
[brutal y estupendo]
«La grasa funciona como combustible y aumenta la intensidad del fuego, por eso una persona delgada tarda más que una gorda en ser reducida a cenizas. El horno crematorio alcanza una temperatura de mil grados centígrados. Ni siquiera los dientes consiguen soportar esa clase de calor. La cola de cuerpos para incinerar siempre es larga. Se conservan congelados hasta que se introducen en el horno, después se muelen los restos duros como piedras, que acabarán reducidos a una ceniza de grano uniforme y suave. Al carbonizar un cuerpo, las extremidades se contorsionan y se encogen. Lo que una vez fue humano parece replegarse sobre sí mismo. La boca se abre desmesuradamente y luego se contrae. Los dientes saltan. El rostro se marchita y se torna un grito congelado de horror.» (págs. 18)

«El calor generado por los hornos crematorios pasa por un tubo conectado a un convertidor termoeléctrico que transforma el calor en energía eléctrica. El calor de los muertos ayuda a suplir parte de la energía que consume el crematorio y un hospital que queda a un kilómetro de distancia, así como varios comercios de los alrededores. Los muertos del hospital y en especial los indigentes son incinerados en el Cerro de los Ángeles, y su calor se transforma en energía para abastecer a los vivos. Los vivos de Abalurdes saben sacarle provechos a sus muertos.» (págs. 48)

Abalurdes :: Ernesto Wesley :: Ronivon :: Vladimilson :: Palmiro :: JG :: Señor Gervasio
Marlene :: Yocasta :: Señora Zema :: Geverson :: Edgard Wilson :: Rui :: Javencio
Rosilene :: Aparicio :: Filomeno :: Melônio Macario :: Erasmo Wagner :: Marisol

lunes, 22 de octubre de 2018

Walt Whitman ya no vive aquí, de Eduardo Lago

Eduardo Lago (Madrid, 1954)
WALT WHITMAN YA NO VIVE AQUÍ
Ensayos sobre literatura norteamericana

Sexto Piso, 2018 - 324 págs. - fragmento
"La buena literatura es eterna"
[exquisitas lecciones de literatura]
«Lo cierto es que David Foster Wallace transciende los límites de lo titerario. Lo suyo es una fuerza inexplicable que va más allá de la tragedia, de la fuerza oscura que lo arrastró al suicidio. Por razones que no alcanzo a explicar, pero me gustaría intentar hacerlo, encuentro una conexión muy profunda entre su obra y la de David Linch. Hay algo en el talento creador de estos dos hombres que guarda relación con lo mítico. En una de sus crónicas, Wallace observa de lejos cómo actúa Linch. Asistió al rodaje de Lost Highway, pero en ningún momento llegó a hablar con el cineasta. David Foster Wallace publicó La broma infinita cuando tenía treinta y tres años... "La edad a la que mueren los genios", dice una frase de la novela. La broma infinita, escribí en la necrológica de su autor, es un escrutinio devastador de la soledad del individuo en nuestro tiempo. Cuando lo entrevisté me llamó la atención la insistencia con que lamentó que a casi todo el mundo se les hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos [...] De Wallace me impresiona su lucidez, su radical honestidad como creador, algo gracias a lo cual su obra llegó a los umbrales mismos de una nueva forma de entender la literatura. Diagnosticó con asombrosa clarividencia el poder desgarrador de la industria del entretenimiento. Era un ser atormentado y, como creador, vivió abrazado a una arista, consciente de la obligación de renovar inherente a toda forma de arte, pero por encima de todo creía en el poder del sentimiento, sin el que lo demás carece de sentido. "Lo esencial —me dijo, y jamás podré olvidarlo— es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada."» (págs. 230-231)

Eduardo Lago

jueves, 18 de octubre de 2018

Per tenir casa cal guanyar la guerra, de Joan Margarit

Joan Margarit (Sanaüja, 1938)
PER TENIR CASA CAL GUANYAR LA GUERRA
Infància, adolescència, primera joventut
Proa, 2018 - 296 pàgs. - inici - Bibl. A. Centelles
· Viatge als orígens del poeta i de l’arquitecte, JJ Isern
· Poemas para leer y escuchar
· Cinco poemas en castellano
[vida y poesía]
«Quan ja no els ho podia preguntar al pare i a la mare perquè eren morts, van començar a sorgir les preguntes sense resposta. Tota gran tragèdia té alguna cosa de malefici. De mal averany. El cert és que la meva infància transcorrerà sota un gran paraigua negre de violència i mort. Ara, quan ja em queda poc per escriure, tinc el convenciment d'haver-ho fet condicionat sobretot per la Guerra Civil i la tètrica quietud dels anys de repressió. També per la manera com em van cuidar i educar el pare i la mare, absolutament terroritzats.
    La meva poesia té la certitud que sobre les vides gairebé sempre actua algun fatídic moviment del destí. Un sentit tràgic de l'existència que ve de molt petit. No recordo la primera vegada que vaig llegir Shakespeare i els tràgics grecs. Tinc l'absurda sensació que no va existir. Mai no vaig sentir-los com un descobriment perquè sempre van deixar-me una sensació de dejà-vu. Perquè em va emmotllar la tragèdia d'una guerra cruel i fratricida que continua exercint la seva força sobre la vida i la política d'aquest país, es digui Espanya o Catalunya.» (pàg. 49)

domingo, 14 de octubre de 2018

El favor de la sirena, de Denis Johnson

Denis Johnson (1949-2017)
EL FAVOR DE LA SIRENA
[The Largesse of the Sea Maiden, 2018]
Trad. Javier Calvo Perales
L. Random House, 2018 - 190 págs. - Bibl. A. Centelles
[no era para mí]
«SILENCIOS
Después de la cena nadie se fue a casa. Creo que nos había gustado tanto la comida que estábamos esperando a que Elaine nos la sirviera entera otra vez. Todos los invitados eran gente a la que habíamos llegado a conocer un poco gracias al trabajo de voluntaria de Elaine; nadie de mi trabajo, nadie de la agencia publicitaria. Estábamos sentados en la sala de estar, describiendo los ruidos más fuertes que habíamos oído en la vida. Alguien dijo que el suyo había sido la voz de su mujer cuando le había dicho que ya no le amaba y que quería el divorcio. Otro se acordaba de los latidos de su corazón cuando había sufrido un infarto. Tia Jones había sido abuela a los treinta y siete años y confiaba en no volver a oír nunca nada tan fuerte como los lloros de su nieta en brazos de su hija de dieciséis años. Su marido Ralph decía que le dolían los oídos cada vez que su hermano abría la boca en público, porque su hermano tenía síndrome de Tourette y soltaba de golpe frases del tipo «¡Me masturbo!» o «¡Te huele bien el pene!» delante de completos desconocidos en un autobús, o durante una película, o hasta en la iglesia.
   El joven Chris Case invirtió la dirección e introdujo el tema de los silencios. Dijo que la cosa más silenciosa que había oído nunca era la mina que le había arrancado la pierna derecha en las afueras de Kabul, Afganistán.
   Nadie contribuyó con más silencios. De hecho, se hizo un silencio. Algunos de nosotros no nos habíamos dado cuenta de que a Chris le faltaba una pierna. Cojeaba, pero muy poco. Yo ni siquiera sabía que había combatido en Afganistán.
   —¿Una mina? —dije.
   —Sí, señor. Una mina.
   —¿Podemos verla? —dijo Deirdre.
   —No, señora —dijo Chris—. Nunca llevo minas encima.
   —¡No! Me refería a la pierna.
   —La perdí en una explosión.
   —¡Me refiero a la parte que te queda!
   —Se la enseño —dijo él— si le da usted un beso.» [inicio (y ya no pude seguir)]

martes, 9 de octubre de 2018

Una educación, de Tara Westover

Tara Westover (Idaho, 1986)
UNA EDUCACIÓN
[Educated. A memoir, 2018]
Trad. Antonia Martín Martín
Lumen, 2018 - 427 págs. - inicio
[éxito de márqueting, y poco más]
«Murmuré que me interesaba la historiografía. Había decidido estudiar, no historia, sino a los historiadores. Supongo que mi interés nació de la sensación de falta de base que experimentaba desde que había estudiado el holocausto y el movimiento por los derechos civiles; desde que me había dado cuenta de que lo que una persona conoce sobre el pasado se limita, y siempre se limita, a lo que otros le cuentan. Sabía lo que significaba ver rectificado un error, una idea falsa de tal magnitud que, al cambiar, cambiaba el mundo. Necesitaba comprender cómo los grandes guardianes de la historia habían asumido su ignorancia y parcialidad. Creía que si lograba aceptar que sus escritos no eran un absoluto, sino el resultado de un proceso tendencioso de diálogo y revisión, tal vez lograra asimilar que la historia que la mayoría da por válida no era la que me habían enseñado. Tal vez papá estuviera equivocado, y tal vez lo estuvieran los grandes historiadores Carlyle, Macaulay y Trevelyan, pero de las cenizas de su discusión podía construir un mundo en el que vivir. Confiaba en descansar sobre esa base sabiendo que no era una base.» (pág. 340)

viernes, 5 de octubre de 2018

Un estiu, de Francesc Parcerisas (y Gil de Biedma)

[o LA MALÈFICA DÈRIA DELS LLIBRES]

Francesc Parcerisas (Barcelona, 1944)
UN ESTIU
Quaderns Crema, 2018 - 144 pàgs. - inici
· F. Parcesiras [sic] al banc de la memòria
· Sense concessions, M.Castaño
[fascinante]
«Vet aquí que avui, a la platja, he viscut—o reviscut—l'Himno a la juventud de Jaime Gil de Biedma. Feia una estona que m'havia instal·lat a llegir en la meva cadireta i ha arribat un grupet de nois i noies adolescents, una revolada de colors, veus i cossos, com un conjunt esponerós de plantes de fulles molt verdes a la vora d'un rierol—pletòric, efímer, vessant de vida—, que entre bromes i petites empentes han estès les seves tovalloles a la vora d'on jo era. Tenien aquesta edat curiosa de la primera pubertat, en què els nois encara són barbamecs i una mica criatures mentre que les noies van dues passes per endavant i fan una ostentació mig inconscient, rotunda, provocadora, com la fruita amb un punt d'agror verdejant que sap que no trigarà gens a estar en possessió de tot l'esclat de la seva maduresa. Companys potser de casal, o d'escola, o germans i veïns, les noies encara es treien les samarretes i els pantalonets i xerraven entre elles que els nois ja han corregut amb una pilota a ficar-se a l'aigua. M'he fixat en una de les noies, de pell i trets una mica exòtics, potser filipins o vietnamites, que malgrat l'aparença, tenia el mateix deix del català col·loquial de tots els altres. No sé sí ja era conscient de la perfecció del seu cos amb aquella nonchalance esbalaïdora pròxima a la negligència, quan la meravella del cos es dóna per descomptada i la bellesa és encara un concepte massa abstracte, sense connexió amb la realitat, amb l'esforç o el treball—un moment de la vida al qual s'ha arribat com un do adquirit, sense cap premeditació: allò que abans se solia anomenar, amb un punt de cursileria, un do dels déus—. De seguida he recordat la primera estrofa del Jaime Gil:

¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los mas temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones...

Em sento del tot identificat amb Jaime Gil, que segurament devia presenciar l'escena que descriu a la platja de Calafell, observant els fills de Carlos Barral i els seus amics, com ara faig jo amb aquest grup confús i acolorit d'adolescents. M'adono que per més que la mirada pugui ser descarada, no hi ha res comparable a la lubricitat de les paraules. Aquesta

sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la
starlet
y la graciosa timidez del príncipe,

va molt més enllà de l'estaquirot físic que sóc, fingint concentració en la lectura del llibre que tinc a les mans, mentre escolto i miro de reüll aquestes noies, i em fixo, com qui fa el distret, en aquest cos despreocupat, perfecte, sensual, que cenyeix un biquini menut d'un verd fosc, quasi pervers. Les paraules, de vegades, ho són tot perquè construeixen castells formidables que, encara que siguin d'una sorra que cada nova onada s'encarrega d'esfondrar, de seguida algú altre tornarà a edificar. Quan sóc a casa, busco el poema sencer i m'adono que, davant aquesta mena de bellesa, com davant el naixement de qualsevol Venus sortida resplendent de les aigües a recer d'una petxina, gossos, homes i arcàngels, tots som esclaus d'una sensació pura i fugissera, feixuga en el record, tots som esclaus d'una enorme perfecció.

Oh bella indiferente,
por la playa caminas como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles,
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...

A la meva edat, instal·lat a la platja, contemplant embadalit l'esclat meravellós d'aquesta «joventut procaç», ja no em veig amb probabilitats d'incloure'm ni a la colla dels homes, ni a la dels gossos—i menys encara a la dels àngels—, més aviat dec pertànyer a la categoria de les abominacions...» (págs. 74-76)
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