viernes, 30 de noviembre de 2018

Mudar de piel, de Marcos Giralt Torrente

Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968)
MUDAR DE PIEL
Anagrama, 2018 - 240 págs. - Bibl. A. Centelles
LUCÍA Y YO (primer relato)
[prefiero Tiempo de vida]
De la contraportada:
«Imaginemos a nueve narradores reunidos para contar cada uno de ellos, sin callarse nada, una historia relevante de su vida. Historias de infancia compartidas con sus padres y hermanos, o historias de su pasado reciente vividas con sus parejas e hijos. Al igual que los narradores de esa escena imaginada se contagiarían de un tono similar dictado por el tema y las circunstancias, las nueve historias reunidas en este libro se sirven de un lenguaje común para hilar con tramas diversas un tapiz nada convencional de los subterráneos del afecto. Algunas conforman cuentos canónicos y otras fuerzan las fronteras del genero para erigirse en auténticas novelas bonsái, pero en las nueve late, junto al engarce de ecos sutiles, el mismo afán de desnudar la realidad para dejarla tal como se nos aparecería en un breve instante de revelación. Con la destreza y precisión que caracterizan su obra, Marcos Giralt Torrente se adentra de nuevo en las relaciones familiares demostrando sus grandes dotes para perfilar la psicología –en ocasiones contradictoria– de unos personajes enfrentados a sus miedos y anhelos. Padres intermitentes, madres esquivas, adolescentes que se asoman desconcertados al mundo adulto, niños cómplices, hermanos y hermanas unidos por lazos difíciles de disolver, reencuentros inesperados, engaños, sombras ominosas, ausencias irreparables, amores imperfectos y, en general, ese lento encaje de las complejidades de la vida al que nos expone la convivencia con el espejo de nuestros allegados.»

lunes, 26 de noviembre de 2018

Cosas conocidas y extrañas, Teju Cole

Teju Cole (Michigan, 1975)
COSAS CONOCIDAS Y EXTRAÑAS
Ensayos

[Known and Strange Things, 2016]
Trad. Miguel Temprano García
Acantilado, 2018 - 400 págs. - inicio
[la lúcida y sugestiva mirada de Teju sobre el mundo]
«La fotografía y las palabras llegan de forma simultánea. Se avalan mutuamente: crees las palabras porque la fotografía las confirma, y confías en la fotografía porque confías en las palabras. Además, ambas añaden presión a la interpretación: una fotografía de guerra puede, por ejemplo, hacer que una situación espantosa sea tolerable, igual que una historia sobre un escándalo puede hacer que el político retratado parezca conmovedor. Pero, a diferencia de las palabras, a menudo se piensa que las imágenes no están sesgadas. La facticidad de una fotografía puede ocultar la astucia de su contenido y su selección [...]

Disco Night Sept. 11 • Peter Van Agtmael • Magnum Photos
Foto de Peter Van Agtmael de la serie Disco Night Sept. II

«Van Agtmael pone un pie de foto a casi todas las imágenes, y los pies son tan eficaces como sus fotografías asombrosamente nítidas e irreales. Una muy característica la hizo en 2009 en la provincia de Helmand, en Afganistán. Muestra a siete soldados en un paisaje desértico y pardusco barriendo el terreno en busca de explosivos improvisados. Cada hombre está separado unos pasos de los demás. Están trabajando juntos, pero cada uno de ellos está solo, y a esta distancia y desde esta altura (es difícil decir si el fotógrafo está en un helicóptero o en una loma) parecen soldados de juguete. Buscan y no encuentran nada. Minutos después se produce una explosión [...] »

La cámara es un instrumento de transformación. Puede hacer que lo que veas sea más bello, más espantoso, más leve, más siniestro, y al mismo tiempo insistir en la pura realidad de lo que describe. A esto se refería Brecht en 1931 cuando escribió: "La cámara es tan capaz de mentir como la máquina de escribir".¿Qué debemos hacer entonces con esta máquina tendenciosa? Una opción es oponerse a la descripción de la violencia y alinearse con el lector que se queja por una fotografía desagradable y exige respetar los límites del buen gusto. Pero otra opción —mejor, a mi entender— es comprender que el problema no radica en que haya muchas imágenes perturbadoras, sino en que haya muy pocas. Cuando solo se hace visible la tragedia o el sufrimiento de ciertas personas en ciertos sitios, en realidad no se transgreden los límites del buen gusto. "Todos tenemos fuerza para soportar las desgracias ajenas", escribió LaRochefoucauld. Debemos ver qué les pasa en realidad a los estadounidenses en situaciones de guerra o violencia masiva [...] El fotoperiodismo relacionado con la guerra, los prejuicios, el odio y la violencia busca una neutralidad con anteojeras a expensas de la verdadera justicia. (En nuestro país, esto se manifiesta como una tolerancia ante el sufrimiento de los negros que no se extiende al sufrimiento de los blancos; por ejemplo, en la proliferación de vídeos de personas negras asesinadas por la policía.) Con demasiada frecuencia en nuestros medios de comunicación, las palabras nos llevan a eso, pero las fotografías, acostumbradas a cierta inmunidad, se resisten.» (De CONTRA LA NEUTRALIDAD, págs. 219-224)

Más Teju:

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Marx y la muñeca, de Maryam Madjidi

Maryam Madjidi (Teherán, 1980)
MARX Y LA MUÑECA
[Marx et la poupée, 2017]
Trad. Palmira Feixas
Minúscula, 2018 - 216 págs.
Este libro, que me ha encantado, me ha recordado que “hay que ir hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo. Una literatura mixta, mestiza, donde los límites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio. Y el ritmo borre esa frontera.Enrique Vila-Matas en Café con Shandy (2007)
«Escribiendo, desentierro los muertos. ¿En eso radica mi escritura, pues? ¿En el trabajo de un sepulturero al revés? A veces yo también tengo náuseas, que me atenazan la garganta y el vientre. Me paseo por una llanura vasta y silenciosa que se parece al cementerio de los malditos y desentierro recuerdos, anécdotas, historias dolorosas o desgarradoras. A veces apesta. El olor de la muerte y del pasado es persistente. Me vuelvo a encontrar con todos los muertos que me clavan la mirada y me imploran que cuente su vida. Van a atormentarme como a mi padre, que cada noche, durante años, se despertaba bañado en sudor. Invisibles siguen mis pasos. A veces, me doy la vuelta bruscamente por la calle y veo bocas borradas.» (pág. 40)
Maryam Madjidi nació en 1980 en Teherán. Dejó Irán a la edad de seis años para vivir en París y Drancy. Hoy enseña francés a extranjeros menores de edad, después de haberlo enseñado a alumnos de secundaria, a estudiantes chinos y turcos, y a presos. Vivió cuatro años en Beijing y dos en Estambul.
- Premio Goncourt a la Primera Novela 2017
- Premio Étonnants voyageurs 2017

viernes, 16 de noviembre de 2018

Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue

Álvaro Enrigue [Guadalajar (México), 1969]
AHORA ME RINDO Y ESO ES TODO
Anagrama, 2018 - 464 págs. - inicio
- Tres fragmentos del libro de Gerónimo
- Entrevista en ABC Cultural
[a Nadal le ha gustado poco. A otros y a mí, mucho]
«La idea es escribir un libro sobre un país borrado. Un país que funcionó tan bien y mal como funcionan todos los países y que desapareció frente a nuestros ojos como desaparecieron los casetes o la crema de vaca en triángulo de cartón.  Dónde hoy están Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México había una Atlántida, un país de en medio. Los mexicanos y los gringos como dos niños sordomudos dándose la espalda y los apaches corriendo entre sus piernas sin saber exactamente a dónde porque su tierra se iba llenando de desconocidos que salían a borbotones de todos lados.

La Apachería era un país con una economía, con una idea de Estado y un sistema de toma de decisiones para el beneficio común. Un país que daba la cara, una cara morena, rajada por el sol y los vientos, la cara más hermosa que produjo América, la cara de los que lo único que tienen es lo que nos falta a todos porque al final siempre concedemos para poder medrar: dignidad.

Los apaches fueron, sobre todo, un pueblo digno y la dignidad es la más esotérica de las virtudes humanas. La única que antepone la urgencia de vivir el presente como a uno se le dé la gana a esa otra urgencia, desaseada y babosa, que supone la dispersión de la información genética propia y la supervivencia de unos modos de hacer, una lengua, ciertos objetos que sólo produce un grupo de personas. Cosas que en realidad da lo mismo que se extingan —se fueron los atlantes, los aztecas, los apaches, pero pudimos ser nosotros—, paquetes de genes y costumbres que a veces sentimos que son lo mejor que tenemos sólo porque en el mero fondo es lo único que hay.

Cuando los chiricahua —la más feroz de las bandas de los apache— no tuvieron más remedio que integrarse a México o a los Estados Unidos, optaron por una tercera vía, absolutamente inesperada: la extinción. Primero muerto que hacer esto, fanfarroneamos todo el tiempo, pero luego vamos y lo hacemos. Los apaches dijeron que no estaban interesados en integrarse cuando los conquistadores entraron en contacto con ellos en 1610 y siguieron diciendo que no hasta que todo su mundo cupo en un solo vagón de tren: el que se llevó a los últimos 27 chiricahuas fuera de Arizona.

No sé si haya algo que aprender de una decisión como ésa, extinguirse, pero me desconcierta tanto que quiero levantarle un libro.

Vivo de escribir novelas, artículos, guiones, para poder sostener a mi familia con los asuntos sobre los que leo. Y escribo porque es lo único que soy capaz de hacer consistentemente. No sé si lo he contado antes, pero tuve el privilegio de renunciar a un trabajo, por primera vez en mi vida, cuando ya tenía 37 o 38 años. De todos los demás —y fueron muchos— me habían corrido. He tratado de hacer de todo para mantener a mi modesta banda de cinco miembros a flote, para que mi material genético, mi lengua, mi manera de hacer, resista un poco más. Si fuera un chiricahua sólo leería, nos moriríamos de lo que uno se muere si no participa en la kermés de la productividad: malnutrición, sesenta cigarros al día, falta de dentista, enfermedades curables, deudas tributarias, pésima educación.

En la hora de su extinción, los chiricahua no escribían más que con las grafías con que se deletrea la muerte concreta. Dejaban en los caminos mensajes escritos con un alfabeto de cadáveres para que a nadie se le olvidara de quién era esa tierra, o de quién había sido esa tierra que los mexicanos y los gringos se sentían con derecho a ocupar. El país no tenía nombre, no al principio.» (págs. 22-24)

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domingo, 11 de noviembre de 2018

El laberinto junto al mar, de Zbigniew Herbert

Zbigniew Herbert (Polonia, 1924 - 1998)
EL LABERINTO JUNTO AL MAR
[Labirynt nad morzem, 2000]
Trad. Anna Rubió y J. Slawomirski
Acantilado, 2018 - 288 interminables págs. - inicio
[decepcionante]
«Heraclión. El puerto y las murallas venecianas, los bastiones que rodean la ciudad de casas blancas. El silencio de las contraventanas cerradas a cal y canto.
  Me dirijo hacia la ciudad por una calle abrupta que parece no tener fin, aunque mis ojos den fe de lo contrario. Las dimensiones del mundo se han atrofiado y, aunque oigo el crepitar de la arena bajo mis pies y el ruido de mis pasos, tengo la sensación de no avanzar, hundido hasta el cuello en el bochorno, sumergido en la claridad. Noto una dolorosa mengua de la realidad. Me veo a mí mismo como en sueños, de soslayo, sin posibilidad alguna de conectar con mi cuerpo agitado por un movimiento pendular: inmóvil, clavado a aquel espacio blanco, perpetuado como en una fotografía, atrapado con el lastre de mi sombra a cuestas por aquel juego de apariencias. Durante largos años me perseguirá esta imagen y el recuerdo de la ascensión por la calle Handakos, la imagen de un yo atado de pies y manos, como si entonces, bajo el sol deslumbrante del mediodía, hubiera experimentado por primera vez el roce de la muerte.
  Alquilé una habitación de paredes enjalbegadas con un camastro de hierro encima del cual colgaba un temible san Jorge en plena faena de asesinar al dragón y, sin demora, me dirigí hacia el museo para verme rodeado de objetos, de muchos objetos, con la esperanza de olvidar aquel vergonzoso episodio y la repugnante sensación de haber perdido el contacto con la realidad.» (pág. 11)
[hablando de Grecia y alrededores, prefiero los Peregrinos de la belleza]

jueves, 8 de noviembre de 2018

Les formes del verb anar, de Jenny Erpenbeck

Jenny Erpenbeck (Berlín Oriental, RDA, 1967)
Gehen, ging, gegangen, 2015

  • LES FORMES DEL VERB ANAR
    Trad. Marta Pera Cucurell
    Angle editorial, 2018 - 344 pàgs. - inici
  • YO VOY, TÚ VAS, ÉL VA
    Trad. Francesc Rovira Faixa
    Anagrama, 2018 - 336 págs. - inicio
  • [impressionant & imprescindible]
    «A principis de febrer arriben les cartes del Departament d'Estrangeria a tots els homes del grup d'Oranienplatz que no han presentat cap sol·licitud d'asil a Alemanya però que s'hi han quedat. S'ha comprovat cas per cas i s'ha pres una decisió. S'ha posat en evidència el que ja se sabia la tardor de l'any passat, quan es va desallotjar la plaça: que només Itàlia és responsable dels homes que van arribar passant per Itàlia.
       L'Alí, del Txad, que ha treballat de cuidador a casa de la mare de l'Anne, ha de marxar.
       En Khalil, que no sap on són els seus pares ni si encara són vius, ha de marxar.
       En Zani, el borni que recopila articles sobre la massacre de la seva ciutat natal, ha de marxar.
       En Iusuf, de Mali, el rentaplats que vol ser enginyer, ha de marxar.
       L'Hermes de les vambes daurades ha de marxar.
       L'Abdusalam, el cantant guenyo, ha de marxar.
       En Mohamed, que porta els pantalons cordats sota les natges per anar a la moda, ha de marxar.
       En Iaia, que va tallar el cable de l'alarma perquè deixés de sonar, ha de marxar.
       I també en Rufu amb el queixal empastat.
       Ha de marxar l'Apol·lo, fill del desert del Níger, el lloc d'on França extreu urani.
       Ha de marxar en Tristany.
       I ha de marxar en Karon, el prim.
      També ha de marxar l'Ithemba, el llarg, que cuina tan bé.
      Quan li manen que surti de la seva habitació es talla les venes davant dels policies i se l'emporten a l'hospital psiquiàtric.
        També ha de marxar en Raixid.
      El dilluns que rep la carta es ruixa amb gasolina a Oranienplatz i es vol calar foc.»


    On va una persona quan no sap on ha d'anar?

    (pàgs. 316-318)

    sábado, 3 de noviembre de 2018

    La muerte del comendador, de Haruki Murakami

    Haruki Murakami (Kioto, 1949)
    LA MUERTE DEL COMENDADOR (Libro I)
    [Kishidancho Goroshi #1-2, 2017]
    Trad. Yoo Ogihara y Fernando Cordobés
    Tusquets, 2018 - 480 págs. - inicio - fragmento
    [horroroso y plano (y dejà vu) libro de preguntas;
    las respuestas deben estar en el segundo tomo]
    «En la escena aparecía otro personaje misterioso. Estaba en la parte inferior izquierda del lienzo, como una nota a pie de página. Asomaba la cabeza tras una trampilla cuadrada de madera que había en el suelo. Me recordaba a la trampilla del armario por donde había subido al desván. El misterioso personaje observaba desde allí al resto de las personas que componían la escena del cuadro.
        ¿Un agujero en el suelo, una trampilla, un desagüe? No podía ser. En el periodo Asuka no existían canalizaciones ni nada por el estilo. Además, el escenario donde tenía lugar el duelo era un paisaje exterior, y allí no había nada. Al fondo tan solo se veía un pino solitario de ramas bajas. ¿Por qué había entonces un agujero en el suelo oculto tras una trampilla? No tenía ninguna lógica.
        ¿Quién era ese personaje? ¿Por qué asomaba por allí? ¿Por qué se escondía bajo la tierra de ese mundo antiguo? ¿Por qué le había pintado Tomohiko Amada en un extremo del cuadro? ¿Cuál era su intención al poner allí a un hombre tan enigmático, tan extraño, que rompía el equilibrio de la composición? ¿Por qué había titulado el cuadro La muerte del comendador? [...] ¿Qué significaba aquel personaje, de cara larga, asomando por una especie de trampilla como si saliera del interior de la tierra? [...] ¿Era acaso un demonio saliendo del infierno? ¿Estaba allí para llevarse a don Giovanni? [...] No podía apartar la vista de ese “cara larga” situado en la parte inferior del lienzo. La trampilla que abría parecía incitar a seguirle a un mundo subterráneo. Pero no a cualquier persona, sino a mí en concreto. Ese mundo oculto tras la trampilla me llamaba poderosamente la atención. ¿De dónde venía cara larga? ¿Qué diablos hacía allí? ¿Iba a cerrar la trampilla en algún momento o la dejaría abierta para siempre?» (págs. 103-108)
    From The New York Times: “Killing Commendatore” is a baggy monster, a disappointment from a writer who has made much better work. As the narrator says, awkwardly, about one of his minor supernatural experiences: “That might have just been a piece of a fragmentary dream.
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