viernes, 8 de marzo de 2013

Joan Didion: Los que sueñan el sueño dorado

DESPUÉS DE HENRY (1992)

«En el verano de 1966 estaba viviendo en una casa prestada en Brentwood y tenía una criatura recién nacida. Había publicado un solo libro, tres años antes. Mi marido estaba escribiendo el primero de los suyos. Nuestra agenda de aquellos meses muestra que no hubo ningún ingreso en abril, 305,06 dólares en mayo, ninguno en junio y 5,29 dólares en julio, el dividendo de nuestro único capital, cincuenta acciones de la Transamericana que mi abuela me había dejado en herencia. En aquella agenda de 1966 hay listas de ropa para llevar a la lavandería y citas con el pediatra. Hay sesenta regalos de bautizo recibidos y sesenta notas de agradecimiento escritas, están las rebajas de verano de Saks y el intento de recuperar un depósito de quince dólares de la Sothern Counties Gas, pero no está la fecha de junio en que conocimos a Henry Robbins.
    Esta me parece una omisión peculiar y conmovedora, que refleja esas fracturas particulares que el tener recien nacidos y el vivir en casas prestadas puede causar en el ánimo de la gente que vive principalmente de su propio ingenio. Hasta aquella noche de junio de 1966, Henry Robbins era algo abstracto para nosotros, otro editor neoyorkino más, un desconocido (...) Yo me tenía en tan poca estima como escritora que me daba un poco de vergüenza ir a cenar con otro editor, me daba vergüenza sentarme otra vez para hablar de aquella "obra" que no estaba escribiendo, pero al final sí fui (...) Los tres nos estuvimos riendo hasta las dos de la mañana (...) y nuestras voces transcendían las listas de la lavandería, las canguros y las perspectivas de ganar 5,29 dólares, unas voces llenas de promesas, voces de escritores
[...]
«Lo que los editores hacen por los escritores es algo misterioso, y en contra de lo que suele creerse, no tiene gran cosa que ver ni con los títulos, ni con las frases, ni con los "cambios" (...) La relación entre editor y escritor es mucho más sutil y profunda que eso, y resulta simultáneamente tan elusiva y radical que parece casi una relación de paternidad: el editor, si el editor era Henry Robbins, era la persona que le daba al escritor la idea de sí mismo, la idea de sí misma, la imagen del yo que permitía al escritor sentarse a solas para escribir.»
    Se trata de una empresa complicada, que requiere que el editor no solo mantenga una fe que el escritor únicamente comparte a rachas intermitentes, sino también que le caiga bien el escritor, algo que no es fácil. Los escritores casi nunca son gente agradable. No aportan nada a la fiesta, se dejan la diversión en la máquina de escribir. (...) En el mundo real, los editores no cogen un vuelo nocturno de la TWA hasta California para tranquilizar a una escritora nerviosa de envergadura mediana. En el mundo real los editores tienen acceso a jets privados G-3 de empresa y prefieren irse de crucero por las Galápagos con los tiburones empresariales en los que ellos todavía no se han podido convertir. Los editores que sienten menosprecio por la posición de los de su clase pueden encontrar consuelo en transmitirle ese menosprecio al escritor, que no suele tener jets privados G-3 y a quien se puede considerar dependiente de la generosidad de la editorial.»
Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion

Joan Didion
Las historias que nos
contamos para vivir (Didion)


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1 comentario:

inicio del libro dijo...

«Esta es una historia de amor y de muerte en la tierra dorada, y empieza hablando del paisaje mismo. El Valle de San Bernardino queda solo a una hora al este de Los Ángeles, saliendo por la autopista de San Bernardino, pero en cierta manera es un lugar foráneo: no es la California costera con sus crepúsculos subtropicales y sus brisas suaves procedentes del Pacífico, sino una California más áspera, hechizada por el Mojave, que se extiende justo al otro lado de las montañas, y devastada por el viento tórrido y seco de Santa Ana, que se cuela por los pasos de las montañas a más de ciento cincuenta kilómetros por hora y aúlla en las barreras de eucaliptos y te crispa los nervios. Octubre es el peor mes para el viento, el mes en que cuesta respirar y las colinas se incendian de forma espontánea. Lleva sin llover desde abril. Cuando uno habla, parece que grite. Es la época del año en que el viento trae los suicidios y los divorcios y una sensación de espanto.»