viernes, 3 de enero de 2014

Eduardo Lago prologa a Barth (y se mete en la cueva del erizo)

«El autor de Maryland [John Barth] se inicia en las lides de la escritura en un momento crucial de la historia de la novela norteamericana. La tradición narrativa de aquel país había tenido un arranque formidable a mediados del siglo XIX, con dos narraciones que tienen como trasfondo el mar: La narración de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe, padre a su vez del cuento norteamericano, y Moby Dick (1851), de Herman Melville. Una centuria después, la novela americana se encuentra en una singular encrucijada. Barth explicó bien lo que estaba sucediendo en un ensayo publicado en la revista Atlantic, en 1967, que lleva el título apocalíptico de La literatura del agotamiento, y que no es otra cosa que un manifiesto del llamado (con no mucha fortuna) postmodernismo, una manera de narrar que, si es preciso resumirla en una idea, consiste en expresar una marcada preocupación por la vida interior de las historias: lo que importa no es tanto, o tan sólo, lo que se cuenta, es sobre todo cómo se cuenta. El artículo tuvo una grata repercusión por razones equivocadas. La gente creyó que Barth hablaba del agotamiento de la literatura, cuando lo único que decía era que la novela, el más joven de los géneros literarios y el que más cargado estaba (y sigue estando) de futuro, había quemado una etapa: la del alto modernismo. Joyce y tras él Beckett, y después de ellos Nabokov, uno de los pioneros del nuevo movimiento, habían llevado las cosas a un punto sin retorno. Se trataba ahora de ver por dónde era posible seguir. En el fondo no se trataba más que de llevar a cabo un relevo estilístico y generacional, anteponiendo al vocablo modernismo el prefijo post. Dos autores que circulaban por distintas carreteras hablan llegado de manera totalmente fortuita al mismo motel: Vladimir Nabokov, quizá, el primer escritor propiamente postmoderno, y Jack Kerouac, cuya sensibilidad beat no se había desgajado por completo de los modos del realismo. Más que chocar, sus poéticas habían discurrido por caminos paralelos y tan distintos entre sí que jamás llegaron a encontrarse. Salvo su coincidencia en el tiempo, Lolita y En el camino, posiblemente las dos mejores novelas de carretera jamás escritas, no tenían mucho en común. La década de los cincuenta resulta un tanto confusa. En 1951 Salinger había publicado El guardián entre el centeno, en 1953 Saul Bellow dio a conocer Las aventuras de Augie March, en 1955 salen a la luz Lolita (en París, aunque originalmente está escrita en inglés) y Los reconocimientos, de William Gaddis. Por si no hubiera suficiente mezcla de estilos y tendencias, en 1957 Jack Kerouac publica En el camino. Se podrían añadir nombres, pero con mencionar El almuerzo desnudo (1959), la audaz novela de William Burroughs, probablemente sea suficiente. Éste es el panorama al que se asoma John Barth, que lleva bajo el brazo un programa de regeneración de la novela en el que ni mucho menos está solo (habría que mencionar, como mínimo, a William Gass, Robert Coover y Donald Barthelme). Lo importante es hacer hincapié en el hecho de que se trata de un mero paso adelante en la cronología del género novelístico: tras la modernidad, algo a lo que nadie supo poner un nombre mejor que postmodernismo (hay quien habla de metaficción, y el término es adecuado. aunque se trata de una forma de jugar con el relato que encontramos ya en Cervantes).» (pp. 18-20 del prólogo de Eduardo Lago a El plantador de tabaco de John Barth)

   
(imprescindible) Eduardo Lago hablando de literatura desde la cueva del erizo.

2 comentarios:

Oli dijo...

No sé si has visto esto. La portada dual de "Moby Dick" y "El viejo y el mar" es genial.

De propina, esto.

¡Un besico y feliz año con retraso!


OLI I7O

Elena dijo...

¡Oli, no te había visto! Sorry.

No conocía lo que me envías, y me ha gustado mucho. El tema de las portadas de los libros siempre me ha parecido muy interesante.

Gracias, besos y hasta pronto.