martes, 17 de noviembre de 2015

Svetlana Alexievich: Voces de Chernóbil. Crónica del futuro

SVETLANA ALEXIEVICH
VOCES DE CHERNÓBIL
Crónica del futuro
[Tchernobylskaia Molitva, 1997]
Trad. Ricardo San Vicente
DeBolsillo, 2015
406 págs. | 11,95 €
SVETLANA ALEXIEVICH, Premio Nobel de Literatura, 2015
Svetlana Alexievich
Nobel de Literatura, 2015


DESASTRE NUCLEAR
26/04/1986

MONÓLOGO ACERCA DE LO QUE NO SABÍAMOS:
QUE LA MUERTE PUEDE SER TAN BELLA


[...] Sucedió en la noche del viernes al sábado. Por la mañana, nadie sospechaba nada. Mandé al crío al colegio; el marido se fue a la peluquería. Y yo me puse a preparar la comida. Mi marido regresó pronto diciendo: «En la central se ha producido no sé qué incendio. Las órdenes son no apagar la radio».
  He olvidado decir que vivíamos en Prípiat, junto al reactor. Hasta hoy tengo delante de mis ojos la imagen: un fulgor de un color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria. No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. No había visto nada parecido en el cine, ni comparable. Al anoche- cer, la gente se asomaba en masa a los balcones. Y los que no tenían, se iban a casa de los amigos y conocidos. Vivía- mos en un noveno piso, con una vista espléndida. En línea recta habría unos tres kilómetros. La gente sacaba a los niños, los levantaba en brazos. «¡Mira! ¡Recuerda esto!» Y fíjese que eran personas que trabajaban en el reactor. Inge- nieros, obreros. Hasta había profesores de física. Envueltos en aquel polvo negro. Charlando. Respirando. Disfrutando del espectáculo.
  Algunos venían desde decenas de kilómetros en coches, en bicicleta, para ver aquello. No sabíamos que la muerte po- día ser tan bella. Y yo no diría que no oliera. No era un olor de primavera, ni de otoño, sino de algo completamente diferente, tampoco olor a tierra. No. Picaba la garganta, y los ojos lloraban solos [...]   Por la mañana, cuando amane- ció, miré a mi alrededor —no es algo que me invente ahora o que lo pensara después— y fue entonces cuando supe que algo no iba bien, que la situación había cambiado. Para siempre. A las ocho de la mañana, por las calles ya circulaban militares con máscaras antigás.
  Cuando vimos a los soldados y los vehículos militares por las calles, no nos asustamos, sino al contrario, recobramos la calma. Si el ejército ha venido en nuestra ayuda, todo será normal. En nuestra cabeza aún no cabía que el átomo de uso pacífico pudiera matar. Que toda la ciudad había podido no haberse despertado aquella noche. Alguien reía bajo las ventanas, sonaba la música.
  Después del mediodía, por la radio anunciaron que la gente se preparara para la evacuación: que nos sacarían de la ciudad para tres día, que lo lavarían todo y harían sus comprobaciones. A los niños les mandaron que se llevaran sin falta los libros. Mi marido, a pesar de todo, guardó en la cartera los documentos y nuestras fotos de boda. Yo, en cambio, lo único que me llevé fue un pañuelo de gasa por si hacía mal tiempo.
  Desde los primeros días sentimos sobre nuestra piel que nosotros, la gente de Chernóbil, éramos unos apestados. Nos tenían miedo. El autobús en que nos evacuaron se detuvo durante la noche en una aldea. La gente dormía en el suelo en la escuela, en el club. No había dónde meterse. Y una mujer nos invitó a ir a su casa. «Vengan, que les haré una cama. Pobre niño.» Y otra mujer, que se encontraba a su lado, la apartaba de nosotros: «¡Te has vuelto loca! ¡Están contaminados!». Cuando ya nos trasladamos a Moguiliov y nuestro hijo fue a la escuela, al primer día regresó corriendo a casa llorando. Lo sentaron junto a una niña, y la muchacha no quería estar a su lado, porque era radiactivo, como si por sentarse a su lado se pudiera morir. El chico estudiaba en la cuarta clase, donde resultó ser el único de Chernóbil. Todos le tenían miedo y lo llamaban «luciérnaga»..., «erizo de Chernóbil»... Me asusté al ver qué pronto se le había acabado al chico la niñez.
  A mí me salvó mi madre. En su larga existencia, mi madre había perdido su hogar en más de una ocasión, quedándose sin nada de lo que había conseguido en su vida. La primera vez, la represaliaron en los años treinta, se lo quitaron todo: la vaca, el caballo, la casa. La segunda vez fue un incendio: solo logró salvarme a mí, entonces una niña.
  —Hay que sobreponerse a esto —me calmaba—. Lo importante es que hemos sobrevivido.
  [...] A menudo sueño que mi hijo y yo vamos por las soleadas calles de Prípiat. Un lugar que hoy es ya una ciudad fantasma. Vamos y contemplamos las rosas; en Prípiat había muchas rosas; grandes parterres con rosas. Ha sido un sueño. Toda nuestra vida es ya un sueño [...] (págs. 267-271)
NADEZHDA PETROVNA VIGÓVSKAYA,
evacuada de la ciudad de Prípiat

viernes, 13 de noviembre de 2015

Thomas Bernhard y El sobrino de Wittgenstein (en los cafés de Viena)


Café Hawelka
«El típico café vienés, que es famoso en el mundo entero, lo he odiado siempre, porque todo lo que hay en él está contra mí. Por otra parte, durante decenios me sentía como en casa precisamente en el Bräunerhof, que siempre ha estado totalmente contra mí (como el Hawelka), lo mismo que en el Café Museum, y lo mismo que en otros cafés de Viena que frecuenté en mis años vieneses. He odiado siempre los cafés vieneses y he entrado una y otra vez en esos cafés vieneses odiados por mí, los he visitado a diario, porque, aunque siempre he odiado los cafés vieneses, y precisamente porque los he odiado siempre, he sufrido siempre en Viena la enfermedad del habitual del café, y he
Café Museum, Viena
Café Museum
padecido esa enfermedad del habitual del café más que cualquier otra. Y, para ser sincero, todavía hoy padezco esa enfermedad del habitual del café, porque se ha descubierto que esa enfermedad del habitual del café es la más incurable de todas mis enfermedades. He odiado siempre los cafés vieneses porque, en ellos, me he visto enfrentado siempre con mis iguales, ésa es la verdad, y no quiero verme ininterrumpidamente enfrentado conmigo mismo, ni mucho menos en el café, al que voy al fin y al cabo para escapar de mí, pero precisamente allí me enfrento conmigo mismo y con mis iguales. No me

Café Sacher
soporto a mí mismo, por no hablar de soportar a toda una horda de mis iguales, meditando y escribiendo. Evito la literatura, siempre que puedo, porque me evito a mí mismo, siempre que puedo, y por eso tengo que prohibirme en Viena ir a los cafés o, por lo menos, tener siempre cuidado, cuando estoy en Viena, de no ir en ningún caso, sea el que sea, a lo que se llama un café literario vienés. Pero como padezco la enfermedad del habitual del café, me veo obligado a entrar una y otra vez en algún café de literatos, aun cuando todo lo que hay en mí se resista. Cuanto más y más profundamente he odiado los cafés de literatos vieneses, tanto más a menudo y de forma tanto más intensa he entrado en ellos. Ésa es la verdad. Quién sabe cuál hubiera sido mi evolución si no hubiera conocido a Paul Wittgenstein precisamente en el punto culminante de esa crisis, que sin él me hubiera precipitado de cabeza probablemente en el mundo de los literatos, o sea, en el más abominable de todos los mundos, en el mundo de los literatos vieneses y en su ciénaga intelectual,
Bernhard en el Café Bräunerhof, Viena
El sobrino de Wittgenstein
THOMAS BERNHARD
[Wittgenstein Neffe, 1982]
Trad. MIGUEL SÁENZ
Anagrama, 2015
144 págs. | 7,90 €
porque sin duda eso hubiera sido lo más sencillo entonces, en el punto culminante de esa crisis, hacerme comodón y abyecto y, por consiguiente, acomodaticio y, por consiguiente, renunciar y mezclarme con los literatos. Paul me libró de ello, porque había aborrecido siempre también los cafés de literatos. Con motivo, de la noche a la mañana y más o menos para salvarme, fui con él al Sacher y no a los llamados cafés de literatos, al Ambassador y no al Hawelka, etcétera, hasta que pude permitirme otra vez ir a los cafés de literatos, en el momento en que dejaron de producir en mí su efecto letal. Porque los cafés de literatos producen un efecto letal en el escritor, ésa es la verdad.» (págs. 122-124)

lunes, 9 de noviembre de 2015

La grandeza de la vida (Dora y Franz)


Franz Kafka & Dora Diamant
"En el verano de 1923, durante una estancia a orillas del Báltico, Franz Kafka, enfermo de tubercu- losis y conocido como escritor sólo por unos pocos iniciados, conoce a la joven Dora Diamant. Kafka ha- rá lo que jamás habría imaginado: decide irse a vivir con una mujer y compartirlo todo con ella. En el Berlín de la República de Weimar, se atreve a disfrutar de una vida en común con Dora. No importan los precios, que aumentan cada día, tampoco las sucesivas mudan- zas ni el recelo de sus padres: hasta su muerte, en junio de 1924, y a excepción de unos días, Franz Kafka y Dora Diamant ya no se separarán."
La grandeza de la vida, Michael Kumpfmüller
LA GRANDEZA DE LA VIDA
Michael Kumpfmüller
[Die Herrlichkeit des Lebens, 2011]
Trad. Belén Santana López
Tusquets, 2015
«En cuestiones amorosas él sigue siendo una persona complicada, pero siempre es hermoso estar a su lado, ella se siente a gusto, no tiene prisa. Una vez, hacía poco, Dora le había dicho: Conmigo no tienes que ser tan cuidadoso, ante lo cual él se mostró sorprendido y respondió: Pero sí debo serlo conmigo; lo que parece cautela respecto a ti, no es más que cautela conmigo mismo.» (pág. 125)

«Lo más hermoso es cuando los dos están sentados en la habitación, cada uno a lo suyo, pues eso le recuerda a Berlín, las noches en las que él escribía en su presencia. El ambiente era tranquilo y denso, en cierto modo piadoso y ligero a la vez: él allí sentado, escribiendo, con la espalda inclinada sobre el escritorio como las primeras semanas, cuando ella casi se asustaba de su trabajo. Desde Praga ha llegado un ejemplar justificativo del relato de los ratones. Franz simplemente le ha mostrado el periódico donde se ha publicado, pero ella ha empezado a leerlo porque también Robert lo ha hecho y quiere saber qué opina ella. Franz ya le había hablado de los ratones. ¿Lo hizo en Berlín o fue ya desde Praga? A decir verdad, ella no quiere leer el relato, no tanto por los ratones, sino porque teme encontrarse con una verdad para la cual no está preparada, algo sobre ella y él, igual que aquella vez con la historia del topo, aunque en ese relato ella solo aparecía fugazmente. En forma de carne. Como algo que uno toma a demanda si se presenta la ocasión. Eso por entonces le había gustado, a pesar de sentir cierto sobresalto al comprobar lo sencilla que era la verdad. ¿Realmente lo era? Por suerte, este relato nuevo es muy distinto, mucho más delicado —eso le parece a ella—, contiene una leve burla respecto de Josefina, tras la que no le cuesta reconocer a Franz. En esta ocasión no hay ni rastro de ella misma, pero eso no es grave, aunque después sí resulta serlo, porque al final él está terriblemente solo, escribe sobre su muerte y sobre lo que quedará de él, a excepción de algunos recuerdos. Es lo peor que ha leído jamás. Por fortuna no hay nadie cerca, pasan muchos minutos de las once, así que allí está ella, sentada sin más, mirando hacia un futuro lejano y sin color, cuando él ya no esté, Dios mío, o tal vez ella misma, si es posible concebir semejante cosa, con la sensación inevitable de lo inútil que es todo.» (págs. 244-245)

:: Josefina la cantora o el pueblo de los ratones, Franz Kafka :: Mi vida con Franz Kafka, Dora Diamant :: Me enamoré de Kafka, Manuel Vilas (y yo) :: Lo que leo, lo cuento, Ana Blasfuemia :: Felice y Franz, J.A. Rojo ::

martes, 3 de noviembre de 2015

Marceline Loridan-Ivens: Y tú no regresaste



Marceline Loridan-Ivens (1928)
(y Judith Perrignon)
Y TÚ NO REGRESASTE
[Et tu n'es pas revenu, 2015]
Trad: José Manuel Fajardo
Salamandra, 2015
96 págs | 14,5 €
primeras páginas
Marceline habla con Berna


Joris Ivens y Marceline Loridan
«Y yo pienso en Mala, que nos animaba a aguantar y a vivir.
    Ella fue nuestra heroína en Birkenau. Era una judía belga, hablaba muchas lenguas, gracias a lo cual tenía el derecho a circular por el campo, aprovechando para ayudar en cuanto podía. Un día se escapó en un coche con su amante, un joven deportado polaco de la resistencia, ambos disfrazados de SS. Tienes que haber oído hablar de esa historia. Porque a la hora del recuento faltaban dos. Tú sabes cómo se enfurecía la máquina nazi por haber perdido a dos, aunque los que estábamos tras las alambradas fuéramos ya cincuenta mil o cien mil, ¿cómo saberlo? Puede que, al igual que a nosotras, os mantuvieran durante horas de pie en fila, contando y recontando; me pregunto si no fue aquella vez cuando nos dejaron de rodillas a la intemperie durante toda la noche, luchando con nuestras últimas fuerzas contra la tentación de dejarse caer y así morir. Mala fue capturada tres semanas más tarde en la frontera checa, denunciada por campesinos polacos. Su amante se rindió, no quería que ella pensase que era él quien había hablado. Lo colgaron de inmediato. A ella la metieron durante semanas en el búnker, en una de esas celdas en las que uno entra reptando y ni siquiera puede sentarse. Y un día ordenaron que los arios fueran encerrados en sus barracas y que se reuniese a los judíos en la plaza del Lager B. Éramos millares en filas de a cinco, conmigo al frente, como de costumbre, soy tan bajita... Habían levantado una horca, con su nudo corredizo, y justo delante estaban los jefes de las SS del campo. Ella llegó de pie, sobre una carreta tirada por deportados, iba vestida de negro, con las manos atadas a la espalda, era una completa puesta en escena. El comandante Kramer, de las SS, aulló que ninguna de nosotras saldría viva, no éramos más que parásitos, perras judías. Y mientras él gritaba, yo veía algo que corría por el cuerpo de ella, ¡su sangre! Evidentemente, alguien le había proporcionado una cuchilla y ella había cortado las cuerdas y luego sus venas, escogiendo su manera de morir. Yo estaba fascinada por aquella sangre que se fugaba y que a ellos se les escapaba, mientras Kramer aullaba su prepotencia. De repente, uno de los oficiales de las SS lo vio y la agarró por el brazo, pero ella se había desatado y lo abofeteó, el se cayó y, aprovechando los pocos segundos que le ofrecía el desorden, Mala se puso a hablar en francés: "Asesinos, lo vais a pagar muy pronto", y dirigiéndose a todas nosotras: "No tengáis miedo, la salida está próxima; yo sé que he sido libre, no renunciéis, no olvidéis nunca." La volvieron a colocar a toda prisa sobre la carreta y ordenaron que fuéramos encerradas en nuestros barracones. "Blocksperre!" De inmediato corrieron varias versiones sobre el modo en que finalmente la mataron; colgándola en alguna otra parte o arrojándola viva al crematorio. Durante mucho tiempo hablamos de ella. Pero no creímos en sus promesas.» (págs. 50-52)

sábado, 31 de octubre de 2015

Henry Miller: El coloso de Marusi (George Katsimbalis)

The Colossus of Maroussi, primera edición, 1941
HENRY MILLER (1891-1980)
El coloso de Marusi
[The Colossus of Maroussi, 1941]
Trad. Ramón Gil Novalis
Seix Barral, 1992
Henry Miller joven (mejora mucho con sombrero)
«Este paso ha debido conocer también momentos de clara visión cuando hombres de razas distintas se estrechaban la mano, mirándose frente a frente con simpatía y comprensión. También aquí hombres de la estirpe de Pitágoras han debido detenerse a meditar en soledad y silencio, alcanzando una agradable claridad, una agradable visión del mundo desde este lugar de matanza sembrado de polvo. Toda Grecia está constelada de estos lugares paradójicos; tal vez eso explique la emancipación de Grecia como país, como nación, como pueblo, para continuar siendo la encrucijada luminosa de una cambiante humanidad.

    En Kalami, los días pasaban como una canción. De vez, en cuando escribía una carta, o intentaba pintar una acuarela. Había muchos libros en la casa, pero no tenía ganas de abrir ninguno. Durrell intentó hacerme leer los Sonetos de Shakespeare, y después de acosarme durante una semana acabé por leer uno de ellos, quizás el más misterioso que ha escrito Shakespeare (creo que era El fénix y la tortuga). Poco después recibí por correo un ejemplar de La doctrina secreta, y me lancé a él con agrado. También volví a leer el Diario de Nijinsky. Estoy seguro de que nunca dejaré de leerlo. Sólo hay unos pocos libros que puedo releer. Uno es Misterios, otro El marido eterno. Quizá deba añadir también Alicia en el país de las hadas. De todas formas, era mejor pasar la tarde charlando y cantando, o descansando sobre las rocas al borde del agua y estudiando las estrellas con un telescopio.» (pág. 28)

"The light of Greece opened my eyes, penetrated my pores, expanded my whole being."
— Henry Miller

martes, 27 de octubre de 2015

Vila-Matas: Marienbad électrique [la parte de André]

Marienbad électrique. Cadeau de Enrique Enrique Vila-Matas
MARIENBAD ÉLECTRIQUE
Trad. André Gabastou
Christian Bourgois éd.
Dominique Gonzalez-Foerster
"Les caravanes partirent. Et le Splendide-Hôtel fut bâti dans le chaos de glaces et de nuit du pôle. Depuis lors, la Lune entendit les chacals piaulant par les déserts de thym, − et les églogues en sabots grognant dans le verger. Puis, dans la futaie violette, bourgeonnante, Eucharis me dit que c'était le printemps."
ARTUR RIMBAUD
Illuminations, Après le Déluge
[10] «En mars, j'espère que je me sentirai au Splendide Hotel comme si je marchais sur le Paseo de Sant Joan pour aller de la maison à l'école et vice versa, ce qui veut dire que j’espère me retrouver sur mon propre territoire. J'ai bon espoir aussi que, lorsque je serai devant la pièce en verre, je pourrai y voir une grande parade sauvage avec un Minotaure invisible : figure imaginaire à la peau sombre, à l’œil furieux et aux membres de fer, et même ainsi figure humaine, trop humaine.
   Je demande qu'avec une "équilibre d’hécatombe", DGF situe cette silhouette au centre du centre du labyrinthe : Rimbaud caché mais exposé à cet endroit.
   Figure intouchable, secrète et inaccessible comme la porte aveugle de notre âge authentique. Rimbaud regardant vers le haut comme s'il cherchait une sphère contenant le soleil et croyait qu'il pourrait, au-delà, voir l'air et son interminable bleu foncé.
     Rimbaud vu pendant le temps exact d'un sanglot.
   Rimbaud vu comme naturel parmi les vivants, ayant peut-être vraiment dépassé les bornes, drogué jusqu'aux dents, posant dans la chambre 19 avec une nonchalance délibérée, mais en tout cas, s'exhibant, s'exposant littéralement comme il le faisait à l’entrée du pont des Arts.
    Rimbaud, vu avec étonnement dans l'éclair qui traver- sera la lourde lumière de cette journée.
     Rimbaud la nuit.
   Rimbaud renforçant mes soupçons que les morts réap- paraissent parfois discrètement parmi les vivants : ils emboîtent nos pas pour raconter plus tard nos misérables aventures aux dieux.
   Rimbaud à Paris, figure inaccessible, à contre-jour... "Pardon du jeu de mots. Je est un autre."
   — Dis-moi, pourquoi deux personnes parlent-elles pour dire la même chose ?
   Je ne sais si c'est elle ou moi qui réponds :
   — Parce que celui qui la dit est toujours l'autre.» (págs. 29-30)

miércoles, 21 de octubre de 2015

La buena letra, de Rafael Chirbes

Lucien Freud, Último Retrato, 1976-1977 «He olido la madreselva durante toda la noche. La olía en sueños. Se me metía dentro su perfume y lo notaba rasgándome la memoria, como el punzón del albañil rasgó el cemento con su nombre: Tomás Císcar. A pesar de que, cuando naciste, estaba lleno de ilusión, no había querido que te pusiéramos su nombre. Te habíamos llamado Manuel. No soportaba que su historia volviera a repetirse y temía el poder de las palabras. Así resultó que él se había ido del todo. Huelo la madreselva desde lugares adonde no llega su perfume y veo las casas de Bovra que ya no existen y el nicho sin lápida. La fuerza de las ausencias.» (pág. 122)
La buena letra (1992). Rafael Chirbes (1949-2015)
Compactos Anagrama, Barcelona

sábado, 17 de octubre de 2015

Claire Bloom: Adiós a una casa de muñecas

«Leer libros, intercambiar libros, hablar de libros: ése fue un método esencial de comunicación entre nosotros durante todos los años que estuvimos juntos. Yo leía sobre todo por placer, para efectuar investigaciones históricas o como una distracción de la vida cotidiana. Para Philip, en cambio, la lectura era su actividad más vital e importante. Los dos nos tomábamos con absoluta seriedad las recompensas de esa ocupación, y leíamos con voracidad los libros que escogíamos.
    Philip me introdujo en las obras de Milan Kundera, Tadeus Gronowski, Bruno Schultz, Jiri Weil y otros autores de Europa Oriental cuyo trabajo no sólo admiraba sino que dio a conocer en el mundo anglófono, en una innovadora colección titulada Escritores de la otra Europa. Me estimuló para que explorase a Céline y Kafka, sus ídolos literarios, más exhaustivamente de lo que hubiera hecho por mí misma, junto con autores norteamericanos a los que hasta entonces había conocido de una manera superficial, como Hawthorne y Melville. Compartíamos la admiración por Colette, Chéjov, Conrad, Tolstói y Dostoievski. Algunos de los autores ingleses del siglo XIX a los que yo había leído una y otra vez, como Dickens, Eliot y Hardy, nunca ocuparon un lugar importante en las preferencias de Philip. Por más que yo tratara de suscitar su interés, él prefería la austeridad más complicada y mordaz del estilo del siglo XX.» (págs. 212-213)


CLAIRE BLOOM
Adiós a una casa de muñecas
[Leaving a Doll's House:
A Memoir
(1996)]
Trad. Jordi Fibla Feito
Circe, 2015

Philip Roth y Claire Bloom:
¿Quién se queda
la mesita auxiliar?


Ph. Roth Unleashed (BBC, 2014)
«En rápida sucesión, como un stacatto, Philip me exigía que le devolviera todo cuanto me había proporcionado durante nuestros años de vida en común. La lista incluía el anillo de oro en forma de serpiente con la cabeza de esmeralda adquirido en Bulgari; la cantidad de 28.500 dólares anuales que me había dado durante doce años; 100.000 dólares de su dinero empleados en la adquisición de bonos a mi nombre; 10.000 dólares de mi propio fondo especial para viajes; 150 dólares por hora de las quinientas o seiscientas horas que había pasado examinando guiones conmigo; un espejo que él había comprado para colocarlo sobre la repisa de la chimenea de mi casa londinense; un calefactor portátil para la cocina de la misma casa; numerosos libros y discos que él había comprado; el 40% de la venta de mi coche, cantidad que él había aportado cuando lo adquirí; el equipo de estéreo de mi casa de Londres; la mitad de los costes de nuestro viaje a Marrakesh en 1978, los recibos de los cuales me enviaría oportunamente, y algo por adaptar El jardín de los cerezos y escribir una obra de teatro sobre la escritora Jean Rhys; y, finalmente, por negarme a cumplir con el acuerdo prenupcial, me imponía una multa de sesenta y dos mil millones de dólares, mil millones por cada año de mi vida. Los efectos que yo quisiera conservar o no pudiera devolver podía compensarlos mediante su equivalente en metálico, una directriz que parecía un estribillo.» (pág. 291)

martes, 13 de octubre de 2015

Javier Argüello: A propósito de Majorana (y del gato)


JAVIER ARGÜELLO (Chile, 1972)
A propósito de Majorana
Literatura Random House, 2015
[primeras páginas]

«[...] Me encontré con la difícil tarea de tener que exlicarle aquello de que la realidad, para la física moderna, constituía apenas un campo de probabilidades que sólo se transformaba en una concreta ante la mirada de un observador particular. [...]
— Imagínate un gato encerrado en una caja, gringo —dije apelando a un ejemplo que había leído por esos días y que yo tampoco había llegado a comprender del todo. [...]
— Ahora imagínate que la caja tiene un dispositivo mediante el cual, al apretar un botón situado en el exterior, se pone en marcha un mecanismo que libera un veneno que mata al animalito, sólo que el mecanismo tiene una particularidad: al ser activado, existen exactamente las mismas probabilidades de que el veneno se libere como de que no. [...]
— Cincuenta y cincuenta.
— Cincuenta y cincuenta. Ahora apretamos el botón. ¿Qué pasa?
— Que el bicho tiene el cincuenta por ciento de posi- bilidades de estar muerto.
— Para la física clásica esa sería la respuesta, pero no para la física cuántica.
— ¿Cómo que no?
— No. Para la física cuántica lo que pasaría es que se daría una superposición de los estados vivo y muerto del gato. [...]
— O sea que el gato no está ni vivo ni muerto.
— O está vivo y muerto a la vez.
— Pero si yo abro la caja lo voy a encontrar vivo o muerto.
— Si abrís la caja sí, porque ahí interviene tu punto de vista. Pero mientras no haya un punto de vista que colapse la función de onda, el gato no está ni vivo ni muerto, sino las dos cosas a la vez.» (pág. 195-196)


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...