lunes, 13 de agosto de 2018

La mujer singular y la ciudad, de Vivian Gornick

Vivian Gornick (Nueva York, 1935)
LA MUJER SINGULAR Y LA CIUDAD
[The Odd Woman and the City. A Memoir, 2015]
Traducción de Raquel Vicedo
Sexto Piso, 2018 - 148 págs. - fragmento
- Apegos feroces, 2017
- Vivian en Página Dos
- Historia del guisante
- A Rosa también le gustó
[intenso & estupendo]
«Como llego tarde a una cita en el Midtown, bajo corriendo las escaleras del metro justo cuando el tren está llegando a la estación de la calle Catorce. Las puertas se abren y un joven que está de pie delante de mí (camiseta, vaqueros, corte de pelo militar), y que carga con un coche de bebé plegado sofisticadamente a la espalda y un niño muy pequeño cogido de la mano, se dirige a los asientos que hay justo delante. Yo me dejo caer en el asiento de enfrente, saco mi libro y mis gafas de leer y, mientras me pongo cómoda, soy vagamente consciente de que el hombre se quita el cochecito de la espalda y se vuelve hacia el niño que está sentado. Entonces levanto la vista. El niño tiene unos siete u ocho años y es la criatura más grotescamente deforme que he visto en mi vida. Tiene la cara de una gárgola -la boca torcida hacia un lado, un ojo más arriba que el otro- en una cabeza enorme y contrahecha que me recuerda al Hombre Elefante. El niño lleva un estrecho pedazo de tela blanca alrededor del cuello y en el centro, un tubo ancho y corto parece insertarse en su garganta. Un segundo después me doy cuenta de que también es sordo. Lo sé porque el hombre inmediatamente empieza a comunicarse por señas. Al principio, el niño se limita a mirar los dedos en movimiento del hombre, pero enseguida empieza a responder moviendo los suyos. Entonces, al tiempo que los dedos del hombre se mueven cada vez más rápido, los del niño se aceleran, y en pocos minutos los dedos de ambos se menean con la misma rapidez y complejidad.
    Al principio me da vergüenza observarlos tan fijamente y desvío la mirada una y otra vez, pero parecen tan ajenos a todos los que les rodeamos, que no puedo evitar levantar los ojos constantemente del libro. Y entonces ocurre algo extraordinario: el rostro del hombre destila tanto placer y ternura a medida que las respuestas del niño son cada vez más animadas -la boquita torcida sonríe, los ojos desnivelados se iluminan-, que el mismo niño empieza a transformarse. Conforme las estaciones se van sucediendo y el intercambio va absorbiendo más al hombre y al niño, los dedos vuelan, ambos asienten con la cabeza y ríen, me descubro pensando: "Estos dos se están humanizando el uno al otro de un modo asombroso".
    Para cuando llegamos a la calle Cincuenta y Nueve, el niño me parece hermoso y el hombre, beatífico.» (págs. 60-61)

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